«Canción para Mañana» o cómo las memorias de Los Bunkers se confunden con las mías
Pascuala Atania Orellana
Hace mucho tiempo que no reseño libros y, como este ha sido un año de regresos, supongo que es un buen momento para aceitar el lápiz en este estilo medio periodista-gonzo que tanto me acomoda.
Cuando Los Bunkers se separaron el 2014 intenté cerrar con llave un período bien turbulento de mi vida. Llevaba a la espalda demasiadas pérdidas. Ahora, más encima, debía asumir que mi grupo preferido ya no existía más. Aunque, si de verdades se trata, pienso que las personas que seguimos tan de cerca los pasos de la banda nos dimos cuenta de la crisis que sufrían con el estreno del documental de Sonar el 2011 y con lo que podíamos observar en ellos después de los conciertos.
Dejaron de estar y seguí escuchando música, por supuesto, pero no era lo mismo. La ilusión de verlos en las giras, de discos nuevos, de viajar a Santiago o Curicó con mis amigas, todo eso se había perdido. Creo que en ese minuto lo tomé como la imperiosa necesidad de “madurar”, de dejar de comportarme como una adolescente que le grita “te amo” a sus ídolos, para mí no fue nada fácil comprender “que a golpes uno tiene que aprender”. De forma casi inconsciente empecé a leer más, más de lo que ya leía. Las horas dando vuelta las discografías las cambié por horas leyendo catedrales literarias, sólo con música instrumental de fondo.
Claro que seguí sus proyectos individuales: Lanza Internacional, López, Pillanes. Los vi en varias tocatas por separado, sin embargo, no sé si por tristeza o por vergüenza (fui bastante loca, reconozcámoslo), no volví a acercarme a ellos para pedirles fotos o autógrafos. Por eso, cuando Mauri lanzó su libro en la Feria Pulsar 2022, después de haber anunciado el regreso del grupo, no dudé ni un segundo en hacer la fila eterna para saludarlo. Quería decirle que Trilce también era el nombre de la revista de don Omar Lara (tremendo poeta y hermosa persona), que todavía tengo la uñeta roja que me regaló en la Blondie el 2008 y que fue mi primer amor platónico (estoy segura de que al decir eso me puse tan roja como ahora escribiendo).
Saber que Alejandro Zambra editó el libro también fue motivo de emoción. El mismísimo al que tuve cerca de media hora firmando para mí todos los libros que ha publicado (hasta los de poesía), jajaja. Perdón, Alejandro, Los Bunkers sufrieron lo mismo un par de lustros antes que tú.
Cada vez que puedo le digo a Zambra que por su culpa mi primer beso fue en una biblioteca con “Bonsái” en mis manos. Era obvio que la ruptura devenida de esa relación estaría musicalizada con el disco “Vida de perros”.
Lo escuché miles de veces cuando lo sacaron el 2005. Me comí un montón de virus descargando las canciones por Ares en un cibercafé y las grité en las tocatas sin tener mucha idea de lo que significaban las letras. Siete años después lloraba a moco tendido porque me pusieron el gorro: como Miéntele al revés, me mintieron a mí. Me morí mil veces de soledad. Revisaba los libros que el hombrecillo me había regalado, los poemas que leíamos juntos porque teníamos “todo el tiempo del tiempo para ser el vacío que éramos en el fondo”, pero lo único que resonaba en mi interior era la voz de Francis cantando “quédate lejos, tan lejos de mi mente, donde no mires de frente a nadie como yo”.
Resultó que justamente Enrique Lihn inspiró Ahora que no estás con su “Porque escribí”. No lo podía creer. “Con razón esa canción es tan jodidamente buena”, grité sola en mi casa. Fue como cuando Francis dijo que estaba leyendo “Las partículas elementales” de Michel Houellebecq. Al final todo está conectado, mis músicos favoritos leen a mis escritores favoritos, son amigos de mi escritor favorito. La herida por fin cicatrizaba.
Cuando salió el álbum La velocidad de la luz no me gustó. No porque las canciones fueran malas, quién soy yo para decidir eso, sino que había algo en él que me daba desconfianza, que me producía un malestar inefable. La única canción que aprendí de inmediato fue la que le da el nombre al disco, las otras se me metieron a la fuerza de tanto encontrarme con ellas por todos lados. Cantaba “Tiraremos piedras a las casas donde nunca vamos a vivir” mientras hacía los trámites para el subsidio en el SERVIU, porque tres años después del terremoto la reconstrucción todavía no llegaba. Abrazaba a mi abuelita y quería pensar que en algún momento estaríamos mejor, todo iba a estar mejor.
Un par de días después de que comenzara el estallido social, mi abuelita se enfermó con esas enfermedades que ya no tienen remedio. Fueron muchas trágicas coincidencias. Así que cuando la banda completa puso la cuenta regresiva en sus historias de Instagram, me vino el alma al cuerpo. Me senté con ella en su cama, le conté que Los Bunkers darían un concierto, le pedí permiso para viajar (en serio no quería que algo fuera distinto a como había sido antes), le di su almuerzo y partí a tomar el bus a Concepción como siempre había soñado: los vería en su casa, tocando en la UdeC.
Mi “mama” murió seis meses después.
Mauri explica que el verso “Ayer agonizó el amor, dejó camisas que escoger” fue por la muerte de su abuelo. El enigma de esa estrofa de Canción para Mañana se develó por completo. Me puse a llorar mientras leía, coloqué la canción en Spotify y miré los vestidos que me quedaron de ella, sus camisas de dormir, los lentes de sol que se ponía en los sesenta para ir a Pellines: “un par de gafas para ver lo que mañana pueda aparecer”.
Disculpen si al final esta reseña no es tal, ni musical ni literaria. Sólo les puedo decir que me gusta mucho la forma en la que Mauri plantea el libro. Leerlo es como conversar con un amigo que resuelve todas tus dudas, que confía en ti para contarte sus secretos porque sabe que los atesorarás como un regalo invaluable. Pese a que es muy probable que el cariño infinito que les tengo me esté nublando la razón, es fascinante descubrir los acordes, arreglos, instrumentos, influencias de libros y películas que lo inspiraron para escribir sus canciones. Sí, confieso que fui inmediatamente a buscar el track 14 del London Calling y sonreí al escuchar las trompetas de Deudas. Ni a mi mama le obedecía tan rápido.
Ya lo dije por ahí en una publicación de Instagram: me siento muy feliz y orgullosa de saber que mis artistas más amados, además de buenos músicos, son buenas personas. Eso fue demostrado de sobra este mes y en diciembre del 2019. No queda más que darte las gracias por “Canción para mañana”, Mauri, por tus ojitos llorosos en el concierto de Concepción, por compartir tu experiencia creativa con quienes te admiramos desde hace casi veinte años y, por qué no, con quienes recién los están descubriendo.
Jamás me cansaré de darles las gracias a los cinco por estar de vuelta.
Link con las canciones mencionadas en el libro: https://open.spotify.com/playlist/5C40ilaGGrPRrPqzFW6Uxv?si=cad73041437c4b1c




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