Consuelo Ferrer
¿Dónde nace un texto? ¿Qué elemento lo detona? Por ejemplo, esta historia sobre la primera cena navideña que la familia de Consuelo prepara luego de la muerte de su padre, hace casi cinco años: ¿nace con la expedición a la casa de la infancia, ahora pintada de otro color? ¿Nace con la visita de sus familiares y la revisión de videos y fotos? ¿Nace con el traslado de los muebles antiguos a la casa nueva? En este texto, diferentes inicios habilitan que pueda existir esa cena, que se siente como un cierre que estaba pendiente o como una nueva etapa del duelo.
Un texto que podría tener muchos inicios. Un texto que nace de varios lugares simultáneos.
Primer inicio:
El amarillo de la pintura por encima de las paredes, que no está tan nueva como para que parezcan recién pintadas, pero que definitivamente les da un aspecto renovado. Debajo del amarillo está el rojo de mi casa, que siempre fue roja. Ahora que es del vecino, ahora que nuestro vecino de toda la vida la compró y vive en ella, es amarilla. Es mejor que quien viva dentro sea el vecino, pienso mientras examino la fachada.

O las baldosas grises que imitan la piedra, pero que tienen una textura lisa, que reemplazan las piedras redondas y el cemento que antes las unía. Es el camino donde mi papá estacionaba su auto y que yo a veces recorría a pie pelado, con pinchazos, premura, risa. Si escuchaba a mi papá estacionando el auto, yo salía como fuera a saludarlo.
O el portón de madera que está ahora delimitando el patio, que antes era negro y de metal. Primero fue una reja que dejaba ver hacia adentro. La tapamos con una lata para que no nos vieran desde afuera en el verano, cuando armábamos la piscina. Por encima del portón se veía la parte superior de los columpios, que mi papá instaló en una navidad hace veinte años, que nos dijo que había enviado el viejito pascuero. El nuevo portón tampoco deja ver hacia adentro, pero mi hermana se acerca a la abertura mínima que queda entre una y otra tabla y dice, todavía mirando hacia el patio: «No están los columpios».
Es la casa que era nuestra casa y que ahora es una casa, simplemente. Una casa cuidada, una casa limpia, una casa a la medida de una familia que ya no es la mía. Entramos al pasaje porque el vecino nos abrió el portón. La vendimos hace tres años. Dejamos de vivir en ella hace casi cinco, cuando se murió mi papá.
Antes de venderla, viajamos hasta Chillán y tomamos toda la casa, desde una esquina hacia la otra, y la metimos en cajas. Envolvimos cada mueble en cartón corrugado y los subimos a un camión que se los llevó a una bodega en Santiago, donde el interior de la casa durmió por casi cinco años.
Ese es un primer inicio.
Segundo inicio:
En el video, el fuego de las velas de una torta de cumpleaños se ve reflejado en las pupilas de mi sobrina. La voz de mi papá se escucha más fuerte porque era él quien grababa. Mi sobrina cumplía cinco. Yo debo haber tenido ocho. Mi hermana menor cuatro. Teníamos edad de hermanas, pero nosotras éramos sus tías. Vivíamos todas en la casa roja y pasamos nuestros veranos en una cabaña de madera en Cobquecura, la misma donde ahora revisamos los videos que documentan eso: nuestra infancia.

La cámara se la regalaron a mi papá en la fábrica, cuando cumplió 45 años trabajando en la empresa. Mi sobrina vive en Estados Unidos desde los 8, así que no había visto los videos nunca. La vemos soplar las velas y nos da risa y nos enternece su cara de niña, su voz de pito, su manito estirada mostrando los años que estaba cumpliendo.
Hay otro video donde estamos las tres recibiendo regalos de navidad. Mi mamá lee los nombres de los regalos en voz alta. Maca, Mariví, Consue. La misma muñeca para las tres. Si las poníamos al sol en el patio, les salían pecas en la cara.
Ahora que vendimos la casa de Chillán, mi mamá vive en Cobquecura. Hasta acá llegamos para recibir a mi sobrina y a su novio gringo, que pasarán una semana en Chile. Por eso viajamos a Chillán y por eso vamos a mirar la casa por fuera, para explicarle a Bryce que antes las paredes eran rojas, que en el patio armábamos una piscina de plástico verde y que soñábamos con tirarnos a ella desde los columpios. Nunca hicimos esa maniobra.
Ese podría ser un segundo inicio.
Tercer inicio:
Los muebles de Chillán en la oscuridad de una bodega en Santiago por uno, dos, tres años.
El platero donde mi mamá tenía en exhibición la vajilla que le regalaron a mi papá cuando cumplió 30 años en la fábrica viajando de nuevo rumbo al sur. Son una serie de tazas, platos y fuentes que dicen, en cada reverso: Vicente Ferrer Vaccaro con el logo de la IANSA.

El arrimo donde teníamos enmarcadas las fotos en blanco y negro desembarcando en Cobquecura después de tres años de cautiverio. Las imágenes mostraban la primera comunión de mi mamá, a mi papá vestido de huaso cuando era niño en Linares, las caras de mis abuelos muy arregladas, preparadas especialmente para ser inmortalizadas por una cámara.
Cinco años de duelo fueron necesarios para que de pronto se nos hiciera patente lo obvio: que ya no íbamos a tener otra casa, que ahora Cobquecura iba a ser la casa de mi mamá. Es una cabaña prefabricada que mi papá y mi tío, junto a sus compañeros de la fábrica, levantaron en el terreno, en un proceso que quedó registrado en fotos análogas que ahora estamos revisando en los álbumes que tenemos guardados.
De repente lo vimos: los muebles no iban a salir nunca de esa bodega –sin luz, sin casa, sin nuestra familia– si no les encontrábamos un lugar acá.
Los muebles viajaron cerca de 500 kilómetros a oscuras hasta que llegaron aquí, donde ahora están, dentro de esta cabaña devenida en hogar.
Ahora Cobquecura huele a Chillán: los muebles traían el olor de la casa roja.
Ese podría ser otro inicio.
Con cualquiera de los inicios, el final del texto es el mismo:
Una ensalada de porotos verdes que compramos crudos y que mi hermana y yo cortamos durante la tarde, como hicimos en tantas otras navidades cuando niñas, cuando adolescentes.
Me sirvo una porción de la ensalada en los mismos platos en los que comimos todas las cenas navideñas antes de que se muriera nuestro papá. Estamos, por primera vez desde que él dejó de estar, en la misma mesa donde comíamos con él. Detrás de mí está el platero con la misma vajilla que lleva su nombre. Al lado mío, las fotos en blanco y negro. Si levanto la vista, está el sillón donde él dormía siesta después de terminar de almorzar, donde todavía podía escucharnos conversar con los ojos a medio cerrar.
Es la primera vez, desde que él murió, que preparamos una cena la noche del 24, que nos sentamos a comer un plato de comida con ensalada. No habíamos cenado en navidad desde que lo enterramos en Chillán hace casi cinco años. Estamos cenando y es en una casa que no es la casa roja, pero que huele igual, que ahora, por dentro, casi parece la misma. Una casa que se empieza a acomodar para llevar en su centro la misma estructura que tenía la nuestra.
Esta estructura –que no son sólo los muebles, pero que sin duda se vuelve más gráfica con esta madera oscura y redondeada– todavía nos da soporte. Todavía es capaz de sostenernos.

Consuelo Ferrer (Chillán, 1993). Es periodista, narradora y tejedora. Integra el equipo de la revista digital La Raza Cómica. Actualmente escribe un libro sobre el duelo y la memoria.


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