Todos íbamos a ser grandes

Martín Letelier G.

De un día para otro, empecé a perder en las primeras rondas. Fue extraño. A veces tenía partidos totalmente ganados que terminaba perdiendo inexplicablemente contra jugadores peores que yo. Me desconcentraba,  quedando en blanco y al momento de despabilar, el tipo que tenía en frente ya estaba sacando para ganar el partido. Otras veces era como si me hubiese olvidado completamente de jugar al tenis, como si hubiera dejado de ser zurdo y ahora tuviera dos torpes manos derechas en su lugar.  Sentía mi pulso extraño, sin confianza en mis golpes y al empuñar mi raqueta era como si tuviese un sartén. 

Perder en las primeras rondas significa odiarte un poco. Menos plata en tu cuenta, menos puntos en el ranking, una constante sensación de derrota en tu cabeza. Y también significa quedarte bastante desocupado un lunes o martes, pues los torneos se van desarrollando hasta la final del domingo y eso te obliga a tener que esperar hasta la próxima semana para volver a competir. Estar tan desocupado a media semana no es tan genial como parece. Claro, podría llenar el tiempo entrenando con algún otro tenista o yendo al gimnasio, pero en esos momentos lo que menos quiero es pensar en tenis. 

El torneo que más recuerdo de esa racha negra fue el de Nueva Jersey. Cuando, sentado al fondo de una sala mal decorada del hotel en que se realizó el sorteo, escuché que la organización anunciaba que me había tocado contra Ismael Bisquery, se me escapó una sonrisa. No iba a ser otro. Desde que tengo quince años Bisquery llega en los momentos clave de mi carrera. A esas alturas ya llevaba seis partidos perdiendo en primera ronda y veía un cruce contra él como la oportunidad para dejar atrás mi mala suerte. No me permito perder siete partidos seguidos, me dije para mis adentros.

La cosa es que a Bisquery le había ganado fácilmente las últimas dos veces en que nos habíamos cruzado y ya empezaba a tenerle cierta paternidad. No podía ser de otra forma. Este sería el punto en que dejaría atrás mi negra racha, recobrando la confianza perdida pasando por encima de ese agrandado con su estúpida barba de candado. 

Pero Ismael esa vez estuvo intratable. Todo lo que le mandaba volvía del otro lado de la red con más fuerza. Me devolvía pelotas calientes, rabiosas que con suerte alcanzaba a ver. Parecía un niño torpe y asustado jugando una exhibición contra un profesional: 6-2 6-0 me ganó el imbécil de Bisquery en menos tiempo del que me había demorado en llegar al torneo desde mi hotel. Recogí el bolso, agradecí al poco público –unos pocos testigos que vieron la masacre– y me salté el camarín. 

De regreso a mi habitación, solo pensaba en que no quería entrar nunca más a una cancha de tenis. Qué manera de salirle todo al muy hijo de puta. Solo recordar su cara sonriente y cínica al momento de estrechar la mano al final del partido me hizo querer romper una por una cada una de mis raquetas.

Me saqué la ropa, teñida de manchas de arcilla, enfrentándome al espejo en pelotas. No me gustó lo que vi, me comprobé blando, subido de peso, lejos de mi mejor versión. Así que aplaqué la imagen con una larga ducha fría en la cual la arcilla escurría como sangre de entre mis piernas. 

Menos de treinta minutos después, me encontraba en un tren que tras dos horas me dejó en Nueva York. Fue una decisión impulsiva, pero estaba ahogado y necesitaba salir de ese suburbio de clubes residenciales y casas iguales en la mitad de la nada. A decir verdad, tampoco era como que tuviera mucho más que hacer ahí, los torneos challenger de la gira norteamericana habían terminado, la próxima semana comenzaban las clasificaciones al US Open y estaba más de veinte puestos afuera del corte. No había posibilidad de clasificarme y dentro de dos días estaría abordando nuevamente un avión hacia otra parte del mundo. Traté de justificar mi estúpida decisión con un paseo de despedida por la gran manzana. Já. El muy imbécil, como si lo que me mereciera en ese momento fueran premios como un tour relajante por la ciudad. Eran los últimos días de agosto, estaba recién oscureciendo cuando llegué. El clima era perfecto para caminar solo y fundirse entre el ruido eléctrico de esa laberíntica e inagotable ciudad. 

Me gusta Nueva York. Su ritmo frenético, la sensación de que puedes recorrerla miles de veces y siempre te sentirás perdido. Recorrí buena parte del Central Park mirando cómo los niños perseguían a los patos al borde de la laguna Jaqueline Kennedy y un grupo enérgico y cosmopolita jugaba basquetbol en las canchas que a esa hora  prendían sus titilantes focos. Salí del parque y bajé un buen rato por la Quinta Avenida, con las manos metidas en los bolsillos de mi chaqueta Adidas, tropezándome con bulliciosos vendedores ambulantes y locos predicadores anunciando el fin del mundo. Más o menos a la altura de la calle 26 Oeste me di cuenta de que era casi medianoche y de que no había comido nada desde antes del partido. Decidí entrar a un bar caluroso y oscuro en donde me tomé dos cervezas de un tirón y pedí unas alitas de pollo para meterme algo en la guata. Tenía más hambre de la que pensaba. Estaba terminando de devorar mis alitas, con la salsa BBQ hasta las muñecas, y pensando en pedir una tercera cerveza cuando se sentó a mi lado una chica. La misma que había notado que estaba al otro extremo de la barra al entrar al bar. 

That´s the fucking way to eat the chicken wings —me dijo enérgicamente, con un acento que me pareció sacado de Europa del Este, seguramente de Bulgaria o Hungría. El tenis y los viajes me han pulido bastante en el arte de identificar acentos.

 La miré, me encogí de hombros y le entregué una sonrisa avergonzada, recién entendiendo que la imagen de verme comiendo así era seguramente lamentable, en el mejor de los casos pintoresca.

—Me llamo Lena —dijo la mujer, extendiéndome la mano.

Se la estreché. Era una mano suave, de dedos delgados. La chica tenía unos brillantes ojos verdes, piel pálida, un pelo color caramelo tomado con cierta gracia y se encontraba amablemente borracha. 

Pedimos una nueva ronda de cervezas y se lanzó a contarme su historia. Vivía en Nueva York hace tres años. Había llegado para hacer un internado en la academia de danza contemporánea de Martha Graham, que consiguió tras ganar una beca que le dio el gobierno húngaro. Era hija de una reputada profesora de artes escénicas húngara y de un dramaturgo austriaco. 

Lena parecía nacida para la grandeza. Contaba su historia así, de manera elocuente, como alguien que la hubiera contado muchas veces, como quien lleva muchas entrevistas en el cuerpo.

—La cosa es que con dieciocho, mi nombre empezó a sonar cada vez con más fuerza entre los círculos de danza europea. La crítica especializada me dedicó un reportaje largo, con fotos y todo sindicándome como “el futuro de la danza de los Cárpatos”. Lo sé, todo esto te parecerá ridículo, pero así fue.

—Así que estoy teniendo el privilegio de compartir unos tragos con el presente de la danza de los Cárpatos —le dije con todo burbujeante. Su semblante cambió radicalmente y miró por un segundo hacia abajo, como si se le hubiera perdido algo en el suelo.

—Bueno, la verdad es que no. Las cosas no me salieron como esperaba. Al llegar aquí, casi no hablaba inglés. Eso sumado a la distancia con mi familia complicaron mucho mi adaptación. Luego vinieron los problemas grandes: al segundo año me redujeron la beca y tuve que conseguir trabajo para pagar la renta. Casi no dormía, ocho horas de trabajo mal pagado en la cafetería y el resto del día, diez, doce horas practicando ballet.

Su mirada se perdía, como dando tumbos, pero tras un largo sorbo de cerveza siguió.

—¿Y alguna amiga de la academia que te apoyara, al menos para desahogarte? — repuse, interrumpiendo el silencio antes de que se volviese incómodo—.

—¡Yá! —Lena soltó un bramido, que me pareció demasiado eslavo, pero lleno de gracia—. 

—En ese lugar no existe la palabra amistad. El ambiente de la danza neoyorkina es extremadamente competitivo y detrás de ti hay cien chicas esperando que te tropieces para ocupar tu lugar. Es duro. Lo sé, soy un ejemplar más de la típica historia de pez grande en la pecera y pez pequeño en el océano. En Hungría era “la estrella”, pero aquí Nueva York, fui solo una más del montón. 

—¿Fui? —interrumpí extrañado—. Está bien, entiendo, han sido tiempos duros, pero te quedan muchos años de carrera, no te eches a morir.

Dejó de mirarme y quedó fija observando su vaso, ya vacío de cerveza. Parecía perdida en el fondo del vaso, como buscando encontrar ahí una respuesta. 

—Lo peor llegó seis meses atrás. Entrenando un movimiento especialmente complejo me fracturé el tobillo. Aunque no me impide hacer mi vida cotidiana, me obligó a retirarme de la danza por un tiempo. Quizá sea definitivo.

Intenté agregar algo. Pero no supe que decir. Atiné torpemente solo a poner mi mano sobre su hombro.

—Bueno. Así es la vida. Igual de alguna manera esta ciudad te absorbe. Aunque te mande a la mierda con todas las señales posibles, algo tiene que hace difícil dejarla —me dijo, mientras me daba cuenta de que llevaba los últimos minutos de la conversación absorto, contemplándola.

Como para empatar, le conté mi historia. Los kilos demás, la falta de confianza, las siete derrotas seguidas y los tres meses que llevaba sin ganar un partido ni un peso. Nos reímos de mi último patético espectáculo contra mi archirrival Bisquery y tomamos un par de tragos más fuertes brindando por nuestras malas rachas. Salimos completamente borrachos de nuevo a la calle para caminar por la ciudad. Eran pasadas las dos de la mañana y había bajado un poco la temperatura. Lena metía sus manos en los bolsillos de mi chaqueta. Había algo especial en ella, una magnética indiferencia hacia todo. Pasamos un buen rato deambulando por calles oscuras con unos pocos locales de pizza que aun se encontraban abiertos, mientras nos reíamos de nuestros respectivos acentos y nos hacíamos preguntas del tipo “¿qué prefieres, solo vivir de noche o solo vivir de día?” o “¿qué prefieres, poder viajar solamente dentro de tu país o por todo el mundo sin poder volver a él?”.

En un minuto, Lena se detuvo. Se sentó en la banca de un parque al que llegamos, miró al frente, con la vista perdida en un lugar para mi inaccesible y con un tono complemente distinto al que venía usando, como absorbida por un momento extraño de ebria lucidez dijo: 

—¿Te has dado cuenta de que cuando éramos niños, todos pensamos que íbamos hacer algo grande y ser queridos? ¿Y que, en algún punto, te das cuenta de que eso ya no fue así?


Martín Letelier G. (1993). Abogado. Ha participado de los talleres literarios de Amanda Teilliery, Gonzalo Contreras, Matías Correa y La Correccional. Escribe también de libros en @holden_literatura.Instagram: @m.letelierg

Foto del autor.

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