No me gustan las ventanas negras
vERA zEPEDA
No me gusta andar en el auto de mi papá porque tiene las ventanas negras. Desde adentro no se ven los colores, como si todo el mundo estuviera en una hoja de un cuaderno en la que nadie dibuja. Los árboles se ven grises. El sol es como un borrón débil. El cielo siempre está pálido desde el auto de mi papá.
Este día me van a dejar a la escuela y yo voy en el asiento de atrás. No quiero bajar el vidrio para mirar el paisaje como lo hacía con mi mamá todos los días. Ella está triste y prefiero no acordarme de eso. No quiero verla llorando en la cama otra vez.
A mí nadie me dice nada pero sé que todo esto tiene que ver con la muerte del tío Jorge. Quieren hacerme creer que está enfermo pero yo sé la verdad porque me la contaron en la Escuela la semana pasada. Al tío Jorge lo mataron y por eso mi mamá ya no nos habla. No quiere comer y en las noches se la pasa gritando. Se encierra en la pieza y me tiene que ir a dejar mi papá en su auto de ventanas negras.
Lo del tío Jorge me lo contó la Fiorella. Yo lo odiaba porque no entendía por qué se había muerto. Ella me explicó que no se había suicidado, que en realidad lo mataron. Creo que nunca antes había escuchado la palabra suicidar, y aunque todavía no sé qué es, sé que debe ser algo terrible. Cuando ella usa esas palabras complicadas me da vergüenza preguntarle qué significan, me siento estúpida. La Fiorella sabe harto de estas cosas porque sus papás le cuentan todo. A mí me traen a la Escuela y me dejan nomás, esperando a que vuelvan a buscarme o a veces me tengo que ir sola. La mayor parte del tiempo me voy conversando con mis compañeros de regreso a la casa. Mi papá vuelve del trabajo cansado y no me pide perdón por dejarme botada. Mi mamá sigue llorando en la pieza y no se pregunta cómo llegué.
A la Fiorella la quieren. A la Fiorella nunca le han matado a ningún tío.
Ese día me bajo del auto y mi papá me dice que me cuide y que no ande saliendo mucho al patio a jugar. Le prometo que no voy a salir pero sé que cuando me lo ofrezcan seré de las primeras en estar corriendo por la cancha. Me gusta sentir la brisa que se forma cuando muevo mis brazos en el patio. Las palpitaciones nerviosas de mi pecho cuando jugamos a las escondidas. Eso no se siente adentro en las salas ni tampoco en las casas. Esa velocidad de casi andar por el aire.
Pero ahora hace frío y es como si el aire se hubiera detenido, como si no hubiera. Cuando entro a la Escuela nos hacen formarnos y nos cuentan. Después en la sala pasan la lista y yo trato de ignorarlos a todos hasta que llega la Fiorella y se sienta al lado.
-No hay que salir al patio Maca -me dice susurrando. Como si fuera un secreto.
-Sí me dijeron -le respondo porque no quiero que sepa que yo no sé nada. Quiero que crea que yo sé tanto como ella.
No me responde y solo se queda mirando fijamente el cielo a través de los ventanales de la sala. Sigo la mirada y veo a lo lejos entre los cerros, una nube gris que tapa al sol de las ocho de la mañana.
La profe pasa la lista del séptimo básico D. Casi todos presentes menos una compañera que sabemos que tuvieron que internarla la semana pasada en otra ciudad que no recuerdo, y otro compañero que está en el funeral de su tata. La profe dice que les desea lo mejor y que lo mismo debemos desear nosotros. Me siento un poco culpable porque yo no deseo nada. Solo quiero que llegue mi nombre para decir presente y dejar de hablar de la muerte. Me da miedo pensarlo pero yo creo que todos sabemos que esa compañera se va a morir. Su papá trabaja con mi mamá y ella siempre habla de que él va a ser el próximo Jorge. Quizás después después a mi compañera también la van a suicidar.
Me duele la cabeza durante toda la mañana y a la Fiorella también. Anda trayendo unas pastillas y me las pasa debajo de la mesa. Son unas vitaminas C que me encantan. Las pongo debajo de mi lengua, y después de que se ablandan, las arrastro por todos los interiores de mi boca, hasta que no queda nada. Las comemos cuando la profesora barre por tercera vez el pasillo afuera de la puerta. Dice que se junta harto polvo, que por favor tratemos de limpiar los pupitres de madera cada media hora. Yo no lo hago y veo cómo se va poniendo gris. Le hago caso a la Fiorella porque ella me dice que todo eso se va a los pulmones. Me da miedo pensar en los pulmones o en cualquier otro órgano que nos enseñan.
Yo creía que el único importante era el corazón. Pero parece que después de todo cualquier órgano se puede echar a perder. Primero despacio, casi sin sentirse, me decía mi mamá antes, cuando le gustaba explicarme cosas. Yo no entiendo cómo puede pasar. Cómo puede empezar a morir una pequeña parte, sin que duela.
Eso le pasó a mi tío meses de que lo mataran. El cáncer es cuando tus órganos se echan a perder, me explicó la Fiorella, aquí pasa cuando las personas ya tienen que morirse. Me pregunto si algún día lo voy a tener yo, aquí. Si la Fiorella. Si los papás de ella, cuando ya estén muy viejos para seguirle enseñando cosas.
La Fiorella mastica las vitaminas y suena fuerte. La profesora no se inmuta. Está pálida mirando el piso que se vuelve a ensuciar. Mis compañeros comienzan a desordenarse y yo me quedo conversando con mi amiga. Creo que es lo mejor que puedo hacer. La sala parece la de un hospital, o la sala donde se hacen clases de noche.
De afuera no llega sol. Está nublado y parece que va a llover. Cuando me río la Fiorella me dice que tengo los dientes oscuros. Yo le digo que ella también y se mata de la risa. Entonces la profesora se pone de pie y camina hacia mi asiento y todo el curso se queda callado porque pareciera que nos va a gritar.
La Fiorella me dice que mire el cielo. No lo puedo ver bien. Es como si las ventanas se hubieran puesto negras, como las del auto de mi papá. Como si nunca me hubiera bajado al empezar esta mañana. Como si nunca hubiera llegado.
Entonces la profesora vomita en el pasillo. A mí me toma la mano la Fiorella y me da una clavada en la guata que nunca antes había sentido. Quiero sostenerla de su mano pero la suelto porque me duele mucho. Cuando la quiero encontrar otra vez, siento su palma dura, como piedra. Está en el piso. Boca arriba y se mueve como si alguien la zamarreara. Los ojos blancos. La cabeza haciendo un extraño sonido al chocar contra el piso. Nadie va a ayudarla. La profesora no deja de vomitar. Me pongo a llorar tan fuerte que varios compañeros me siguen.
Se agacho debajo de mi pupitre y miro hacia otra parte. No quiero ver a la Fiorella muriéndose. No quiero ver a mi profesora muriéndose. No quiero ver a nadie vomitando. No salí al patio, me repito, para calmarme, pero es imposible. El patio entró por las ventanas.
Me agarro fuerte la guata y pienso en mi tío Jorge. Pienso en que lo entiendo ahora. Pienso en que si acaso esto será suicidarse.


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