Espuma
Juan Puga
Espuma
Tengo la convicción de que no existes pero, sin embargo te oigo cada noche cuando sube la marea.
Me desprendo de ti gracias al oleaje.
La sal se lleva todo consigo hasta las cenizas de cigarro que lloran tu presencia. Toda sal materializa y monta en las olas tu corazón vibrante
que desaparece tras mis pisadas.
De memoria las huellas traslucen tus costillas sobre la orilla.
La piel de tu voz endurece la membrana del
acantilado
El descanso de tu lengua
late
detrás de mis bocanadas arrasadas por la respiración de la bahía. Háblame
por favor
dime donde dejaste tus pupilas dime donde dejaste tu herida de gravedad
Desvelado poema leo la vida que tuviste la contrasto con la mía. Tomo la vitalidad de la marea como antorcha
que cae como esperma
en las espaldas quemadas de la luna.
Habitas este pequeño oasis de invierno. Ahora que es tarde
te invito a que vengas a regar este huerto de embarcaciones destruidas.
Cada beso
Tus labios en beso son latas tatuadas en las capas del abismo.
Tu sello de vida. Tu resto de tierra. Algo me queda en la boca cuando salgo a caminar a olvidarte.
Por ahí siempre te veo carreteando acostado tirado en la animita de tu accidente.
Tirado en calidad de bulto.
Puerto de tu poema
amortajado por los senderos
del viento.
Todo ocurre al unir las pestañas con la arena quemada.
Las flores de plástico decoran la ausencia caída como lágrimas derretidas en las mejillas de las piedras.
Cada vez que puedo y me da el ánimo
riego de plegarias incendiarias los paisajes
desembocados en cruces sin salida.
Reclamo tu perdida.
¡por la concha de tu madre!
golpeo todo lo que tengo a mano,
pero solo consigo herirme
como falso poema de pena
Sangro gracias a las astillas del espejismo.
Me lluevo en nuestra media agua.
Los retratos insignificantes cubren las fugas del vértigo al reventar las olas sobre tu rostro.
Te encuentro
al fin
al desorientar la mirada. Estas en las fechas sumergidas por el azul
profundo
del Pacífico.
Estás ahí
justo donde se quiebra la curvatura del mar, j
justo donde se arruga la superficie en la bruma costera.
El límite de mis palabras
se evapora.
Pierde deseo la gravedad.
Quiero escribir, pero me sale espuma. Empujo lo arrastrado
me hundo
me entierro.
Humedezco la arena con mis dedos. Brota sal por la boca. La efervescencia suspende el oxígeno.
Expulsado
por el lenguaje
de tu helado refugio
las fosas comunes y la marejada
recogen al mundo con tus huesos.
Me absorbe tu vida.
El Pacifico emerge por todos lados de mis sentidos
nace desde un vértice desconocido de mi pulso.
el ataque de tos reventó la laringe rajó los intestinos
Invento la desolación en el vacío del estómago. Aliméntame del oxígeno que escapa del agua de tu boca. Inunda mis pulmones con los escombros que adoptaste.
La arritmia flota en los telares desprendidos de la superficie.
El eco arranca de las paredes de mi piel
la estructura de tu imagen.
La mandíbula y los caracoles se abren a la fuerza dando espacio a la presión de tu mundo. La muerte emigra por la densidad de la habitación.
Mi cuerpo como tierra ensancha sus piedras al mutar del fuego. Al abrir los ojos, me cubres de besos el cráneo, con tu beso de memoria,
me dejas respirar bajo las corrientes marinas.
–Pese a todo, tan convencido estoy de que no existes, que te aguardo en mi sueño como un secreto de vida o muerte, como una pueblesía que me habita y destroza-
El aliento agitado es traído por la espuma que sacude la ciudad recogiendo lo desperdiciado. Todo polvo llega al mar.
Todas las luces son tragadas por la oscuridad.
Solo la carroña se ha dado cuenta que estoy aquí
La noche agarra todas sus estrellas y se manda a cambiar. Un grito después de la luz sopla las telarañas de este archipiélago tenebroso y despiadado.
En cosa de segundos se reestructura mi columna levantando el desierto tras un espejismo de carretera. Se tienden los horizontes como canaletas tras las montañas moradas.
Tu cráneo perfila sus fisuras
quebradas como pómulos
dejados a su suerte
por el vaho del mar.
Me encuentran abandonado sin signos vitales al costado del camino
Me convenzo cada día del engaño de tú mirada
desgarrada en los peñascos donde las fieras hacen sus cantos. Florecen por los desagües de la colina inmaculada nuevamente tus latidos como tajos
abren en cascada la luz plasmada que achinan mis mejillas. Tu reflejo ingresa por la sombra de mis pupilas de arena.
Ya no soporto el mareo de nuestro encuentro
me desmayo
al fumar tu pensamiento.
Tras perder el cielo mi único consuelo
es enumerarte en lo incierto
uniendo tus huesos en la distancia.
Contengo tu exceso en mi preocupación
por respirar
bajo el sueño.
Quisiera darte hogar en mi carne pálida.
Podría
imaginarte una acogedora pueblesía
donde vivas sin tejidos.
Pero debo emigrar de tu caída.
No puedo seguir la espuma de tu boca que desintegra mis extremidades. Plasmaré en mi vida
tu recuerdo.
Entrego tu rostro a la balanza del sol. Te dejaré ir en el olvido de su ascenso.
Juan Pugga (1994) es un habitante del sur de Santiago de Chile. Se inició en la escritura en la enseñanza media, donde halla en el ejercicio del pensamiento poético un vínculo experimental del lenguaje con su diario vivir. Desde entonces ha buscado desarrollar una técnica de expresión resistente a su pérdida de inocencia. Desde el 2019, ha podido publicar sus escritos en distintos medios digitales de Chile, Argentina y México. Ha sido antologado en fanzines autogestionados. Mecha (2020) es su primer libro de poemas. Actualmente es tesista de Lic. En Lengua y literatura en la UAH, investigando la autoficción en las dos primeras novelas de Guadalupe Santa Cruz. En sus tiempos libres práctica la bibliofilia y la fotografía conceptual.



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