De injertos, deseos e imposibilidad existencial
Cristina Bravo Montecinos
Botánica de Ashle Ozuljevic Subaique
El viento moldea el cuerpo de los árboles (y la acidez de la tierra y su humedad) y cada vez de forma más lamentable, el humano que intenta dominar el paisaje, capitalizarlo. A cada geografía, especies o materias únicas vinculándose. La ilustración de un Nothofagus antarctica que acompaña al poema del mismo nombre en la primera sección del poemario, titulada «Taxonomía», es una muestra de aquello. Este árbol, un ñire que se ha de/formado producto de la fuerza de los vientos extremos del sur más austral, ilustra la particularidad del vínculo entre lo humano y lo vegetal. Ese acercamiento, a la manera de una simbiosis, o un intento de ello, también expresa la imposibilidad del lenguaje, incluso poético («la inútil lengua»), para nombrar la complejidad del amor, el dolor («sacar la ortiga contando hasta diez: / una prueba de que cualquier sufrimiento / podrá ser soportado»), el deseo («O mejor; / atraerte a mí como scilla peruviana»), la memoria («su aroma a niñez / casa de la abuela en Recoleta») y el desarraigo.
De esta imposibilidad del lenguaje surgen fisuras, como las de quebradas o cursos de río en un paisaje, deslindes que Ozuljevic contempla con afán e intenta descifrar como las marcas de su propia vida, que aparece ahí en eso que observa y en el recuerdo de lo observado alguna o tantas veces. Este afán, implica a veces una detención minuciosa, casi obsesiva que la lleva a ingresar en la materia vegetal, animal y personal. En este punto parece acudir al lenguaje científico que conduce con la palabra poética para indagar la materia macro y microscópicamente: «En la mucha sabiduría hay mucho sufrimiento / Y quien añade ciencia, añade dolor».
Como una forma de contrarrestar estas dificultades de la existencia, Ashle Ozuljevic siembra en su Botánica, sustratos como el lenguaje científico, la ilustración y el relato testimonial, todos soportes que le permiten gestar una complejidad orgánica que resista el olvido. Tallos, savias, ramificaciones, esquejes, flores, semillas, células, conforman una poética en la que se lleva a cabo la labor de un injerto. Rodea al poema el deseo de “ser planta” o de encontrar, por lo menos en la vegetación, un refugio:
«cuando la frialdad sea insoportable
nos esconderemos
otra vez
dentro de la magnolia»
Un injerto es posible si las especies están vinculadas y uno de los principales motivos de su uso tiene relación con la necesidad de contrarrestar las enfermedades del suelo. En el poemario, todo pareciera indicar una pérdida del o los territorios. Ser parte de lo vegetal, «sentirnos seguras a pesar del cambio de estación o el trasplante de maceta» es un intento por sobrevivir a las inclemencias de la historia personal, social y política chilena.
Los «cuidados de un jardín» (título de la segunda parte del poemario) nombra la necesidad de pertenecer a la ilusión de ese paisaje, cuando «combates contra la memoria / tibia lucha sin tregua», porque algo del entorno parece desafiar el lugar del cuerpo, la dimensión subjetiva de una corporalidad incómoda que sólo en la figura del injerto logra denunciar, recordar, renegar, maldecir para acomodarse en la vida vegetal, compleja y resistente como la maleza.
El acercamiento a las dimensiones celulares, la ilusión positivista como exceso o la emulación sarcástica del romanticismo, le permite indagar los cuerpos vegetales como elemento y referencia a la propia corporalidad y sus movimientos (su actuación):
«necesito
la pared
celular:
digo soporte
digo protección
un guante:
celulosa polimérica de carbohidrato»
Esta materialidad no es solo vegetal, sino también geológica, fungi o animal y se interna en la subjetividad porque es el soporte o raíz de lo vital y devela la precariedad existencial.
En Botánica, Ashle Ozuljevic señala que miente cada vez que intenta apropiarse de la naturaleza por medio del lenguaje, es decir, cuando urde un embuste con la mente. En el epílogo (también nombrado «cofia» o «pilocorriza») compuesto de varios relatos cuyos inicios repiten el mismo enunciado «mi primera relación con una planta», finaliza con la siguiente afirmación: «miento», como si mediante la anáfora fuese posible volver y volver a ese relato originario para encontrar un sentido y finalmente enunciar:
«Entonces
comencé
a comer
plantas»
Ashle Ozuljevic Subaique (Santiago, 1986). Ha publicado el libro de relatos Vidas robadas (2012) y Cartografía (2022); la novela experimental/diario de viaje Anteojos de sal (2014); el ensayo El silencio final: representación y gesto ante la muerte en Diario de muerte (Argentina, 2015); y los poemarios Tres (2016), Botánica (España, 2020 / Chile, 2023) y Tres cuartos (España, 2021). Algunos de sus poemas se han traducido al catalán, italiano y alemán. Su obra ha sido recogida en antologías en Chile, Argentina, Cuba, Estados Unidos y España.
Cristina Bravo Montecinos (Valdivia, 1981). Poeta, profesora de lenguaje y Magíster en literatura. Sus poemas figuran en antologías del sur de Chile y en la antología mexicana de poetas chilenas Tanto fervor tiene el cielo (2020). Ha publicado Vaivén, plaquette de la colección Llueve o la música está muy fuerte (Pillaje ediciones, 2010).
En 2021 publica la plaquette Cieno de Traza Editora y el poemario Jardines (Editorial Fértil Provincia, 2022).


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