Fe en el lenguaje
Yo sé lo que sé de Kathryn Scanlan

Diego Leiva Quilabrán

«Quiero crees que esto [el desinterés] se debe a que lo mío [mi trabajo] es algo que dan por hecho, es decir, algo que funciona sin necesidad de ser comentado y que sigue y seguirá delante de todos modos. Pero eso también quiere decir que lo de ellos está plagado de inseguridades, inseguridades que necesitan despejar con la conversación, apuntalando alguna cosita aquí o allá de acuerdo al efecto que causa en el otro, lo que me llama mucho la atención.»

«El monte volador», Sergio Bizzio

Yo sé lo que sé [publicada en inglés originalmente como Kick the Latch (literalmente, Patea el pestillo] (Fiordo, 2023) de Kathryn Scanlan es una novela episódica, dividida en doce conjuntos de viñetas narrativas que se agrupan temática o temporalmente para dar cuenta de los diversos momentos de la vida de Sonia, una cuidadora de caballos de carreras. Estos cuadros se extienden desde su nacimiento, pasando por los ires y venires de su oficio y cómo va mejorando sus oportunidades laborales, hasta el momento de la narración. Recorren arcos personales o enfocados en el trabajo: su infancia, las técnicas para cuidar adecuadamente a los caballos, la violencia machista en el circuito de la hípica entre otros elementos, van tomando el testimonio como ejes centrales de la historia.

Voy a invertir el orden en que la novela ofrece la información, como quien revela un truco o da vuelta el crucigrama para ver las respuestas. El «Epílogo», en que toma la voz la figura autorial, explica:

Este libro está basado en las entrevistas grabadas en persona y por teléfono en 2018, 2020 y 2021. Con permiso de Sonia, transcribí esas grabaciones y las usé para escribir este libro, que es una obra de ficción. Mi gratitud hacia Sonia (y hacia mi madre, que nos presentó) es profunda.

Kathryn Scanlan

La autora ofrece el secreto de la construcción de su obra, que es descrita en la contraportada como «un destilado en que la vida de Sonia se nos revela condensada y, a la vez, expresada en su máxima pureza». La labor escrituraria aparece así menos como un artificio que como un trabajo de transmutación que cristaliza en una primera persona, Sonia, que cuenta su vida, sobre todo en relación con su trabajo como entrenadora de caballos. Ahí mis primeras preguntas, todavía sin respuesta: ¿la ficción imposta la voz en un gesto extractivista?, ¿a quién pertenece o puede pertenecer una historia?, ¿qué podemos hacer con ella?, ¿puede otro contar mejor o con más propiedad y pureza contra la propia experiencia?, ¿este gesto, si hace relucir una experiencia, es más ético que si fracasara en el intento?, ¿hay una ética de trabajo para todos o algunos materiales narrativos?, ¿qué relación tiene una estética epocal o autorial con esa ética eventual?

De un lado, podríamos responder la pregunta cerrando el problema a la impropiedad, tirando una raya en que de un lado quede el testimonio de Sonia, ensombrecido en la lectura, y del otro, la novela de Scanlan. Lo que los conectaría sería la purificación, la transmutación como gesto creativo que «eleva» un material, por decir algo, «no elevado». Replicaría así, la distancia –fundamentalmente de clase– que se ha construido en la diferenciación entre arte y artesanía. Anne Boyer en su ensayo «Por favor espere, las puertas se están cerrando»: describe el capital como un sistema que organiza «la distribución del sufrimiento […] quién transpiraría más y dónde […] quién haría arte y quién lucraría con él y quién lo sufriría». Por supuesto, esta manera de entender la obra no debería detener su lectura, su análisis, sino más bien enriquecerlo. Es un punto de partida para abrir la novela, no un punto de llegada para cerrarla (y evitar enfrentarla), aunque ponga a Scanlan en una posición, a lo menos, incómoda. 

Para pasar por encima de la lectura moral, es preferible mañosear y alterar lo expresado en la contraportada: lo de Scanlan no es una transmutación, sino una interpretación. No transforma un relato en más verdadero, profundo o puro, de ninguna forma. Lo que hace es traducir un material, lo que resulta en una focalización sobre algunos elementos. Su obra, la que narra la vida de una Sonia que no es la Sonia que entrevistó, aunque juegue a la mascarada para acercarse, mediante la pronunciación del «yo» y de «lo que sabe». El título que ofrece esta traducción de Daniela Bentancur apronta un relato que se sostiene en aquello a lo que se puede acceder, aquello que se ha aprendido. Es una escritura y una lectura que parece mantener la certeza en eso transmisible y confiar en la palabra. Sin olvidar que la traducción es, en este caso, una segunda capa interpretativa.

La escena titulada igual que el libro, «Yo sé lo que sé», con la que inicia la séptima parte, es una página en que se comenta el cómo entender a un caballo. El breve texto va desde las interrogantes abiertas y el animal como misterio hasta una muestra del aprendizaje consolidado:

«¿Por qué recula este caballo? ¿Por qué no corre igual que antes? ¿Qué pasó acá? El entrenador se vuelve a mirar las repeticiones de la carrera una y otra vez; tiene que entender qué pasó. Siempre hay caballos enigmáticos. Apenas crees que conoces bien a un caballo, él te muestra lo idiota que eres.

También estudias el video para aprender sobre otros caballos. A algunos les gusta empezar a la cabeza y tienen la resistencia necesaria para cerrar. Otros prefieren arremeter, prefieren llegar por detrás. Algunos van por adentro. A algunos no les gusta correr cerca de la empalizada.

[…]

Míralos a los ojos. Un perro ruega con la mirada, suplica con la mirada: quiere una galleta. Mira los ojos de un caballero: ¿están atentos, alertas? ¿O tiene la mirada apagada?

Ves que un caballo está en el fondo del box: mala señal. Ese caballo se está empezando a acobardar.» (p. 81)

Escribir y leer con y a través de esa confianza bien podría ser una excepción. Idelber Avelar, hablando del escritor brasileño João Gilberto Noll (1946-2017) en su libro Alegorías de la derrota, comenta que en la obra de este autor aparecen «aproximaciones al Bildungsroman [novela de aprendizaje], excepto que nunca hay ningún Bildung[aprendizaje], puesto que los personajes han perdido la capacidad de aprender de la experiencia o, lo que lleva a lo mismo, la experiencia ya no puede ser sintetizada para formar una conciencia individual». Si entendemos que la vertiente más extendida en la literatura contemporánea toca temas como la crisis de las identidades, Yo sé lo que sé perfectamente podría ser una anomalía, un objeto extraño, una idea fuera de lugar: es un intento de síntesis, un fantasma de una fe perdida.

Esa vocación de certeza es indudablemente fruto de una relación permanente con el mundo material. El oficio es un trabajo que se sostiene en un conocimiento práctico, sí, pero ese camino está marcado por una relación particular con el cuerpo y un origen de clase. Ambos elementos, en ese orden, son los que inician la narración. El primer cuadro, «Yeso», dice: 

«Nací con displasia de cadera. El médico le dijo que nunca iba a caminar. Mamá dijo: Ah, no; tiene que haber algo. Así que me pusieron un yeso del pecho para abajo con un huequito para que mi mamá me pusiera el pañal. Estuve cinco meses ahí dentro. Después me pusieron dos yesos en las piernas y una barra en el medio y un calzado especial. Al final, pude caminar. Se lo atribuyo al doctor Johnson.» (p. 11)

La segunda viñeta, «El viejo» es la que introduce la situación familiar:

«Vivíamos en la parte pobre de la ciudad pero teníamos los mejores entretenimientos. Teníamos los estanques con peces de colores, teníamos la colina de las motos, teníamos el basural y a Bicycle Jenny. Armábamos balsas para ir por el arroyo. Vivíamos de la tierra.» (p. 12)

Enfermedad y pobreza son dos situaciones que ponen de inmediato a la narradora en un vínculo práctico con el mundo. Más allá, la pone en vínculo con el cuidado y el mundo del trabajo desde muy temprano. Tal vez la certeza que se elabora a nivel del discurso y hasta en la sintaxis concisa sea fruto de esa materialidad vivida, de ese conocimiento del mundo y de sus dinámicas. Más de una vez, como lo hacen los caballos, las situaciones empujan a la narradora a repensar en lo idiota que es y lo poco que entiende. Aprender, en ese caso, es también dar volantazos; el más notorio, toda la secuencia narrativa que aborda la violencia en una relación de pareja. Enfermedad, pobreza y violencia, entonces, puede ser el triunvirato que marca la experiencia y la hace apegarse a la aseveración, a la claridad.

Afirmar el conocimiento, afirmar «yo sé lo que sé» no es afirmar la existencia de un significado y un apego a él. En este caso, uno que se arrima a las cosas y puede presentar un camino, un rumbo y el mundo a su alrededor. La afirmación del título invita a creer en el mundo que se va narrando, a no sobreinterpretar. Mario Montalbetti, en su Sentido y ceguera del poema, comenta cierta forma de lectura de Moby Dick al hablar sobre la fe en el lenguaje: 

«Los hombres de tierra firme no saben nada sobre el mar

y como no saben nada sobre el mar

creen que Moby Dick es una alegoría,

  una imagen, una metáfora.

Y Melville dice: no es así, eso es detestable.

Porque si supieran algo sobre el mar

se darían cuenta de que

Moby Dick es una inmensa ballena blanca

(o, si se prefiere,

que Moby Dick es todo lo que la novela de Melville dice que es)»

¿Quiénes han sido, son y serán los «hombres de tierra» que lean Yo sé lo que sé? ¿Es Scanlan una «mujer de tierra» para Sonia, su entrevistada? ¿Es Sonia, su narradora, una metáfora? ¿Cómo se va a comportar el lector frente a este problema?

Por si no se ha notado, esto fue, ante todo, una lectura optimista. Una lectura que emparenta estas certezas con las de otras novelas de formación, que en el gesto del aprendizaje ve también las posibilidades de las ficciones literarias y políticas del futuro. La frase corta que construye Scanlan, con esa impronta de autosuficiencia –como si dijera «y eso es todo»– deja al lector, a ratos, pidiendo un desarrollo, al mismo tiempo que le hace saber que está solo frente a la página para comprender el valor relevado por la escritura y el valor que puede relevar su lectura. Y esa es una lectura inocente, optimista y, ante todo, creyente de que la experiencia, con los medios que sea, puede seguirse compartiendo. El objetivo no es alcanzar la pureza, sino una fibra de significado en su puesta en diálogo.

Deja un comentario

Previous Post
Next Post