“La literatura para mí no cumple un afán aleccionador ni de dictar cátedra”: entrevista a Claudia Apablaza

Cristian Salgado Poehlmann

“Ninguna simiente pura en los filamentos del viento”, escribió el poeta francés Saint-John Perse, imagen que bien puede asociarse con la obra de Claudia Apablaza (Rancagua, 1978), dueña de una voz tan iconoclasta como ecléctica en las letras hispanoamericanas. Desde 2006, con la aparición de su primer libro, autoformato, ha desvalijado de sus pertenencias al lector de aeropuerto, acostumbrado a la comodidad de la narrativa predecible.

Historia de mi lengua, en palabras de su narradora, “no es una novela, no es un diario, no es un ensayo, no es un poema”. Lovecraft diría “indescriptible” y Teillier, “mensajes de un mundo que no amamos, pero al cual pertenecemos”. Un libro que, en apenas 111 páginas, aborda tantas cuestiones, literarias y profanas, como escritores bohemios encontrábamos en el centro de Santiago en la década de los sesenta.

Compuesto a partir de casi tantos fragmentos como páginas tiene el libro, Historia de mi lengua entrega información, la oculta y la borronea: “una imagen condensada en cada página que va desapareciendo”. La certeza que queda es que el vacío de toda trascendencia es lo realmente importante. Un luciferista diría: “Haz tu voluntad, será toda la ley”.

Tienes una relación con la forma y las definiciones, por decirlo de algún modo y en sentido amplio, compleja. ¿Qué es para ti escribir?

No creo tener una definición específica, más bien pienso que la escritura se arma en cada texto, en cada nuevo proyecto, es ahí donde se fragua, se materializa. El otro día leía a una poeta chilena que decía que los escritores no escriben libros, sino que los libros son materia de los editores, que los escritores escribimos textos y los editores les dan la categoría de libro y los clasifican en algún género. Me gustó leer eso, creo que fue la escritora Verónica Jiménez a quien le leí esa idea en alguna de sus redes. Ahora bien, me encanta cómo Marguerite Duras se refiere a la escritura en su libro Escribir, cómo la relaciona con la soledad. Cuando dice “yo era una persona sola con mi escritura, sola muy lejos de todo”. O “He conservado la soledad de los primeros libros”. “La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce”. O en este párrafo más extenso que lo encuentro hermoso: “Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir”.

Foto de la autora, crédito a Isabel Wagemann 

¿Tienes en mente alguna estructura, algún objetivo determinado antes de sentarte a escribir un libro?

Depende del libro. A veces se me aparece un título, un título que viene acompañado de una intuición de escritura y que detrás de ese título hay un todo para ser materializado, como lo fue con Historia de mi lengua. He pasado años de mi vida con el título La felicidad de los ventiladores y he ensayado distintas escrituras para ese título, he ganado becas de escritura con él, lo he anunciado en entrevistas, lo hice novela, luego cuento, luego borré todo y todo lo que he hecho con ese título ha sido fallido. Sin embargo, está ahí, esperando por algo.

En otras ocasiones aparece una especie de escritura río, donde no paro de escribir, sin un horizonte, sin una brújula, medio enloquecida y sin títulos obviamente. Esto me pasó con Diario de quedar embarazada y con Goø y el amor.

También trabajo con la idea de proyecto, donde todo es más estructurado y rígido, con objetivos y detalles, casi siempre cuando escribo libros de cuentos me pasa esto. Pienso en el tema, en la cantidad de cuentos, en el hilo conductor.

Entonces y en resumen, depende de cada libro el cómo me enfrento a la escritura.  

Escribes hace rato, tienes una personalidad como autora. ¿Recomendarías algún orden para entrar a tu obra?

En general he publicado en pequeñas editoriales latinoamericanas y algunas españolas, salvo un libro que publiqué en una grande, entonces creo que encontrar todos mis libros es bastante difícil hoy en día. Por lo mismo, creo que ese orden más bien debería estar definido por el acceso a ellos, los que se vayan encontrando en bibliotecas, librerías, internet o incluso amigas que te los puedan prestar.

¿Por qué no te has casado con ninguna editorial? Has pasado por muchas.

Creo que cada uno de los libros que he publicado le ha gustado a un tipo de editor o editora y se han mostrado interesados en trabajarlo. Me he planteado, sin duda, la idea de quedarme en una casa editorial, lo que evidentemente sería muy cómodo y no implicaría cada vez buscar dónde publicar, pero cuando eso sucede pasan dos cosas: primero, y sin duda, el que te quedes en una misma editorial tiene que ver con un factor económico, un alcance de ventas mayor que determina el que te quedes ahí (por lo general en una grande o trasnacional), y creo que precisamente no soy ese tipo de escritora bestseller que tiene toda su obra en una editorial determinada; y segundo, creo que quedarme en una sola editorial es también una instancia de control con las que no me llevo nada de bien (por decir lo menos). Implica pensar que hay un solo editor o editora con el que puedes dialogar de todos, todos tus libros y que él o ella podría editar cada uno de tus textos. Creo que no es así, creo que cada libro se abre al diálogo con un editor o lectores diferentes. 

¿Ha sido muy complicado lidiar con los editores?

Me gusta mucho lidiar con editores y editoras, me encanta esa tensión a la hora de editar un texto, dialogar intensamente sobre él, discutir incluso, en tanto el editor te trasciende, ve más allá y te lo enrostra. Ahora bien, es difícil encontrar un editor así, involucrado, que se meta en el texto, que tense y cuestione pasajes de los libros. Te digo que también soy editora, y hago eso, o sea, no publico libros en la editorial si no pasamos por ese proceso. Mi momento favorito de la edición es cuando me termino de leer el texto de una autora, y visualizo por dónde debería ir la edición, me aclaro y, acto seguido, cuando ya lo visualizo del todo, envío un largo mensaje de audio diciendo las virtudes y los desaciertos que he encontrado, y espero esa primera respuesta, ese primer impacto de mi mensaje de voz.

Pienso Historia de mi lengua como un libro-marioneta: mueve muchos temas y los deja pender, como un marionetista congela a su personaje después de dotarlo de movimiento.

Qué bien que queda esa sensación de dejar congelado algo, que no se resuelve. En realidad, eso buscaba en este texto, dejar las ideas en suspenso, no hacer de él un texto moral ni dejar enseñanza alguna.

Historia de mi lengua ataca la estandarización del habla. ¿Se trata de una declaración de principios hacia aquellos libros escritos en castellano estándar?

Nunca pensé en este libro como una declaración de principios, porque, la verdad y como dije antes, la literatura para mí no cumple ese afán aleccionador ni de dictar cátedra.

Si fueras librera, ¿cómo venderías Historia de mi lengua?

Hace un par de meses le conté a la librera Sofía Balbuena, cuando ella trabajaba en Lata Peinada, acerca de mi nuevo libro. Me dijo que yo lo describía como muchos otros libros de inmigración y problemas de adaptación lingüística, o algo así. Me dijo que cambiara el discurso acerca de Historia de mi lengua y bueno, ahora que me lo preguntas, tampoco sé muy bien qué decirte, más allá de que es un libro acerca de una mujer que indaga en su historia personal y en el presente acerca de su expresión y se pregunta en el texto de dónde viene esa dificultad de comunicar, si desde lo simbólico, lo imaginario, lo histórico o lo material.

¿Cómo está tu lengua hoy?

Cada día que pasa me siento más derrotada, se me entiende cada vez menos.

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