Debajo están las voces

Juana Balcázar

La miré desde el marco de la puerta, se movía de lado a lado y agitaba las manos buscando entre sus cajones. Desde los ocho años que me pedía lo mismo cuando nuestra mamá se iba a trabajar. También lo hacía con la ropa de la abuela, pasaba horas conversando debajo de las sábanas, haciéndose un cojín con pequeñas poleras, apoyando su oreja pequeñita en la tela. Yo escuchaba sus murmullos de añoranza, a veces esa voz tenue se convertía en sollozos. Entonces me sumergía lento en su escondite, y dibujaba remolinos en su frente hasta que se quedaba dormida. 

—Ayúdame, por favor, Teruca—. Se quedó en medio de la pieza con sus manos retraídas. 

Abrí el ropero y los cajones de par en par, una a una fui sacando las ropas de nuestra mamá en aquel rito y ella se recostó boca arriba en la cama. La cubrí completa, primero su rostro, después el torso. Y vi cómo sus pies se balanceaban en el borde del colchón, como la pequeña niña que fue, que fuimos. 

Luego retrocedí, como lo hice desde pequeña en cada uno de sus ritos, aguardando el punto cúlmine. 

***

Las telas botan tu olor dulce, toqué con mis yemas húmedas las manchas de sudor en ellas y esperé ante tu presencia, que ahora era solo algodón. Sentí el vacío llenarse de a poco, el colchón perdiendo el aire bajo mi peso, tu ropa debía ser el cuerpo reconstruido, y mi cuerpo, la niña buscando tu abrigo. 

Entró la luz a través del visillo de la ventana, la mañana atenuada. Un botón quedó justo ante mis ojos, mientras la tela alrededor se humedecía con mi respiración. Ese pequeño pedazo de nácar eran tus pupilas y el roce de mi pelo era el tuyo. Desde una esquina del cuarto una frígida respuesta a mi llamado. 

—Ya te escucho —sentí un susurro ajeno deslizarse por el cuarto. 

—Mi niñita.

Un suspiro caído. 

—Tus manos tiritan, ¿qué haces tirada en mi cama?

—Hace días que no te siento aquí, desde que cruzaste la puerta y te vi irte a través de mi ventana. 

—Lloraste tanto ese día —sentí la esquina del colchón hundirse.

—Esa noche me fui a sentar al lado tuyo y no dijiste nada, solo escuché tu respiración, y esos ojitos, que dormidos se pegaron en el cojín. ¿Por qué me llamas?

—Los por qué los tendría que preguntar yo, ¿no te parece? —fruncí el ceño. 

—Cuando nacemos, hay una cuerda que nos une a nuestra madre. Tú naciste como una urgencia, te estabas asfixiando y mis paredes de carne no querían que salieras. 

Su voz era leve, nada comparado a su palabra fuerte de antaño, que retumbaba cada espacio donde llegaba. Mientras la escuchaba caí en cuenta nuevamente de que me encontraba envuelta en su ropa, en un cálido capullo para invocar su presencia. Siempre sentí esa profundidad en sus palabras, desde las llamadas a desayunar hasta el grito para ir a dormir. Por qué me hablaba de eso. Por qué ahora seguía con sus ideas de la vida, de la muerte. 

—Siempre me pareció sentir una larga nostalgia en tus palabras, una añoranza inconclusa en tu forma de mirarme. 

—Cuando te miraba en tu niñez, hacías esto mismo: a veces te encontraba tirada en el comedor de la casa, luego de hacer tus castillos de sábanas, parloteando horas con algún amigo imaginario. Desde ahí supe que, si me iba, íbamos a poder hablar de todas formas. 

—Lo supiste siempre entonces, sabías incluso, mirándome desde la puerta de mi pieza, que en algún momento te irías. 

—Dejé de mirar la muerte como una ida. En cambio, la imaginaba como una oportunidad para volver a renacer en la niñez, mi niñez, quería cerrar los ojos y abrirlos nuevamente en aquella tarde con olor a leche, parada en la cuna, en esa pieza color verde agua, y mi mamá colgando la ropa en la tarde. 

Apreté los ojos lo más que pude, después los puños. Mis brazos se tensaron al punto de doler, de sentir un pequeño hormigueo por todas mis extremidades. Y solté la palabra: 

—Alivio. 

—Sí, para mí fue un alivio. 

—Supongo que lo de la cuerda fue una ironía. 

—A tus quince decías que tenía un muy buen sentido del humor. 

Una pequeña mueca de gracia se asentó en mi cara, y ambas nos reímos en el silencio del cuarto. 

—De alguna manera tu nacimiento me mostró la muerte. 

—¿Qué sentido tuve, entonces, en tu vida si lo único que hiciste fue dejarme? 

—¿Dejarte? ¿Cómo crees que estamos hablando ahora? 

Un silencio. 

—Nunca sabrás cuánto te amé. Pero no voy a pedir perdón. 

Sus palabras solas, imaginadas en el cuarto mientras yo miraba sus pies, que comenzaron un acelerado ir y venir hasta que escuché su rabia, un grito ahogado, y vi sus músculos retorcerse con cada respiro. Le grité, le supliqué que parara, pero no hubo respuesta, y me abalancé sobre su torso entumecido corriendo las telas que la protegían, mientras movía sus brazos para que el dolor parara. Pero su voz seguía en reclamo, y con mis dedos dibujé aquellos remolinos que la traían de vuelta para terminar con el trance, como quien corta un cable de teléfono. 

La estela de medio día se atenuaba con el visillo, era un cristal donde nuevamente lloraba la ausencia. Y la miré hasta que sus ojos blancos volvieron a su órbita, se mordió el labio y exhausta soltó un respiro. Una vez más en nuestro sitio, escuchamos la voz lejana de nuestra madre, y contemplamos juntas la cuerda que colgó de su techo. 


Juana Balcázar (Coquimbo, 1997). Junto a la editorial Me pego un tiro de la ciudad de La Serena, el 2021 publicó el poemario llamado Centinela. El año 2022 publicó su más reciente libro, titulado Diarios de Siméfira, junto a Editorial Camino. 

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