Por qué Chéjov
Tío Vania, escenas de la vida en el campo, dirigida por Rodrigo Pérez

Macarena Bertoni

Robert Brustein, crítico y productor teatral, dramaturgo y  fundador del American Repertory Theatre, calificó en los años sesenta a Anton Chéjov como uno de los dramaturgos representantes de la rebelión en el teatro. Si bien se reconoce la variedad existente entre los dramaturgos incluidos en este grupo –August Strindberg, Henrik Ibsen y Jean Genet, entre otros–, la característica que los une es la de poner en jaque las formas del teatro tradicional. Cada uno en su estilo da cuenta de un cambio en la función del autor, de la audiencia y de la naturaleza de los mundos que evoca. Estos dramaturgos desplegaron y dieron cuenta de la crisis y desintegración del mundo tradicional, percibiendo la caída en la incertidumbre. A partir de esto, Brustein apuesta por su vigencia para al menos los siguientes cincuenta años.

La vigencia de estos dramaturgos y sus puestas en escena hasta hoy es evidente en cualquier cartelera internacional y nacional, pero Chéjov tiene un lugar particular en el teatro chileno. Se han realizado múltiples montajes, adaptaciones y propuestas metateatrales, tales como Las tres hermanas (1987), Neva (2006), El jardín de los cerezos (2013), La Gaviota (2017). Esto, pese a la complejidad de su teatro: su verdadero realismo.

Chéjov sostenía el deseo y mandato de dar cuenta de la realidad desde su impresionante capacidad de observación, escucha y recuerdo, a partir del tono emocional que entrega a sus personajes tanto en sus cuentos como en sus obras dramáticas. Como refiere Irene Nemirovsky en su libro La vida de Chéjov, «[e]ste tono, donde la broma se mezcla con la melancolía y un sereno desengaño, es totalmente Chéjov; está en sus relatos, en sus cartas y, sin duda, también en su alma: es su inolvidable tono».

Ese tono es el subtexto que sostiene y otorga el realismo con que identificamos y clasificamos su teatro. Muestra esa verdad afectiva del mundo interno de los personajes de manera sutil, cómo se expresa en la vida cotidiana. Le entrega ese carácter universal y trascendente a sus obras. 

Tío Vania, escenas de la vida en el campo cumple punto por punto con el tono del teatro chejoviano. Esta adaptación de la obra es ciertamente destacable. Como reescritura del texto Tío Vania (1899), resuelve de manera creativa la vigencia de las obras de Chéjov permitiéndonos acceder a la flexibilidad que subyace a los textos del dramaturgo ruso: su capacidad para describir los estados emocionales y reflexiones de los personajes con ese realismo que permite acceder a ese tono de profunda humanidad que hay en cada uno de ellos. 

En esta adaptación nos encontramos con seis de los ocho personajes centrales del texto original. Vania y su sobrina Sonia, hija de la hermana fallecida de Vania, el profesor jubilado Alexandr padre de Sonia, su joven esposa Elena, Marina la vieja nodriza y nana de la casa y, Ástrov médico del pueblo. La vida esforzada y monótona de los tres personajes que viven en la casa de campo se ve afectada con la llegada del profesor y su joven esposa para pasar una temporada en la casa. La presencia de la pareja repercute también en las visitas del médico Ástrov, las que serán más frecuentes debido a las «enfermedades» del profesor jubilado. 

La decisión de escoger y poner en escena a estos seis personajes, eliminando a la madre de Vania y a Iliá, un pequeño terrateniente empobrecido, acentúa las posibilidades de desplegar en los diálogos las quejas, los deseos y las reflexiones sobre los rumbos de cada una de sus vidas. Permite también que aparezca de manera más explicita la apuesta por encuentros amorosos que alivien la existencia y la marca absurda, cómica y fallida con que finalmente se presentan. 

La escenografía y los accesorios de los personajes, como los binoculares o los grandes bigotes del doctor, son elementos que contribuyen con el carácter de «farsas» que Chéjov prefería para definir sus obras. Permiten incluir elementos absurdos presentes en la vida cotidiana y evitan una actuación que acentúe el carácter trágico. Para el dramaturgo ruso «la verdad subrayada se transforma irremisiblemente en mentira».

Las actrices se detacan en esta puesta en escena. La calidad de sus actuaciones permite el despliegue de múltiples capas de lo femenino. Hay algo en ellas más realista que en los hombres. Algo más sensato, divertido y a la vez reflexivo, que contrasta con lo estático y rumiante de los personajes masculinos. Catalina Saavedra se luce con esa frescura de la espontaneidad de lo absurdo y cómico, Emilia Noguera encuentra ese realismo en la interpretación delicada de su personaje cargado de sensatez, vivacidad y una melancolía que reposa en la melodía de una canción que se repite y acuna ese afecto. Así mismo, el personaje de la nana es llevado con paciencia, tranquilidad y gracia por Camila Oliva. 

Esta puesta en escena de Tío Vania, escenas de la vida en el campo permite que el público se lleve a Chéjov a casa, volviendo a preguntarse por él y, posiblemente, con ganas de leerlo. Esas escenas de la vida cotidianas, que la adaptación y dirección proponen tan amable, precisa y jugadamente, logran hacer disfrutar del teatro de Chéjov y de su actualidad.

Las obras dramáticas del escritor ruso dialogan con las complejidades del momento presente, pero ocurre y transcurre como lo hace en la vida cotidiana: sin grandes arcos dramáticos, porque lo que quiere es describir los afectos que acontecen en esos encuentros. Relaciones que a momentos aparecen tan deseadas y necesarias para sobrevivir a lo doméstico, pero que en otras solo muestran cómo fluyen estados de ánimo que dan cuenta de distintos mundos internos y de cómo se configuran historias de vida. La historia social, su atmósfera de crisis y cambios históricos complejos adquieren una presencia realista porque atraviesan las escenas estando fuera de ellas. 

Ese exterior es percibido a partir de lo que transcurre, principalmente, al interior de una casa. El afuera es narrado, supuesto, comentado, temido, deseado. Es un afuera inminente, inquietante, a veces el lugar donde algo del tono melancólico de las vivencias podrá ponerse en pausa; una suerte de esperanza no necesariamente de algo mejor, pero sí quizás de algo diferente. ¿Es algo que acaso resuelva toda esa capa de afectos que arrastran todos los personajes en sus vidas? 

Como afirmaba el mismo Brustein: «hay dramaturgos más poderosos en el teatro de la rebelión […], pero no hay ninguno más cálido y generoso, ninguno que haya llevado el drama a una comprensión más plena de su papel humano».

Tío Vania, escenas de la vida en el campo (2024)

Autor: Antón Chéjov

Adaptación: Leyla Selman

Dirección: Rodrigo Pérez

Asistencia de dirección: Paula Sharim

Elenco: Nicolás Zárate, Guilherme Sepúlveda, Catalina Saavedra, Emilia Noguera, Jaime Leiva, Camila Oliva.

Producción: Catalina Tapia

Diseño integral: César Erazo Toro

Realización de vestuario: Javiera Labbé

Música: Guillermo Ugalde

Sonido: Lenin Silva

Iluminación: Ignacio Trujillo

Lugar: Teatro Ictus. Merced 349, Santiago.

Temporada: 06 de junio al 27 de julio 2024.

Funciones: jueves a sábados 20:00 hrs. 

***

Macarena Bertoni Fiorini (Santiago, 1979). Psicóloga Clínica de la Universidad de Chile. Diplomada en traducción literaria de la Universidad Católica (2021). Desde el año 2011 ha colaborado con el director teatral Cristian Plana en el análisis de texto y la estructura de los personajes a través tanto de algunas nociones psicoanalíticas como de obras literarias. Entre estas colaboraciones se encuentra el análisis de texto para las obras Gastos de representación (2014)yo soy el cartón que hace que la mesa no cojee (2018) y La vida que te dí (2021). La adaptación y creación dramatúrgica Excesos a partir de textos de Mauricio Wacquez, obra coproducción con GAM (2019). Durante el año 2022 realizó, junto al colectivo recién egresado de teatro de Universidad Mayor, el fundamento teórico para la puesta en escena de Esquilo en Matucana 100. El año 2023, colabora en la asesoría teórica de la obra de danza Formas Monstruosas de la compañía Núcleo Blanco.

Rodrigo Pérez (Santiago, 1961). Psicólogo de la Universidad de Chile y actor de la Academia Club de Teatro de Fernando González. Se ha desempeñado como actor, director y docente de diversas instituciones. Desde 1988 forma parte del elenco de Teatro La Memoria participando en obras como La manzana de AdánHistoria de la sangreLos días tuertosPatas de perroMano de obraJamás el fuego nuncaCasa de muñecas, entre otras. En 1998 es becado por el Goethe Institut para viajar a Alemania y trabajar para el Teatro Municipal de Colonia, Sttutgart y Esslingen. Fundador y director artístico de la compañía Teatro La Provincia ha dirigido, entre otros, los proyectos Provincia Señalada (2003), Provincia capital (2004), la trilogía Patria (2005-2006), Las brutas (2008), Violeta: al centro de la injusticia (2008), Diatriba de la victoria (2010), Interior (2011), Oratorio de la lluvia negra (2012), Los perros (2012), El pájaro de Chile(2012), Escuchar (2013), Versos de ciego (2013), Pencopolitania (2014), Alitas de celofán (manual del angelito) (2014), La tempestad (2015), Tres noches de un sábado (2015), La viuda de Apablaza (2016). En 2023 estrena la trilogía Edipo stand up tragedyHablan y Los ojos de Lena, con dramaturgia de Leyla Selman, como celebración en el marco de los treinta años de la compañía.

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