El interminable regreso a los 70 y por qué el gesto de Jessica Pratt sí funciona
Vicente Alessandri
Otro día de diamante, otro día de diamante, otro día de diamante
En 1970, Vashti Bunyan publicó su primer álbum de estudio: Just Another Diamond Day. El disco es producto del envión creativo al que fue empujada luego de visitar Nueva York y conocer la música de Bob Dylan. En él participaron personajes como el productor Joe Boyd o el arreglista de cuerdas Robert Kirby, quienes venían de trabajar con Nick Drake. El álbum es una fantasía folk y bucólica que narra sus viajes a través de Escocia. Para bien o para mal, Vashti tuvo un alcance corto y una recepción tibia. Desanimada, se tardó un par de meses en dar por terminada su carrera musical y recluirse a vivir de su granja en Irlanda.
Varios años después, lejos de su interés y de su atención, como una papa olvidada en lo hondo de un canasto de la que crecen flores hasta cobrar una segunda vida, Just Another Diamond Day fue haciendo brotar un grupo de adeptos y admiradores, hasta ser reeditado en el año 2000. Hacia principios del nuevo milenio, se había convertido en un fetiche de culto para admiradores y artistas de la nueva escena del folk. Vashti Bunyan se enteró de poco y nada, hasta que el mismísimo Devendra Banhart la contactó para pedirle consejos creativos. El renacimiento de su música tomó tanta fuerza que, en el año 2005, unos cómodos 35 años después del primero, Vashti Bunyan grabó y publicó su segundo álbum de estudio: Lookaftering.
Quise referirme al caso de Vashti Bunyan meramente porque me parece que nos muestra la versión más alocada de un movimiento bastante mayor: la expansión del pasado, el cultivo del pasado. Con esto quiero referir específicamente al movimiento de artistas que han querido reabrir el proyecto estético que en los 70’ integraron voces como Nico, Joan Baez, Karen Dalton, Joni Mitchell o Karen Carpenter. En especial, me inquieta el regreso insistente y obsesivo sobre la vertiente del freak folk.
En el año 2002, Beth Gibbons, que había alcanzado una fama importante con Portishead, la icónica banda de trip-hop, decidió sacar su primer álbum de solista, en colaboración con Rustin Man (Paul Webb). Out of Season es un proyecto sutilísimo y resbaloso, imposible de reducir. A ratos quisiera confundirlo con Carole King o con una versión silenciosa y conspiradora de Kate Bush. En común con Vashti Bunyan, además de los años pasados en alguna pequeña granja del Reino Unido, tiene el esfuerzo por expandir el pasado.
Quiero meter en este mismo saco, aunque resulte arbitrario y forzoso, algunos álbumes de Broadcast en los 90’, la lumínica figura de Weyes Blood en años recientes y, más que a cualquier otra persona, a Jessica Pratt. Entre ellas han pasado una posta furtiva para reavivar la llama fría del freak folk, el chamber pop y todas las vetas más ominosas del folk setentero. Por ponerlo en pocas palabras, me refiero a esa música cantada por voces de mujeres, apoyadas tanto en instrumentaciones acústicas como en pistas sintetizadas, que suenan oníricas, místicas y que pueden caracterizarse a la vez como relajantes e inquietantes.
¿Por qué los 70?
No pretendo resolver ahora mismo la pregunta más evidente que enhebra todos estos nombres: ¿por qué volver a los 70? Tampoco pretendo responder la otra pregunta, todavía más importante: ¿por qué ahora? Me limito a aclarar que no me parece casualidad el regreso reciente de los pantalones anchos, las melenas masculinas, los wolf cuts, los shaggy bobs y hasta las curtain bangs.
Para responder todas estas preguntas tendría que hacerme cargo de otro fetiche análogo y casi tan vivo: los 80. Porque, mientras Jessica Pratt revive el freak folk, otras mil y una bandas intentan continuar el new wave y el post punk hasta que el futuro nunca llegue. Casos como el de Nation of Language en USA o Molchat Doma en Bielorrusia son fenómenos mediáticos igual de obsesivos.
Ideas como la «lenta cancelación del futuro» de Mark Fisher apenas alcanzan a delinear los bordes del problema. A los ojos de Fisher, nuestra incapacidad para generar patrones estéticos nuevos y salir del dominio de la melancolía responde a un problema todavía más grande: el fracaso monumental de la época de las utopías nos ha estropeado la habilidad de imaginar futuros posibles. Desde finales de los 80, hemos terminado de atraparnos en alguna recámara al interior de un reloj averiado, cuyos engranajes giran en vilo, produciendo en repetición una hora que no comienza ni termina.
Así como a Fisher, me resulta angustioso pensar en la infertilidad de algunas tendencias: «Imaginemos qué pasaría si tomáramos cualquier disco lanzado en los últimos años, lo lleváramos hacia atrás en el tiempo hasta, digamos, el año 1995, y lo pasáramos en la radio. Es difícil pensar que podría causar algún tipo de sobresalto en los oyentes» (Los fantasmas de mi vida, 32). Un poco a contrapelo de la suposición más básica, la aceleración en los cambios tecnológicos y sociales ha terminado por ralentizar el surgimiento de tendencias estéticas realmente rupturistas. Más bien, la velocidad exagerada de los cambios impide que dos tendencias resulten notablemente distintas, haciendo imposible una oposición esquemática entre mainstream y vanguardia.
Me queda todavía por responder, ¿por qué los 70?, ¿por qué los 80? De cierto modo, tienen en común lo fácilmente distinguibles que nos resultan a nivel estético. Son las últimas dos décadas cuyo color, olor y textura nos son fácilmente identificables. Tanto los 70 como los 80 nos parecen, de cierta manera, tipos estéticos. Ocurre en mucho menor grado con los 90 y menos todavía con los 2000. Me parece que eso es lo que echamos de menos, eso es lo que buscamos, pertenecer a una suerte de tipo. Queremos ser parte de una generación. Millenials y Gen Z son categorías tan estériles como lánguidas. Me pregunto qué estereotipo se formarán en su cabeza, en 50 años más, al hablar de la estética de los 2020. Los parachute pants, el corte trap, la convivencia de la influencia del hip hop noventero y el pop de los 2000’, todos entrelazan para confeccionar una sensibilidad nostálgica.
Esta idea, aunque no explica, ayuda a entender. No nos permite, sin embargo, encontrar una solución, ni siquiera nos facilita la tarea de empezar a imaginar salidas posibles, otras formas del futuro. ¿De cuánto vale explotar el pasado para fertilizar la tierra del presente, como si fuese guano? ¿Cuántos remakes, spin-offs, precuelas y secuelas se necesitan para colmar una cartelera? ¿Para cuántos meses nos alcanza antes de tener que idear otra saga convincente? La melancolía no es nueva, pero quizás sí es novedosa su actual infertilidad.
Jacquelyn in the Background
Toda esta paranoia me sirve de excusa para llegar a lo que quiero llegar: Jessica Pratt. A inicios de mayo, Jessica Pratt publicó su cuarto álbum de estudio y este texto es apenas una forma de homenajear su trayectoria, de rescatar su proyecto como una luciérnaga o una pequeña fractura en el aparataje de este reloj averiado. Quiero detenerme en una de las canciones de su segundo álbum de estudio (On Your Own Again), publicado el 2015: Jacquelyn in the Background.
Dentro de la escuela de las voces oníricas y las instrumentaciones acústicas, me atrevo a decir que On Your Own Againdestaca por inquietante, torcido, a ratos incómodo. Es, por decirlo en corto, un poco raro. Más allá de lo chica que la etiqueta de freak folk pueda quedarle a Jessica Pratt, me parece que representa la vertiente más ominosa de la música relajante. Jacquelyn in the Background es un ejemplo claro de esta inquietud. Desde las torciones de la técnica vocal hasta la progresión impredecible de los acordes al inicio de cada verso, la canción es un tapiz sonoro en el que las formas se derriten y las caras de los cuadros cambian de gesto cuando uno no las mira.
Mucho más que la sensación general de inquietud, que esa incomodidad premonitoria, me interesan los 10 segundos en que Jessica repite por segunda vez el coro:
Oh Jacquelyn, I see you coming through
See the changes in your smile
In the background, you come in colors now
Leave your bad news for a while.
Durante esas cuatro líneas, el tiempo de la canción se ralentiza bruscamente, el timbre de la voz se engruesa y la melodía cae un par de tonos, como si alguien hubiese intervenido la perilla de velocidad del tocadiscos o como si una pequeña parte del vinilo se hubiese derretido en contacto con el calor. Lo que sucede es tan disruptivo que cuesta bajar las defensas por lo que resta de canción.
En se pequeño gesto está cifrada la gran esperanza del freak folk en la actualidad, pues abre la posibilidad de introducir la discontinuidad en nuestra percepción del tiempo. Nos obliga a reconocer algo fundamental: han pasado 50 años desde los 70, y es imposible reproducir un sonido grabado hace 50 años sin notar su desgaste material. Los recursos estilísticos del folk, como cualquier otro recurso estilístico, son valiosos en la medida que tienen memoria.
Citar al pasado resulta estéril siempre que el gesto a través del cual se cita oculte la distancia que guardamos físicamente con el referente citado. No basta con reproducir. La fuerza que oculta Jacquelyn in the Background nos obliga a notar las grietas que le han salido al tiempo por querer estirarlo demasiado, la fragilidad de la tela con que confeccionamos la historia de la música, quemada y gastada.
Creo firmemente que la esperanza está, mucho antes que en parchar y ocultar esas grietas, en detenernos a notar qué podemos ver a través de ellas, qué clase de mapa dibujan sobre el tejido. Toda la obra de Jessica Pratt es como la técnica japonesa del sashiko: una puntada gruesa que, lejos de ocultar los portillos en la tela, busca resaltarlos para generar, a partir de ellos, un patrón nuevo.
Vicente Alessandri (Santiago, 1996). Licenciado en Letras Hispánicas y Magíster en Literatura por la Universidad Católica de Chile. Actualmente trabaja como traductor, editor e investigador en literatura infantil.


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