El taller

María José Bilbao

Primera sesión

Hoy fue el primer día del taller literario que doy con la Daniela Sonne en la Casa de la Cultura. O sea, el taller lo da ella, yo soy la ayudante. El correo que me mandó para invitarme decía:

Daniela Sonne Soto <sonnedaniela@gmail.com>

Estimada:

Aquí Daniela Sonne, artista integral y escritora con más de veinte años de trayectoria. Me tomo el atrevimiento de escribirte para cursarte una invitación. Se trata de participar como ayudante en mi próximo taller literario. He leído sobre ti, y me gustaría creer que tienes un amplio camino por delante. Te comento que además de haber publicado quince libros, varios de ellos traducidos al inglés, polaco y alemán, mi carrera se ha sustentado en la realización de diversos talleres literarios, área en la que destaco por haber ayudado a formar a varias generaciones de escritores. En esta ocasión es la Municipalidad de Santiago la que me ha confiado dictar un taller de escritura enfocado en la ficción. Este consta de ocho sesiones, todas a realizar en los meses de abril y mayo en la Casa de la Cultura. Tu labor como ayudante, entonces, sería la de apoyarme con la coordinación del curso. Lamentablemente, no estoy en posición de ofrecer una remuneración en dinero, y lo único que puedo asegurar es la experiencia de formar parte del taller y aprender el oficio. 

Me encantaría conocerte y contar con tu presencia, pero entenderé si no estás interesada y rechazas esta invitación. 

Quedo atenta a tu respuesta.

Un abrazo,

Daniela S.

Me llamó la atención que dijera que había leído sobre mí y que tenía ganas de conocerme. Leer sobre mí no es lo mismo que haber leído algo mío, pensé, y luego: ¿decir que quería conocerme cuando ya nos habíamos visto varias veces? Pasada la tristeza inicial por lo de la plata, no me pareció un mal trato. Los talleres literarios nunca me gustaron, pero ser ayudante es otra cosa. No tengo que escribir yo, de partida. Tampoco tengo que hablar mucho. Pero me interesa estar en el ambiente literario. O sea, necesito estar en el ambiente literario; si es que a compartir con gente que también escribe o quiere aprender a escribir en una Municipalidad se le puede llamar «ambiente literario».

Nos juntamos en la entrada de la Casa de la Cultura un cuarto para las cinco de la tarde. Cuando llegué, ella ya estaba sentada en una banca, fumando y mirando su celular. Sé que sintió que me acercaba, pero esperó a que le tocara el hombro para levantar los ojos. Hubo una fricción de pupilas cuando nos miramos. Me dijo que le gustaba mi abrigo azul marino y no tuve otra que decirle que a mí también me gustaba su ropa. Odio mentir, siento que no me sale bien. La verdad es que lo primero que noté en ella, cuando la conocí en persona, fue su estilo más bien horrendo: todo chocando con todo, las rayas en guerra contra lo floreado, el pasado reciente falseando de antiguo, el azul a combos con el rojo. Lo peor, quizá, la raíz de lo que me molesta de su ropa, es que como he leído un par de libros suyos, puedo decir que ella no escribe como se viste: no es estridente, no choca con piedra. Es lisa, plana, acolchada desde el hueso. Y eso que no cuadra me produce algo parecido a la perturbación.

Me ofreció un tabaco y me repitió que lo que más necesitaba de mí era que la ayudara a enviar y contestar los mails, llevar la lista y sacar fotocopias. Agregó que, por supuesto, mis iluminaciones serían más que bienvenidas. Me dio risa que usara la palabra «iluminaciones» en vez de «opiniones» o «aportes», pero me dio mucha más risa cuando me dijo que su manera de apoyar a las «escritoras jóvenes» como yo, era darles la oportunidad de ser ayudantes en su taller. Dijo que solo así se aprendía.

—¿A qué? ¿A escribir?— le pregunté yo. 

—A sobrevivir, pues, niña— me dijo.

Yo no soy ninguna niña; de hecho, tenemos la misma edad: treinta y cinco. Yo también nací en el ochenta y ocho. No le dije nada porque me da ternura que me trate de «niña». Intuyo que aunque supiera mi edad, me trataría igual, porque ha publicado quince libros. Es el derecho que se ha ganado. Lo primero que hizo al presentarse frente a los alumnos fue decir que su primer libro lo publicó a los diecisiete; ¡a los diecisiete yo era incapaz de dirigir mi pensamiento! No hablaba, no sabía ni quién era. Si escribía era solo en mi diario, y me apuraba, me atropellaba, y me peleaba con mi mente. Si me internaba en las ficciones solo producía marañas. Enredos puntiagudos de imágenes e ideas. Publicar a esa edad habría sido imposible: mi primera reacción al leer mis diarios de vida de esa época fue destruirlos. No dejé una sola hoja. Mi primer y único libro se publicó el año pasado y lo escribí durante diez años o, mejor dicho, desde siempre. Lo escribí durante lo que me demoré en pasar de dar tropezones a, por fin, algunos pasos con el lenguaje. Para mí, escribir fue como aprender a caminar con las palabras. 

A ella no le tomó ningún esfuerzo escribir y se ve que es consciente de la admiración y el respeto que despierta en los demás por eso. Tiene la autoridad y los ademanes propios de quien ha sido una «escritora joven». Si la critico es porque en el fondo también la admiro, o la envidio, sin querer. Sea como sea, ha empezado y terminado quince libros sin dudar, sin parar para mirarse al espejo y desconocerse, sin pelear con las palabras. Ha publicado sin parar desde los diecisiete y de cada uno de sus libros habla con mucho orgullo; después de nombrar cada título, hace una pausa para ser rellenada con interjecciones de admiración y elogios. Ante los comentarios de «aaaahhh, me encantó ese libro», guarda silencio y sonríe bajando los párpados, como una guagua hambrienta a la que le dan teta. Puede que lo que me haya provocado ser testigo de la escena entre ella y los alumnos del taller no haya sido más que morbo, morbo de verla así, en esa dinámica con los otros, que tiene algo de voraz, de indecente, de escalofriante, aunque claro que es así para mí porque yo soy todo lo contrario. Soy parca, soy oscura, nunca me celebro nada y para escribir me castigo y me pego latigazos. 

Tal vez sea solo la envidia que me provoca su vanidad. Yo no me enorgullezco de mi libro y, si puedo evitar hablar de él, lo hago. Si no lo he olvidado es porque la gente que me conoce no se olvida. Cuando me ven lo primero que hacen es decirme que cómo está la escritora, y preguntarme cómo me ha ido con mi libro. ¿Acaso nunca se les va a olvidar? Respondo un par de cosas y me voy por un desvío. Hasta hoy día me arrepiento de haberlo publicado. Al principio sentí algo de confianza, pero con el tiempo se desvaneció. Creo que cometí el error de leerlo muchas veces. Mientras más lo leía, más salían a flote los errores, las podredumbres, las frases puestas a la fuerza. Las críticas también fueron tibias conmigo. Uno que otro aplauso y la tumba del silencio.

Sea como sea, escribir es una cosa y hacer un taller de escritura, otra. Para una se necesita ser testigo y para la otra, protagonista. Y para la Daniela Sonne el taller literario es el mejor terreno para desenvolverse. Solo hablando de sí misma es amena, potente e hipnótica; todo lo que no es cuando escribe. En medio de su presentación hizo una pausa para presentarme como una «escritora joven» que haría de ayudante y me vi obligada a hablar un poco de mí. Hablé de mis estudios, dije que había publicado un libro, solo porque la Daniela Sonne me preguntó, y me vi obligada a decir el título en voz alta. Me tranquilizó saber que no lo había escuchado ni leído nadie. 

Al empezar la sesión, había nueve personas. Diversidad de edades aunque varios terminando sus veinte. Uno por uno fueron diciendo su nombre, edad, ocupación y respondiendo a la pregunta sobre qué los llevaba a tomar un taller literario. Dos historiadores, dos abogados, tres periodistas, una tarotista y una médico psiquiatra. Para mi sorpresa, la mayoría dijo llevar varios años en el asunto de la escritura, muchos mencionaron que escribían con regularidad desde la pandemia y ya contaban con publicaciones artesanales y/o en revistas digitales. Una dijo estar en cuatro talleres literarios al mismo tiempo. Otro, que ya había estado en tres talleres anteriores con la misma Daniela Sonne. Otros se definieron como escritores tardíos, fracasados o con mala suerte. Una perjuró contra las editoriales y luego ofreció sus libros autopublicados a veinte mil pesos. Otra dijo que su cerebro se había derretido con el COVID y ahora tenía que escribir para endurecerlo. Solo uno, uno tan hermoso que evité mirarlo durante toda la sesión, dijo que estaba ahí para aprender. 

Al final de la sesión, una mujer en silla de ruedas se asomó por la puerta y preguntó: ¿aquí es el taller literario? La Daniela Sonne le dijo que sí, pero que había empezado hace rato y ya estaba por terminar. La mujer le pidió disculpas por la hora y dijo que, sumado a que venía atrasada, la había perjudicado que la sala estaba en el segundo piso y que no había ascensor. El guardia la había tenido que subir en brazos. Era flaca, chica y pálida, una falda cuadrillé corta le dejaba ver las piernas esqueléticas en pantys negras, como si nunca se hubieran desarrollado, o como si se le hubiesen consumido. De lejos se podría llegar a confundir con una niña, una escolar con uniforme, pero al estar con ella se le notaba lo adulta por las mejillas flácidas, una arruga profunda en el entrecejo, las canas en la chasquilla, y por la voz, fuerte, segura y casi autoritaria. La Daniela Sonne le dijo que entendía y que pasara. La mujer lo intentó, pero su silla no entró por lo angosto de la puerta. Me paré para ayudarla, pero no hubo caso, chocaban los aros de las ruedas contra el marco. A alguien se le ocurrió abrir el círculo en el que estábamos y movernos más hacia la puerta y el resto de la sesión lo hicimos con la puerta abierta. Desde el rectángulo del marco, a mi derecha, la mujer en silla de ruedas fue la última en presentarse. 

Dijo que se llamaba Cecilia Vergara, que tenía cuarenta y dos años, que era periodista, que había escrito una novela y ahora escribía otra. Apenas dijo eso miró directamente a la Daniela Sonne y le dijo que se había inscrito porque quería saber cómo publicar su novela, que la había enviado a todas las editoriales pero que nadie la había tomado en cuenta. Dijo que creía que había algo secreto detrás, algo que había que hacer y que ella no sabía, «un código que había que saberse» o «un pico que había que chupar» (esto lo dijo muy bajito y en seguida lo corrigió como «hilo que había que tirar»). Giró la cabeza como si hubiese adivinado que yo la había escuchado, o simplemente porque yo era la que estaba más cerca, y me miró fijamente a los ojos: yo no sé por qué pero me reí con ella.

La Daniela Sonne, como si ya estuviera acostumbrada, respondió con calma a la lluvia torrencial de preguntas, habló de conductos formales y de la suerte, de premios, publicaciones y editoriales, y para cerrar la clase dijo algunas cosas sobre la escritura, como que escribir era una necesidad del cuerpo y una descarga de la mente, aunque por falta de tiempo no se explayó más en esa idea. 

A los alumnos les pidió un texto para la siguiente sesión. Una plana. Tema libre.

A mí me pidió escribirle a la Administración de la Casa de la Cultura para gestionar una sala en el primer piso, para la comodidad de Cecilia Vergara. 

Segunda sesión

Oficialmente se puede decir que la Daniela Sonne ha sido la única escritora en pronunciarse respecto a mi libro. 

Veinte minutos antes del taller, fumábamos en la entrada. Ella con un abrigo fucsia, el pelo recogido con un moño ad hoc, unas medias feísimas de ajedrez en rojo y negro, me dijo, como para romper el hielo, que le había gustado «mucho» mi libro. Le pregunté cuándo lo había leído. Me dijo que en el verano. Me quedé pensando por qué no me lo había dicho antes, pero ella siguió hablando. Me dijo que le había impresionado mi «imaginación» y mi pluma «sobria». Me preguntó qué había leído y cuáles eran mis influencias. Le nombré algunos escritores. Me dijo que había leído algunos, pero que no veía nada de ellos en mí. Dijo: lo tuyo es otra cosa. Luego me dijo que al leerlo le habían dado ganas de conocerme, y que por eso había pensado en mí como su ayudante y había conseguido mi dirección con la editorial. 

Con eso de no conocerme no me aguanté y le aclaré que ya nos conocíamos, que teníamos a Sofía Pereda de amiga en común, que nos habíamos visto varias veces antes, en fiestas, en presentaciones de libros. Le enumeré las veces, le recordé esa vez en la casa de la Sofía, cuando todas teníamos los dientes y la lengua negra de vino y hablamos pestes de Víctor Herrera. Me miró con desconfianza. Se acordaba de las fiestas, de las personas, de las bocas negras, pero no de mí. Insistió en que no recordaba haberme visto nunca. También dijo que quería mucho a Víctor Herrera y jamás hablaría mal de él, así que seguramente yo la estaba confundiendo con otra. Me dio la impresión de que fingía, o de que jugaba conmigo para hacerme dudar.

Después de negar a muerte que me conociera, me dijo que últimamente estaba escribiendo mucho, y que le dolían los brazos y soñaba con bichos y fieras. Ella debe dar por hecho que soy una fan de su trabajo porque acepté su invitación a trabajar con ella, pero donde ella pone una despechada planeando venganza, yo pongo a una jorobada tejiendo a contraluz. Tal vez la desproporción sea lo único que tenemos en común. Encendida en orgullo me contó algo sobre una generación de tres mujeres, trenzas, un colegio de monjas, un guerrillero apasionado y un escenario de campo. Le dije que sonaba bien, aunque a mí sus libros no me gusten y me den sueño. 

He leído un par y no me dejaron ninguna impresión, ningún rasguño, nada. Sus monstruos son blandos y no tienen uñas. Y a mí me gusta que los libros me dejen con la piel ardiendo, ojalá desollada. Esto no se lo diría nunca, por supuesto. A una relación como la nuestra no es necesario añadirle más incomodidad. Además, ella es conocida por no soportar bien las críticas. Creo que porque de sus quince libros, ninguno ha recibido una crítica positiva de Adriana Moreno. Más bien, todas las veces que ha publicado, Adriana Moreno la ha pateado en el piso. De su última novela dijo que no era más que un «zurullo verbal», uno «duro y compacto que tardaba siglos en ser defecado». 

Esa clase, al final, la hicimos afuera de la Casa de la Cultura, porque desde la Municipalidad me respondieron que el primer piso estaba lleno de oficinas y no había ninguna sala disponible. Nos ofrecieron usar temporalmente un espacio en el patio, donde se estacionaban algunos autos y no andaba nadie, mientras ellos resolvían un lugar accesible. Se lo comuniqué a la Daniela Sonne y me dijo que estaba bien, así que cuando terminamos de fumar y entramos, nos ocupamos en sacar unas sillas del segundo piso.

La clase, entonces, se hizo debajo de un parrón medio descuidado donde crece una buganvilia y por donde rondan varios gatos. La encargada de la Municipalidad nos dijo que gatos hambrientos llegaban ahí a pedir comida, y que algunas funcionarias los alimentaban y les tenían nombres. Tanto a la Daniela Sonne como a mí nos gustan los gatos, así que mientras llegaban los alumnos nos entretuvimos ordenando fotocopias y haciéndole cariño en la cabeza a los que se nos acercaban. 

Empezamos quince minutos tarde porque de los diez alumnos, solo dos llegaron más o menos a la hora. La Cecilia Vergara fue la primera, seguramente para enmendar el haber llegado tarde el primer día. Nos saludó muy efusiva y nos aclaró que había llegado media hora antes, pero que se había quedado en un pasillo, corrigiendo su texto y conversando con el guardia, el mismo que la vez pasada la había subido en brazos. Según ella, él le había dicho que se llamaba Rubén y que era soltero, y que lamentaba no tener que subirla en brazos de nuevo, por lo del cambio de sala. Dijo: «increíble, con tan poco y el pobre ya está hasta las patas». Yo me reí un poco y eso fue como echarle bencina, porque empezó a decir cosas como que iba a echar de menos que la tomaran en brazos como a la Whitney Houston en El guardaespaldas, y que por ella no había problemas en que volviéramos al segundo piso. Solo por los gestos, vi que la Daniela Sonne estaba perdiendo la paciencia y que intentaba disimularlo acariciando a un gato e ignorando todo lo que Cecilia Vergara decía. Fueron unos minutos bastante incómodos que terminaron cuando llegó un segundo alumno, y luego un tercero y un cuarto y la conversación tomó otros rumbos.   

La Daniela Sonne partió la sesión haciendo hincapié en la importancia de la puntualidad y la disciplina tanto en el taller literario como en la escritura. Luego les preguntó si les molestaba que fumara, aprovechando que estábamos al aire libre, y nadie se opuso así que varios fumamos con ella durante la sesión. Puede ser que esto me haya hecho sentir más cómoda, ocupada. Leímos en grupo y en voz alta, dos textos que justamente hablaban de escritura. A mitad de la lectura, tuvimos que parar unos minutos porque un gato saltó arriba de un auto estacionado y activó la alarma. Luego comenzamos la revisión de los textos que habían quedado como tarea, y se estaba desarrollando una discusión interesante sobre uno cuando Cecilia Vergara le pegó a un gato. 

Resulta que un gato hizo amago de subirse a su falda, pero ella alcanzó a pegarle un manotazo en el aire. El gato se quejó y perdió el equilibrio, cayó escandalosamente y se alejó gritando. Todos nos quedamos en silencio mirando al gato alejarse y luego nos miramos entre nosotros, tiesos y desorientados. 

La Daniela Sonne fue la primera en recuperar el habla. 

—¿Por qué hiciste eso?—, le preguntó.

—¿Qué cosa? 

—Pegarle al gato. 

—No alcancé a pegarle, le di un manotazo para espantarlo.

—¿Y entonces por qué el gato gritó?

—Se habrá asustado.

—Yo te vi pegarle—, insistió la Daniela Sonne.

La Cecilia Vergara repitió que solo lo había espantado y que el gato había sobrerreaccionado, pero la Daniela Sonne insistió en que no le creía. Ambas se miraban con tanto odio que pensé que Cecilia Vergara se pararía de su silla, y en cámara lenta, con sus piernas de lana, caminaría hacia la Daniela Sonne solo para ahorcarla. Creí que la Daniela Sonne iba a esperarla, desafiante y altiva, y en cuanto llegara hasta ella, se matarían mutuamente. Pero de golpe la Daniela Sonne le quitó la mirada y dijo que retomáramos la discusión del texto. Costó un poco, pero varios siguieron opinando sin mucho entusiasmo y más con un ánimo trágico y desvirtuado, como si cargaran piedras.

Porque yo estaba mirando al alumno que estaba hablando y solo vi al gato cuando gritó y ya estaba huyendo, no me sentí nunca en posición de intervenir ni de tomar parte en la discusión, de otro modo, me habría gustado ayudar a resolver la controversia.

Cuando la clase terminó y todos se retiraron, la Daniela Sonne y yo nos quedamos para llevar las sillas de vuelta a la sala del segundo piso. Fue cuando nos despedimos que me preguntó por qué no la había secundado. Le dije, con vergüenza, que no había visto el manotazo mismo y por eso no sabía bien lo que había pasado. 

—¡Ella le pegó!, me dijo, ¡le pegó, yo la vi, es una enferma! 

Me dijo que la tenía entre ceja y ceja, y que para la próxima cagada que se mandara la iba a expulsar del taller, y que no le importaba que anduviera en silla de ruedas ni que la acusaran a la Municipalidad ni a quien fuera. Había tanta descarga de ira en su discurso que me di cuenta del nivel de rechazo que sentía por ella, y de lo bien que la había observado desde la primera clase, no solo a ella, también a mí, porque cuando nos despedimos de beso en la mejilla me dijo que no me riera tanto con ella y que no le diera alas a esa «duendecilla de mierda». 

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