Daniel Saldaña París
Para Constanza Nieto Yusta
Lo conocí mientras ambos hacíamos una residencia de escritores en Malpartida de Cáceres, Extremadura. Yo tenía veintiséis años, había publicado un libro de poesía y no sé cómo convencí a un jurado internacional de que me becaran durante dos meses para escribir una novela en ese lugar alejado de todo. (Claro que en ese entonces me parecía natural que me salieran bien las cosas, que me ofrecieran becas o residencias; ahora en cambio me parecería sospechoso.) João Nunes me llevaba diez años y había publicado tres o cuatro novelas de culto, modestamente aclamadas en Portugal y traducidas a cinco idiomas. Mis amigos eran todos jóvenes poetas mexicanos que malvivían trabajando en publicidad o en festivales de cine y gastándose sus magros sueldos en la cantina Dos Naciones o en la Río de la Plata. La vida de João, en comparación, me parecía el epítome del éxito literario.
La institución convocante de la residencia era el Museo Wolf Vostell: una colección de arte del colectivo Fluxus albergada en una construcción de piedra que en el siglo XVII había servido para lavar lana de ovejas. Las descendientes de esas ovejas todavía pastaban por ahí, entre las esculturas de pianos de cola apilados, las motocicletas pintadas de fucsia y las mesas de la cafetería del museo. Un lago, unas piedras muy grandes que parecían menhires y una sobrepoblación de cigüeñas completaban el paisaje, que debía resultarme inspirador pero solo me parecía inquietante.
João y yo éramos los únicos escritores en residencia. Había también una performer neozelandesa y un grupo de tres titiriteras catalanas que iban a todas partes juntas y no hablaban con nadie más. Cada uno de nosotros tenía una cabaña asignada, que era a la vez dormitorio y estudio, y en las mañanas coincidíamos para desayunar en la cafetería del museo. Los desayunos españoles (un café con leche y tres churros bañados en aceite, que dejaban una película de grasa en la superficie del café después de remojarlos) me parecían hostiles, casi ofensivos, y una de las primeras mañanas se lo comuniqué a João, que secundó mi queja en un portuñol abstruso. Por comodidad y colonialismo, pronto asumimos el inglés como lengua de conversación entre nosotros, a pesar de que podríamos habernos entendido entre su mal español y las tres palabras que yo creía saber de portugués por haber leído a Pessoa en ediciones bilingües.
Durante el mes que duró la residencia, João y yo fuimos varias veces al bar del pueblo, que quedaba a unos cinco kilómetros del museo. Por el camino, y entre cañas mal tiradas de cerveza, nos contamos nuestras vidas.
Él vivía de impartir talleres literarios, tenía una novia muchos años más joven, consumía cocaína regularmente (había llevado unos gramos a la residencia; no me ofreció, no le pedí) y había ganado un premio en Francia por su novela más reciente, a la que él se refería como «artefacto narrativo».
Yo le conté que vivía en la Ciudad de México, que me habían corrido de la editorial en la que trabajaba y que mi novia, unos años mayor, era fotógrafa para una revista de viajes, se alojaba en los mejores hoteles, nadaba con tiburones-ballena en la Riviera Maya o pasaba dos días a caballo en la Sierra Gorda de Querétaro («The Fat Mountain Range», traduje), mientras yo participaba en lecturas de poesía en la sala de mis amigos, que en realidad no tenían sala sino tres ceniceros y un póster gigante de Ulises Carrión.
Al terminar la residencia intercambiamos correos electrónicos (João estaba en contra de las redes sociales) y nos despedimos con un cálido abrazo. Unos días después, me mandó un correo en el que me confesaba que, durante buena parte de nuestra estancia, había sostenido un amorío con la performer neozelandesa. No le respondí nada, pero me dio gusto enterarme del chisme.
No terminé la novela en la residencia de Malpartida –de hecho, no la terminé nunca–, pero en cambio escribí un largo ensayo sobre la colección del Museo Vostell, describiendo la disonancia entre las esculturas de Nam-June Paik y las enormes rocas graníticas de Los Barruecos, aquel paisaje rural que chirriaba con las pretensiones de modernidad de la vanguardia tardía. Publiqué el ensayo en una revista española y gracias a ese oportuno movimiento me convertí, casi por accidente, en crítico de arte. En mi mente, aquel era un desvío, no una renuncia: una vez que conociera las entrañas del mundo del arte, volvería a la narrativa en una novela sin concesiones que levantaría ámpulas entre coleccionistas y curadores.
Cuatro años después, asqueado de las inauguraciones, los besamanos y las bienales, decidí que era momento de retirarme del mundanal ruido, por una temporada, para trabajar en un proyecto de largo aliento. Solicité seis o siete becas distintas para hacer una estancia de escritura como aquella de Malpartida de Cáceres, de la que guardaba tan grata memoria.
Mi objetivo era escribir un libro sobre el periodo mexicano del artista japonés On Kawara, que vivió en la Ciudad de México entre 1959 y 1964. Antes de empezar su célebre serie de cuadros con fechas y noticias, On Kawara solía ir al Hotel Montecarlo, en el Centro Histórico, donde entablaba conversaciones casuales con artistas y estudiantes internacionales. Después escribía el nombre de sus interlocutores a máquina, en una hoja en blanco. Aquellos listados me parecían evocadores, además de un antecedente importante de las estrategias artísticas de On Kawara, y mi plan era escribir, a partir de la experiencia mexicana de Kawara, sobre el poder de la lista y la función del nombre propio en el arte contemporáneo.
El proyecto me parecía fascinante, pero las residencias artísticas más reputadas no compartían mi entusiasmo. Me rechazaron en todas las becas salvo en una: una residencia poco conocida en el pueblo de Corsicana, a las afueras de Dallas. Supuse que no habían recibido suficientes solicitudes como para negármela, les pedí una carta para ver si con eso conseguía fondos de alguna fundación privada y luego me senté ante mi computadora y añadí, satisfecho, una línea a mi escueto currículum de autor: «es escritor residente en el Centro de Artes de Corsicana, Texas».
El Centro de Artes era un edificio de dos pisos, de madera, en la calle principal del pueblo. El edificio había sido la sede local del Ku Klux Klan, primero, y después una ferretería (la planta baja) y una bodega (el primer piso). Los artistas residentes, además de mí, eran un instalador luxemburgués, una traductora italiana y una pintora de acuarelas de Mississippi que se llamaba Joy y sonreía mucho, aunque su sonrisa no transmitía júbilo sino amargura.
Además de las habitaciones-estudio para los artistas, el edificio de Corsicana tenía una cocina común, una mesa de ping-pong y una biblioteca que hacía las veces de sala de cine. Era apenas el quinto o sexto año que la residencia estaba en funcionamiento, gracias a la generosa donación de un empresario del pueblo que había hecho su fortuna en el mercado de las hipotecas basura.
La pequeña biblioteca tenía una veintena de best sellers, guías turísticas de Texas, una colección de clásicos sureños estadounidenses (Carson McCullers, William Faulkner, Flannery O’Connor) y una repisa con obras de los escritores que habían pasado por ahí en años previos. Así fue como descubrí que João Nunes me había precedido y, según pude informarme, incluso había dormido en la habitación que yo ocupaba. La novela que dejó en la biblioteca de Corsicana se titulaba O paraíso inalcançável, y según la contraportada contaba la historia de un escritor mexicano adicto a la cocaína cuya novia fotógrafa desaparecía misteriosamente en un viaje por la Riviera Maya (el paraíso del título, presumiblemente). El narrador, un escritor portugués en el que no era difícil reconocer a un alter ego del propio João, viajaba a México para ayudar a su amigo a resolver el crimen, que por supuesto involucraba a un cártel del narcotráfico.
Me sorprendió que João hubiera usado algunos detalles de mi vida sin avisarme ni pedirme permiso, pero al menos había tenido la delicadeza de cambiarle el nombre al personaje (eligió un nombre muy cercano al mío) y de atribuirle a este sus propios vicios. No me molestó el descubrimiento. A fin de cuentas, pensé, todos los escritores hacemos cosas parecidas. Es más, me sentí halagado de que se hubiera acordado de mí a pesar de nuestra breve y superficial convivencia. Luego examiné más de cerca el libro y la decepción reemplazó a la sorpresa y el halago. Mi amigo había renunciado a la veta intelectual de sus primeras novelas para escribir un volumen comercial, totalmente predecible. (Por supuesto no lo leí: deduje que se trataba de un libro malo por la calidad del papel, la tipografía de la portada y la foto de autor en la solapa: João aparecía con lentes oscuros y chamarra de cuero, la barba salpicada de canas, un coche deportivo detrás).
Dedicarse a la escritura se trata, también, de ver cómo van cayendo muchos por el camino: antiguos novelistas seducidos por la academia; críticos serios que, hartos de la irrelevancia, aceptan conducir un programa de entrevistas en el canal cultural del Estado; talentosas poetas que una mala mañana, contra toda lógica, se descubren incapaces de escribir un solo verso.
El caso de João no era tan claro. Si bien seguía escribiendo y publicando libros, esa fotografía de autor parecía indicar una crisis de fe: había dejado de creer en la Literatura, en la capacidad redentora del libro como vehículo de una revelación íntima. En vez de eso, creía en los coches deportivos, en las tramas con giros de tuerca, en los finales felices. Seguramente tendría más lectores, más ofertas de trabajo, más invitaciones a fiestas con cocaína. Quizás, pensé, sería más feliz que yo. Pero entonces, ¿por qué seguía viajando a las mismas residencias de escritura, que sin duda ya no necesitaba? ¿Y por qué había elegido a un escritor mexicano, tan parecido a mí, como personaje de un libro que le daba la espalda a la literatura seria?
Pensé en escribirle un email para despejar mis dudas, decirle que me había encontrado O paraíso inalcançável ahí, en Corsicana, Texas. No le reclamaría nada: tras mostrar mis cartas, permitiría que él mismo me diera las explicaciones que considerase pertinentes. No lo hice. Regresé el libro a la estantería de ex becarios, me concentré en mi proyecto sobre On Kawara y no volví a pensar en João Nunes ni en ese personaje caricaturesco con el que me había homenajeado en su libro.
En aquella residencia tampoco terminé el libro sobre On Kawara. No había información suficiente sobre esa etapa de su vida, y la única vía posible era escribirlo como ficción: imaginar al joven artista japonés conversando con los visitantes del Hotel Montecarlo, leyendo las noticias sobre la guerra fría, paseando por los jardines de la Ciudad Universitaria. No era una mala idea para una novela, pero yo no estaba listo para escribirla.
Después de Corsicana regresé a México (siempre regreso), conseguí trabajo como curador de un museo pequeño e irrelevante, y dejé de ir a residencias artísticas. Me convertí yo también en una de esas viejas promesas incumplidas que, cansadas de picar piedra, eligen la quincena sobre la posteridad como horizonte temporal de su incumbencia.
Seis años después supe que las titiriteras catalanas a las que había conocido en Malpartida daban una función en el Centro Cultural Helénico (una adaptación de La casa de Bernarda Alba con marionetas) y fui a verlas. No las había vuelto a ver después de la residencia, pero estábamos en contacto por redes sociales y yo estaba en uno de esos momentos de la vida adulta en los que el pasado es una necesidad de primer orden. Al terminar la obra, una de ellas me dijo que, si las esperaba a que se cambiaran, podíamos ir a tomar una cerveza. Resultó que se acordaban de mí con cariño, aunque habían pasado diez años exactos desde nuestro primer y único encuentro. Me desconcertó comprobar que su recuerdo de nuestra estancia en Malpartida de Cáceres era muy distinto del mío. Según su versión, ellas y yo habíamos sido íntimos, mientras que João y la performer neozelandesa formaban su propio bando, un bando no enfrentado al nuestro pero sí claramente distinto. Bebimos nuestras cervezas en silencio. «No puedo creer lo que te hizo el portugués», dijo una de las titiriteras de pronto, y las otras asintieron solemnemente. Al ver mi cara de confusión, otra de ellas me preguntó si no había visto «lo de la serie». Le dije que no tenía ni idea de qué hablaban.
En resumidas cuentas, la novela de João Nunes ambientada en México se había convertido en toda una franquicia. Seis títulos y millones de ejemplares vendidos más tarde, su personaje, el escritor mexicano metido a detective Damián Saldívar, era conocidísimo en toda Europa. Pronto se estrenaría una serie televisiva basada en los libros, y en las páginas de sociales (que las titiriteras leían con fruición) había trascendido la noticia de que João estaba comprometido con la actriz principal –una española de ojos almendrados que, me explicaron, era la nueva imagen de una conocida marca de perfume–. Las titiriteras le habían contado a todos sus conocidos (o bueno, a unos cuantos; a lo mejor solo a uno) que las historias de aquel detective estaban inspiradas en la vida muy real de alguien que ellas conocían: yo. Sentí que me sonrojaba.
Intenté quitarle peso al asunto. Les dije que algo había escuchado sobre el éxito de João (mentira) y que me alegraba por él (una mentira aún mayor), además de que el popular personaje, en el fondo, tenía muy poco que ver conmigo. Las titiriteras no insistieron más con el asunto, y como en realidad no teníamos nada más de que hablar, me despedí de ellas y tomé un taxi a casa. En cuanto llegué, pedí por internet todas las novelas de João Nunes traducidas al castellano.
Aunque me avergüenza un poco, no me sorprende no haberme enterado antes del éxito de los libros. La industria editorial es un monstruo de muchas cabezas, y yo en general solo converso con la más noble, la cabeza de las editoriales pequeñas o medianas, los libros sobre nada, la música de las ideas. En la Ciudad de México solo visito mis tres o cuatro librerías de confianza, donde sería muy raro encontrar el tipo de best sellers que Nunes producía. Cuando llego a ir a una librería de cadena, intento no mirar la mesa de novedades, voy directo a la sección de arte o le pregunto a un empleado por el título que busco. Además, el éxito de João se trataba de un fenómeno casi exclusivamente europeo (aunque los libros también se habían vendido muy bien en Argentina, según supe). Tras la primera novela, ambientada en el Caribe mexicano, el escritor y detective Damián Saldívar emigra a Europa huyendo de la violencia del narco. Cada una de las sucesivas novelas de la serie transcurre en una ciudad distinta: Lisboa, Barcelona, París, Múnich. Al lector promedio, según pude comprobar leyendo un puñado de reseñas en línea, le parecía disfrutable e incluso necesaria una ficción en la que el héroe principal fuera, por fin, un inmigrante. Al parecer, João Nunes escribía novelas policiales para una sociedad multicultural y moderna, para una Europa compasiva y abierta al mundo.
Cuando me llegaron los libros por correo, unos días más tarde, avisé en mi trabajo que estaba enfermo y me encerré a cal y canto a leerlos. Muy pronto me empezaron a saltar las coincidencias: poco después de que me casara, João publicó una novela en la que su detective también se casa, pero mientras mi esposa se llamaba Julia, la del libro se llamaba Julie, y era francesa. Dos años después de que me rompí una pierna en un pasillo del metro de la Ciudad de México, el detective de João se rompió un brazo en Roma. Si hubiera sido uno solo, quizás lo habría atribuido a la casualidad, pero ante la miríada de paralelismos entre el personaje y yo, asumí que João Nunes me había estado espiando, usando mis redes sociales como detonador de las historias, bastante chatas, protagonizadas por su antihéroe.
Pero más aún que las coincidencias, me dolieron las distancias que me separaban de Damián Saldívar: mientras que yo había publicado un puñado de monografías, había ganado un premio municipal, dos becas estatales y había sido traducido –parcialmente– al inglés y al rumano, el detective Saldívar, desencantado de la literatura, había infiltrado el mundo del hampa palermitana, derrocado a un político neonazi en Bavaria y neutralizado a un grupo de piratas somalíes. Mis éxitos, al lado de los suyos, me parecieron bastante mediocres.
Y el propio João vivía mucho mejor desde que había renunciado a escribir libros serios. Según investigué, con el adelanto que le habían dado por la serie televisiva se había comprado una casa en Grecia, y ahora era un rostro habitual en los principales festivales cinematográficos de Europa, donde brillaba, galán otoñal, del brazo de la española de ojos almendrados.
No le escribí. No lo busqué. Un amigo abogado (si tal cosa existe) me dijo que había posibilidades de sacarle algo de dinero, sobre todo si demandábamos a la productora de la serie, pero después de considerarlo unos días decidí no hacer nada. O más bien, hacer lo que siempre he hecho, combatir en el único terreno en el que creía tener cierta ventaja: escribiría yo mi propia novela, con João como personaje, y se convertiría en un clásico instantáneo. Quizás no llegaría a best seller, pero me abriría las puertas de esa posteridad a la que había renunciado años atrás. La rivalidad con João, sentí, era el impulso que necesitaba para superar mi crisis personal y volver por fin a la Literatura.
Me puse manos a la obra. Llené la pared de post-its, garabateé notas, desempolvé mi diario de Malpartida de Cáceres. Pero cuando llevaba cuarenta páginas escritas desistí: en realidad no me interesaba el personaje, ni el proyecto. He utilizado el resentimiento como motor creativo en varias ocasiones, pero necesito un rencor acerado y puro para que funcione. En el caso de João Nunes, mi rencor venía cortado con toda suerte de substancias, como su cocaína. Una dosis de lástima, una pizca de superioridad estética, tres partes de auténtica admiración por su capacidad de lucrar con la materia más aburrida de todas, esa que a mí no me había servido ni para sostener una carrera literaria que pagase la despensa: mi vida.
Unos meses después se estrenó la serie del detective Saldívar. La vi, inmediatamente, en un cuarto de hotel de San Luis Potosí, adonde había ido para dar una charla sobre On Kawara. La señal de internet en el hotel era inestable y a veces tenía que cerrar el navegador y abrirlo de nuevo, pero aun así me descubrí riendo a mandíbula batiente en un par de episodios. Cuando al final de la primera temporada Damián Saldívar, recién divorciado, decide volver a México y perseguir sus ambiciones literarias, no pude evitar que se me saliera una lágrima. Pensé que la mala literatura a veces se parece demasiado a la buena. Que, llegado el momento de la verdad, la decisión entre dedicarse a una u otra no depende enteramente de nosotros, sino de las circunstancias, un poco incluso del azar, y en ese sentido tanto João como yo éramos víctimas, marionetas de una obra cuyo final nadie conocía.
Unos meses después, el coche de João Nunes impactó con una vaca en una carretera italiana. La vaca murió al instante; el escritor unas horas más tarde, en el hospital. Durante la autopsia encontraron una cantidad alarmante de cocaína en su organismo. La actriz española ya no era su pareja, pero igual dio entrevistas en calidad de viuda. Los obituarios aparecieron casi todos en la sección de sociales de los periódicos, aunque algún suplemento cultural recuperó la nota entre sus páginas. Las novelas del detective Damián Saldívar pasaron de moda y empezaron a acumular polvo en las librerías de viejo. La serie de televisión fue olvidada rápidamente.
Hace poco regresé a Malpartida de Cáceres, como turista. La residencia desapareció por falta de presupuesto, pero el museo y las esculturas de pianos siguen ahí. Sentado frente al lago, entre las inmensas rocas que parecen menhires y las incontables cigüeñas, tomé algunas notas para escribir un ensayo sobre el paso del tiempo y la memoria. Luego olvidé por error mi cuaderno en el autobús de regreso a Madrid. En la sección de objetos perdidos de la empresa de autobuses me enseñaron tes o cuatro cuadernos que les habían llevado. Ninguno era el mío. Al final, señalé cualquier otro (un Moleskine de los chiquitos) y les dije que era ese. El dueño, o más probablemente la dueña, del cuaderno había intentado llevar un diario de sueños, pero solo había llegado a anotar dos, ambos bastante triviales. En la descripción del segundo sueño, sin embargo, una frase capturó mi atención: «Los pájaros volaban sin usar sus alas». No sé por qué, pero me pareció que era un buen epitafio para João Nunes.
Daniel Saldaña París (Ciudad de México, 1984). Escritor. Sus libros más recientes son la novela El baile y el incendio (Finalista del Premio Herralde de Novela, 2021) y el ensayo sonoro Los ayudantes del sol (Everand, 2024). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de su país.


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