El caso de nunca leer la sobrecubierta de un libro*

Tajja Isen
Traducción de Diego Leiva Quilabrán

No quiero que me digan qué va a pasar y, definitivamente, no quiero que me digan de qué “se trata” un libro.

Apunta a cualquier libro en mis estantes y te voy a decir con detalle por qué lo compré: porque leí sobre él en un ensayo o una lista o porque se lo escuché a un amigo a un librero de confianza. Quizá estoy obsesionada con leer todo lo disponible sobre un tema. A menudo, me encantó otra cosa que el autor escribió. Me gusta la portada. Me gusta la editorial. Me gusta –con polémica– el conjunto de reseñas que me dicen con quién está en sintonía el autor. Tal vez el autor esté en sintonía conmigo. Les autores son mis compas. Mis héroes. Mis crush. Mis némesis.

Rara vez compro un libro porque me sedujo el resumen en la contratapa o en la solapa. Como lectora, no encuentro ese texto tan relevante. Lo voy a ojear si estoy vitrineando en una librería o en una página web, solo lo suficiente para hacerme una idea general. Sin embargo, últimamente lo que solía ser una evitación pasiva se ha convertido en una postura deliberada, me niego a leer las cuñas de la tapa completas a menos que sea absolutamente necesario. Esas cuñas no ofrecen ni un barómetro efectivo para predecir lo que me encanta ni una protección fiable contra comprar cosas de las que luego me arrepiento. Son reductivas, engañosas y –lo decidí– no son asunto mío.

Un texto de tapa es, como su nombre sugiere, un texto que aparece en algún lado de la tapa de un libro o de su sobrecubierta. Usualmente se trata de un eslogan en negrita seguido de dos o tres párrafos cortos –escritos por la editorial, a veces con aporte del escritor– que describe la trama o los temas o plantea por qué deberías leer el libro. Para ser una pequeña porción de prosa, tiene una gran responsabilidad: ostentar la autenticidad y especificidad del libro y, al mismo tiempo, vender los tropos ordinarios e inauténticos que hacen que la gente compre. En una entrada del sitio Kirkus Reviews, un medio especializado que reseña títulos antes de su publicación, Hannah Guy describe a los textos de venta como “una de las herramientas más importantes para vender libros”.

Los críticos han cuestionado qué tan bien cumplen estos objetivos los textos de tapa. Al escribir para el New York Timesen 1996, Pico Iyer se fue en contra de la sobrevalorada economía de sobrecubiertas y notas de prensa y lamentó la inútil tendencia de promocionar un libro tirando nombres de autores a una juguera; en el caso de un libro, la cuña que cita comienza como una broma de dos tipos entrando a un bar: “Si un maniaco J. G. Ballard y un deprimido David Lodge se juntaran…”. Veinticinco años después, Eric Farwell planteó en Slate que las descripciones de libros se han vuelto tan sin asunto y llenas de tropos que no nos dicen nada sobre el estilo de una obra o sus contenidos. Palabras como “deslumbrante”, “brillante” o “increíble” se han vuelto tan generales que han perdido todo sentido. Si nos alejamos lo suficiente de cualquier trama, todas van a empezar a sonar como versiones de un mismo esquema, con argumentos sobre un protagonista viajando para conocerse a sí mismo o teniendo que salvar su matrimonio. Se pregunta Farwell: “¿Cómo llegamos a un sitio en que no podemos confiar en que las descripciones de libros nos van a contar, de hecho, de qué se trata un libro o cómo es realmente su escritura?”.

Si bien estoy de acuerdo con Iyer y Farwell sobre la inutilidad en general de las cuñas de tapa, también he trazado la conclusión opuesta: no es que nos diga muy poco, sino que nos dice demasiado –además, demasiado de lo que no se debe. Ser alimentado a cucharadas de un burdo destilado de trama dicta y, por lo tanto, delimita, los términos de mi lectura. Se me dice qué esperar y cómo sentir de un modo que me parece controlador, incluso denigrante. Alguien está tratando de venderme algo, lo que me hace tomar una postura defensiva –escéptica, cerrada, sin interés– que no quiero que se acerque a mi experiencia con el arte. Solo quiero tener una premisa y algunas sensaciones, un probada del tono, un destello de la voz que el libro contiene. No quiero que me digan qué está por pasar, ni siquiera en un sentido vago. Y, definitivamente, no quiero que me digan de qué “se trata”.

Hay un diferencia entre saber los contornos de una historia y tener sus frases más al hueso en la mano, apretándolas como un folleto con cupones. Lo primero es útil, lo segundo roza el crimen. En 2021, la escritora británica Jeanette Winterson, cuya obra incluye los clásicos Fruta prohibida y Escrito en el cuerpo estaba tan asqueada por las “acogedoras notitas domésticas” añadidas a las reediciones de sus libros que decidió quemarlos y postear una foto de la llamarada en Internet. (En una declaración posterior, comentó que sus editores estaban “arreglando el problema”). O consideren el debilitamiento análogo que producen las palabras de moda como “urgente” o “necesario”, ejemplos del tipo de lenguaje frecuente que florece en las cuñas de tapa. En 2018, la crítica Lauren Oyler escribió que la palabra “necesario” estaba siendo adosada a más y más obras de arte –frecuentemente por artistas infrarrepresentados– como una forma de correctivo moral difuso, “una muletilla discursiva para describir los puntos de vista correctos de una obra… lo que es tan distinto de la estética que puede decirse de cualquier cosa”. La obra, en otras palabra, no tiene que ser buena. Solo tiene que hacer sentir bueno al público por comprarla.

Esa es una razón para comprar un libro que está totalmente divorciada del tema de la forma. En los últimos años, solo hemos visto escalar este tipo de lectura adquisitiva. Los libros son comercializados por tratar “asuntos raciales” –una frase que me costó mucho incluir en mi propia nota de tapa antes de considerar que era un atajo útil– o incluso “antirracista”, encogiendo todo el espectro estético a un pinchazo de superación personal. Tales términos corren el riesgo de implicar que ese único argumento de venta conforma la extensión del proyecto, las ambiciones o la habilidad creativa de un escritor o, lo que es más, que es todo lo que lector puede esperar sacar del texto. Al escribir sobre este aumento de interés para Vulture, Lauren Michele Jackson se fijó en que era injusto para la obra encerrarla por completo en un microcanon de una sola nota: “Si quieres leer una novela, lee una puta novela, como si fuera una novela”.

Pero aquí está el problema: un pequeño gancho de venta puede funcionar. Incluso si es estética o políticamente flojo reducir una obra a su mínimo común denominador, hacerlo también puede vender libros –en junio de 2020, la lista de superventas del New York Times estaba llena de títulos “sobre raza”. 

El rol que puede tener la cuña de la tapa en el éxito de un libro es lo que hace que me detenga a punto de llamar a su completa abolición. Después de todo, publicar es –lo lamento día a día– un negocio. Como lectora, me encantaría vivir en un mundo de contraportadas en blanco que preserve el misterio esencial de un texto. Como escritora, la idea de un libro mío yendo por ahí sin adornos, desprovisto de cualquier truco para seducir a un lector, me aterra completamente. ¿Quién lo escogería? Suprimir las notas de cubierta sería excluir al segmento del público lector que se encuentra con los libros de esa manera, lectores a quienes conocer de qué se trata un libro los ayuda a decidir si poner o no atención. Y al final, es a los lectores a quienes está dirigida la nota de cubierta –y el libro que adorna.

Pero aún creo en que hay un valor en separar nuestro encuentro con el texto de los objetivos comerciales que las cuñas encarnan. Porque, en definitiva, ¿cuánto necesitas saber de antemano? ¿Cuánto más obtendrías de un libro si te sometes al placer de descifrar su lógica interna mientras avanzas en vez de memorizar el mapa antes de entrar?

Amplía los canales por los que dejas que obras entren a tu vida. Elige un libro porque te gusta la portada o porque confías en la editorial o porque piensas que el autor está rico. Elígelo por la ciudad en que está ambientado, por la corriente literaria de la que supuestamente forma parte o por el idioma del que fue traducido. Existen tantas maneras más enriquecedoras y representativas de escoger un libro que el guiso de adjetivos en la contraportada.


*Texto publicado originalmente en el sitio web The Walrus el 28 de noviembre de 2023

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