Todo puede aterrarnos
Diego Leiva Quilabrán
Notas por un lector novato de Junji Ito
No recuerdo qué fue lo primero que leí de Junji Ito. Quizá fue Tomie, quizá Uzumaki,quizá alguno de sus one-shots. De lo que he leído, recuerdo que Tomie y Uzumaki me volaron la cabeza –quizá por eso son los que recuerdo primero, porque el tiempo se me confunde con mis mejores experiencias como lector, porque lo más vivo que tengo son las lecturas que más me han gustado–. Recuerdo que sus historias breves son tan espeluznantemente variadas que no pensé que se podía tener o expresar tantos miedos distintos: el encuentro con el lugar propio, hecho para uno, en El enigma de la falla de Amigara, el deseo de transformarse para el ser amado de El cabello largo del ático, la necesidad de conectar con otro en Amigos por correspondencia o hasta una ola de suicidios vinculada a desaparecidos que caen del cielo en Cayendo. Emociones o situaciones llevadas al extremo o al sinsentido. Finalmente, el horror es algo que queda flotando como la nube de hedor de Gyo, contaminando cada espacio.


La factoría gringa del terror me acostumbró a las cosas que me saltan a la cara, a la música que sube y sube hasta reventar en un grito, pero, sobre todo, a las explicaciones de último minuto: el fantasma/demonio/monstruo/ se mata así y asá, en una serie de asociaciones que se dan tan fácilmente que cuesta creer nadie nunca lo haya pensado o hecho. Salvo que, justo, justo, precisamente, entre los queridos protagonistas –que no han muerto durante la hora y media– se encuentre un elegido, un alter ego, un niño bendito. Quizá por eso mis películas favoritas de terror gringo sean más, no sé, ¿ambientales?: The Omen con el “Ave Satani” y la mirada de un muchachito que te anuncia la maldad y Rosemary’s Baby, que siempre les pongo a mis alumnos como ejemplo de una narrativa –guardando las distancias– que se cierra sobre un personaje, que nos mantiene a nosotros mirando todo a través de la protagonista que se entera de poco y nada hasta que la verdad le revienta en la cara.
Ese es el primer valor que, como lector occidental y periférico vi en Tomie, por ejemplo –“occidental y periférico” es nuestra posición geográfica, sí, pero es también un horizonte de expectativas, referentes; occidental y periférico es también donde están nuestros ojos y nuestra cabeza–. Tomie es una belleza seductora que, antes que petrificar, hace todo lo contrario: moviliza toda la pasión y acción de los hombres a su alrededor hasta el abismo. El deseo amoroso, acaso metonimia del erótico, se vuelve tormento, primero, y luego sed de sangre: la mujer venida de ninguna parte y cuyo destino es desconocido es asesinada mil y una veces, despedazada otras tantas. Siempre vuelve, aunque ni siquiera sepamos si es un retorno en sentido estricto: renace, se regenera, pero no tenemos claro si es la misma.
Tomie es una monstruosidad sin futuro y sin memoria que, por mala fortuna, puede enloquecer a cualquiera a su paso. Javiera Vega, en su ensayo sobre terror japonés moderno La otra orilla, comenta que esta mujer misteriosa, “si es ‘algo’, es caos maligno”, que es como si “fuera una fuerza que debe permanecer en el mundo a como dé lugar” y que esta historia de Junji Ito “parece decirnos que siempre tendremos que convivir con aquello que nos aterra en el fondo de nuestras mentes. Aunque lo deseemos, nunca estaremos seguros de nuestros deseos más oscuros” (p. 57-58). De las ideas que propone esta autora, quiero quedarme con dos que, me parece, pueden extenderse a buena parte de la obra de Junji Ito: el caos inevitable y la convivencia con el horror. Uzumaki es un terror despersonalizado. Un pueblo es contaminado por espirales. Así, tal cual. Invadido por una maldición que, nuevamente, viene de ninguna parte. Los caminos, el pueblo, las personas, todo se deforma producto de una fuerza inexplicable. La obsesión no es solo de los personajes, es como si obsesión tomara forma en el mundo, como si dejara de ser una sensación y un concepto para ser una sustancia. El estilo de Junji Ito sostiene la perturbación del ambiente: primeros planos de los rostros, la mostración sin ascos de los actos más sanguinarios o las deformidades, el oscurecimiento sorpresivo de los rostros y los espacios cerrados, el sobrecargo de los paneles panorámicos, todo aporta a una ambientación siniestra y que no lo hace asco a lo explícito.


Cuando lo inexplicable toca a los cuerpos, el resultado puede ser fascinante, como es el caso. Los miedos en Junji Ito no son mera sensación, ni mera intelección, no son solo esa sensación inasible que muchas veces describimos como un frío en la espalda. Los miedos están proyectados en la superficie de las cosas, en los diseños del territorio, por ejemplo, o en las deformaciones del espacio y los cuerpos: en La ventana de al lado, la sensación de ser observado desde la casa vecina se vuelve insoportable una vez que es la estructura misma que se acerca telescópicamente; en Capas de miedo, el rechazo a envejecer encarna en cuerpos que se construyen por capas, en que la edad está expresada en sucesivos como recubrimientos; en Alucinaciones, el protagonista, acomplejado su baja estatura, es perseguido por visiones de cuellos y extremidades que crecen desproporcionadamente. Este grupo de historias, representante de un número mucho mayor, muestra terrores personalizados, específicos, adaptados a cada cual. Parafraseando a Umberto Eco cuando habla de la parquedad de lo bello y de la variedad de lo feo, aseguraría que la valentía, a veces, resulta aburrida, pero, por otro lado, el miedo es impredecible y tiene una gama de posibilidades: la valentía es finita y el miedo es infinito.



Otra forma del terror es el fin del mundo, que está presente en Uzumaki y su mundo devorado por espirales, pero alcanza un grado superior en Hellstar Remina. En esta historia, un científico descubre un nuevo planeta que se acerca al sistema solar. La cada vez mayor proximidad del cuerpo celeste, que empieza a poner en peligro a la Tierra, despierta en la humanidad los más bajos instintos y, además, las más enajenantes promesas de solución y salvación. Cuando se revela que el planeta es un colosal organismo vivo, implica solo un remate aun más terrible, pero el fin ya parecía algo dado. Es el caos mismo el que se avecina como lo inevitable. El hecho científico extraordinario se transforma en algo inconmensurable, que desborda toda experiencia posible y pone a la humanidad en su límite. Es como si el horror total pudiera despertar, solo con su presencia, una serie de horrores cotidianos, porque el horror puede mostrar y quebrar el límite de la razón. Y el sueño de la razón produce monstruos, como indica el grabado de Francisco de Goya.

El siguiente cruce tal vez vaya a parecer un tanto desproporcionado, pero vale la pena arriesgarse. Leyendo la interpretación que Silvia Schwarzböck hace de 2666 de Roberto Bolaño en su libro Las medusas. Estética y terror, me encontré con una idea a contrapelo de la fascinación que tienen ciertos bolañistas con la universalidad. Schwarzböck propone que en “La parte de los crímenes”, “la muerte, así suceda en serie, es múltiple, no-una, insubordinable a un concepto. Lo mismo que las muertas. Y aquello que las mata” (p. 22). El miedo podría funcionar de manera similar. No hay un Miedo originario. No hay un Gran Caos a la vuelta de la esquina. Los terrores se multiplican en cada vida privada, en cada consciencia y en cada pasión posible. Reseñando La otra orilla, hablé del miedo como una zona de contacto posible entre ambos lados del globo, un afecto a través del cual se puede explorar lo común y lo distinto entre culturas. Quiero repetir esa idea con un agregado: en lo macro, esos miedos pueden conectarme con otro; en lo micro, en ese espacio íntimo, cada miedo es único. Quizá lo más incómodo sea que, en la impredecibilidad del horror, todo pueda aterrarnos.


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