La infancia es un paredón
Fósiles de Catalina Gómez

Alcides Castro Lizárraga

Fósiles (Queltehue, 2023) es la primera publicación en solitario de Catalina Gómez. La poeta debuta con un libro dividido en dos mitades, nombradas simplemente primera y segunda parte. En él trabaja con la infancia como materia poética, inscribiéndose así en una larga tradición de poesía sobre la niñez. Sin embargo, aquí la infancia está lejos de ser representada como idílica: desde un comienzo la vemos como un espacio contradictorio, muchas veces con más sombras que luces. 

Los poemas se acercan a la infancia a través de los objetos, en un inventario de cosas asociadas a la niñez. En esta mitad inicial, estos objetos están insertos en un espacio natural, todo parece desarrollarse alrededor de un bosque, donde la naturaleza parece reclamar –¿recuperar, quizás? – los territorios. Por ejemplo, en el primer poema sin título, se lee: «varios de los edificios de la ciudad se han hundido en un fango tan fértil como cualquier insecto», «nadie deberá tomar el control de la ciudad, excepto por unos cuantos crustáceos terrestres» (p. 11). El siguiente poema, «Intervalo», continua con este motivo, generando una relación antagónica entre la ciudad y el bosque donde se quedan los recuerdos: «La ciudad está cerca / pero los fósiles no entran en ella» (p. 12). El motivo de la naturaleza llega a una cima, en lo que a la importancia asociada se refiere, en «11 AM»; en la personificación de un árbol, la naturaleza asume el rol protagónico de ser quien habla: «En un interminable sondeo de caléndulas / ya no me mulliré frente a ustedes. / Solo retos de nitrato de celulosa / cuando bacterias aguarden detrás de mí.» (p. 13).

En el poema sin título que comienza con el verso «El alma se compone de pájaros muertos» empieza a hacerse patente la importancia de los objetos como vínculos con la infancia y con el espacio natural: «El sonido / cubierto de espuma, café con leche y azúcar / fuma a la sombra de unos grillos». Hay también platos que «sobre la mesa chillan vacíos» (p. 14). Esto continúa en «Pequeña guía para enterrar imaginaciones»: «Para recoger las adelfas que caen sobre la ropa / es imperioso apagar la tele febril del año 88 / Para plantarse en la vida habría que aprender de memoria / las tablas del horror» (p. 15). La infancia se muestra como este espacio contradictorio, una dicotomía entre ese lugar de la felicidad perdida, la nostalgia y lo atravesado por la violencia y el horror del Chile dictatorial. El libro ahonda en estas oposiciones, trabajando con relaciones entre la disciplina escolar y la militar, en «La infancia es un muro de legos», por ejemplo. A su vez, en «La fuerza y la razón se venden por separado» encontramos los siguientes versos: «las puntas afiladas de los lápices / no forman parte del calendario del mes. / Los mapas no dan tregua a las naciones / que se estrellan contra los cristales de un invernadero.» (p. 18). Nuevamente esta confusión de la infancia con lo que está afuera, esos mapas que no dan tregua a las naciones.  La violencia casi nunca aparece en primer plano, sino que se experimenta como una de telón de fondo, una escenografía del horror. Más adelante en el mismo poema: «Las banderas son negras / y flamean como los obreros que cayeron al vacío. / Los edificios que ondean el recinto están siempre a medio hacer / las máquinas industriales son canciones que saltan cuerdas.» Aparece también en los poemas una intención de esconderse del terror, ya sea a través de los juegos o de la evasión, el poema mencionado termina justamente así: «me tapo los oídos para no seguir escuchando / historias debajo de un puente. / Sabemos que se hizo picadillos y que todo se acabó.» (p. 19). Pero quizás la mejor muestra de lo que vengo sosteniendo es el breve poema sin título que a continuación cito íntegro:

«La pizarra es un paredón

la tiza es un polvo

para aspirar

para pretender estar muerto.» (p. 21)

La infancia y la asociación con los recuerdos es inevitable. De esta forma, el tiempo se vuelve un tema recurrente en el libro, se trabaja con imágenes que dan cuenta del paso de este, en el poema «Todos salimos de un cuento» tenemos los siguientes versos: «La anciana de la silla se mece por inercia. / La inercia crea el tiempo. / El tiempo hace que el horno derrita el pan» (p. 23). La mirada de la poeta se posa sobre los recuerdos desde una voz nostálgica, se revisita la infancia desde el presente, a veces poniéndole la linterna a las sombras, otras ensombreciendo las supuestas luces de la niñez; siempre trabajando con los objetos para dar cuenta de esto. Por ejemplo, en el poema de la página veinticuatro que muestra la violencia inmiscuyéndose en los espacios cotidianos: «Debajo de las camas duermen los grandes secretos. / Debajo de esta hay un cadáver y un asesino: / muertos los dos.» (p. 24). Los poemas combinan recuerdos, juego y violencia hasta que se hace imposible la diferenciación entre uno u otro, así se muestra en «Teoría de conjuntos»:

«Allí podemos jugar en una superficie plana y finita

como un pequeño escenario sin público.

Allí surgen los monstruos de nuestra memoria

Aquellos que nos acompañarán el resto del tiempo» (26)

La primera parte termina refiriéndose al fin de la infancia, vemos el tema de la pérdida de la inocencia en los versos encabalgados de «Enciende un fósforo para mirar adentro». Seguido de esto un poema sin título donde aparece la noción de un conocimiento que está fuera de la escolaridad, más allá de las pizarras con tiza y la disciplina ridícula de formarse los lunes y cantarle a la bandera. Un elemento faltante, la otra mitad del envoltorio.

La segunda está compuesta de doce páginas, menos de la mitad que las que conforman la primera porción del libro. Al igual que en su contraparte inicial esta comienza con un poema en prosa –¿o son versos muy largos?, la disposición en la página no lo deja claro– sin título. Se continúa con el imaginario de la infancia y los objetos: láminas de un álbum, figuras humanas dibujadas con jugo en polvo. A su vez también parecemos encontrarnos con una ciudad sumida en algún tipo de violencia: «cintas en las calles cercan las caminatas» (p. 30).

Si en la primera parte el entorno parecía algo así como un bosque, aquí la ciudad adquiere un protagonismo que antes no estaba. Un verso del poema de la página siguiente como muestra: «en qué ciudad habrán dejado las migajas de nuestro cuerpo» (p. 31). En esta segunda parte también aparece un yo más integrado. Quizás asumiendo ese paso fuera de la infancia que llena los poemas de la primera parte, aquí el yo parece tener una conciencia más certera de sí misma. Si antes leíamos, por ejemplo: «Alguien de aquella década / dijo que mi composición era de níquel» (p. 16), ahora la definición parte desde el yo, no desde un observador: «Son mis propios escalofríos / los que derrumban los puentes y caminos» (p. 32).

El primer poema con título de esta segunda parte «El deshielo es este tranvía en blanco y negro», continúa explorando referentes que ya han sido utilizados antes: el tiempo mostrado a través de un reloj, cuentas regresivas, un tren que avanza hacia el futuro y deja detrás la infancia: «El ferrocarril sigue su curso los vidrios no se empañan / morir cuando alguien nos apague la luz» (p. 35).

«Tarde» continúa con el referente ferroviario asociado a la infancia, sus primeros versos: «Somos pasajeros de trenes vacíos / juegos a la sombra en una plaza / el sonido pedregoso del caminar / un columpio que balancea la inercia / figuras de cartón con olor a detergente» (p. 36). La infancia y las cosas; juegos en una plaza en esta primera estrofa, y en la segunda «instrumentos rotos en la sala de música». 

El libro plantea también una oposición entre quiénes están «dentro» y «fuera». Los primeros protegidos, dentro de un confort que si bien es hipócrita y solitario parece ser protector, mientras que quienes viven el afuera están abandonados a su suerte. Si en la primera parte eran «aquellos que no sabían leer», en esta segunda parte leemos: «Del lado de afuera de la ventana / se observa aquella lucha de animales / cuerpo a cuerpo / visibles / ajenos.» (p. 41).

En el poema que cierra el libro, también sin título, la autora experimenta por primera vez con la disposición de los versos en la página, corriéndolos al centro y luego alineándolos a la derecha. A su vez, se toma la libertad de poner dos versos en negrita. Como en ningún momento anterior del libro se realiza un procedimiento similar esta búsqueda de jugar con el formato queda un poco desconectada del grueso del libro. Esto también sucede, con menor intensidad eso sí, temáticamente. Este poema final abre caminos que el libro antes no ha transitado, un imaginario de objetos y referentes nuevos que piden ser explorados. Quizás es esa la intención, pero la fuerza y la diferencia de las imágenes propuestas hacen imposible evitar una sensación de propuesta inacabada, para la muestra tres versos de este último poema que difieren diametralmente del repertorio con el que el libro venía trabajando: «un vaivén de hoplitas resguarda la mesa», el «engranaje de tu piel carbónica», «el contrapunto de una garlopa» (p. 42).

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Catalina Gómez (Santiago, 1981). Licenciada en Letras de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Participó en la Antología poética de Letras UC del año 2021.

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