Presentación de Olvidarlo todo de Fabián Riquelme Csori

Por Carolina Soto Riveros

Un hombre enfrenta un momento crucial de su existencia, en que debe elegir entre su memoria y el olvido colectivo. ¿Olvidarlo todo o recordarlo todo? ¿Qué se requiere dejar atrás para recordar lo esencial? En una isla fría y remota, donde acaba el mundo y convergen los fantasmas, lo esencial es una barraca y los horrores que esconde. En Olvidarlo todo, lo esencial es lo que todos quieren olvidar, y la pregunta es si por eso deberíamos evitar que desaparezca.

Al reflexionar sobre algo tan íntimo como la muerte de su ser más querido por causas naturales, Julián Barnes concluye que hay experiencias que no es necesario vivir porque de ellas no se saca nada. En el arrebato de la injusticia de vivir la ausencia de su mujer, reconoce circunstancias cuyo sin sentido es mucho mayor, menciona la tortura, la desaparición y la reclusión forzada.  Experiencias que causan sólo dolor. Cosas que no debieron pasar y por eso es necesario dejar registro de que ocurrieron. Para eso este libro propone una alianza de oficios entre dibujante y escribiente, que tiene el poder de amplificar el registro original al dotarlo de movimiento. Los dibujos de Miguel se transforman en fotogramas a través de las palabras de Fabián, quien se autoimpuso la tarea de trazar un recorrido capaz de contener todas las dimensiones que no captura una imagen estática, ni siquiera una en movimiento: el registro de las percepciones profundas e individuales del dibujante y sus compañeros, a través de las suposiciones libres del escribiente.

En una lectura personal y muy auto referida, que por ser colega del protagonista no quiero reprimir, me parece que en este relato se recoge la vocación de quienes nos decidimos por ocuparnos en la arquitectura. Me atrevo a decirlo porque a partir de la lectura del libro logré concluir que las arquitectas y los arquitectos cuando dibujamos lo hacemos con uno de dos objetivos: entender el presente o predecir el futuro. Sobre ocupaciones y vocaciones, en un pasaje del segundo capítulo para diferenciar el rol protagónico del compañero arquitecto, el autor establece que lo que distingue a los cautivos es lo que ya no son. Dice: 

“todos aquí compartimos el mismo Karma, que solo difiere en aquello que cada uno ha dejado atrás, en el hueco que esa falta ha dejado en cada uno de nosotros. Porque lo que nos distingue parece ser apenas lo que ya no somos”.

Es que los cautivos tienen en común haber sido parte de aquel siempre pequeño grupo de hombres que define cuáles son los problemas que absorben el presupuesto de una nación. De ese grupo el que ocupa los recursos de su vocación para hacerle frente al cautiverio es el arquitecto. (No puedo evitar agradecerle a dibujante y escribiente la reivindicación de esta ocupación en crisis desde el inicio de la modernidad).

En el libro, un protagonista que en su vida anterior bien pudo haber participado en las trasformaciones más profundas que viera esta ciudad, en aquellos espacios cuyo valor de uso supera el valor de cambio, para predecir las condiciones de vida de los siempre excluidos, ajustó su foco para avocarse a la tarea de dibujar aquello que pronostica su sobrevivencia y la de sus compañeros, la reconstrucción de una iglesia sin feligresía en el fin del mundo. De este modo, los dibujos que hizo para explicarnos los términos de su cautiverio sirven de cimiento para esta narración y los dibujos que haría para afirmar su sobrevivencia sirven para estructurar el libro y darle forma.

Así como en “Construcción”, la canción en la que Chico Buarque juega con adjetivos y metáforas, estrofa por estrofa, en un rotativo de acciones que siempre concluyen en el mismo y trágico final; de forma parecida este libro se construye a partir de un conjunto de perspectivas ordenadas en capítulos. En todos recorremos el único camino posible desde el campamento a la faena y de vuelta. En el primer capítulo los objetos sirven de testigo omnipresente para no dejar rincón sin levantar, la locación queda expuesta; en el segundo la perspectiva de uno de los cautivos acopla la acción de trasladarse con el movimiento interior de los que siguen las instrucciones del único que sabría cómo permanecer; en el tercer capítulo se expone el variado espectro de personas que pueden cumplir el rol de celadores; la perspectiva del protagonista llega en el cuarto capítulo y de ésta ya dije lo que quería decir. Todas estas perspectivas se sitúan en el mismo trayecto diario a través de un paraíso decampado donde el único libre es el viento, que como dice el autor: 

“es lo único que persiste y realmente se mueve a su antojo, trazando en el espacio una serie de rutas sin principio ni fin, que se bifurcan y vuelven a encontrar una y otra vez en cualquier lugar, en cualquier momento”. 

Y como para atrapar más todas estas perspectivas cautivas el autor nos ofrece las visiones de los que llama fantasmas, aquellos que habitan todo lo queda afuera del campamento, el camino y la faena. 

Ya agradecí al dibujante y al escribiente, pero quiero hacerlo de nuevo, al primero por levantar su cautiverio como nos enseñaron, contando en imágenes cada hallazgo, al segundo por arriesgarse a darles movimiento y espesor inmaterial. También a la editorial por lo prolija de la publicación y por invitarme a compartir mi lectura y mi admiración. 

***

Fabián Riquelme Csori. (Concepción, 1984) Investigador, académico y artista escénico. Su primer cuento, “Extraterrestres”, lo escribió a inicios de los años 90’s, y durante años escribió principalmente poesía. Salvo por revistas literarias locales, era un autor inédito. La idea de Olvidarlo todo, su primera novela, nació mientras acababa un doctorado en Barcelona, y se empezó a escribir tras su llegada a Valparaíso. Ha frecuentado varios talleres literarios, agradeciendo principalmente los de Alejandra Costamagna y Claudia Apablaza.Carolina Soto Riveros. Arquitecta Pontificia Universidad Católica de Chile, Magíster en Gestión y Políticas Públicas de la Universidad de Chile. Autora de la novela Días Festivos (Ediciones Overol, 2020).

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