Lo que se abre recoge lo que desechas
Mauro Lucero Castro
Carpa 1
Textura de polvo entre las yemas
presiento brillo en la voz
alguna vez mi madre
dijo ya harta: “no grites
no comas con la boca abierta”
en la pared lo reitera
el citófono: “por favor
baje la voz
es muy tarde”
han sido días de mirar fotos de ríos
recordar cómo suenan
y juntar algunas cosas a la fuerza:
una piscina municipal desborda culebras
practican su simetría con clases de natación
y la conciencia aérea de sus cuerpos
casi toca las toallas colgadas en las rejas
han sido días de imaginar a mi bisabuela
recorriendo su casa sin poder evitar
la corriente en su cabeza grabada
han sido días de confundir
el deshielo por fallo del refri
aparentemente perpetuo
con el limar de piedras
que logra la insistencia
los hombres de la familia se reúnen
se llaman culebras unos a otros
practican la forma de sus abrazos
depurada con la calma de ser muchos y muertes
hasta esta mi forma amable
alguna vez vi una culebra a la orilla de una
cascada devorando un ratón
dejando todo el cuerpo en eso
mientras un grupo de personas grabábamos
con la misma soltura de mis tíos al pasar sus filos
por la piel del cordero colgado
de pronto la cerveza se deslizaba
por el plato junto a la sangre
y el placer en movimiento
como la frondosidad de las calas
en una sección del angosto canal
mientras mis tías iban y venían e iban
adentro y salían y en su tránsito
a veces me miraban
y sin poder quitarme ese silencio
me siento junto al fuego
verde aluminio derritiéndose
con el plato sobre las piernas
y como y trago y hablo
una sarta de leseras
enredada con otras voces
que también parecen tejer
con el ruido de las patas de los perros
persiguiéndose en la noche
que se cierra que se cierra.
Carpa 2
Cada noche nos llueve: tres pedazos de nylon
cosidos con sisal. Transparencias verdes, azules y blancas
aferradas unas a otras, a sus costuras. Todo tambalea. Refugio.
Dentro brota el sudor y la humedad, como de pequeños ojos de agua,
en forma de gotas, en carreras de descenso. Los movimientos
parecen amplificarse en lo estrecho y son silbidos. Quiero dormir acá.
Lo único que penetra. Parece que se nos filtra. Es la imagen distante
de una fogata. Lo interior nuestro. Arriba del cerro. Lejano hacia el lago.
Hay un baño exclusivo para quienes no viven en la isla.
Exclusivo es una palabra para decir: presencia ovillada,
te deshilachas entre el entusiasmo con que se extiende la orilla.
Luz escapa y luego vuelve, rebota como otra imagen,
las sombras no alcanzan a rozarse cuando ya están unidas.
Algo en la zapatilla duele. No quiero dormir acá.
Quedarse grabado como una insistencia de construcción larga,
como si el sembradío de animales de una espalda
se rechazara con los que ahora se devoran en la tuya.
Abundancia de hojas, músculos, viento, cristales de mar.
Continúa el ruido del agua. Estoy mirando el montón de cartas
en el centro, tus pies en calcetas sobre arena compacta
mientras se filtra una repetición de jabalíes bebés
muy adentro y atrás -bebiendo de un charco-, de nervaduras secas,
de agua meciéndose en una botella. Tan clara que no parece.
Y miro por esa lupa de plástico y lo que no parece
-pero que aumenta- las siluetas de quienes digo amar.
Y, sin importar la transparencia y su papel en todo esto,
sé que mi ojo se desfigura desde el otro lado. Lo que se abre
recoge lo que desechas. El humo de la boca, marcos sin lentes,
detrás observas. Todo tambalea. Siempre pensando en las costuras.
Carpa 3
A dónde nos arrastró
el fantasma del subterráneo
nos atrajo lo que dijimos sobre su rostro
algo sobre un sticker holográfico
mezclado con el vidrio
se le derretía la mirada y sonreías
en la sala contigua los computadores
descansaban en filas
arriba nuestras madres
sentadas en filas otra vez
y algún padre
y el patio sucio cubierto de noche
donde nos perseguimos
por una y otra cara de las mesas de ping-pong
insistíamos en bajar
en grupos a la biblioteca
para mirarle a los ojos
y gritar de verdad y gritar de mentira
misma apertura de la boca
con la que uno amenazaba a su vecino con un fierro
mientras otro estudiaba kinesiología llevando esta carga
adherida a las murallas de las consultas
que hay una escala subjetiva de dolor
que hay otra escala subjetiva de cansancio
y ella canta en una murga con su rostro pintado
de blanco con círculos y fulgores celestes y rojos
también canta cuando suena su tono de llamada
y mi cuerpo colinda una catedral
no pude imaginar nada de esto
hubo mañanas jugando básquetbol
nos brindaron cansancio y una conversación
sobre encerrar a dos bebés en el mismo lugar al nacer
una habitación blanca pero sucia
una selva que se achica en Perú
un puente que lleva trescientos años construyéndose
por esclavos dentro de un programa de la tele
esperando que una palabra venga a acurrucarnos
de pronto mi cabeza rebota en la ventana de la micro
y en el mismo enredo naranja y agotador
otro estuvo a punto de empalarse al pasar una reja
dijo permanecer colgando de la camisa un instante
mostraba su tajo en la ropa
y detrás en su piel palpitaba la distancia del metal
y reímos al borde de la cancha
en ella hay grupos tranquilos
alrededor de algo como fuego o brillo de pantalla
compartiendo un gas que consumes con la nariz
y agranda todos tus hoyos.


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