Una ficción llamada pasado

La edad del perro de Leonardo Sanhueza

Alejandra Costamagna

«Érase una vez un mecánico de la fach», anuncia el narrador de La edad del perro ya avanzada la novela. Por segunda vez, en casi sesenta páginas que lleva de la rememoración de su infancia, el niño llamado Leonardo, nacido en Temuco en 1974, se referirá a su padre. Y lo hará con el protocolo que amerita la ocasión. Esta es la sinopsis de su relato, que sigue a la frase del inicio, en un capítulo titulado «Un cuento de hadas»: 

Entre los veinte y los veintinueve años, el que iba a ser mi padre pasaba sus días inmerso en un rugido de aviones, respiraba caucho quemado y viajaba al sur cada verano para ver a sus padres. Era joven, es decir, hermoso, y olía a Old Spice. Era un príncipe tan azul como su uniforme y, unos meses después de cumplir veintisiete años, en el viaje del verano del setentaiuno, conoció a su bella durmiente […] Se casaron al año siguiente y se establecieron en Santiago con el objeto de ser felices. Al cabo de dos años nací yo […] Y fue entonces, cuando yo tenía dos años, que el cuento de hadas se acabó, no como se acaban los cuentos, con colorín colorado y campanitas, sino como se acaba un libro al que le han arrancado la mejor parte y el final (58-59).

La historia que en su comienzo es evocada con la fórmula clásica de los relatos infantiles, ese había una vez que acaso promete aventuras extraordinarias y un final feliz, terminará unas líneas más adelante con el resquebrajamiento de la familia y las oscuras señas del Chile de Pinochet. Peor aún, con un dudoso vínculo entre la dictadura y la figura paterna, encarnada en este ex mecánico de la Fuerza Aérea, tan joven y hermoso como ausente y alcohólico. Un padre y un país nebulosos, turbios, en los que el niño no puede confiar con entera seguridad, pero a los que trata de entender a como dé lugar. Así, la aparición del padre en el relato resultará tardía pero efectiva: una ausencia que de golpe se revelará como el centro de la trama vital del narrador. «Por lo mismo, por la falta de datos y matices, reconozco que me he pintado esa prehistoria como un cuento de hadas» (58), admitirá.

La primera mención al padre, sin embargo, ha sido un poco antes, en un capítulo titulado «Caligrafía», donde el protagonista hace un recuento de la precaria situación económica por la que atraviesa la familia –y el país– en 1983: su madre, profesora básica, tras un año de cesantía, acaba de inscribirse en el Programa de Empleo Mínimo (pem) como supervisora de barrenderos, y el abuelo es quien aporta el mayor ingreso con su jubilación y la compraventa de animales. En ese contexto, el niño menciona la sorpresiva llegada de una bicicleta envuelta en cartones con su nombre escrito a mano en la etiqueta. Aunque no haya remitente, la letra es inconfundible. Son dos cosas las que recuerda el hijo entonces sobre el padre: esa caligrafía «oblicua y pareja, sus mayúsculas levemente ornamentadas, sus trazos cambiantes según el ángulo de la pluma, su claridad de imprenta» (50) y la última vez que lo vio, tras la separación con la madre, el día de su tercer cumpleaños. Hay fotografías de esa celebración, pero el recuerdo del niño no está ahí, sino en una foto mental: la imagen de su padre asomado en la puerta, sin que pueda adivinar si está regresando o yéndose para siempre.

***

La edad del perro es la primera novela del poeta, cronista y traductor Leonardo Sanhueza. El libro está dividido en dos partes, tituladas «1983» y «1984». Serán esos años los que activen en el narrador múltiples imágenes de infancia, que van desde la rutina diaria, ayudando al abuelo a reparar el techo de la casa en Temuco o poniendo trampas para los ratones, hasta la visita de Pinochet a la ciudad sureña. Estamos frente a un relato que tensiona las temporalidades de un modo particular: quien narra se recuerda a sí mismo como un niño que recuerda. Se trata del desdoble del niño en un narrador que lo observa y le presta voz desde una adultez incierta. El adulto de un hoy impreciso que se narra a sí mismo en un presente de hace tres décadas: el personaje de una ficción llamada pasado. No necesita, entonces, impostar la voz infantil porque quien habla lo hace con una suerte de conciencia de lo que vendrá. Pero mantiene la frescura y a ratos la inocencia del niño que fue a los nueve y a los diez años. De algún modo, la novela ocurre en el recuerdo de aquellos años. Es una rememoración en segundo grado, si se quiere: «Cierro los ojos, estoy ahí nuevamente, recuerdo de un recuerdo» (40).

***

En La poética del espacio, Gastón Bachelard se refiere a las complejidades de la “casa del recuerdo” y plantea que en el cuerpo de imágenes provenientes de ese espacio anida la ilusión de estabilidad. Una de las características que atribuye a las casas imaginadas es su verticalidad, que apunta hacia dos extremos: el sótano y la buhardilla. El tejado aparece en el extremo superior y cumple la función de protegernos de la lluvia y el sol, dirá. Y es sobre esa área protegida, precisamente, que se instala el narrador de La edad del perro desde la primera línea: «Estoy sobre el techo de mi casa, en cuclillas, trabajando junto a mi abuelo, que martilla arrodillado» (13). Pero lo hace sin la protección que brinda el techo de la lluvia y el sol, sino a su misma altura: haciendo frente a la adversidad, recordando y a la vez desplazándose imaginariamente hacia el futuro al evocar el apocalipsis que, dice el niño que dice la abuela que dicen las sagradas escrituras, ocurrirá en el año dos mil. «Le guardo un sagrado respeto al recuerdo verdadero que seré, algún día, cuando todo se acabe para siempre», continúa el muchachito en la proyección de lo que dizque ocurrirá cuando él tenga veintiséis años: casi la edad del caballo, según los cálculos del abuelo, que corresponde a la edad del perro multiplicada por tres. Es decir, sus nueve años de cachorro, que viene a ser la edad en que los perros son viejos. «Un gallo es viejo a la edad de tres años, un perro a la edad de tres gallos, un caballo a la edad de tres perros y un hombre a la edad de tres caballos», (101) es lo que dice el abuelo.

***

El protagonista de La edad del perro irá reconstruyendo la historia de su infancia con elementos precarios, jirones de verdad. No sólo porque su memoria es endeble, sino también por la sordina censuradora de los adultos que buscan protegerlo. Pero lejos de amilanarlo, los obstáculos despertarán su curiosidad y harán florecer una imaginación desbordada, que irá acomodando con más intuición que evidencias concretas las piezas de un rompecabezas a la vez biográfico y social. La reconstrucción que haga del perfil de su padre, la versión que vaya armando de esta figura desde el comienzo hasta el final de la novela, estará regida por los rumores, por lo que dicen que dijeron y, en definitiva, por las todopoderosas leyes del silencio. El niño sabrá lo básico: que fue mecánico de la fach, que no vive en Temuco, que le envió de regalo una bicicleta hace unos años, que le gusta el alcohol y que es una buena persona. «Pero mi papá no es un borracho odioso, dicen. Por el contrario, es alegre y liviano de sangre, aunque en ocasiones es un poco melancólico. Es un auténtico hombre de bigote» (61). Puede que los bigotes lo salven, pero el ser melancólico no lo pone bajo ningún resguardo: pocas páginas antes habremos leído que «la melancolía es lo peor que a uno pueda pasarle» (31). Como sea, el niño intentará llenar los vacíos con especulaciones que abrirán preguntas y nuevas especulaciones en una suerte de infinito aprendizaje.

Una escena clave en esta búsqueda tiene como eje a la tía Elisa. El niño recuerda que la hermana menor de la madre ha venido de visita a Temuco y en algún momento, en medio del almuerzo, la tía habla de un tal Leonel y dice que le ha mandado saludos al abuelo. El hombre, sabremos, está preso y la tía ha ido de visita a la cárcel. El abuelo, que tiene un póster de Pinochet colgado en su dormitorio, no vacila en enfrentarse con su hija. «Usted […] no mide las consecuencias, no se da cuenta del forro en el que está metida. Ya se lo he dicho mil veces y se lo vuelvo a decir: a usted yo no la voy a ir a recoger en una bolsa» (163), dice el viejo. La abuela, en cambio, actúa con más tibieza: «Su padre tiene razón, Elisita. Esa gente está presa por algo y si a usted no le han echado el lazo ha sido porque Dios es muy grande» (165), intenta mediar, anclada en sus evangelios. 

A continuación, el niño entrega los fragmentarios antecedentes que va escuchando sobre el tal Leonel, un ex carabinero que en 1973 pasó a la clandestinidad, tal como la tía Elisa. Y sabe que ella se fue a Santiago, se cortó el pelo a ras de nuca y enfermó gravemente de anemia. Pero su cuñado, el padre del niño, la salvó: la hizo pasar por su hermana en el hospital de la Fuerza Aérea. El protagonista entiende a medias esta historia, necesita articular una versión completa. «Yo habría querido que alguien se explayara sobre ese punto, cómo fue eso de que mi papá salvó a la tía Elisa haciéndola pasar por su hermana, si bastaba con que dijera que era su cuñada, que es casi lo mismo creo yo» (168), razona. Pero no es posible que alguien se detenga a explicarle, porque en el comedor de la casa ahora hay una bola de nieve que ha empezado a crecer y los ánimos se van caldeando y caldeando:

Mi abuela habló entonces del desorden, de las colas, de la necesidad, del plan Z, de todo eso habló mi abuela hasta que de pronto la tía Elisa pronunció la palabra gorilas y enseguida la repitió más lento: go-ri-las. Mi abuela bajó el tejido y lo dejó sobre las piernas. Durante un segundo miró por sobre los anteojos suspendidos en la punta de su nariz. Dijo:

Cuidado con esa boca.

Y volvió a tejer, derecho y revés, derecho y revés, como si tejiendo apañara la avalancha y le resbalara el alud (ibib).

***

Tal vez el ejemplo más significativo del modo en que la dictadura se filtra en los espacios de la intimidad, pero también del peso de los silencios, del ejercicio de reconstrucción memoriosa y de la articulación de una herencia involuntaria de parte del narrador, sea el capítulo titulado «La maleta». Desde el inicio habremos visto que la casa y su entorno están llenos de ratones. La primera alusión a los roedores los mostrará paseándose por el entretecho, abriendo un forado, asomando sus narices y mirando hacia abajo: directamente hacia la cama del protagonista. A veces los ratones dejan caer aserrín y bolitas de excremento, pero el niño advierte que no quiere hacerse “la víctima”, así que se limita a decir que no es algo agradable. En la siguiente alusión la “víctima” pasará a ser el “victimario”, cuando compren un raticida especial y pongan trampas en toda la casa, y el niño comente que «los ratones, al igual que los caudillos, suelen ser más peligrosos muertos que vivos» (75). Los términos filtrados de la dictadura y el código de las acciones militares o de la resistencia de la época irán en aumento: el niño, que a fin de cuentas es un niño y no tiene demasiada conciencia de lo que hace, encuentra uno de los ratones envenenado sobre un quemador de la cocina y, sin saber muy bien por qué, por inercia o por lástima, cava una tumba (una tumbita) para sepultarlo.

El horror y la ingenuidad se entroncarán con frecuencia en La edad del perro. Ahí estarán los ratones, ahí estará la filtración del tiempo histórico en el habla. Y veremos la bodega de la casa de los abuelos, donde se han trasladado el hijo y la madre después de la separación, en 1977. Tras la mudanza, las pertenencias compartidas del padre y la madre han ido a parar a esta despensa inhóspita. Un lugar que le provoca una mezcla de curiosidad y miedo. La curiosidad viene por las ganas de inspeccionar el espacio y saber qué guarda ahí su familia. Y el miedo surge especialmente de la sospecha –casi una seguridad– de que ahí habita una población indefinida de ratones, sus enemigos. El narrador aclara desde el principio, sin embargo, que hasta donde puede saber en la bodega no hay peligros como las numerosas armas que el abuelo guarda en la casa (ocho revólveres, una pistola y una escopeta) ni secretos que deshonren a la familia. Entonces, una tarde, se decide: «[…] abrí la puerta de la bodega de una patada, con histrionismo, como la policía o los militares» (103). 

Y sí, lo que encuentra son ratones. Pero también da con algo inesperado: los animales habitan en una maleta del padre, han crecido entre un laberinto de papeles y han hecho su madriguera en el centenar de libros de la editorial Quimantú que contiene la maleta. Los volúmenes, naturalmente, están carcomidos por los ratones. La descripción de la madriguera tiene un marcado tinte metaficcional. El niño la percibe como «[…] esas historias llenas de bifurcaciones y cabos sueltos que, a pesar de ser inútiles, pertenecen al conjunto de manera férrea» (105). Casi un guiño a los capítulos y fragmentos de esta misma novela. El caso es que, a partir de este hallazgo, iniciará la “operación ratones”, que tendrá como fin último hacerse de una biblioteca propia. Los medios para alcanzar su objetivo estarán marcados, ya vemos, por códigos semejantes a los de la dictadura. Brotan de inmediato las analogías con el infame titular del diario La Segunda, de 1975, que fue parte de la denominada Operación Colombo. “Exterminados como ratones” rezaba el titular de entonces. La violencia se filtra ahora, en esta hazaña de apariencia inocente, con un aspecto siniestro camuflado en la aventura. Así describe el niño los primeros pasos de su operación:

Antes de abrirla le di un par de patadas, a ver si el enemigo respondía con alguna señal. Ante el silencio, la abrí. Respiré hondo. Un olor a papel, humedad y rata mezclados se me entró hasta el último alvéolo. El enemigo no se hallaba en su madriguera ocasional, pero sí su familia, una camada de nueve ratones rosados, pelados y ciegos (104-105).

Lo que sigue, el núcleo de la “operación ratones”, es deshacerse de los cuerpos, de las crías que ha encontrado en la maleta. De las víctimas, esa particular familia. El niño las mete en una bolsa plástica y las arroja vivas al techo (como quien arroja cuerpos moribundos al mar o derechamente cadáveres) para que sean devoradas por los gatos o asfixiadas por el sol. Ahora sí el victimario está libre para exprimir su botín, que es también una herencia involuntaria. Víctimas y victimarios, inocencia y horror, libros y aventuras se mezclan en esta escena que será el preámbulo para el acercamiento del hijo a las zonas más turbias del padre ausente. 

El muchacho logra rescatar dieciséis libros de las garras de los roedores y del tiempo. Su botín, esta primera biblioteca, es también un reto al protagonismo de los adultos. En la casa del narrador de Sanhueza apenas habrá un diccionario, un atlas de Chile y unas cuantas biblias de la abuela. Y a ellos se sumarán ahora estos dieciséis libros, un universo propio, una conquista para el muchacho que ha crecido leyendo las profecías del apocalipsis.

***

A partir de entonces el enigma del padre se abrirá como una flor salvaje. El niño le cuenta a su madre que ha encontrado los libros en la maleta y no se explica por qué hay tantos ejemplares repetidos. Que habrá sido por el apuro, dice la madre. Que su padre los trajo de la editorial Quimantú, poco después del Golpe. Que no tuvo tiempo para elegir, supone. La mujer sigue con sus revelaciones: que el padre iba en el piquete que allanó la editorial, confiesa. Y aunque el padre haya pertenecido a la Fuerza Aérea sólo hasta 1976, cuando le pidieron la renuncia por asuntos disciplinarios, el hijo nunca sabrá cuál fue exactamente su participación –si la tuvo– en el Golpe. El caso es que una noche, el hombre llega a la casa con un saco y ella le pregunta si es ropa sucia. Y él dice que no, que son libros. Que los estaban quemando y le dio “no sé qué” y se los trajo. El padre le pide que no hable de esto, porque en la fach andan demasiado alterados: «[…] Imagínate que ni el general Bachelet pudo salvarse. Si se sabe que tenemos esos libros, capaz que creen que somos allendistas» (115). La madre exclama que nunca han sido allendistas. Pero eso no importa. «Calladita no más» (ibid), zanja el hombre. Y calladita se queda la mujer hasta ahora. Hasta que el hijo encuentra los libros. La confesión no hace más que profundizar la curiosidad del niño, horadar aún más ese hueco.

¿Cómo reconstruir la historia? ¿Hasta dónde sirve la memoria? ¿Qué peso tiene la imaginación? Esas preguntas parecen rondar su mente desde el inicio y hasta los últimos episodios, cuando se enfrente a la muerte del padre. El muchachito sabe que el hombre está hospitalizado, en una especie de coma, y fantasea con verlo abrir los ojos al día siguiente. Lo difícil entonces será encontrar un tema de conversación. «¿De qué habla un hijo con su padre moribundo?» (192), se pregunta. Si todos estos años, por los demás, ha aprendido a no necesitarlo, cómo crear ahora un vínculo fraterno. Cómo recomponer los lazos, cómo ganar su confianza, cómo ser realmente un hijo. Su cabeza da vuelas, necesita resolver varias dudas. Saber, por ejemplo, si alguna vez lo subió a un helicóptero y juntos sobrevolaron Temuco o todo eso fue un “recuerdo inventado”. Su cabeza no se detiene, parece agarrar un vuelo propio. Y antes de que se quiebre el silencio protector de la familia, el niño Leonardo conjetura un posible diálogo con él. Un diálogo en el que omite la voz del padre. Nuevamente Sanhueza fusiona los tiempos y trae a escena una suerte de recuerdo imaginario en proyección:

Y a todo esto, ¿por qué rescató esos libros, papá?

Es lo que pensaba, no podía ser de otro modo.

¿Y no me los quitará ahora, cierto?

Es lo que imaginé.

¿Es verdad lo del allanamiento? ¿O eran de alguien que los tenía en su casa? ¿Mató a alguien para conseguirlos? No conteste, si no quiere. No tiene por qué contestar. Pero dígame al menos que no lo mató como a un perro, con una bala entre los ojos.

Ya lo decía yo, no podía estar equivocado (193).

El niño se ha apoderado al fin de los silencios y ha dado vuelta el sentido de las omisiones a su favor. Ha hecho suya la estrategia del no decir. Y quizás de modo involuntario ha vuelto a formular una versión propia que fusiona a su pinta la historia, la memoria y su portentosa imaginación. Y cuando sepa que el padre no le va a responder, detendrá el relato. Dejará atrás el tejado y la narración, y decidirá quedarse en un tiempo impreciso, sentado frente al ataúd. Ya no en el techo, ya no en la fantasía del apocalipsis. «El presente se ha detenido aquí», dirá (197). Será el momento en que pierda al padre y con ello también, en cierta forma, vea esfumarse su condición de hijo. Ya no habrá historia, ya no habrá fantasía, ya no habrá suspenso. La infancia, su edad del perro, pronto será un recuerdo.

Érase una vez un hijo que recordaba en el tejado.


Alejandra Costamagna Crivelli (Santiago, 1970). Escritora, periodista y profesora. En 1996 publicó su primera novela: En voz baja. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. En 2008 recibió en Alemania el premio Anna Seghers de Literatura. En 2018 fue finalista del Premio Herralde de novela por El sistema del tacto. Sus libros han sido traducidos al italiano, francés, inglés, portugués, turco y coreano.

Deja un comentario