Matías Saá
No sé quién soy. Miro una y otra vez las fotos de carnet que guardo en mi velador. Son tres fotos en que la sonrisa va decayendo con el tiempo. En la primera soy un niño muy pequeño; probablemente es la primera foto tamaño carnet que me llevó mi mamá para que me tomaran en un negocio de fotografía en San Felipe. Recuerdo haber posado con un cuadrito entre mis manos en donde aparecía mi nombre completo y mi RUN, como los presos. Seguramente a mediados de los 2000 no existía la tecnología para editar con un computador las imágenes e insertar los nombres, o el local era demasiado pobre y no podía costearlo.
Me cuesta describirme, me cuesta ponerme etiquetas. Hace unos días, unos chicos estudiantes de audiovisual del Duoc vinieron al Centro Arte Alameda, donde trabajo como encargado de taquilla. Fueron a hacer una nota para un ramo del instituto sobre espacios culturales. Me pidieron a mí y a unos compañeros hacernos unas preguntas sobre cine. Acepté y me consultaron la última película que había visto, mi película favorita y qué necesita un cinéfilo para ser cinéfilo. Respondí sin mayores dificultades, pero no pude responder si yo era o no cinéfilo; solo me describí como alguien que ve películas. Se me hizo mucho más fácil así antes que ponerme una etiqueta.
Prefiero no ponerme etiquetas, es lo que siempre digo. Creo que eso es trabajo del resto, no de uno. Los otros ponen las etiquetas y nosotros las aceptamos o las rechazamos. Nací y crecí en región y desde hace un par de años que vivo en Santiago; para mis amigos de la infancia y compañeros de colegio ahora soy santiaguino y para los santiaguinos soy provinciano. Estudié Ingeniería y ahora estudio Literatura. Para mis amigos gays soy hetero, porque he pololeado con mujeres, y frecuento un entorno queer, así que para los heterosexuales soy maricón.
No sé quién soy. Estoy constantemente buscándome, encontrándome. Miro la primera fotografía y me veo feliz, sonriente, la sonrisa que le gustaba a mi mamá. Recuerdo que a esa edad, —más o menos a los siete—, me cuidaba una vecina, porque mi mamá salía a trabajar. Con ella me quedaba viendo las teleseries mientras almorzábamos. Recuerdo que eran teleseries brasileñas que daban en el 13. No recuerdo de qué trataba la historia, pero sí a los actores, porque son casi los mismos que aparecen en las teleseries brasileñas de ahora.
—No quiero que él muera —le dije a mi vecina cuando el protagonista estaba siendo apuntado con una pistola.
—¿Por qué? —me preguntó ella, casi sin tomarme en cuenta—. ¿Por qué? Si es el malo.
—Porque es lindo —le respondí.
La primera reacción de ella fue corregirme. «¡No! ¡Los hombres no deben encontrar lindos a otros hombres! Esos son gays, maricuecas», dijo. Después se burló y finalmente me amenazó con contarle a mi mamá que yo encontraba lindo a los hombres si no me portaba bien, si no me comía toda la comida o si no iba a comprar las cosas para el almuerzo. Nunca le dijo nada a mi mamá, y yo tampoco le conté de las cosas que pasaba con ella hasta ya más grande: adoctrinamiento religioso, las amenazas y las correcciones identitarias, el rechazo y la discriminación.
Recuerdo que tenía dos perritos y que se perdieron por uno o dos días. Los estuvimos buscando a pie, en auto y camioneta. Todos los vecinos de la cuadra nos acompañaban, pero mis perritos no aparecían. Justo en ese entonces había llegado un circo a la ciudad, uno que llegaba cada dos o tres meses y que era la atracción máxima de los niños junto con el Felicilandia.
—¿Viste que llegó el circo? —me preguntó mi vecina.
—Sí —le respondí llorando.
—De seguro se los dieron de comer a los leones —me dijo, con el tono más natural posible.
Por suerte los perritos llegaron al otro día a la casa.
En la segunda foto me veo más grande y más triste. Tengo una sonrisa, pero es forzada. Sonrío con la boca, pero no con los ojos. Intenté hacer la mueca que le gustaba a mi mamá, pero es difícil ser feliz en la adolescencia o entrando a ella. Debo tener catorce años porque es la foto de mi graduación de octavo. Tengo el pelo largo y sucio, lleno de grasa y caspa. En la foto no se distingue bien, pero aún recuerdo esa asquerosidad. El único pasatiempo que tuve a esa edad era jugar Play, solo o con amigos, y no lavarme el pelo.
Un vecino era mi mejor amigo. Él venía de un pueblito llamado Combarbalá durante las vacaciones a pasar tiempo con sus abuelos, pero más la pasaba en mi casa jugando Play. Mis papás se estaban separando en ese tiempo, por lo que pasaba mucho solo. Mi madre trabajaba y mi padre se estaba mudando a Santiago, así que yo pasaba encerrado en mi pieza con Lucas jugando el modo carrera del Crash. Lo pasaba demasiado bien, me gustaba demasiado jugarlo, tanto que me cagaba encima para no levantarme al baño.
San Felipe es frio, demasiado frio, en invierno, por lo que usaba mucha ropa encima y por debajo usaba unos calzoncillos largos de color blanco. Todos los días los sacaba cagados, con una mancha grande o pequeña, pero siempre manchados. Mi mamá se enojaba tanto que terminé por esconderlos debajo de la cama. Todos los días. Tuve muchos calzoncillos cagados y nunca supe cómo mi mamá no se dio cuenta. Faltaban calzoncillos. El olor. No entendía. Hasta que una vez le conté esta historia.
—Nos estábamos separando, hijo —me dijo ella—. Lo estabas pasando mal y no te podías contener. Fui una mala madre al retarte, ¡y me sentí tan culpable! Al ver tus calzoncillos escondidos, pensé que me tenías miedo y preferí no decir nada.
Nos abrazamos. Quizás lloramos.
Con el Lucas nos aburrimos de tanto jugar Crash y empezamos a pasar el tiempo con juegos de futbol. Siempre me ganaba. Incluso me dejaba ir ganando 3 a 0 hasta los minutos finales y cerca de los ochenta él decía «ahora voy a jugar bien» y me terminaba dando vuelta el partido.
Él me daba consejos tácticos para ser mejor:
—Ya no puedes jugar con Sneijder, es lento y está en decadencia, tienes que probar con otros jugadores. ¿Por qué siempre lo usas a él?
«Porque es lindo», pensé, pero le di una respuesta más futbolera. Quizás dije que no era tan fundamental la velocidad para un mediocampista creativo, que eran más importantes los buenos pases que daba y los remates al arco y la capacidad creativa y goleadora y blablablá, cuando en lo único que pensaba era que se veía muy guapo en la foto. Y así con los once jugadores que tenía en mi alineación.
—Son todos malos —me decía él, enojado—. Son jugadores que están hechos para el marketing, para que las mujeres vean futbol, pero no son buenos. Y además de que son feos.
—¡A dónde! —le respondí—. Y nuevamente lo mismo: al principio se burló y después me dijo, quizás también en tono burlesco, que le diría a mi mamá que me gustaban los hombres. Pero ahora ya no me importaba tanto lo que dijera mi mamá.
Hoy a mi memoria solo viene un recuerdo homofóbico de ella: cuando en el colegio le dijeron que yo estaba pololeando con una compañera de curso. El inspector le explicó que se debía preocupar por eso, que debía conversar conmigo. Y mi mamá le respondió que yo estaba grande y que ella no se iba a preocupar porque yo tuviera polola, sino que si tuviera pololo. Nunca tuve pololo, así que supongo que nunca se preocupó. Quizás lo hizo cuando estuve a punto de repetir de curso en cuarto medio o cuando se enteró que fumaba marihuana o cuando le dije que me iría de la casa.
Ahora, con la tercera foto en mis manos, me veo a mí mismo, no tan joven ni tan viejo. Una sonrisa apenas perceptible se asoma en mis labios, una que ni siquiera recuerdo haber ensayado. A veces me pregunto si el paso del tiempo nos define o si simplemente nos revela lo que siempre hemos sido.
Matías Saá-Leal (San Felipe, 1997). Estudiante de tercer año de Literatura en Santiago, Chile, con una sólida formación en cine y literatura. Ha trabajado como profesor y en comunicaciones. Es un apasionado del cine, en especial de las películas de Richard Linklater y Jim Jarmusch. Trabaja en Centro Arte Alameda y es parte del equipo de comunicaciones del Cine Club UAH. Sus escritores favoritos son Joe Brainard y George Perec. En su tiempo libre, le gusta la fotografía, una afición que retomó al arreglar una vieja cámara Canon que heredó de su madre. Esta experiencia lo llevó a comenzar un diario en otoño de 2024, donde escribe sobre sus vivencias, estudios y su vida con Paloma, con quien vive en un departamento en Santiago Centro.


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