Colmo de Juan Antonio Bley
Diego Leiva Quilabrán
Este año, Emergencia Narrativa rescató Colmo, la única novela del ingeniero comercial Juan Antonio Bley, cuya primera y única edición fue lanzada por la editorial Universitaria en 1994. La historia narra una utopía tecnológica que gira en torno a Axel Gutiérrez, ingeniero químico, y el desarrollo de un proyecto de energía geotérmica en la localidad de Colmo, cerca de Concón, así como las consecuencias técnicas y económicas de su éxito.
Hace algunos años, esta obra fue comentada en una nota de prensa de Culto LT titulada «Colmo, la novela de 1994 que predice el Chile del futuro». Desde lo anecdótico, es una buena manera de llamar la atención sobre el libro; sin embargo, si es utilizado insistentemente para hablar de él, termina por agotar y hacer perder un tanto el foco.
La edición reciente de Colmo incurre en hacer de la anécdota el centro, despreocupándose del valor literario que pueda tener el texto. Primero, subtitula la obra como Una novela de anticipación; segundo, incluye un insistente prólogo del autor que sigue sosteniendo esta lectura. Contar la historia del texto y su rescate, siempre va a ser una entrada interesante desde el punto de vista de los criterios editoriales, de la manera en que una obra puede ser releída años después o de la puesta en valor que pueden generar estos dos elementos. Eso, si tomaran la palabra los editores para ofrecer contrapuntos o entrelíneas del texto, para echar luz sobre elementos que consideren notables.
El caso es que el autor, en su agregado, parece más interesado en tomar revancha por la «desilusión» con su «fortuna literaria», como la llama. Desaprovecha así la oportunidad de ahondar propositivamente en un concepto fundamental para entender la obra como es el de «ingeniería ficción» –género que, en sus palabras, Colmo «inauguró»–: intuitivamente, se trataría de una forma de la ciencia ficción especialmente preocupada por describir los procesos técnicos que se implementan, desarrollan y proyectan en el mundo narrado. Sin embargo, esto lleva a una pregunta bastante lógica para un lector que conozca los códigos de la ciencia ficción: ¿es esto algo realmente novedoso como para declarar ese carácter inaugural de la novela? En primera instancia, tendería a pensar que no. ¿Puede estar, entonces, esta ingeniería ficción en la profesión de sus personajes, como quién habla coloquialmente de «novelas de médicos» o «dramas judiciales»? Aunque quizá haya una teoría peor: ¿será una estrategia de posicionamiento de un autor-ingeniero?
Al margen de toda discusión anterior, que puede llevar a discusiones más interesantes sobre la naturaleza de la ficción y su relación con una tradición metropolitana y chilena, en su represalia introductoria Bley tontea al lector, al caer en cierta forma de providencialismo, explicando varias «premoniciones» de la novela, como la idea de instalar una planta de producción de aluminio en Aysén, la remodelación de barrios de la capital chilena, la explotación de la energía geotérmica y el hidrógeno como combustible o la implementación de un tren rápido entre Santiago y Valparaíso. Al hacer esto, desplaza la idea de calidad literaria a una cuestión azarosa: la adivinación.
«tal vez era justo y necesario que las cosas se dieran exactamente como han sucedido. El justo paso del tiempo confirma que al concebir aquella fabulosa historia de taladros, pozos, vapores, magmas y otros prodigios, yo me había anticipado en tres décadas al futuro, con una precisión que a veces me resulta abismante.» (p. 8)
Como una voz que puede dejar ir la novela, refuerza su presencia en un desdoblamiento como lector ideal que valora o sobre valora el libro:
«Luego de situar en 2015 la aparición de ciertos aparatos que bauticé como “los reactores a hidrógeno”, rematé dicho capítulo inicial con el siguiente párrafo para el bronce» (p. 17)
«La historia confirmaría la realización de estas remodelaciones en casi todas las zonas antiguas de la capital [narradas en el segundo capítulo], pero dado que lamentablemente ni gobernantes ni políticos manifestaron jamás algún interés por leer a tiempo mi novela, dichos desarrollos urbanos quedaron al arbitrio desalmado del mercado inmobiliario comandado por intereses privados, brindando en definitiva a sus habitantes una pésima calidad de vida.» (p. 17-18).
«Tres décadas después [de la publicación de la novela], cualquiera quedará asombrado al ver como se está construyendo allá arriba en esas regiones viñamarinas que se conocen con los nombres de Concón y Bosques de Montemar.» (p. 19)
Por eso, para tratar de evadir el desagrado que genera esa introducción tan reduccionista y sobreexplicativa, es que prefiero volver a situar la novela en su estructura y sus fórmulas. En primer lugar, donde se habla de «anticipación», debería leerse «especulación»: no importa lo que se ha cumplido del mundo narrado, lo que interesa es en qué dirección se arroja la inventiva para levantar un mundo futuro. En ese sentido, habría que entender la «ingeniería ficción» de Colmo a través de dos conceptos interrelacionados: la imaginación técnica y el desplazamiento de lo humano.
En términos de contenido, el punto fuerte de la novela son las descripciones de procedimientos y maquinaria, repletas de detalles. Por ejemplo, cuando se introduce la tecnología de perforación Phazarco, acrónimo de «perforación por haz electrónico y arco voltaico», capaz de penetrar kilómetros en el suelo:
El haz de electrones […] puede concentrar enormes cantidades de energía sobre superficies muy reducidas. En el taladro Phazarco, ingenio cuyo diseño estamos a punto de someter al trámite de patentado, la roca es atacada por múltiples cañones de electrones y arcos voltaicos de alta energía. Mediante la combinación de estos dos fenómenos es posible fundir el material rocos en cuestión de segundos, hasta una profundidad de diez centímetros. En el espacio comprendido entre la plataforma que dispara las radiaciones y el terreno se genera, merced a una mezcla de conducción, convección y radiación térmica, un verdadero infierno capaz de mantener un charco de roca fundida. Para ser precisos, una capa de lava de diez centímetros de profundidad. En estas condiciones, si se quiere que la excavación avance, no hay más que sacar la lava con algún tipo de aparato extractor, tal como se saca la sopa del plato con una cuchara. La plataforma que hemos inventado cuenta, pues, con un extractor en su centro. El extractor no es sino una máquina de aspiración, que succiona la lava mediante espasmos de vacío y la deja en un depósito donde se endurece. Pensamos que este ciclo de fundición-aspiración-solidificación de la roca puede repetirse sesenta segundos, lo que significa un potencial avance de diez centímetros por minuto, seis metros por hora o cuatro mil trescientos veinte metros por mes.» (p. 110)
De esta forma, se cumple con la condición fundamental para constituir una narración de ciencia ficción: la verosimilitud tecnocientífica. Sin embargo, el costo de ese nivel de detalle es lo que conlleva el segundo punto relevante: el desplazamiento de lo humano, en el sentido de «sacar de en medio» la figura humana. Las prolíficas, cuidadas y plásticas descripciones técnicas se contraponen a personajes planos, sin mucho desarrollo, como si todo les ocurriera en un estado de plena capacidad, en que los cambios o evoluciones se constituyen meramente por el ascenso laboral. Quizá el ejemplo más manifiesto sea el primer capítulo de la novela, en que se construye de golpe el perfil de Axel Gutiérrez, que responde al estereotipo del noble prodigio científico. No hay problema en lanzar un cúmulo de información sobre él de golpe, en un comienzo, dejando una imagen fija en la retina del lector que no tendrá mayor impacto más que reducida a conceptos básicos: nobleza de espíritu, ingenio superior, liderazgo científico. Lo mismo ocurre, aunque a menor escala, con el recién egresado geólogo Gonzalo Lastella, que en un párrafo queda sellado en una descripción que sigue poniendo a estos personajes siempre en favor de la situación técnica, como excusas para ahondar en procedimientos y maquinaria. Otro ejemplo claro del poco peso de lo humano en el relato es la muerte de la operaria Virginia Guzmán, al caer al profundo pozo excavado en búsqueda de vapor en las profundidades del planeta. Virginia se asoma, se marea y cae. El interés narrativo en el suceso pasa rápidamente, sirve de excusa para volver a las preocupaciones ingenieriles de los encargados del proyecto Colmo que se desarrollan en los mismos párrafos:
«El cadáver fue rescatado desde el fondo del pozo con el auxilio de la grúa extractora. Lastella descendió a realizar la triste tarea de asegurar el cuerpo al aparejo. A medida que descendía, aprovechó de examinar las paredes del agujero con una lámpara. El lodo parecía haber cumplido perfectamente con el revestimiento, pues apreciábase una uniforme capa de color grisáceo adherida a aquella cilíndrica superficie. Hacia los trescientos metros, pudo notar claramente cómo la temperatura del aire aumentaba. Aunque no llevaba un termómetro, calculó que fácilmente sobrepasaba los veintiséis grados. Ello implicaba un incremento de alrededor de diez grados con respecto a la temperatura ambiente de la superficie.» (p. 97)
La reducida subtrama de la muerte de la operaria tampoco alcanza a movilizar dificultades burocráticas de peso. La narración se apura en volver a lo que cree realmente importante, porque no se puede dudar de la voluntad científica.
«Los trabajos se vieron interrumpidos por algunos días, pues la policía investigó con no poca exageración lo que allí había sucedido. Sin embargo, después de varios interrogatorios a todos los presentes, quedó perfectamente aclarado el accidental carácter del infausto accidente. Durante la siguiente semana, la excavación continuó sin nuevos contratiempos.» (p. 98-99)
El impulso individual, cierta lectura providencialista amarrada con el desarrollo de los proyectos científicos, más la centralidad de un empresariado chileno, termina construyendo una utopía liberal: el éxito está construido meramente de una suma de voluntades individuales. El Estado tiene una mayor presencia hacia el final, sin destacar demasiado, reaccionando a un desastre natural, pero plegándose sin fricciones destacables al interés empresarial curiosamente anudado con el interés científico-técnico:
«Bien –dijo el Presidente–, quizá sea una locura, pero si Austrogeno ofrece financiar el cincuenta por ciento de una locura, yo creo firmemente que alguna buena razón debe existir para ello.» (p.158)
En la base de la utopía está la buena fe. Llama la atención, por ejemplo, la mención al «desalmado mercado inmobiliario» del prólogo de Bley, en contraste con un empresariado virtuoso que produce ganancias y avances siempre en la medida en que triunfa técnicamente para beneficio compartido. De aquí salen dos conjeturas que pueden convivir perfectamente: 1) que en esta utopía la ciencia es el contenido del que emana o que conduce a la virtud social; 2) que esta utopía no idealiza, principalmente, a la ciencia como forma de conocimiento, sino al empresariado como persecutor del desarrollo económico y el bienestar público.
Sobre las condiciones de desarrollo de una ciencia ficción latinoamericana a lo largo del siglo XX, Luis Vaisman, teórico especialista en ciencia ficción, comentó en una entrevista el 2018 que «falta[ba] el caldo de cultivo de una sociedad que vive en la tecnología, como pasa en Estados Unidos, una sociedad tecnificada en que los conocimientos adquieren una vertiente popular de uso». Por su parte, Mariano Siskind en Deseos Cosmopólitas (FCE, 2016), quien desarrolla la idea de «novelización del mundo» en los relatos de Julio Verne, se pregunta sobre una posible manera de entender ese cruce entre ciencia ficción y aventura, tomando una vertiente geopolítica: «¿Qué pasa si pensamos estas novelas como la representación del potencial económico y tecnológico de la clase media y su relación con la expansión global de sus instituciones culturales, políticas, económicas y científicas; es decir, como representación de lo real no tal como es sino como podría ser?».
Ya sea por falta de estímulos técnicos o por una desfavorecida posición geopolítica –a saber, periférica: sin potencial económico o tecnológico de la clase media, sin afanes de expansión institucional–, la ciencia ficción producida históricamente en Latinoamérica tendería a una noción de fracaso o a una dificultosa instalación de los discursos técnicos. Por eso el reconocimiento que se puede hacer a novelas como Colmo es su intento por establecer una ficción que ponga a territorios periféricos y dependientes económicamente en una exitosa vanguardia técnica.
Sin embargo, ese intento no alcanza a cuajar del todo en esta novela, por mucho que Colmo se mueva cómodamente en el registro técnico y en la creencia fervorosa en la actividad científica. Este conocimiento se presenta desconectado inocentemente de toda red política y económica aun cuando aparezcan lado a lado –ahí, quizá, repose el fundamento de la propuesta utópica de Bley–. El costo de ese entusiasmo excesivo, reforzado por la lectura providencialista que se da en el prólogo, es el trabajo con personajes estereotípicos, modélicos, y su pronto despacho narrativo para ir a lo que el texto desarrolla como realmente importante: la subordinación al quehacer técnico.
Juan Antonio Bley (Santiago, 1957). Ingeniero comercial y escritor. Es autor de Colmo y del libro Seleccionario del idioma español.


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