¿Dónde estamos cuando escribimos, Camilo?
Nadia Prado
Piensa y repite de Camilo Brodsky
«Pon en el sepulcro para el muerto las palabras
que dijo para vivir.
Posa su cabeza entre ellas…».
“In memoriam Paul Éluard”, Paul Celan
Al leer Piensa y repite (Aparte, 2022) pensé en Puerca tierra de John Berger, cuando dice que «los muertos no se quedan donde los enterramos», porque Camilo Brodsky trae de vuelta a los espectros que nos acompañan. Concuerdo con Soto Román y Henrickson: esta es una poesía situada, hecha a mano alzada, «que reconoce en nuestra biografía la historia de los vencidos», por cuanto este poema muestra escribiendo los diversos acontecimientos, desde la experiencia y un compromiso ineludible con los otros, con los cuerpos que han sido sepultados y hundidos. Es un compromiso desde la «persistencia del afecto» (Henrickson), con el que alcanzamos a mirar, aunque sea en un pequeño vistazo, no la gran Historia sino las historias. Aquellas que articulan cuerpo e historia, esa historia genealógica de la que nos hablara Foucault, que exhibe las historias locales, menores y subversivas. Piensa y repite es un homenaje a la «historia inmemorial» de los vencidos, un «inventario de sucesos», de personas y cosas, de una masacre vivida en un mundo que se agota. Pasa revista dando cuenta del silencio en el que vivimos. El poema anida, inscribe esa perturbación, interrumpe al lector, al que vivió y al que no ha vivido los hechos que narra. La cabeza se detiene, piensa, repite, recuerda. Emprender el pensar y el repetir antes de que un insecto devore lo escrito.
Blanca Varela alguna vez pensó que «la poesía es un vicio que se adquiere con la infancia», es decir, un vicio que se adquiere cuando estamos inermes, cuando nuestra inocencia es sorprendida «por la dura mano adulta que le cae encima» (73)[i]. En Piensa y repite hay una disposición que inscribe un modo de ser que escudriña todo, una poética de la sublevación en que la indestructibilidad del deseo, su «melancolía trágica», si seguimos a Juan Pablo Arancibia, que transita junto a una alteridad desdibujada, es profundamente política y ética. Escribe anotando en las orillas. Incluso el colofón aloja esa contigüidad y deriva, porque importan las historias ni grandilocuentes ni excepcionales. Cito: «Mi mundo no ha tenido en realidad / nada ni lejanamente excepcional. No exageradamente ancho, no inabarcablemente ajeno; […] Mi mundo vida riel y firmamento / con nada se ha lucido en realidad» (9-10).
Berger, también en Puerca tierra, dice que «la escritura es un vínculo y una barrera» que se «convierte en una lucha por dar significado a la experiencia». Piensa y repite es un intento por dar lugar y hacerles lugar a las vidas perdidas, al lenguaje del ausente que es la escritura. Posibilidad de presentificación para lo que ha sido retirado de golpe del mundo en una historia que ha acontecido en los intersticios. Cito: «El poema no es la Mara Salvatrucha y sus disparos / no es la Mara» (11), sino más bien, sería una «Chrysoperla [que] transcurre / como los minutos en invierno, / persiguiendo a todas luces torpes y / ficticias sombras de pulgones / en los sucios intersticios del teclado» (11). El poema, la vida, sus intersticios, enciende ese no-lugar de heterogeneidades donde todo puede aparecer, como «movimiento hipodérmico» que corta el curso homogéneo de los hechos. Haciendo emerger las fallas, cortando la continuidad lineal, evidenciando las manchas y lo que crece «bajo las letras mórbidas» (11). Se hace un mantra que va recogiendo recuerdos, como si fuese la memorabilia de un tiempo que no cesa. No podemos olvidarnos de los rostros perdidos. El silencio que desde el antes carcome, emerge como «vibraciones en el aire» (12), como «frases traficadas» (12) en situaciones anodinas y días sin esperanza en que debemos hacer acontecer lo que se oculta. Un poema, cuya ley clandestina puede abrazarnos, protegernos, pese a que «el lenguaje anida todavía rastros de exterminio» (12). Construir dentro mientras los voltios hacen saltar de afuera hacia dentro. Todos somos el zelota que transita por este libro, todos somos el cuerpo palestino que explota con el cemento. Camilo habla de esa «guerra sin tregua ni sentido» (13), que ocurre entretanto permanecemos clandestinos, «predestinado[s] al silencio» (13), en «la precariedad de los siglos, [y] el garrote vil» (13), imperceptibles ante cualquier imprevisto, un estallido que puede dañarnos.
La escritura se transforma en vaivén, en frases que soliviantan la fatiga y el escalofrío. La poesía, según Gerardo Jorge y Arturo Carrera en Polvera de las enciclopedias, no es otra cosa que «la ilusión de crear un vocabulario para una orfandad compartida». Brodsky crea ese vocabulario, trae de vuelta lo que desaparece desde el epígrafe: «la escritura es, originalmente, el lenguaje del ausente». Completo la cita de Freud para rellenar en mi cabeza las ausencias propias: «la escritura es, originalmente, el lenguaje del ausente, la vivienda, un sucedáneo del vientre materno, primera morada cuya nostalgia quizá aún persista en nosotros, donde estábamos tan seguros y nos sentíamos tan a gusto». Hay que aclimatarse a lo que nos traen los días, escuchar la «lengua de silencios que desenrolla su existencia» (17), en medio de titulares de diarios llenos de crimen. La palabra se ultima como se ultima un cuerpo que no tiene continuidad clavado por alfileres como un insecto sobre un corcho. Cito: «Quedan fijos los rostros que portan los desaparecidos en los retratos, los carteles en que estamos acostumbrados a verlos, no podemos imaginar sus caras de otra forma» (21). Lo desaparecido fija nuestras vidas, los nombres vibran y pedalean más rápido que los pies cuando queremos dejarlos atrás: Londres 38, Cuatro Álamos, Siria, Auschwitz. Testigos y sobrevivientes, eso que no queremos ser porque no tendríamos cómo esquivar el “pero” que se vuelve la vida cuando algunos ya no están, detención que nos transforma en «mariposas o escarabajos voladores en un insectario» (21). Somos «los retratos a los que nos acostumbramos de los desaparecidos clavados por el alfiler en un cajón del kárdex de nuestra memoria» (21). Multiplicados sobre lo muerto incrustado porfiadamente en la memoria, no se puede invertir la «herrumbre del recuerdo» (22), ni «partícula a partícula sus miedos» (22). Cito: «Piensa en los cangrejos recorriendo meticulosos los rieles / los contornos de los sacos repletos / de cuerpos masacrados de trenes vigorosos; / piensa en el país inmóvil y su desamor de operativo / su color ceniciento de exterminio, su mar de cementerio. / Piensa y repite con devoción los nombres en tu cabeza de los trenes» (22-23). Devoción, para Carrera y Jorge, sería «la irradiación material de una fuerza», dedicación y «disposición a hacer». Cada memoria, cada nombre desaparecido se vuelve un botón de nácar en el fondo del mar amplificado por el lente. La mirada debe aumentarse para encontrar.
Los poemas, anotaciones al margen, en Piensa y repite, operan como una extensa dedicatoria, un dictado que escribe la ausencia, una técnica para retener los rostros que se pierden y desdibujan, porque «el llanto [de] (…) la ausencia [se mueve] a la velocidad del agua de los ríos» (26), y solo queda acariciar distancias, mensurarlas. La escritura en Camilo Brodsky es una forma del afecto, una caricia hacia lo desaparecido, cuyo deseo infructuoso de tocar continúa porque no se cumple sin la presencia del otro. Sin embargo, esta falta de confirmación abre el poema, es su posibilidad, se transforma en boca, en «los mugidos de pavor del animal ciego de miedo» (28) que devora todo. Pensar y repetir es «el maelstrom de [esos] mugidos» (74). Remolino. «angustia que se vuelca» (74), mugido de la muchedumbre que nos acoplainmanente en su propio desconsuelo. Entre las letras mórbidas del teclado, lo ausente se disemina en su desaparición.
Camilo Brodsky deja registro, completa un documento que denuncia las lagunas del archivo oficial, le hace justicia a la porosidad de la historia, como diría Didi-Huberman. Desde el presente la memoria, en su movimiento despiadado, hace retornar incluso al amigo ahorcado en un baño insignificante. Abre los ojos donde el flash los cierra. Escribir se vuelve la «distancia entre el ojo / lo que ve y la poesía» (30). Trae lo que «se oculta en el Infierno» (30), entre la fatiga, la derrota y el escepticismo. Cito: «La Revolución es también / una pulsión asintomática en su origen: / es el movimiento autónomo de los miembros / la cinética en los brazos del que se ahoga / lo que da la sensación de progreso» (33).
Brodsky registra los hechos más allá del puro en sí de la información, lo que resulta difícil de explicar ingresa en el poema, con toda su geografía de eventos que nos astillan. El poeta es un retratista en el presente que traza para poder ver, vuelto hacia atrás, en la ruina en la que continúa escarbando. La espátula va y viene por las versiones que intenta: «Soy más bien un / retratista al que el sopor / barroco que lo acecha en / los pliegues claroscuro le / ocultara los detalles las / arrugas de los rostros» (41).
Un padre, las hijas, el amor, son lo que Camilo Brodsky llama los «alias de mi vida», «las formas que ha tomado / la irregularidad rugosa de este tránsito» (43). Sin ese hogar ni ese afecto, el retratista «estaría caminando sobre la cáscara seca de una naranja» (43), a punto de romperse, atrapado en los pliegues que se han multiplicado en una historia en que las ausencias aún conservan la «carne que se suda y se transmuta en carne muerta» (45).
En un pasaje Brodsky escribe: «Solamente yo tengo miedo» (53). El miedo, a diferencia de la memoria, aunque solo sea por un segundo, no es colectivo, en él «se oscurece La Razón» (54), no se divisa, como piensa el zelota, es, anota Camilo, «más que el vaho que la envolverá algún día» (54), su mortaja. La historia registrada en Piensa y repite es pasto y carne de distintas masacres. Cito: «la camisa blanca desgarrada, el pelo / tupido y chamuscado, / el cuerpo que se balancea al ritmo de la horca / improvisada por los hombres de capucha blanca» (54).
El fin no necesita nada, escribe Brodsky: «Ya se acabó todo, al menos lo que sabemos / el resto es una hipótesis que flota / entre las pata de los muebles» (55). Entonces, la cabeza piensa y repite, el pensamiento empieza a correr entre las patas de los muebles, día a día el zelota trata de erguirse sin dolor. De entre las patas de los muebles el pensamiento insiste en registrar los hechos que se suceden. El retratista Brodsky sabe que «la vida es más / que la voluntad de superarse» (58). Sus personajes, los que elige, que no esquiva, son su propia rabia, sus propias lagunas, su propio no saber hoy quién era antes. Dice: «Quizás yo era otro o lo seré / desvestido en redadas policiales por la madrugada / disparando entonces piedras y no balas / no los fuegos / esparciendo al aire la desdicha humana» (59).
Pensar y repetir es la imaginación imaginando el cuerpo sacudido por las balas, el cuerpo en reposo aún afiebrado, como si viviéramos en una convulsión secreta, sacudidos en reposo mientras la vida pasa como si fuera la verdad a la que le echamos un vistazo en Discovery Channel, el dolor una secuencia y la memoria un olor que nos protege y, al mismo tiempo, nos deja en la intemperie. Cito: «el futuro es demasiado amplio, la novedad / no es un estímulo» (69). Las palabras «repiten el cansancio de la carne y de la sangre» (75), el poema se vuelve «un apéndice inútil en el abandono» (82), el miedo nos cansa en su rutina y «el crimen escondido en nuestras carnes, [sigue] su Prosodia a la deriva». Aquilatamos, nos aclimatamos a la muerte. El poema, por su parte, aquilata «un lenguaje sin palabras / que hemos estado leyendo desde nuestra / más temprana infancia; lenguaje / al que no puedo nombrar» (94). No podemos borrar los rastros de la carne.
Vuelvo, para terminar, al colofón. Dice: «Piensa y repite de Camilo Brodsky se terminó de editar en la ciudad de Arica, el mismo día en que investigadores japoneses descubren una nueva especie de orquídeas con pétalos que parecen de cristal». Esta explicación final, intuye, al menos para mí, las historias pequeñas, en medio del gran relato, que conservan lo singular, lo no-repetible. Este poema que descubre, que se sale de sus márgenes le demanda a la historia su propio exceso. Pero también nos dice que el trabajo crítico y poemático del pensamiento sobre sí mismo, pone en suspenso la Historia de los vencedores. Todo puede transformarse por la manera genealógica del poema de mostrar los hechos y sus anotaciones al margen. Piensa y repite nos muestra el saldo de la violencia del capitalismo, cuerpos, nombres y situaciones específicas, le hace lugar a los hechos suspendiendo las representaciones del progreso, del tiempo lineal, que nos aliena en los grandes relatos. Esta orquídea con pétalos que parecen de cristal es, al mismo tiempo, un hecho indestructible, desmiente la historia finiquitada e inamovible, aquello que se esconde donde cualquier metafísica o ciencia menos espera. Busco la noticia y dice que «su descubrimiento es un recordatorio de que, a menudo, especies desconocidas viven delante de nuestras narices». Recordatorio, pensé, de que toda forma de regresión y alienación tiene su vía de escape. Esta nueva especie, esta orquídea frágil me hizo pensar en que todo puede aparecer, en que todo puede hacer saltar la máquina de los lugares comunes. Que hay rumores y movimientos inevitables que nos dan aliento y abren paso. Me hace pensar, una y otra vez, que hay poema contra todo despliegue finalístico y lineal; malestares, síntomas, joyas botánicas cuya supervivencia interrumpe el relato exultante de los vencedores.
La Cafebrería, 21 de octubre de 2023
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Nadia Prado (Santiago, 1966) Licenciada en Filosofía por la Universidad de Arte y Ciencias Sociales (ARCIS). Ha publicado Simples placeres (Editorial Cuarto Propio, 1992); Carnal (Editorial Cuarto Propio, 1998); © Copyright (Lom Ediciones, 2003); Job (Lom Ediciones, 2006); y Un origen donde podría sostenerse el curso de las aguas (Lom Ediciones, 2010). Ha recibido la Beca del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2003), el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2004) y la Beca de la Fundación Andes (2005). Sus textos han aparecido en diversas antologías, entre ellas: Poesía latinoamericana del siglo XXI: el turno y la transición (Siglo XXI Editores, 1997); Antología de poesía femenina chilena del siglo XX: confiscación y silencio (Dolmen, 1998); Mujeres poetas de Chile: muestra antológica, 1980-1995 (Editorial Cuarto Propio, 1998); y Cuerpo plural: antología de la poesía hispanoamericana contemporánea (Pre-Textos, 2010).
Camilo Brodsky (Santiago, 1974). Investigador, editor, poeta y guionista. Licenciado en Estética e Historia del Arte por la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde también cursó estudios en Literatura y Lingüística Hispánica. Estudios de Magíster en Historia y Ciencias Sociales por la Universidad ARCIS. Ha colaborado en diversos medios de prensa y electrónicos, siendo además, en distintas épocas, redactor, subdirector y director de la revista Surda, así como editor del suplemento cultural de dicha publicación, Párrafo Izquierdo, junto al poeta Tomás Harris. Ha publicado varios libros de poesía, entre los que se cuentan Las puntas de las cosas (Cuarto Propio, 2006), Whitechapel (Das Kapital, 2009), La noche del zelota (Das Kapital, 2013) y Piensa y repite (Aparte, 2022).
[i] Los números entre paréntesis corresponden al número de páginas de Piensa y repite.


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