La gente se divide de varias maneras
Alcides Castro Lizárraga
«Cuchillos» de Andrés Kalawski
«Tú que siempre dijiste
Esto no puede acabar
Yo que tengo un cuchillo
Te voy a sacar a bailar»
Tu mamá te mató, Camila Moreno.
Quiero partir diciendo que me costó bastante escribir este texto. No sabía por dónde entrarle a la novela. En un comienzo pretendía abarcar la totalidad de elementos que me llamaron la atención: iba a escribir sobre lo segmentado y rígido de los estratos sociales que se deslizan en el libro, quería también mencionar como el texto refigura el paisaje chileno. Pensé también en abordar la relación del texto con el mito adánico y la expulsión del Paraíso. En fin, quería decir muchas cosas porque esta ficción permite el análisis desde diversas aristas, estamos ante un texto que, a pesar de lo escueto –no llega a las 120 páginas–, se puede volver inabarcable. Decidí, finalmente, partir por ahí. Enfocarme en qué es lo que hace que esta novelita –ninguna intención de ninguneo en el diminutivo– permita tantas entradas.
Cuchillos, la primera novela de Andrés Kalawski, hace suyo el principio de economía del lenguaje. Estamos ante una novela minimalista, donde el narrador da pequeñas pistas de una sociedad distópica anclada en un tiempo indeterminado. Sabemos algunas, muy pocas, cosas. Existen los guardias, algo así como la policía. Existen los soñadores/durmientes, especies de oráculos que mientras duermen hablan y en cuyas palabras se encuentran las ideas que permiten a estas comunidades inventar nuevas cosas y, en definitiva, existir. También hay acróbatas, escritores, jardineros, cocineros y bailarines.
«La gente se divide de varias maneras. En las partes altas los bailarines se mueven con relajo, con movimientos amplios que se ven desde lejos. Con su ritmo se mueve la ciudad, a tiempo doble o en contrapunto. No hay casi accidentes, pero hay que dejarse guiar por la pauta irregular de los bailarines y reaccionar a ellos» (p. 22).
Mario, el protagonista de la novela, desea ser cocinero. No nos queda claro qué es lo que se necesita para serlo. La novela, como dice en la contraportada, puede ser entendida como un acercamiento original al camino del héroe. Mario y las peripecias que tiene que afrontar para llegar a cumplir su deseo. A su vez también el texto permite entenderlo como una historia de compañerismo entre Mario y Elena. Es gracias a la escritura que trabaja con lo mínimo de Kalawski que el texto crece en espacios vacíos que son llenados por quien lee, posibilitando así la entrada desde múltiples ángulos a la narración, enriqueciendo el potencial del texto. Que mejor muestra que el inicio del libro, una primera página en la que solo se lee: «Mario empezó a temblar». O más adelante, donde este deseo de dejar cosas sin decir se convierte en una decisión consciente del narrador, de nuevo una página con solo una oración: «Le ponen nombre. No lo voy a decir» (p.109).
Pero el texto no se agota ahí. Es también Cuchillos una novela de comida y cocina. Como en pocas obras de la literatura chilena se evidencia una preocupación especial por el tratamiento de las cosechas, la preparación de alimentos, la recolección y el consumo. Esta preocupación por la alimentación está unida a que los personajes viven en la miseria, pobreza que los lleva a que la comida sea su principal preocupación. Como lo sabemos, el hambre –y la sed– hacen ver pequeños todos los otros problemas.
«Al llegar Mario prepara un plato sencillo de garbanzos y tiburones de tierra. Mucha gente prepara los tiburones de tierra con hierbas cítricas o picantes. Mario cree que es mejor aceptar el gusto terroso y amplificarlo con los garbanzos, para que sea un plato bueno para antes de ir a dormir. Un plato que anticipa el descanso, que recuerda el trabajo. Nadie necesita una fiesta estridente justo antes de dormir, piensa Mario, y los demás están de acuerdo aunque no lo sepan. Apoyan la idea al comerse todo con gusto y calma y durmiendo después» (p. 20).
Es Cuchillos también una novela distópica. A diferencia de los ejemplos más típicos de distopías que al menos a mí se me vienen a la mente, en la novela de Kalawski no asistimos a un futuro de desarrollo tecnológico elevado, sino a uno –¿es un futuro realmente? – que parece una vuelta hacia un estadio previo de la tecnología de nuestro tiempo. No pareciera existir nada como una industria alimentaria, no hay fábricas ni dispositivos electrónicos. El dinero no existe, aquí lo importante para la sobrevivencia es la comida, el agua, el refugio. Una vuelta a las necesidades más básicas bajo el yugo de una sociedad totalitaria sin espacio para el disenso que tiene a sus habitantes en la ruina. Algo así como una distopia primitiva.
La sociedad de la novela difiere bastante de nuestra realidad; acá la policía son guardias que apenas cuentan con palas para reprimir, quienes manejan el ritmo de la sociedad son bailarines, todo es en apariencia muy distinto, pero al modo de las buenas novelas de ciencia ficción, este mundo se vuelve un espejo donde mirarnos, en el cual podemos ver las características menos deseables de nuestras sociedades. Una realidad estrictamente jerarquizada, un totalitarismo donde los seres humanos son clasificados según sus trabajos y no pueden escapar de estos estancos. Aquí cualquier intento de cambio social parece imposible, ya que el poder se funda en revelaciones, en una raíz sagrada/mítica. Las cosas son así y serán así. Parece imposible imaginar el fin del orden social que se ve en Cuchillos, como imposible resulta para muchos imaginar el fin del capitalismo, mucho más fácil imaginar el fin del mundo.
Pero, pese a lo que se podría pensar con los párrafos anteriores, Cuchillos no es una novela del todo desoladora. Existe un resquicio para luchar o al menos sobrevivir a esta sociedad totalitaria: el compañerismo. O mejor, el apañe. Cuchillos es, también, una novela en la que los dos protagonistas se unen frente a la amenaza del poder, en esta alegoría encontramos el modo en el que los sujetos desplazados, los sin nombre, tengan una posibilidad contra la catástrofe: uniéndose y apoyándose mutuamente:
«Llegan por fin al refugio. La trayectoria del viento los perdona. Adentro está seco. Sienten un pitido agudo que reemplaza al silencio repentino de estar sin viento. Todo está húmedo, tieso, resbaloso.
Mario pone una capa de musgo en el suelo tratando de usar más las palmas. Elena tirita pero logra encender fuego. Pone a calentar placas de cerámica. Se ríen y no saben de qué. Es difícil salir de la ropa mojada. No logran calmar la respiración. Abrazan las placas envueltas en trapos. Espalda con espalda se cubren con más musgo. Se duermen» (p. 91).
Las buenas novelas no necesitan de la actualidad para sostenerse, y Cuchillos es sin duda una buena novela. Pero hay algún tipo de buena novela a la que la relación con el contexto le favorece, o mejor, le genera un contrapunto que abre nuevas posibilidades, la enriquece. Cuchillos no es una novela urgente ni que dependa de su conexión con lo actual, pero sí una que nos lleva a plantearnos ciertas preguntas sobre el poder, sobre el compañerismo, los modos de sobrevivencia y las resistencias frente a este. Preguntas, estas sí, que cada día parecen más urgentes.
Andrés Kalawski (Santiago de Chile, 1977). Dramaturgo y doctor en Historia. Ha estrenado una docena de obras teatrales, entre ellas Niño terremoto y Mistral, Gabriela (1945), y publicado libros infantiles como La niña que se perdió en su pelo. También ha escrito guiones para televisión y asesorado proyectos de cine. Ha sido seleccionado en la Muestra Nacional de Dramaturgia y recibido, entre otros, el Premio Municipal de Literatura, el premio Marta Brunet y la Medalla Colibrí. Profesor de la Facultad de Artes UC e investigador asociado del Instituto Milenio VioDemos, entre 2014 y 2020 fue el director artístico del Teatro UC y durante diez años fue panelista en Radio Cooperativa.


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