«Para mí el mar lo es todo»
Presentación de Aguas de Marzo de Bruno Jara Ahumada

Cristofer Vargas Cayul
  1. «Para mí el mar lo es todo»

Así da inicio Aguas de marzo de Bruno Jara Ahumada (Neón Ediciones, 2023), libro conformado por cinco cuentos que tienen como protagonistas al paisaje y la atmósfera. Estos elementos son implementados en el relato con conciencia técnica e interés por jugar con los puntos de vista. En este sentido, la escritura gana, ya que cada cuento tiene un recurso que lo vuelve distintivo, a la vez que el autor logra mostrar escenas claras. 

Las tramas dejan ver infancias que a ratos se viven como condenas cuyo cumplimiento se vislumbra en un futuro incierto. Errores funestos, estigmatización, maltrato, personajes deseosos, hambrientos y, en algunos casos, monstruosos. Los personajes de Bruno están cruzados por el deseo y el anhelo. Esa fuerza es la que moviliza los relatos, que van desde la experiencia de los vínculos humanos, narrada por la voz de un joven que busca ser escritor en «Entreactos», a la constitución de un pueblo y la maldad de los niños en «Aguas de Marzo» y «Últimas piedras». O desde la cinematográficas escenas de «Libraciones de la luna» hasta las esperanzas de dos hermanos que buscan hacer un ritual para librarse de su miseria en «Otros sacramentos». 

El deseo en los personajes de Aguas de marzo es intrínseco, a la manera de Lacan, es decir, como aquello que es material para la constitución de la subjetividad humana. La identidad para los personajes de estos cuentos se trabaja desde el descubrimiento, entendiendo que la constitución subjetiva es una sucesión de tiempos que principalmente articulan los efectos que el Otro tiene sobre el sujeto mismo. En este sentido, deseo y vida van unidos y el primero funciona como un motor para el segundo. 

Para el caso de Aguas de marzo, el trabajo con la identidad y el deseo se percibe explícitamente en «Entreactos»: «Tengo veintidós años y creo que el amor exige admiración. Tengo veintidós años y no imagino a nadie admirándome» (p. 13)

En este sentido, el deseo es «deseo del deseo del otro», lo que significa que toda consciencia desea ser reconocida en el otro, en la medida en que el otro desea reconocerse en ella también. Es decir que, el individuo solamente puede reconocerse como consciencia de sí por intermedio de otro.  

Bajo esta línea se desprenden distintas aristas que enriquecen la escritura en los cuentos de Bruno. Las figuras del escritor, del padre, del hijo y del amante se trabajan y ponen en cuestión desde la óptica del ideal hegemónico. La meta de la constitución identitaria, a lo que se supone debe aspirar la masculinidad. 

2. Un paréntesis. La rutina del espectáculo 

«Durante la presentación, los tres se turnan para referirse al libro a viva voz y recitan fragmentos mirando alternadamente a sus apuntes y al público» (p. 11). Siguiendo con lo planteado, así entramos a la primera escena de «Entreactos», cuento extenso que da inicio al libro y relata en primera persona la historia de un personaje que busca hallar un lugar en el mundo y decide que ese lugar será la escritura. 

La inseguridad vital del personaje, en contraste con la imagen de la autoridad masculina que representan los personajes a los que el narrador describe, deja ver el imaginario del escritor latinoamericano del siglo XX, que perdura aún en las representaciones colectivas bajo la idea de la imagen autoral: «intento acercarme e inventar una brecha entre su discurso y mi habla, una fuga o un intersticio donde incluir mi voz y mi duda» (p.12). 

Esta observación es interesante, sobre todo por el acontecer en torno al panorama de la crítica literaria y al campo cultural en el último tiempo, donde han sido voces masculinas las que, con la seguridad que les caracteriza, han dado forma a una conversación en la que son ellos quienes se adjudican la autoridad para establecer directrices morales en torno a cómo y qué hacer con la literatura. La metáfora del círculo, en este caso, se adecúa como estructura del sistema al que el narrador observa desde fuera: círculo y circuito, ambos son objetos sin aperturas, intrínsecamente autorreferentes y cerrados.

«Ríen, señalan las coincidencias entre sus puntos de vista. Reciben aplausos y hablan con el público» (p.12)

La envidia que genera en el personaje la seguridad con la que se constata la masculinidad en las figuras a las que admira, deja ver en estas las marcas del rol social asignado a lo masculino también en torno a la figura del padre.  

Finalmente, la escena y el posterior desarrollo en torno a dichos personajes del cuento deja en cuestión la construcción de la idea de “autor” como aquella imagen que representa el espectáculo, es decir, todo aquello que excede a la escritura. Pero volvamos.

3. Roles y masculinidades

Anquilosar a las obras de forma temática las restringe de un campo de significación del que forman parte pero del cuál quedan excluidas. Absorbida por el tema queda oculta la escritura. En este sentido hablar de Aguas de marzo como un texto ubicable dentro del campo de la identidad y la disidencia, como menciona el escritor Álex Saldías en su reseña para Loqueleimos, es correcto. Sin embargo, Bruno no usa el deseo de sus personajes para ser vocero de un tópico moralizante, es decir que, no se abandera a la disidencia desde la identidad en un sentido restrictivo. Más bien, integra diferentes formas de ser en la masculinidad, planteando la existencia de figuras arquetípicas como la del conocido padre abandónico de la herencia colonial, un tipo de masculinidad histérica al que muchos conoceremos de cerca:  

«Hace dos semanas me mandó un mensaje por Facebook, continúo. Me escribió un largo testamento que empezaba con “querido hijo” y terminaba en un “ojalá puedas perdonarme» (p. 31); 

«Vigilo la hora decepcionado por su retraso. Dijo que estaría aquí a la una. Que sí o sí pasaría por los libros a esa hora y que por favor lo esperara. Pero aún no llega, son las tres de la tarde y sospecho que ya no vendrá» (p. 20). 

Otro modo de representación de masculinidad que se vuelve interesante es el de la masculinidad dialogante y vulnerable de Iván, personaje de «Entreactos» . Representación que introduce el concepto de nuevas masculinidades en un sentido amplio. 

«Iván es padre. Iván quiso ser padre. Lo planeó. Lo anticipó junto a la madre de quien hoy tiene dos años: Matilde, su hija. La concibieron juntos pensando en un futuro donde padre, madre e hija no distaran en edad. Quería compartir con ella su vida siendo jóvenes. Luego vino el quiebre, las complicaciones que surgen en la vida para que valga la pena vivirla. De eso hablamos ahora» (p. 31) 

«Hoy he visto los colores difusos de la paternidad. Iván me ha hablado de su hija y yo he recordado mi propio rol» (p. 47)

Otro elemento que quisiera destacar es la reflexión en torno a la identidad de hijo, la que es importante para el narrador.

«No existen marcos de referencias para ser hijos. Nos comportamos como individuos que absorben imágenes y las usamos como antecedentes. El camino de ser padres es el reflejo de nuestros propios padres. Pero no conozco la referencia directa para ser hijos. Queremos ser hijos autónomos del recuerdo. Queremos desligarnos de la historia de los padres y volvernos hijos por nuestra cuenta. Eso es lo que intuyo. Somos hijos escapando de ser los hijos de sus padres, pero nadie nos ha enseñado a serlo. Nadie nos puede enseñar. Porque esa lección no existe» (p. 46).

4. Infancia y paisaje

La infancia también lleva la carga de anhelo que se muestra en los personajes adultos, deseo que se muestra en relación con el hambre o la espera de una vida distinta a la que estos llevan, como plantea el narrador en «Otros sacramentos»: 

«Desde allí vieron las siluetas improbables que se proyectaban en las piedras: nostalgias, demonios, memorias, anhelos. El mayor tocó las cicatrices recientes de su brazo: redes de pesca y un anzuelo. Si salía bien, ni él ni el Menor volverían a trabajar y dejarían de sufrir los golpes y regaños. Imaginaban un efecto mágico sin precedentes, instantáneo, un abrir y cerrar de ojos, un despertar en otra parte, en otro país, con diferentes ropas. Fantaseaban con esa realidad, con esa idea de lo posible» (p. 105-106).

De la misma forma, el paisaje parece ser parte de aquello que, en su contemplación, mantiene en un lugar de ensueño la mirada de estos niños. Así, el imaginario marino se abre desde la humedad. Roqueríos, bosques, humedales. Pueblos chicos, infiernos grandes. El viento del mar presente, visible en los pliegues de la ropa, pegado como la sal a los huesos: 

«Las gaviotas sobrevuelan y colisionan en la superficie. Zambullen cabeza, alas, plumas. Una vez conquistan, emergen el pico arriba y reposan. Devoran su presa acuática desde las rocas, todo de un bocado. Luego desaceleran, yerguen el cuello y contemplan. El sol atraviesa ondas de calor cristalinas que dibujan líneas flotando en el aire» (p. 120). 

Esta apreciación del paisaje se puede emparentar con otros textos que en mis lecturas he ido encontrando en lo que respecta a la “nueva narrativa chilena”. Textos como Terremoto blanco de Natacha Oyarzún (Alquimia, 2022), Crin de Rodolfo Reyes Macaya (Overol, 2021) o Tres ceremonias de Nicolás Campos Farfán (Komorebi, 2022) toman como recurso principal el paisaje. Algo ocurre con la ciudad y sus posibilidades de representación que parecen agotadas, algo también con el intimismo realista que cansa, el ensimismamiento. La mirada hacia afuera parece ser un descanso para aquella pesadez.

«Para mí el mar lo es todo, preciso. Bruno me escucha como en segundo plano, como si yo fuera una voz en off mientras él enfoca la cámara hacia el océano” “no sé si realmente me escucha o no, lo único importante es el mar» (p. 13)

5. Estoy nadando en un mar que no me toca

Volviendo al deseo: etimológicamente la palabra proviene del latín desiderium y del verbo desiderare, que significa «esperar a lo que las estrellas nos traigan» o «pedir el tiempo o las condiciones atmosféricas favorables al crecimiento de las plantas», según Juan Corominas.

Es ineludible el elemento erótico en la escritura de Bruno. Con la técnica que se ha mencionado en un comienzo, alcanza escenas sutiles pero poderosas en relación con la intimidad. Respecto a esto aparecen conceptos como follamigos o relaciones abiertas, que han puesto en cuestión los modos tradicionales del amor, pero que de alguna manera siguen en un espacio de desajuste respecto de las necesidades de certezas con las que hemos aprendido a vivir.

«Para mantener este tipo de relación, deben existir estrictas líneas fronterizas: no preguntar en exceso, tampoco sentir o fingir demasiado, ser sincero solo con lo superficial, evitar diálogos y situaciones melosas, contentarse con poco, privarse de pronunciar la palabra “nosotros”» (p. 14).

«Soy puro arrepentimiento cuando su cabeza se apoya en mi antebrazo […] Debo mesurar los movimientos para no significar algo más. Reflexiono sobre el listado autoritario de condiciones que Bruno me indicó el primer día. Ojalá nunca hubiese pasado, concluyo. Ahora no puedo volver atrás. No puedo sustraerme de la adicción al cuerpo, al cariño, al contacto. La ambición oculta por querer tenerlo, poseerlo, adiestrarlo» (p. 37).

Esta frustración es reconocible de manera generacional y muestra las complicaciones que derivan en la época actual en las relaciones sexuales y afectivas. 

«Dormimos solo un par de horas. Despierto con su brazo sobre mi pecho. Lo estoy abrazando. Me está abrazando. Nos cruzamos. La respiración se agita. Nos besamos. Allá afuera la noche muere. Allá afuera el cielo se vuelve transparente. Estoy caliente. También nervioso. Estar nervioso me pone más nervioso. […] Me pregunta si soy pasivo o activo. Su voz es liviana y quejumbrosa, interrumpida por el espesor de la atmósfera. No le respondo. Nunca sé qué responder. Le digo que me da igual, revelando implícitamente mis ganas de ser penetrado. Lo hace, lo disfruto. Acabamos. Su orgasmo es sonoro y prolongado, mezquino. Encuentro extraño nuestro sexo. Extraño porque me gusta. Extraño porque casi siempre el sexo me incomoda. Pero ahora no, ahora es natural» (p. 31).

Aguas de marzo constituye un conjunto interesante que desde el paisaje halla maneras diversas de nombrar el deseo. El amor en este caso es central, pero no se trata de un amor complaciente ni feliz. Se trata más bien de una constatación en torno al amor, es decir, una constatación de la imposibilidad de sostener un amor sin certeza, donde lo que queda está fuera, donde al final, lo único que importa es el paisaje.

«Quiero que mi historia narre un amor estúpido, donde la muerte apenas sea nombrada. Una historia que hable del amor y su fracaso, porque eso es lo que muchos creen importante, lo único que según muchos vale la pena nombrar, vivir y contar. Escribo la primera línea: para mí, el mar lo es todo» (p. 63).

CCC Centro de Cine y Creación, Santiago, 29 de noviembre de 2023


Bruno Jara Ahumada (Santiago, 1991). Estudió y se dedica al diseño tipográfico. Es magister en arte, pensamiento y cultura latinoamericanos, y ha participado en los talleres literarios de los escritores Matías Correa, Bruno Lloret y Diego Zúñiga. Actualmente reside en Konstanz, Alemania, donde cursa un Doctorado en Teoría Literaria. Aguas de marzo es su primer libro. 

Cristofer Vargas Cayul (Santiago, 1993). Escritor. Fue becario de la Fundación Neruda en 2015 y obtuvo el primer lugar en los Juegos Literarios Gabriela Mistral 2019, mención cuento. En 2021 publicó la novela Iluminación artificial(Provincianos editores). En 2022, junto a Cristian Hualacan, coordinaron el taller literario “Escrituras del margen”, proyecto financiado por el fondo del libro y la lectura. 

Deja un comentario

Previous Post
Next Post