«La especulación, la risa, incluso las cosas más oscuras de la mente humana, yo quiero que estén en el papel y no en el mundo real»: media tarde con Luis Carlos Barragán

Diego Leiva Quilabrán

Hace tres años que no pisa su Bogotá natal. Después de ver un documental sobre nómadas digitales, se animó a empezar una vida de país en país. Dice que lo que dura una visa es el plazo que se ha estado tomando para quedarse en un lugar, pero que cree que lo ideal son tres meses. Tres meses y luego tomar su casa entera, que en verdad es su maleta, y partir. Hace un año estuvo viviendo en algunos países de la antigua Unión Soviética: Tayikistán, Uzbekistán, Kazajistán. Este septiembre, por primera vez, pisó Chile y Argentina.

Luis Carlos Barragán (1988), además de escritor, es pintor, ilustrador, profesor de historia islámica y de arte islámico. Algo me comenta al vuelo sobre un futuro trabajo breve como guía turístico. Dice que le acomoda la etiqueta de «escritor de ciencia ficción», pero no tanto la de «escritor new weird».

Su viaje a Chile fue posible gracias a un proyecto Fondecyt perteneciente a Claire Mercier, académica de la Universidad de Talca, y, coordinada en conjunto con las editoriales IMAGINISTAS (Chile) y Caja Negra (Argentina). Sus actividades del 12, 13 y 14 de septiembre giraron en torno a su primera publicación en territorio nacional, la novela El gusano, y del libro de cuentos Parásitos perfectos, al otro lado de la cordillera. 

Luis habla con sorpresa de la experiencia que tuvo unas horas antes de nuestro encuentro: un coloquio académico en la Universidad de Chile dedicado exclusivamente a El gusano, novela originalmente publicada en 2018. Sorpresa, sobre todo, por ser el centro de atención y escuchar análisis sólidos y creativos de una de sus novelas: ¿cada cuánto pasará algo así?, se pregunta. Quizá es que estamos más acostumbrados a que autores mayores (la imagen mental, por algún motivo que no es de extrañar, siempre es la de un hombre viejo) sean los que estén al centro de una escena así. No sé, le comento, quizá sea un lugar en el que es más sencillo imaginarse a un Vargas Llosa. Sin embargo, a pesar de lo surreal que fue esa experiencia, se muestra contento y agradecido: vio propuestas de estudiantes de literatura, de pregrado y de posgrado, en torno a detalles de su libro. Algunos de ellos, confiesa, los reflexionó durante la escritura; otros, le sorprende como anidaron y ahora calzaban, frente a él, al margen de su voluntad. 

Pronto caemos en cuenta de que estamos en un diálogo entre dos exniños cristianos, dos seguidores del anime y dos espectadores gustosos de Alien. Las preguntas escurren desde la curiosidad y las respuestas se sienten desde un lugar cercano. Hacia el final de la conversación, cuando insisto un par de veces en la visión que tiene Luis del público objetivo o ideal de su literatura, me dice que no lo piensa mucho, pero que sería él mismo, o yo. Un ciclo se cierra: en algún momento de la conversación, parafraseo la novela de Luis, «es más fácil amar al otro cuando el otro soy yo mismo».

El gusano es una especulación sobre las identidades individuales y colectivas. No solo acerca su aparición y desarrollo, también acerca de las reacciones que despierta. Es de esas historias cuyo inicio, notoriamente, es un «¿qué pasaría si…?»: un día de 1997, las personas y los animales ya no pueden tocarse, se atraviesan mutuamente al apoyarse unos con otros, y en ese entrecruzamiento se produce una fusión en que los materiales genéticos de los cuerpos terminan mezclados. El Otro es quizá el gran problema. Acercarse es tan problemático como alejarse, como en el dilema del erizo propuesto por Arthur Schopenhauer, pero cuyo primer referente para ambos fue Evangelion. Se cruzan los seres vivos, los conflictos políticos, los géneros discursivos. 

El gusano es una novela especulativa en el sentido, fundamentalmente, del tanteo. Su riqueza está en que no responde preguntas, en que no se juega ni por la utopía ni por la distopía, en que está entregada completamente al «y si…». Se nutre de varias respuestas posibles, monstruosas algunas, que conviven.

***

Tu obra ha sido enmarcada dentro de la «ciencia ficción» o new weird, el «nuevo raro latinoamericano». ¿Estos géneros funcionan para ti como punto de partida o son algo que se fue dando en el camino? 

Yo creo que llegué a la ciencia ficción, primero, de una forma muy orgánica, porque mis preocupaciones tenían que ver con temas de la ciencia ficción desde pequeño, desde que estaba en el colegio. Además, fue de una forma muy rara, ¿sabes? Porque yo fui un niño cristiano evangélico y en el cristianismo está esta preocupación por el futuro, por el fin del mundo: va a llegar y va a llegar el Anticristo y cosas así.

Junto con la promesa de la salvación, por ejemplo.

Sí. Y esto de que van a la marca del diablo, como un chip, que es una cosa tecnológica. Todo eso me comenzó a fascinar. Obviamente, luego empecé a leer ciencia ficción y a pensar «ah, esto es interesante». Y comencé a irme por eso y a encontrar grandes obras de ciencia ficción, tanto escritas como anime y películas. Soy un fan de Alien. Lo apropié y lo fui explorando, también. El new weird es algo que llegó. La gente comenzó a decir que yo escribo new weird. Yo ni siquiera sabía lo que era cuando la gente dijo que yo lo escribía.

Puede ser una etiqueta más reciente para el público, quizá.

Y al principio ni siquiera entendía la categoría. Con el tiempo leí un poco más y entendí mejor de qué trata. Sé que hay una parte de esa categoría que es como publicidad, una estrategia editorial, de alguna forma, o una estrategia también de la academia de nombrar cosas. Todo eso se combina y a la final me sirve un montón, pero no es mi identidad, así como una identidad que voy a defender a capa de espada, pero me gusta.

«Escritor de ciencia ficción», quizá, es la primera entrada de ti mismo.

Lo primero que yo pensaría es eso: que soy escritura de ciencia ficción y no de new weird. Pero ahora que lo digo, sí, también. Es algo más que han puesto sobre mí para describirme y yo lo acepto. Me parece bonito, la verdad. Me parece una categoría interesante que no necesariamente es cierta. Se puede criticar su existencia, como si realmente vale la pena o tiene sentido. Hay personas que la defienden, y muy bien, como Ramiro Sánchiz. Y a mí me parece que a veces funciona. 

Tanto dentro de la ciencia ficción como del new weird, uno de los conceptos más importantes es el de «extrañamiento». Una estrategia de generar situaciones o puntos de partida, por ejemplo. Así funciona en El gusano: qué pasaría si dejamos de poder tocarnos. ¿Cómo funciona para ti? ¿Es importante para ti el extrañamiento?

Creo que eso ha evolucionado conmigo de una forma muy intuitiva. No he sido nunca del género mimético, como del realismo. Siempre me pareció aburrido. Así que la forma como yo pienso no es académica para nada. Es totalmente intuitiva y orgánica. Entonces: aburrido-divertido. Realismo: aburrido; ciencia ficción: divertido. Para mí la escritura es una actividad divertida.

Como un parque de diversiones.

Es como un parque de diversiones y ya. Pasa que estudié artes plásticas, pasé por la academia, absorbí algunas ideas, pero siempre quiero diversificarlas. Entonces creo que el extrañamiento sucede orgánicamente: yo quiero contar, en mi cabeza, si qué pasaría si algo o qué tal si esto y esto y esto. Tal vez también por los temas que quiero tratar: inteligencia artificial, Dios, temas que me interesan mucho. O sobre zsi los animales son conscientes. Todo lo que yo hago es extrañamiento del mundo, pero no sé si lo hago tan conscientemente. Es más intuitivo.

A propósito de los temas, hay dos elementos que aparecen en El gusano. Quizá les di un peso particular en la lectura por coincidencia de intereses, pero quería profundizar sobre ellos. Primero está la religión como un campo de imágenes ideales para la ciencia ficción. ¿Cuál sería la relación de tu escritura particularmente con la religión? Quizá haya elementos que no llegan a la escritura, pero que están dando vueltas.

Ese es un tema que me gusta mucho: por qué la ciencia ficción tiene tantas imágenes religiosas. Creo que tiene que ver con que la tecnología y la evolución tecnológica y científica. La ciencia toca temas que son tan enormes o espectaculares y difíciles de comprender, que necesariamente el lenguaje que tenemos para describir cosas parecidas se pone religioso. Por ejemplo, la llegada de la inteligencia artificial pareciera también la creación de un dios o algo parecido. La capacidad predictiva de la inteligencia artificial o el internet también son una especie de una comunidad profética, con un pensamiento propio que podría considerarse una especie de semidios o una entidad divina. Siento que con frecuencia en la ciencia ficción pasa eso: por ejemplo: John Connor [de Terminator] es una especie de Jesús, en Alien también aparecen esas especies de seres perfectos, los «ingenieros» que crean a los humanos. Hay preguntas similares: de dónde venimos la religión lo respondió primero y luego lo hizo la ciencia. Como ya tenemos todo este bagaje lingüístico, podemos utilizar las mismas palabras para expresar las cosas. 

Fui cristiano cuando era chiquito, cuando tenía como 15 años. Lo interesante es que tuve unas experiencias con una comunidad cristiana que no se ponía nombre, pero eran como evangélicos que tenían unas prácticas de entrar en trance. Y esas experiencias fueron tremendas, con estas personas que hablaban en lenguas, recibían profecías y se mueven. Yo estuve ahí y, además, lo sentí. Hoy no creo en esas cosas, pero a través de los estudios, he descubierto que el trance es como una capacidad cerebral. Eso es algo que he perseguido toda mi vida, el interés de sentir el trance, de sentirme unido a los demás, las ideas religiosas de un paraíso, de la unión entre las personas; incluso la comunión del espíritu entre las personas como algo que se puede lograr a través de la tecnología, por ejemplo. 

Esas cosas me obsesionan, me obsesionan un montón, el poder unirme a todo, dejar de ser un individuo separado, que seguramente fue lo que sentí cuando era un niño. Tuve esas experiencias en las que sentía «estar completo». Comencé a repetir esas experiencias de otras formas, a través de la danza, de la música, por ejemplo, bailando salsa o yendo a una fiesta de música electrónica. Entonces quería hablar de esas experiencias casi religiosas y de sus posibilidades.

También trabajas como pintor. En la literatura y en la pintura, ¿esas experiencias aparecen temáticamente o son una búsqueda a través de esas actividades?

Claro. De hecho, los libros que más me gustan son los que me hacen entrar en trance, cuando el libro llega al clímax y el clímax te deja como sin aliento. Si el libro no llega a eso, siento que no es tan bueno.

¿Algún ejemplo de libros con los que has sentido eso?

Hace poquito me leí me leí Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez y me hizo sentir que estaba entrando en trance leyendo. El obsceno pájaro de la noche de José Donoso también me parece un gran ejemplo. Todo ese libro es un tránsito, todo el libro es una alucinación.

Vinculándolo con El gusano, también tiene todas esas identidades que pasan de unas a otras, las voces que van fluyendo de una en otra.

Sí, totalmente. En la pintura no tanto, porque ahí no hay tiempo. De pronto lo que hago con la pintura es ilustrar esas experiencias, ahí funcionan temáticamente. Si miras las pinturas, todas tienen algo que ver con ese momento extático.

Cuando Donald, editor de IMAGINISTAS, me pasó El gusano, lo abrí y lo primero que vi fue esa ilustración de un gigante saliendo del mar. ¿Y quedé pensando «pero qué es esto»? La imagen llama a la lectura, cuando se publican juntos. ¿Has publicado otros libros que tienen este juego de ilustrarlos tú mismo? 

Todos están ilustrados, pero con diferentes tipos de ilustración. Algunos, por ejemplo, son solo líneas. Intento jugar con eso.

Junto con la religiosidad, hay otro tema que me llamó la atención. Ya lo dejaste un poco claro, pero qué hay de la influencia como de la cultura japonesa en tu escritura. Uno lee y se encuentra que hay un personaje de quien se dice que le gustaba Evangelion. Al avanzar en el libro uno se topa con el concepto de «Proyecto de Instrumentalización Humana», directamente. Claramente no es un trabajo de mención, sino que se vuelve algo orgánico en la trama misma. ¿Cómo funciona eso en términos de influencia? ¿Por ejemplo, cómo traer eso y hacerlo dialogar con la literatura latinoamericana? ¿Cómo hablar de ciencia ficción latinoamericana desde ahí?

Es algo súper orgánico, porque crecí viendo anime. Yo creo que Latinoamérica, desde que se comenzó a importar anime en la televisión, también comenzó a transformarse. No es algo ni siquiera extranjero en este punto, ya que nos ha transformado a nosotros también. Todo –el anime, el manga, los videojuegos–, incluso si es algo externo, nos ha cambiado a nosotros. Solo el contacto ya nos ha transformado en otras personas, entonces es inevitable. Crecí viendo animes, crecí viendo películas, me encanta Evangelion, soy super fan de Evangelion. Todas esas ideas un tanto mitológicas, sobre todo cristianas, actualizadas en la ciencia ficción, caben perfectamente en Latinoamérica, en nuestra misma cosmogonía, porque entendemos esto del Pecado Original, de Cristo, de la unificación con Dios y todo eso.

La idea de un «reseteo» es muy precisa, también, para entender El gusano.

Compartimos esas mismas cosas. Y la categoría de ciencia ficción latinoamericana me funciona, al menos por ahora, porque también yo comencé a escribir ciencia ficción desde ahí. Yo no conocí ningún libro de ciencia ficción latinoamericana cuando era chico, no leí nada de ciencia ficción latinoamericana. Intenté buscar algo, pero nada de lo que encontraba era de las dimensiones de lo que yo quería leer o de lo que quería ver. En Colombia, la literatura más vendida es el realismo, después de García Márquez y del boom y del realismo mágico que fueron los setenta, ochenta y noventa, y la primera década de este siglo fue de realismo y de crónica, hablando de violencia, hablando del narcotráfico, de la guerrilla, de sicarios. Entonces eso se repitió y se repitió y se repitió y se repitió y mi sensación era que nadie tenía como la imaginación para proponer otra cosa, incluso si es una lectura de la realidad desde la ciencia ficción. Entonces ese fue un reto que me puse, de alguna forma decir «yo quiero llevar esto muy lejos». O sea, ¿por qué los japoneses se imaginan estos robots gigantes que se fusionan y se vuelven monstruos del tamaño planetario y nosotros en Colombia no podemos? Yo quiero hacerlo.

En tu novela también aparece, de hecho, la figura del kaiju, que es originalmente la representación del gran miedo a la destrucción nuclear. Pero en El gusano los gigantes son otro tipo de miedo: en un plano muy literal y básico, podría leerse como la unificación de muchos humanos en una sola fuerza, que en una escena son refugiados. Ahí hay todo otro tratamiento de la figura.

Claro. No voy a copiarme de estas cosas, sino que quiero insertarlas en el día a día de Latinoamérica, de Colombia, desde ahí está situado el relato de la historia de Colombia, de la historia con la guerrilla. Yo he estado viajando también, entonces estoy muy afectado por los conflictos en Medio Oriente. Estudié historia del arte islámico, viví en El Cairo unos cuatro años. Todo eso también necesariamente se insertó y traspasó. Sí, hay algo latinoamericano, pero voy a hablar de Medio Oriente también.

Hay una búsqueda ahí, que es salirse no tan solo de la identidad del yo como individuo, sino también salirse de la identidad nacional. Ver cuestiones más estructurales en común.

Problemáticas estructurales, porque esas fronteras son política, histórica, administrativas, pero la verdad es que, si cruzas, te encuentras con otro ser humano que es igual a ti. Romper el límite del cuerpo es solo el inicio para romper los límites, todos los otros límites. Me parecía muy importante ese punto y siento que esa es la ventaja que tenemos ahora con internet: comenzar a conectarnos los escritores de ciencia ficción, por ejemplo, comenzar a influenciarnos y leernos y entendernos de una nación a la otra o de un lugar al otro. Soy un poco antinacionalista y anarquista, entonces sí, esto de los países es como una ficción, es una cosa que se inventaron unas élites por unas razones también geopolíticas y económicas que nosotros no decidimos. Ni siquiera decidimos el nombre del país. Y pues no necesariamente es la única verdad. Además, después de viajar un montón y de enamorarte de personas de otros países…

Hay vías de conexión con el otro. Puede sonar cliché, pero digamos: el amor, por ejemplo. Pero también puede serlo la violencia: reconocerte en el otro solo con la violencia o a través solo a través de la violencia. Si hablamos de manga/animé, pienso en Shingeki no Kyojin, por ejemplo: ahí al otro se le percibe en el momento en que se le ve sufrir y y el daño que le estoy provoco daño. ¿Cómo funcionan esas formas de conexión para ti, habiendo viajado por un lugar tan distante como Medio Oriente?

Pienso en «nosotros sufrimos tanto como ustedes» o entiendo ese sufrimiento porque ese sufrimiento también sucede en mi caso, con otras experiencias diferentes, como sabores o variaciones. Cuando comencé a viajar, tenía la idea muy extraña de que todos los humanos tenían una vida parecida a la mía. ¿Perciben igual que yo, son mejores que yo o son perfectos? ¿Será que hay algo como humanos perfectos? Y por alguna razón siempre encuentro la conexión en las cosas más tontas: como en que todos en todo el mundo pueden tener un resfriado, tener mocos, tener diarrea. Todo el mundo ha sentido las mismas cosas. ¿Por qué deberíamos pelearnos? ¿Por qué si es lo mismo, no sé, la forma en que crecen las uñas o cómo sentimos las piernas o el dolor? Es la intuición de creer que se siente igual, pero no estoy seguro porque no puedo estar dentro de la mente del otro.

Algo de eso es lo que se juega en El gusano, además.

Exacto. Se trata de confirmar si se siente igual o no. A través de las diferencias creamos la idea perfecta del percibir. No es solamente la mía, porque yo solo percibo de una forma, tú percibes de otra. Por lo tanto, la realidad que percibimos no es la verdad absoluta. 

La Verdad sería la suma de verdades más chiquititas.

Exacto, algo así.

Siguiendo en la línea de la mezcla de identidades, en El gusano hay otro elemento que es la mezcla de géneros discursivos. Temáticamente, la identidad es un punto central, pero formalmente también se desdibuja el discurso novelesco, la novela en su forma realista. Hay discursos de divulgación científica, capítulos chiquititos de «Cosas que no sabías de…», que son como notas de Infobae, junto con otros que juegan un poco con diálogo teatral, o el discurso religioso. ¿Cómo elaborar ahí el género discursivo? 

Hoy en las conferencias que se dieron [en la Universidad de Chile], una chica hizo un análisis textual increíble, hizo notar un montón de cosas. Algunas las hago conscientemente y otras no tanto, porque mucho de esto es muy intuitivo, incluso el trabajo con el editor, que tampoco es tan consciente de lo que está sucediendo. Ella hizo un análisis de los tiempos y de los sujetos, los desglosó. Fue muy interesante porque le encontró orden, armonía, y me daba miedo pensando: «Guau, lo lograste. Sí. Ok». Pero mucho de eso fue intuitivo también.

Trabajar con los géneros no fue una ciencia exacta de en qué momento iba a poner un texto que tiene esta forma, o qué tipo de narrador va a tener y en qué tiempo va a estar. Obviamente lo hago, sobre todo cuando estoy corrigiendo el texto, pero. Pero mucho de eso también es intuitivo, sorprendentemente. Es decir, estoy contando las noticias y mi mente me dice «las noticias hay que contarlas como noticias». Y cuando quiero lanzar un poco de información, estamos en la era donde todo se cuenta como «Cinco cosas que tienes que saber sobre…». Ese es nuestro mundo. Quiero ilustrar nuestro mundo. Entonces esos injertos de artículo científico, de noticias, no son solo de obra teatral, sino de noticias, de la televisión.

Entonces esos diálogos estarían más del lado de la pauta televisiva.

Exacto, sí. Todo eso, creo que también tiene que ver con la influencia de los escritores que he leído y el intento de experimentar, de buscar diferentes lenguajes para contar una historia más grande, de usar diferentes narradores o tipos de narradores, de instrumentalizar las variaciones del lenguaje. Si en el lenguaje podemos hablar en presente, en futuro o en pasado, pues puedo usar esas cosas con algún fin que hagan que la historia tenga sentido. Eso lo he estado trabajando desde hace rato, me gusta mucho narrar en presente y yo sé que tiene un efecto especial cuando uno lo hace. O narrar en futuro también tiene un efecto especial. O narrar «sin narrador», que sea una voz omnipresente, o que sea totalmente subjetivo. Resulta en, no sé si una sinfonía, pero sí son un montón de elementos. Creo que todos los textos son eso, en qué momento eliges poner un ejemplo, citar una parte de otro libro, poner una acotación. Todo eso hace parte del texto, y, de pronto, lo expandí más. Siempre estoy trabajando así, siempre quiero como hacer un texto muy dinámico, porque me gusta, me parece más divertido. Me parece más divertido que simplemente escribir como una novela aburrida. Bueno, no necesariamente todas son así, pero me refiero a un texto más monótono en donde se cuente de A a B, de B a C y así.

Volviendo un poquito hacia atrás, sobre dar una imagen desde la ciencia ficción sobre los conflictos, me puse a leer una entrevista tuya para Libros prohibidos en que tú decías que la ciencia ficción latinoamericana se caracteriza por la permeabilidad entre las ciencias duras, las ciencias sociales y los conocimientos ancestrales. ¿Te hace sentido aún esa declaración? Pensándolo desde esa mezcla de gramáticas. 

Mezcla de códigos, sí. Me parece difícil, ahora creo que no estoy tan seguro, porque siento que cualquier intento de describir un fenómeno como ese, lo reduce. Es el problema de la academia en general: cuando quieres estudiar algo, intentas categorizar, y en ese momento se te escapan un montón de cosas en el paso de una categoría a la otra. Entonces siento que es como una hiperstición. Eso es algo que no solo lo he dicho yo, sino que lo he tomado de, por ejemplo, Rodrigo Bastidas, que es un académico. Aunque no sé si todavía defienda esa postura, de que lo que caracteriza a la ciencia ficción latinoamericana es el contacto con la magia o de que es una ciencia ficción suave, muy cercana a las ciencias sociales. Siento que entre más decimos eso, es como si estuviéramos intentando crearlo, y no porque sea realmente cierto. Creo que es una cosa totalmente casual que los que hemos publicado hacemos cosas así. Sé que hay ciencia ficción dura, centrada en la ingeniería, con historias interesadas en viajes espaciales, precisas en la matemática y en la física que se utiliza, pero casi todos los que estamos publicando ahorita en este movimiento no hacemos eso, lo que no significa que sea una verdad, es una casualidad.

¿A quiénes incluyes dentro de ese grupo de la ciencia ficción latinoamericana? 

Para mí es un grupo enorme. Veo ahí a Ramiro Sanchiz, a Maielis González, a Gabriela Damián Miravete. Somos todos los que nos conectamos y nos escribimos: Iliana Vargas, por ejemplo, Liliana Colanzi, Maximiliano Barrientos, Michel Nieva. Todos los que comenzamos a conectarnos y escribimos cosas similares. Y no solo nos conectamos en el sentido de que nos conocemos, sino que realmente estamos escribiendo cosas similares porque nos interesa lo mismo. He conocido autores de ciencia ficción de otra generación que admiro por lo que hacen como, por ejemplo, Bernardo Fernández, «Bef», en México. Él es de una generación anterior y no me siento conectado con lo que hace. Es distinto, de alguna forma a esta generación de escritores milenial.

Hay una búsqueda en común, entonces. Quizá sea más sencillo definir preocupaciones en común de ese grupo, antes que «ciencia ficción latinoamericana».

Yo creo que sí. Hay un montón de temas con los que tenemos algo que ver, como los psicodélicos, por ejemplo. Varios de nosotros estamos escribiendo sobre cosas así: mutaciones biológicas, problemas medioambientales, casi siempre son futuros cercanos, contacto con animales y plantas; pensamiento político sobre América, reflexiones sobre nuestra historia y recreaciones de esa historia política. Ninguno está hablando de conquistar el espacio o de nuevas máquinas de ingeniería física. Si hay algunos que lo estén haciendo, no los he leído, no he entrado en contacto con ellos o no los están publicando tanto, no sé por qué. Uno podría comenzar a imaginar que de pronto es la continuación del realismo mágico mezclado con la tecnología, porque ese es el lenguaje moderno.


Ahí el new weird colinda con lo fantástico, con…

Con el realismo mágico, con el terror, con la ciencia ficción. Después de escuchar a todas estas personas que hablaron [en el coloquio], después de hablar con Claire [Mercier], estoy pensando que esa es una categoría que solo te explica un pedacito de la realidad. Tiene que ver, de pronto, con las editoriales, que están buscando eso. Los que ganamos premios, por ejemplo, uno podría explicarlo así, también, ¿no? Los que nos hemos ganado premios hemos sido evaluados por escritores de la generación anterior, por ejemplo. Y esos escritores viene de no tener contacto con la ciencia ficción dura, entonces van a querer encontrar una historia humana, una historia que sea importante para la historia de América, pero no necesariamente algo sobre ingeniería o sobre ciencias, matemática, física o algo así. Es posible que por esa misma formación, por esas mismas ideas, haya un ciclo, y que ellos sean los que nos han escogido a nosotros a través de premios, de editoriales, de ponernos atención a nosotros. De pronto, es por eso. ¿Dónde están los otros? ¿Dónde están los que escriben la ciencia ficción dura?

Y hablando de generaciones anteriores, ¿cuál es tu relación con la tradición? ¿Cuál es la tradición de un libro como El gusano

Yo creo que es una mezcla producto de la globalización. Es el resultado de la globalización absoluta, claro. Me gusta mucho la literatura latinoamericana. Por ejemplo, José Donoso, aquí [en El gusano] hay un pedazo de José Donoso, aquí hay un pedazo de Gabriel García Márquez, aquí hay un pedazo de algunos escritores colombianos como Andrés Caicedo, como Rafael Chaparro Madiedo, que es una gran influencia para mí, de Álvaro Cepeda Samudio. Él es un gran escritor colombiano, poco conocido, pero fue importante para mí. Hay como una historia personal de la literatura. No es la Historia de la Literatura, sino lo que yo me encontré. Después leí a Wells y después leí, no sé, a James G. Ballard. Entonces yo diría que es una tradición necesariamente mixta. Pero si yo quisiera inscribirme en una…

Hay una tradición desde el deseo y otra, la que es. 

Si yo quisiera inscribirme en una tradición, yo diría que es la tradición de la ciencia ficción de la nueva ola, que sería James G. Ballard, Philip K. Dick, René Rebetez de Colombia, Alejandro Jodorowsky, de alguna forma. Yo sé que él es problemático, pero sí fue parte de esa ola de los setenta donde la ciencia ficción se mezcló con el movimiento contracultural: el jipismo, las drogas, el punk. Si pudiera inscribirme sería eso. Para muchos están Stanisław Lem, Ursula K. Le Guín, y el new weird sería la continuación de ellos. Para mí, eso tiene sentido. Si me dicen que el new weird es la continuación contemporánea de la nueva ola de ciencia ficción, yo digo sí. Entonces sí, soy new weird, me gusta.

Y pensando desde la etiqueta de «ciencia ficción latinoamericana», ¿cómo se construye la imagen de nuestro continente en ella? ¿Cómo ese salto que tú das desde el conflicto armado en Colombia, por ejemplo, a los guerrilleros animalizados, monstruosos?

Yo creo que justamente esa es la capacidad de la ciencia ficción. En realidad yo no estoy hablando del futuro, estoy hablando del presente todo el tiempo. Y tengo la sensación de que toda la ciencia ficción está hablando de una u otra forma del presente. Son inevitables esas referencias, porque yo crecí en ese mundo y, además, me preocupa, quiero hablar de eso: estar en los procesos o haber atravesado los procesos históricos de Colombia o de Latinoamérica, entender o intentar entender qué es lo que está sucediendo. Solo eso ya te hace pensar qué pasaría si otra cosa sucediera o qué pasaría si insertamos un elemento en esa misma realidad. Lo que yo he intentado hacer como ciencia ficción latinoamericana es más que usar los espacios, los nombres o nuestra idiosincrasia latinoamericana, sino pensar en esos conflictos históricos en los que hemos crecido e insertar una pregunta imaginaria que te permite hacer lo que quieras. Un chico hoy en las conferencias decía que yo no estoy haciendo ninguna metáfora acá, lo que estoy haciendo es exagerar todo para crear como una especie de ironía, una comedia, y que estoy nombrando cómo es el mundo. En el mundo estamos separados y estamos solos y queremos unirnos.

Volviendo a Evangelion, como referencia, funciona como el dilema del erizo.

Exacto, el dilema del erizo. Y ya. Mostrar cómo eso está combinado con el capitalismo y cómo yo quisiera que eso se solucionara a través de una máquina, una técnica que me inventé. No estoy haciendo una metáfora, estoy exagerando la realidad, es distinto.

El gusano es una novela bien exploratoria. No se casa con una respuesta: en el mismo libro están los mistificadores o los contrarrevolucionarios. Pienso en el lector, durante ese proceso de decodificar la narrativa. Uno se encuentra con la figura de Ingrid Betancourt, por ejemplo, que aparece de manera bastante como irónica y es un tema sensible, en ciertos contextos políticos, para ciertos sectores políticos. ¿Cómo se encaran esas situaciones?

Parte de la libertad de expresión, de la crítica política, de la comedia. Yo siento que la literatura aguanta todo, o casi todo. No es ya el discurso real, que me pare y diga algo, pero sí el libro, porque es ficción y siento que casi todo lo soporta el papel y se vuelve admisible. Ese es el lugar para poner esas cosas. Esa especulación, esa risa, incluso las cosas más oscuras de la mente humana, yo quiero que estén ahí, en el papel y no en el mundo real. Por eso me gustan mucho el terror, también, y los libros perversos, de personas que escriben cosas raras. Y ahí es donde tienen que estar esas cosas, en el libro, porque se vuelve entretenido, se vuelve una exploración de la mente, de ser honestos con nuestros pensamientos.

Es un tanto psicoanalítica esa manera de entenderlo: el deseo va presionando hasta que aparece algo en el libro. Aparecen los guerreros monstruos, por ejemplo. Quizá haya cosas más fácilmente monstruificables que otras, desde el punto de vista del discurso político, pero la literatura es otra cosa.

Sí, pero también es un mensaje. Tú podrías pensar hay muchos monstruos en el libro, pero al final el verdadero monstruo es el statu quo, es no cambiar. O el verdadero monstruo es este personaje paramilitar que quiere evitar que la gente se transforme y comienza a matar y forma esa Red de Restitución de Identidades.

Es una lucha contra la nostalgia, con el sentirse incompleto. A uno podría parecerle un camino de toda lógica, frente al dolor y el padecimiento. Las respuestas se vuelven complejas, ese es el problema.

Exacto. Casi estoy diciendo que ser un monstruo es lo bueno. Tienes que ser un monstruo porque si no eres un monstruo eres como un fascista o algo así.

¿Esto también tiene que ver con una lectura desde lo cuir? Porque ahí la monstruificación es un lugar común al hablar de ciertos cuerpos o a la hora de ironizar.

Sí, a mí lo cuir me gusta un montón y siento que la categoría de new weird es una categoría cuir también, porque estamos en el borde, en la frontera entre una cosa y la otra y no hay que definir nada más. La monstruificación es ser de alguna forma y no una forma obligada, no ser un individuo, experimentar o abrir tu mente a todo. Algo así.

¿Piensas en tu lector al escribir? ¿Hay un lector ideal en tu mente? 

Cuando escribo, estoy escribiendo personas que sean como yo, que han leído lo mismo que yo, han visto las mismas series que yo o las mismas noticias que yo. No soy muy consciente de cómo lo recibe el lector cuando yo escribo. Espero que el lector entre en trance como yo entro cuando lo estoy escribiendo y cuando lo leo. Quiero que haya un ritmo, porque yo quiero que cuando tú lo leas, entres en trance a través de esto y entres en este este ritmo como en una danza. Quiero que imagines muchas cosas cuando yo escribo y que imagines en detalle, pero no pienso en el público. El público soy yo, porque es fácil…

Es fácil amar al otro cuando el otro es uno mismo, como dice El gusano

Exacto. Además, es por diversión. Yo quiero escribir la película que no he visto, la película que quiero, pero no ha aparecido, escribir el libro que todavía no se ha escrito.

Al leer la novela uno puede ver una búsqueda de cierto lenguaje cinematográfico. Uno empieza a poder imaginar una serie de El gusano.

Está todo mezclado ahí porque yo también crecí viendo Hollywood, viendo mucho cine. Me gustan las escenas de acción con explosiones y cosas que estalla. Me gusta Matrix, que es como «te voy a dar un montón de acción y peleas y balas y explosiones, pero también un contexto filosófico». Y eso está muy bien. También me gusta mucho el ensayo, la idea de ensayo-ficción o teoría-ficción. Te voy a dar un ensayo académico, pero en la mitad quiero que haya balas y explosiones y monstruos, y luego continuamos la tesis y la argumentación.

Hay descanso, hay alivio cómico. Michel Nieva me comentó hace un tiempo, sobre esto de teoría-ficción, y quiero saber qué opinas tú, que para él el ensayo es pensamiento de la ficción y la novela es ficción del pensamiento. 

Es muy chévere para mí, porque el ensayo es lo que no se debe hacer en la literatura, sobre todo en ciencia ficción. En ciencia ficción tú vas a describir una nueva tecnología y puedes caer en la trampa, algo que muchos escritores quieren evitar, que es el info dump, cuando te ponen un montón de información –la máquina tenía no sé cuántas cosas y funcionaba así y tenía esto–. Cuando estás escribiendo un ensayo es más «¡Hagámoslo!». Y el ensayo ficción te permite tener este tono académico sobre cosas que tal vez no existen o relaciones imposibles o improbables. La academia, de todas formas, en su rol, busca explicaciones usando la imaginación crear categorías y explicar el mundo.

Es interesante esa idea de que la teoría literaria es también una ficción.

Ficción de la teoría literaria. Exacto. Casi todo es una ficción de la realidad. La realidad realidad es muy difícil de percibir. Incluso la ciencia captura muy poco de la realidad absoluta, por eso está constantemente actualizándose y mejorándose para entender mejor algo, cualquier cosa, porque la mayoría de las cosas no las entendemos.

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