La vidente

Dainerys Machado

Cuando era chiquitica, tenía fama de ser vidente. Una vez mi mamá quiso entender qué pasaba con mi espíritu y me llevó a ver a una brujera. La brujera le dijo: “Tu hija tiene mucha luz”. Desde ese día, casi me hacen un altar en casa.


Cuando yo decía “hay una mujer de pelo largo en la vida de mi papá”, era porque la había. O cuando decía “esa taza se va a caer de la mesa”, se caía. También decía a veces: “Llegará el arroz del mes a la bodega… y es arroz chino”, y tres días después llegaban diez barcos cargados de arroz de China.
Debo confesar ahora, al cabo de tantos años, que todo tenía explicaciones muy sencillas; pero nadie nunca me las pidió. 


Como yo era una niña relativamente tranquila, la maestra me dejaba salir, todas las tardes después de almuerzo, a pararme un rato en el portal de la escuela primaria. Ella decía: “es un premio a tu buen comportamiento”. Yo sabía que era su forma de librarse de mí. Con mis salidas evitaba que anduviera regañando a mis compañeros por no hacer la tarea, apuntándolos en la lista negra y dándole quejas. Porque además de vidente, yo era una niña muy seria.


Un día, estaba en el portal de la escuela, cuando vi pasar a mi papá con una mujer de pelo largo. Al otro día, pasó con otra. Al otro día, con otra. Hasta que el ciclo se completó y me di cuenta de que mi papá pasaba todos los días con una mujer… que no era mi mamá, por supuesto. La acompañante tampoco llevaba siempre el cabello largo. Pero esa frase lapidaria: “hay una mujer de pelo largo en la vida de mi papá”, con tono de experta brujera, fue la manera que encontré de compartir la información en mi casa, sin que me quitaran el placer de pararme todos los días en el portal de la escuela. Porque además de vidente y seria, yo era una niña muy solitaria a la que le encantaba pasar horas lejos del escándalo de mis compañeros.


Lo de las tazas, platos y copas que anunciaba iban a romperse tampoco era difícil de augurar. Cuando mi hermana acomodaba la repisa o guardaba la vajilla, ponía todo su despiste en funciones de la acción. Dejaba las cosas al bordecito de la mesa, al bordecito del cristal, siempre al bordecito, siempre listo para resbalarse. Y como yo era una niña vidente, solitaria y me gustaba siempre tener la razón, cuando las cosas no se caían para cumplir mis predicciones de tiempo y lugar, yo las ayudaba.


Mi escuela estaba al lado de la bodega del barrio. Así que lo del arroz chino se lo escuchaba decir al bodeguero, en mis largas horas de aislamiento público. También el custodio Ramón a veces me daba información sobre el orden de llegada de los mandados. Era una fuente muy confiable ese querido viejo Ramón.


Otro día le dije a Luisa, una de las mejores amigas de mi mamá: “Si te vas este verano a Varadero, ten cuidado con los tiburones”. Luisa me llamó por teléfono una semana después. Mi mamá se extrañó de que ella quisiera hablar conmigo, que tenía apenas 9 años y nada que contar. Luisa me dijo: “Me jodiste las vacaciones, ¿oíste? No me atreví a meterme en la playa porque estaba segura de que me iba a comer el singa’o tiburón ese”. 


Yo además de vidente, seria y solitaria, era una niña muy envidiosa.


***

“La vidente” fue publicado originalmente en Las noventa Habanas (Katakana Editores, 2019).

Dainerys Machado Vento (La Habana, 1986). Escritora, periodista e investigadora literaria. Doctora en Estudios Literarios, Lingüísticos y Culturales por la Universidad de Miami y tiene una Maestría en Literatura Hispanoamericana por El Colegio de San Luis, A.C., México. Es autora del libro de cuentos Las noventa Habanas y de la investigación El estruendo de Ciclón. La nueva revista cubana (1955-1959) (Katakana, 2019 y 2022). En 2022, aparece en España su segundo libro de ficción, Retratos de la orilla, también publicado en México. Recientemente ha publicado el ensayo Los muchachos en Trumplandia (Editorial Base), apuntes sobre el cómic y la serie de televisión The Boys.

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