La novela del corazón

Roberto Castillo

La nueva novela de Roberto Castillo, a publicarse bajo la dirección editorial de Laurel, está basada en los transplantes de corazón en Chile y el mundo a fines de los 60, pero se extiende hacia el futuro.

Su lanzamiento será el 24 de noviembre en el Espacio Literario de Ñuñoa, a las 19:30.

Les dejamos un adelanto:

Imagen de Maureen Boys

Capítulo 3: Diástole

El Dr. K

Hubo un tiempo en que el Dr. K tuvo a Chile en la palma de la  mano. En público, el buen médico daba crédito a su equipo y  declaraba que las grandes hazañas nunca son obra de un individuo solitario; le encantaba describirse como primus inter pares. En su fuero interno, sin embargo, se sentía el protagonista descollante de una épica: tocado por los dioses o el destino por audaz, temerario y astuto. ¿Quién más podía jactarse de haber logrado que se autorizaran intervenciones que eran, de hecho, experimentos con sujetos humanos? ¿O de que esos experimentos, exitosos o no, fueran considerados grandes triunfos nacionales? ¿Acaso no era miembro de la pequeña cofradía de rebeldes repartidos por el mundo que lograron cambiar la definición de la muerte? 

Valparaíso se le figuraba como un escenario digno de sus  hazañas. Lo veía como un gran corazón hipertrófico pulsando frente al Pacífico con sus latidos irregulares, la bomba vital que mantenía viva a una nación entera. Valparaíso, enraizado con sus venas a los cerros, era vida pura consumiéndose en las pendientes enracimadas de balcones y en sus pasajes de vértigo. Cuando contemplaba la bahía desde los cerros más altos, el Dr. K suspendía sus convicciones igualitarias (que eran sinceras y profundas) y aceptaba su rol de rebelde visionario y benefactor, un hombre capaz de entender que una ciudad como esa podía representar, podía ser, el inmenso corazón de un país. 

La primera vez que tuvo esa visión de Valparaíso como un gran corazón fue cuando se enteró por la radio que Violeta Parra se había destrozado el cráneo de un pistoletazo. Al oír la noticia detuvo su auto en la bajada del Camino de la Pólvora y, en ese crepúsculo de febrero de 1967, Valparaíso se le apareció envuelto en llamas, iluminado como el sagrado corazón. Se sintió preparado para deberes más altos: su profesión le había inculcado el respeto y el amor por los detalles. También se había acostumbrado —era una especie de adicción— a palpar, a tocar y a reparar cuerpos con sus propias manos, sin intermediarios ni suches. No tenía temperamento para ser el líder clásico, porque le costaba muchísimo delegar, pero sí se veía como un excelente especialista, un técnico de primera, el que siempre conoce el mejor método para reparar arterias, tuberías, capaz de maximizar el funcionamiento de cámaras y válvulas, el que entiende exactamente cómo mejorar la circulación, con un baipás por aquí y otro por allá si fuera necesario. 

Un par de años después de esa revelación frente a la bahía, cuando el Dr. K ya era el hombre más célebre de Chile, el Presidente de la República le preguntó, en una cena de palacio, cómo estaba lidiando con la fama. El médico contestó que seguía siendo el Ludwig Von Pato de siempre, el científico distraído, el hombre sin complicaciones que escribía su apellido en el delantal blanco con un lápiz de pasta, el que trasnochaba haciendo experimentos en la perrera o en la gatera del Nef o en la morgue del Van Buren, estudiando, cortando, suturando y volviendo a cortar y suturar. Envalentonado por los bajativos, esa noche le confió al Presidente su idea de que Valparaíso era el verdadero corazón del país: un lugar vital, tridimensional, denso, genuino, tan distinto de la superficialidad y la siutiquería de Santiago. El mismo Frei, riéndose, alejado de su somnífera solemnidad gracias a unas copas de cabernet, le preguntó que si algún día ese corazón de Chile iba a necesitar ser transplantado. ¿Cómo sería Santiago si tuviera mar? ¿Qué sería de Valparaíso pegado a la cordillera? El Presidente dijo, volviendo a su sobriedad medio tristona, que la verdadera hazaña sería hacer un transplante de país, cortarle las amarras a Chile e injertarlo en otros continentes más auspiciosos, llevárselo con cordillera y todo a otra parte. 

—Chile desplegado a lo largo o a lo ancho de Europa, desde Portugal a la Unión Soviética o desde Finlandia al Mediterráneo: seríamos potencia. Europa con nuestra cordillera de espinazo, qué Pirineos, ni Alpes, qué Urales ni que ocho cuartos… 

—Ese sí que es desafío, Presidente. Una sutura inmensa, mucha anestesia; habría que agotar los bancos de sangre. Piense en la logística. 

—Tengo fe en la medicina —dijo Frei, con su sonrisa triste y sus ojos dormidos. 

Y el Dr. K le contestó, como en una obra de teatro en que los personajes no dialogan sino que alternan parlamentos: 

—La medicina no existe. Existimos los médicos, que somos el cuerpo de la medicina, y existen los pacientes, que son los cuerpos de la humanidad. 

—Los cuerpos de la Patria Joven. Usted tiene labia de político, doctor. Debería ser candidato a la presidencia. Seguro que le quita un par de votos a Neruda. 

—Perderíamos los dos, dirían que los comunistas se comen a las guaguas y que nosotros los judíos las robamos y les chupamos la sangre. 

—Eso lo sabe todo el mundo, doctor. 

Treinta años más tarde, el Dr. K evocaba esas conversaciones cada vez que tomaba la carretera hacia Santiago para sus consultas semanales en una clínica privada. Se preguntaba qué habría sido de su vida si en efecto se hubiera dedicado a la alta política, aprovechando su fama. ¿Habría acabado como su solemne amigo Frei Montalva, que murió confinado en una clínica plagada de agentes de la dictadura, incomunicado, febril, garabateando mensajes sin destino para advertir que lo estaban envenenando como un perro callejero; se imaginaba su cadáver desnudo colgando de un garfio, rajado por la mitad, su corazón desaparecido, escondido en una gaveta y luego arrojado quizás a qué basural con el resto de sus largas vísceras? Qué venganza más dura se habían tomado con ese hombre de mirada perdida, qué final tan sórdido para sus sueños de transformación y de justicia. 

Los médicos no causan rencores tan intensos, pensó, pero entonces se tuvo que acordar de mi hermana, la loca que una tarde lo amenazó con un revólver para pedirle explicaciones por un paciente olvidado, un niño de cinco años del que él no tenía el más mínimo recuerdo, un niño que, según ella, él había mandado a morir al extranjero. Aparte de eso, el Dr. K solo recordaba muestras de gratitud; entre ellas, las más importantes la de María Elena Peñaloza, la de Nelson Orellana, sus primeros transplantados. Las familias de los donantes también agradecían, porque entendieron muy bien que entregar el corazón del hijo, de la hija, del marido o la mujer era una forma de aplacar el dolor de su pérdida. Por lo menos una parte de ellos seguía viva, latiendo sin cesar en el cuerpo de otra persona. 

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