De agua y tierra
Macarena García Moggia
Perros recostados, chincoles revoloteando, gatos sigilosos. Con criaturas como estas ingresamos a este libro de Silvana González, Humedad. Pero no es que las veamos a ellas, precisamente, ahí. Más bien sentimos su presencia, silenciosa como la de los árboles: un espino, por ejemplo, en cuyas vainas parece cimentarse la escritura de estos poemas en los que la quietud, la máxima quietud, se alterna con el movimiento lento que produce el calor sobre las cosas.
Hay el calor de un verano inundando estos poemas: “los grados suben / de a tramos / hasta bajar lentamente / hacia neblinas / camanchacas / y humedades”. Hay el calor de un cierto vaho, de un aire húmedo que se impregna en las cosas, en la mirada, y sobre todo en el lenguaje, que “se ha ido esculpiendo / hacia afuera”, como los frutos: de adentro hacia afuera, “se blinda ante el agua anegada / languidece por el calor”.
También predomina la imagen de un jardín. Aunque la sola palabra jardín, con los diseños y formas que acaso lo componen, excede con mucho la eclosión de algún modo espontánea con la que vemos y sentimos el aparecer de las imágenes aquí. Se trata más bien de un patio doméstico y al mismo tiempo salvaje, indomesticado, en el que las especies conocidas, muy de nuestro valle central, se encuentran con otras introducidas, como ocurre habitualmente en la poesía.
Mientras leía, vino a mi mente una cierta Mistral, particularmente aquella que a menudo se comparaba a sí misma con los árboles. Algo que ocurre, por ejemplo, en el poema “Luto”, de Lagar: “Mi último árbol no está en la tierra / no es de semilla no de leño,/ no se plantó, no tiene riegos. / Soy yo misma mi ciprés / mi sombreadura y mi ruedo, / mi sudario sin costuras, / y mi sueño que camina / árbol de humo y con los ojos abiertos”.
Esta identificación, que creo persistente en Mistral, reverbera también en estas páginas en las que, sin embargo, algo así como el yo, con su tendencia a la unidad, parece completamente ausente. A no ser por los recuerdos, la infancia que salpica estas páginas, o por ciertos reflejos, atisbos de una mirada humana que se hace presente, impregnada de la misma quietud y frescor de los árboles que se alzan sin permiso sobre la tierra.
Una tierra de la que emana, sobre todo, humedad. Una tierra mojada como el barro, o la greda, de la que pueden brotar árboles, arbustos, como también palabras. La tierra humedecida es tierra que puede cobrar formas. Volverse maleable como la lengua. Así nos lo sugiere, en efecto, la secuencia fragmentaria de fotografías que acompañan este libro, insistiendo la imagen de la artesa que contiene el agua y con ella los reflejos de las ramas, los árboles y la luz. Sobre todo la luz.
El idioma es “gestado dentro de la artesa” cubierta de hojas que flotan en el agua, se dice en un poema. La sola imagen de esas hojas flotando leves sobre un agua quieta me hace pensar en la voluntad constructiva que deslumbra en este libro. Y digo bien: deslumbra. Porque no hay pies forzados ni proyectos formales que antecedan aquello a lo cual se busca dar forma. Lo que hay en cambio es un modo de darse y ordenarse las palabras sobre la página que intuyo completamente atento al modo como aparecen las cosas a los sentidos: de a pedazos, pero no rotas. Más bien elípticas. La realidad no es aquí un montaje de imágenes inconexas sino un conjunto fragmentario que sin esconder la hendidura que separa cada fragmento –o cada hoja flotando sobre el agua–, no renuncia a una experiencia de totalidad. Incluso si esa experiencia nada tiene que ver con el sentido. Menos aún, ciertamente, con fórmulas de sentido pre hechas, rápidamente reconocibles.
La palabra “aparece”, según logro notar, se me repite al pensar en Humedad. Y es que algo ocurre, en este conjunto, que me parece del orden del alba, del clarear. De ese momento en que la oscuridad cede lentamente el paso a la luz, y con ella al calor. De ese momento, quiero decir, en que las aguas nocturnas descienden hasta impregnar las superficies bajo la forma de la humedad. ¿No es acaso la humedad la textura del amanecer, de la juventud, del día o la vida que comienza, que inaugura para sí un desear?
Una tierra húmeda, como el barro o la greda, es una tierra que no termina de cocerse. Una tierra que guarda su porción de agua, de noche. Que se quiere, todavía y siempre, maleable como el deseo, como las palabras.
A propósito de esto, recordé unos versos de Gloria Gervitz con cuyas Migraciones podría este libro mantener un diálogo acaso invisible: “Las palabras / Brevísimas húmedas / Rozan la superficie / Y la voz sabe que no sabe”.
En el reverso de estos cuatro versos, en el reverso del misterio húmedo que en ellos se anuncia, , imaginé que podría estar escrito este otro poema de Humedad que tal vez dice, muy sutilmente, lo que el libro entero hace con la luz. Con las hojas de los árboles que la filtran. Con el agua y la tierra:
Una página de
ese libro
basta
ilumina cada árbol
en su fuente
termina de escribir
recorridos
con el flujo del agua
dentro de la tierra.
*Texto leído en Valparaíso, el viernes 6 de abril de 2023, durante la presentación del libro Humedad (Provincianos Editores, 2023) de Silvana González.


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