Este texto fue leído para la presentación de Atrás queda la tierra de Arianna de Sousa-García en abril de este año.
Voy a partir con lo evidente: este libro se publica en medio de un clima político y social en el que la violencia en torno a discursos de identidad y defensa nacional, raza y migración toman fuerza día a día. Vemos los controles policiales a toda hora en la tele y hoy, aunque ya entendemos que no tenemos que decir cosa alguna de Perú o Bolivia, no lo pensamos dos veces antes de decir algo sobre Venezuela. Atrás queda la tierra viene con una urgencia bajo el lomo y esa urgencia excede al país de lo literario. Por eso la escritura de no ficción, pienso, y recuerdo a la periodista argentina Leila Guerriero, en su charla magistral en Santiago de hace unos días, diciendo: «¿Por qué se escribe? Porque con la vida no basta».
La primera vez que escuché algo de Atrás queda la tierra fue en boca de su autora, hace casi un año. Estábamos en el Chancho seis compartiendo una Lectura y cháchara junto a Carlos Soto Román y Carlos Leyton, gracias al Colectivo Traza, del cual Arianna es parte. Ahí estaba yo cuando la escuché a mi izquierda. Su voz se amplificaba más allá de nosotras gracias al micrófono, pero por la proximidad entre nuestros cuerpos, me sonó toda la lectura a susurro. Ahora que lo pienso, a arrullo.
Esa primera vez que escuché textos de Atrás queda la tierra, yo ya había recibido el libro en un correo que venía acompañado con un mensaje que reservo para nosotras, pero en el que Ari, mi amiga –por eso la nombro así aquí–, me invitaba a esa casa que era su libro como un acto de buena fe, de confianza. Yo en ese momento ya sabía que una casa puede serlo todo, sobre todo el propio cuerpo y sus experiencias, así que tomé la única decisión posible: tenía que conocerla de su mano, y a veces la mano es una voz. Tenía que dejar que el tono, el ritmo de la escritura en mi correo, me lo diera su autora. Después de la escucha, que era para mí la apertura a las puertas de esa casa, lo inevitable: entrar nomás, intrusear y guardarse en un rinconcito del lugar, hacer de lo ajeno algo propio, cuidarlo incluso.
Leer un libro es también ir y volver a él, al menos para mí. La lectura se manifiesta en una relación de apego físico con el objeto que se lee. Es muy fácil que las palabras no queden y corran por una, demasiado fácil. Esperé casi un año para leer Atrás queda la tierra con ese título, con ese corte final hecho por su autora y hoy, limpiándome los pies antes de entrar como corresponde cuando se entra a cualquier casa ajena, aventuro una lectura –que siempre es una apertura de puertas– y entonces, me pregunto, ¿cómo se escribe un libro como este?
En Mi padre, el inmigrante, libro de poesía a partir del que Atrás queda la tierra saca su título, Vicente Gerbasi, escritor venezolano, cuenta al inicio: «Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del Mar Tirreno, y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca del Estado Carabobo».
El poema con un motivo, con una dirección: la del otro que es el padre. El poema como espejo: la dirección y destino de ese padre. El poema como lugar que aloja memoria para la migración y sus obligatorios espacios de no-lugar. También en Atrás queda la tierra, la predominancia del otro: el abuelo, el padre, el hijo y la madre. En esta crónica –o novela de no ficción–, con estrategias epistolares, entre la primera y la segunda persona, Arianna de Sousa-García nos entrega un relato sobre la identidad y la memoria desplazada, personal y colectiva. Pero también sobre el amor, el dolor y el desarraigo. La maternidad, el despojo y la esperanza. Palabras grandes para vidas que se quedan demasiado pequeñas ante ellas. Palabras grandes que necesitan ser repetidas hasta que alcancemos su sentido.
Entre sus anotaciones, la escritora ucraniana-brasileña Clarice Lispector apuntó: «No puedo escribir mientras estoy ansiosa o espero soluciones, porque en esos momentos hago cualquier cosa para que las horas pasen, y escribir es prolongar el tiempo, es dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible». Así como Lispector, pienso, de Sousa-García se resiste a la ansiedad o a la espera de soluciones con su escritura, y decide poner ahí donde se pone la tesis, la pregunta. Quizá por la predominancia del oficio en el cuerpo; no podemos eludir que la autora de Atrás queda la tierra es periodista –y de las buenas–. Por eso, este libro que repasa momentos de crisis y violencia en la historia que comparten millones de venezolanos, no se lee con la urgencia sobre el lector, la lectora, que en este caso, prefirió las dosis cortas, porque a veces ocurre así: hay libros que piden y permiten lentitud. Que exigen que un tiempo se prolongue y reclaman un espacio.
Justamente, porque pareciera que en su aproximación a la escritura la autora trabaja fuera de la ansiedad o intentando ir contra la urgencia, lo que encontramos en Atrás queda la tierra es un tono del cual se exprime una calma tan similar a la que puede transmitir una madre que arrulla a su guagua.
«Mientras habla, la mece de manera suave e instintiva, la mueve como toda madre lo hace con su bebé para dormirla, incluso mientras le cuenta a la reportera lo que les sucede esa noche» (13).
Con un tono suave e instintivo como el arrullo, pero sin rodear la tragedia, mirándola siempre de frente, Arianna de Sousa-García nos cuenta lo que les sucede esa noche:
«Tiene el cabello corto, ojos negros muy abiertos, su piel es una opaca y delgada capa pegada a los huesos, casi traslúcida, que para el momento del vídeo ya iba adquiriendo una tonalidad azulada. Pero su hija no era una bebé, su hija tenía diecinueve años, parálisis cerebral y desnutrición crónica. Se llamaba Girtverlis y pesaba apenas diez kilos. No conoció el país prometido, el país soberano, el país de todos» (14).
Lo que les sucede esa noche es que les cierran las puertas porque «no había luz, no había nada y no la pudieron atender», como cuenta su madre mientras la cámara la graba y la autora observa, registra y lee. Lo que les sucede esa noche de marzo del 2019 es que «»[fueron] víctimas de un ataque cibernético, electromagnético» [como] dijo el presidente heredero en cadena nacional cuando veintiuno de los veintitrés estados del país quedaron completamente a oscuras por más de cinco días» (14). Lo que les sucede, es lo que Arianna de Sousa-García se dedica a investigar y montar para intentar entender e insistir con la letra en su permanencia en la memoria:
«Les contamos nuestra historia a nuestros hijos los días que creemos necesario hacerlo para que nuestra memoria perdure, a través de ustedes, para que aprendan a detectar a carroñeros y a desmenuzar discursos. Escribirla es mi regalo para tu futuro, todas las cosas que tienen que ver contigo, son para ti» (28).
A medida que la historia es contada, lo entendemos, la articuladora de la historia también necesita entender esa memoria, porque es difícil entrarle a la memoria –alguien tiene que decirlo–. A medida que se la cuenta a su hijo, León Rodrigo, también la cuenta para sí.
Escribe Sylvia Molloy, escritora argentina, en Acto de Presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica (1996):
«La autobiografía es siempre una re-presentación, esto es, un volver a contar, ya que la vida a la que supuestamente se refiere es, de por sí, una suerte de construcción narrativa. La vida es siempre, necesariamente, relato: relato que nos contamos a nosotros mismos, como sujetos, a través de la rememoración; relato que oímos contar o que leemos, cuando se trata de vidas ajenas» (15-6).
Al modo de Molloy, la autora de esta crónica, novela de no ficción, pieza del periodismo investigativo y literario, busca entender a medida que la cuenta, en su rememoración, esa casita rota que es la patria. Trata de explicársela a su hijo y de paso, a sí misma. No pone más respuestas ahí, donde solo hay preguntas, en su lugar, busca en los otros: y entrevistar al padre, entrevistar al hijo. Nombrar a Chávez, por qué no decirlo, pero sin que sea el destino, tampoco Maduro. Hablar de Chile como destino y que sea lo que sea. Buscar en los otros verdades que no se alcanzan a completar en una. Revisar los casos, aprender sus nombres, prender velas, llevarlas en el bolso. Pensar los materiales, intentar darles un orden, armar el tono, usar la técnica. Y ahí, aparece: la migración obligatoria como último acto de conquista del propio cuerpo. La escritura como registro de ello. Elegir moverse para buscar algo mejor. El avance de los pies –y quizás, de la escritura– con una actitud no de paseante, porque no hay espacio para la contemplación en el desplazamiento –la contemplación se reserva para Puerto La Cruz y sus aguas mansas, para la primera pera que saboreó León, para los afectos rotos que la cronista se permite entregarnos–.
No es menor que la autora entre las formas del texto elija la novela de no ficción en virtud de buscar también allí, entre los géneros, cómo se nombra un relato sobre el dolor y la violencia que no alcanza en el registro de los acontecimientos y requiere de la materia viscosa y maleable que es la memoria para su comprensión. Una materia, por cierto, rodeada también de afectos, inundada por ellos, y así también estos textos configurados junto a ella, en ella, parte de un trabajo memorioso que busca reconstruir una historia personal y colectiva de desarraigo con intuición e incertidumbre, porque ¿cómo tener las cosas tan claras hoy en día? Acaso, la única claridad posible sea intentar contarle al hijo la historia de la familia, del país, de la migración compartida, para invitarlo a un espacio de reflexión con todos los antecedentes posibles y abrir así, espacio en el tiempo para que la historia se fije, prolongar no solo el tiempo, también las posibilidades de la memoria:
«No sé si en algún momento todo esto se configure en alguna respuesta digna de ti, pero es mi mejor intento, la mejor manera que tengo para explicarme, para que sepas las razones de tu familia desperdigada y tu país desperdigado, para que ojalá comprendas las decisiones que he tomado, las razones para ello, para que un día perdones mi dureza y mi vulnerabilidad, para que no olvides nunca quién eres, de dónde vienes y que por nosotros saber del horror no volteamos indiferentes cuando toma preso al otro» (134).
Atrás queda la tierra, entonces, ¿y adelante? ¿Qué hay por delante? Atrás, ese horizonte fijo, que no se pierde nunca, que no da miedo e invita, Puerto La Cruz, como este libro, que en su calma, muestra también la violencia.
Arianna de Sousa-García (Puerto La Cruz, Venezuela 1988). Es periodista y magíster en Escritura Narrativa. En 2016 ganó el Premio Jesús Márquez del diario El Tiempo, por su trabajo de investigación relacionado a la cadena de control alimentario en Venezuela. Está exiliada en Chile desde 2016 y trabaja como librera. Es cofundadora de Casajena editoras y forma parte del colectivo de escritores Traza.
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