María Carolina Geel:

La escritora a quien Gabriela Mistral no conoció (ni leyó)

Verónica Jímenez

El asunto podría resumirse de este modo: en 1955, María Carolina Geel mató al hombre con quien había mantenido una larga relación sentimental, recibió por ello una condena de tres años y, tras permanecer la mitad de ese tiempo en la cárcel, recuperó la libertad. En ese lapso escribió un libro que, como el asesinato, tuvo una alta repercusión social. Las páginas manuscritas iban saliendo de la celda a medida que su autora las redactaba para llegar a su editor, el crítico literario Alone, de manos de su ex primer marido, quien cumplió para el caso el rol de mensajero. 

Cárcel de mujeres circuló ampliamente tras ser publicado por Zig-Zag en 1956 y le fue enviado a Gabriela Mistral, quien se desempeñaba como cónsul en Nueva York. Atendiendo a la petición de un par de amigos escritores —José Santos González Vera y el propio Alone—, la poeta intercedió con éxito ante el presidente Carlos Ibáñez del Campo para que indultara a la novelista, para ella una completa desconocida.

El acercamiento a una escritura

Cárcel de mujeres, un éxito editorial de los años cincuenta, llegó a mis manos cuatro décadas después, debido a un intercambio de lecturas que me propuso hacer una compañera de curso. Dejé ir con pesar Pobres gentes, la magnífica novela epistolar escrita por un joven de veinticuatro años en el remoto San Petersburgo, y recibí este libro de una autora de quien no tenía ninguna referencia. Apenas leí algunas páginas, me sentí decepcionada, quizá porque aún vibraban en mi mente los reveladores diálogos por correspondencia entre el viejo Makar y Várenka, su sobrina lejana. Ambos compartían la vida en extremo precaria de los más pobres en la sociedad zarista y buscaban salvar su integridad en lo profundo de un vínculo construido con palabras. El viejo, parece inevitable, empieza a amar a la joven que se revela en las cartas. Y, aunque ella decide casarse con un hombre que eventualmente la salvará de la pobreza, él no experimenta siquiera el impulso de repudiarla. 

Georgina Silva Jiménez, la mujer tras el seudónimo, se vio enfrentada al dilema de un nuevo matrimonio cuando Roberto Pumarino enviudó. Se habían conocido cuando ella ya estaba casada por segunda vez, pero ahora llevaba un largo tiempo divorciada y no tenía, por lo tanto, impedimentos para formalizar una relación de más de siete años, mantenida a la sombra de las convenciones sociales. Sin embargo, rechazó la propuesta, según sus palabras, por ser ella diez años mayor que él y porque quería evitar caer nuevamente en la tautología del matrimonio. Ante la negativa, él se comprometió con otra mujer y ella, al enterarse, comenzó a enviarle mensajes cargados de reproches. En el último, le propuso que se juntaran a conversar en el Hotel Crillón a la hora del té. Fue ahí donde, pasadas las cinco de la tarde del 14 de abril, la escritora sacó una pistola del bolsillo de su abrigo y le disparó cinco veces, para luego arrojarse sobre el cadáver y besarlo en la boca. La imagen de su rostro ensangrentado por ese beso apareció al día siguiente en la prensa y fue su presentación frente a un público masivo, en buena medida indiferente a lo que ocurría al interior de los círculos literarios capitalinos.

María Carolina Geel se transformó, en virtud de ese homicidio, en un personaje novelesco; sin embargo, ante la posibilidad de darle un sentido a los hechos a través de la escritura, tomó la decisión de no someter la materia de su escrito enteramente a la ficción y se dispuso a escribir, en cambio, un testimonio de su paso por la cárcel, con algunas partes noveladas. Ante ese relato deudor de referentes externos, le correspondía al lector completar la trama de acontecimientos con la información difundida en los diarios. A cambio, el libro le mostraba la realidad hasta entonces inexplorada de las cárceles para mujeres. Respecto del crimen, la narración aparece plagada de introspecciones, interrogantes, desmentidos y omisiones, que la conducen, en lo que a desarrollo argumental se refiere, hacia un callejón sin salida: «los actos nacen con uno». Como bien señala Alone en el prólogo del libro, el asesinato se presenta como una muerte sin sentido.

A pesar de las diferencias estructurales entre los libros de Dostoievski y Geel, creí descubrir algo común entre ambas lecturas: ante todos los seres humanos existe un abismo, que puede adoptar formas diversas. Ese abismo, modelado como la fatalidad del destino, orada de lado a lado el mundo en Pobres gentes, mientras que, en Cárcel de mujeres, se presenta como una idea que sólo gravita tras las bambalinas de la prisión: “Cuando un prisionero piensa en la palabra destino, esa palabra se agiganta callada, extendiendo la fatalidad de sus tentáculos hasta estrangular la vida”. El uso de conceptos como destino y fatalidad deja ver hasta qué punto la tragedia, como género literario, es asimilada en la narración, tal como ocurre, por lo demás, en las novelas del autor ruso.

Años después de esa lectura, a propósito de la reedición de 2002, leí algunos artículos sobre aquel libro que aún conservaba en un estante. Comencé entonces a indagar acerca de su autora de manera oblicua, a través de sus cartas y columnas, y también en las notas de un diario fragmentado, que ella misma se encargó de expurgar. Me inquietaba el desplazamiento de perspectiva que la autora había impuesto a la escritura de Cárcel de mujeres. El crimen, un error trágico en un mundo corriente, en los términos del escritor estadounidense Arthur Miller, había partido en dos su vida, pero ella, en lugar de intentar descubrir para el lector una ley moral o una causa plausible que explicara sus actos, se aferró a un vago determinismo y, en sintonía con mucha literatura contemporánea, expuso, sin más, una visión de la realidad entre psíquica y sociológica. 

El sometimiento artístico de lo espantoso

María Carolina Geel no escribió el libro que todos esperaban leer. El gran público, conocedor de lo trágico, ya fuera por su experiencia de mundo o por su acercamiento a la literatura, no encontró en sus páginas el horror y la compasión que la lectura debía exacerbar y aplacar; no halló el recuento detallado de los hechos y tampoco vislumbró un indicio claro de la expiación del crimen. Faltaba, sobre todo, un motivo convincente que justificara el ataque al cosmos que había acometido la escritora al asesinar a su amante. ¿Por qué mataste a ese hombre? preguntaba el coro de las calles, y la respuesta entregada le resultaba insuficiente. 

A juzgar por algunas anotaciones de su diario, Geel se había propuesto, ante todo, esquivar el cliché del crimen pasional, un concepto hoy fuertemente cuestionado, que era usado en la época para interpretar los actos de violencia extrema en los que el perpetrador actúa llevado por un arrebato emocional en contra de algún familiar, y más específicamente, aquel causado por la ira o los celos en contra de la pareja. Se trata de un leitmotiv recurrente en las formas literarias populares, como el romance y la décima, y también en la prensa amarillista. Podemos encontrarlo en la Lira Popular de fines del siglo XIX —«Horrible crimen. La querida que le dio a balazos al amante», de Daniel Meneses, por ejemplo— y, en adelante, en las páginas de crónica roja de diarios tales como Clarín: «Espeluznante denuncia. ¡DESCUARTIZÓ! al marido y se ahorcó: lo enterró en la cocina» (4 de mayo de 1958); «Drama pasional en el Hotel River Plate ¡Novia le dio la prueba de amor a su teniente y luego le pegó un balazo! La joven Ana María intentó después suicidarse» (22 de febrero de 1963).

«Horrible crimen. La querida que le dio a balazos al amante», de Daniel Meneses

La versión popular que afirmaba que la escritora había matado por celos estaba en sintonía con el reconocimiento de algunos nudos arquetípicos de la tragedia como género textual: las pasiones humanas en conflicto, la traición, el error, el destino. Incluso, alguien conocedor de la literatura griega antigua habría podido razonar que, si bien no se trataba de Medea vengándose de manera sangrienta de Jasón, la escritora, al igual que la heroína de Eurípides, había terminado con la vida del hombre que se casaría con otra y, con seguridad, había infligido un daño en quien sería su esposa y un dolor inestimable en su hijo de nueve años. 

En las notas de su diario, uno descubre que María Carolina Geel leía con frecuencia a Nietzsche, y que probablemente nunca leyó a Arthur Miller. Su comprensión de lo trágico, por tanto, debía estar más cerca de lo que el primero había reflexionado y expuesto en Origen de la tragedia, y más específicamente en sus escritos posteriores, cuando reformuló sus ideas, relegando a un segundo plano la culpa e introduciendo la posibilidad del azar, para redefinir con ello el significado de la tragedia como una afirmación inevitable de la existencia humana. 

Quizá desde esa perspectiva nietzscheana más tardía, sería posible comprender que Geel hilara los hechos de la trama sobre el tapiz de la casualidad (y no sobre el de la causalidad): «Si puse el arma en el bolsillo, si cuando me dirigía hacia allá, por el camino me asaltó la ansiedad de que yo no vería nunca más el hondo verde de la naturaleza, el aire azul, las viviendas de los hombres y dije a aquel chofer que fuera más lento, ¿iba yo ciertamente al encuentro de mi muerte? (…) Si iba, ¿qué trasmutación animal degeneró mi voluntad? Quizá hay climas morales que al saturar inficionan, y yo recuerdo mucho que el transcurrir de esas horas, de esos días, era denso, atribulado y estaba como regido por las leyes mudas de la muerte». 

Pero los lectores, incluso los ocasionales, aquellos atraídos únicamente por el escándalo, no aceptarían la posibilidad del azar. Una pistola en el bolsillo de la escritora no podía, por simple coincidencia, estar ahí, disponible para entrar en escena en caso de un arrebato emocional repentino. Esperaban que la testimoniante asumiera la responsabilidad de haber desgarrado a balazos el frágil muro que nos resguarda de la muerte; también esperaban que fuera capaz de reflexionar sobre sus actos, sopesando el sufrimiento propio y el de los otros, para, desde allí, aceptar o pelear contra el destino, con el propósito de comprender, en fin, los principios que regían su propia naturaleza como ser humano. 

Muchos años después, la escritora, consciente de las expectativas lectoras insatisfechas, esbozaba aún breves respuestas en su diario. En una de ellas, escrita en 1968, entrega el indicio más claro sobre las motivaciones del crimen: «Inútil sería que yo escribiese quinientas páginas queriendo explicar que no segué tu vida por celos, sino que, a partir del instante en que descubrí que mentías, se desencadenó en mí un proceso que retrocedía a los comienzos de mi despertar moral ante la vida. Pero la colectividad nada querrá saber de todo ello. Yo maté por celos. Es mucho más novelesco. O, dicho al día, más de película».

En qué consistieron esas mentiras del amante aludidas por Geel en su diario, qué dictaminaba respecto del acto de mentir aquello que la autora señala como su “despertar moral”, son cuestiones que los lectores inevitablemente intentamos responder, y que nos llevan de manera indirecta al motor del conflicto soslayado en Cárcel de mujeres.

Un juego de cartas

A la luz de las decisiones escriturales tomadas por Geel en Cárcel de mujeres, siempre me inquietó que Gabriela Mistral hubiera mediado para que recibiera el indulto. Me preguntaba de qué manera la moralidad trágica tan evidente en su literatura había conseguido avenirse con la moralidad del azar manifestada por Geel en su libro. Llegué a pensar que Mistral simplemente se había dejado conducir por su pensamiento religioso, ponderando, desde esa perspectiva, el valor del sufrimiento de quien ha matado y aloja dentro de sí su propia cárcel. Sin embargo, después de un tiempo descubrí que su decisión de intervenir a favor de Geel no había sido siquiera razonada. 

Por aquella época, la mayor preocupación de Mistral respecto de Chile era el avance del proceso de Reforma Agraria, que en sus palabras valía “por diez gobiernos”, y por ello pedía noticias a su más confiable corresponsal: el escritor José Santos González Vera. Tanto a él como a Alone, solía interpelarlos continuamente para obtener informaciones acerca de lo que estaba ocurriendo en el país en materia política y económica, y también de ellos requería el envío de la literatura que acá se estaba publicando. Fueron justamente ellos quienes le solicitaron escribirle al Presidente para que indultara a María Carolina Geel.

El intercambio epistolar sobre el caso se produjo en agosto de 1956. Alone escribió la primera carta: «Mi querida amiga, tengo que pedirle un gran favor. Ud. conocerá el desdichado caso de María Carolina Geel (…) Ella dice que con empeño fuerte, el Presidente daría el indulto sin dificultad. ¿Querría pedírselo Ud.? Una carta suya, que yo le llevaría a Ibáñez, haría seguramente el milagro. Iríamos con Manuel Rojas, González Vera y otros. (…) ¿Ud. recibió Cárcel de mujeres? (…)». En esos días, Geel se hallaba en condiciones de optar al beneficio de libertad condicional con firma semanal por buena conducta, el que podría hacerse efectivo a partir de septiembre. Sin embargo, como explica Alone a Mistral, la escritora no deseaba someterse a «la humillación de presentarse semanalmente a la policía». 

La segunda carta lleva el membrete del Ministerio de Educación y es enviada por González Vera. En su parte central señala: «Su abogado presentó al Ministerio de Justicia una solicitud de indulto. Esto lo resuelve el Presidente. Si Ud. le manda a éste unas cuatro líneas apoyando la petición, no se la negará. Mándela por intermedio de Alone, el cual iría a dejársela con una comisión de la Sociedad de Escritores de Chile».

Mistral no lo pensó dos veces y realizó con celeridad el favor que le pedían sus amigos. Tal como afirmaban Alone y González Vera, sabía que Ibáñez del Campo accedería a su petición, dado el acercamiento que se había producido entre ambos cuando éste la invitó a visitar Chile dos años antes. Le envió de inmediato esa carta por todos conocida, y lo hizo de manera pública a través de la página de un diario. Se trata de una carta que podría ilustrar de un modo paradigmático cualquier clase sobre comunicación persuasiva: 

«Honorable Señor Presidente:

Ruego a Vuestra Excelencia una subida gracia conociendo a la vez la piedad y la magnanimidad vuestra, Señor Presidente.

Respetuosamente suplicamos a Vuestra Excelencia indulto cabal para María Carolina Geel, que deseamos mujeres hispano-americanas. Será esta una gracia inolvidable para todas nosotras.

Dígnese Usía oír este pedido que hacemos llenas de esperanza, y mande a vuestras servidoras las cuales aguardan con ansiedad vuestra respuesta que siempre fue noble y justiciera en casos como el presente.

Vuestra leal servidora,

Gabriela Mistral».

Como era de esperar, las palabras de Mistral obraron como el deux ex machina en un punto ciego de esta nueva trama en la que una prisionera casi inmutable espera, mientras hace tal vez un recuento mental del éxito que está obteniendo su libro fuera de las paredes de la prisión, hasta que, repentinamente, unas palabras mágicas la sacan con delicadeza de la celda y la devuelven al mundo. Ibáñez había tardado apenas un par de semanas en conceder el indulto. «Todo vuelve al estado en que estaba antes de cometerse el hecho; lo único que no vuelve es un hombre. A él no se le puede, por decreto, conceder el privilegio de volver a vivir», protestó entonces, con una intuición aguda de lo trágico, Sergio Pumarino, el hermano del hombre sobre quien la novelista había desatado su hibris, su desmesura, su arrogancia. 

Hace poco, indagando en los papeles de Mistral digitalizados por la Biblioteca Nacional, descubrí que, sólo después de que la escritora estuvo libre, nuestra apreciada poeta quiso conocer la lógica interna de los acontecimientos que sus palabras habían conseguido torcer: «Una cosa tengo que pedirle: yo ignoro completamente lo ocurrido con Ud. (…) yo espero que sea Ud. quien me diga la historia de esta lamentable cosa», le escribió a Geel. Como en una comedia de enredos, el crimen jamás se había mencionado en el intercambio epistolar: mientras Alone lo refirió como «el desdichado caso», González Vera simplemente lo omitió, en tanto que la propia María Carolina Geel, que le escribió a Mistral tan pronto supo de la decisión tomada por el Presidente, cuidó de no mencionar el motivo de su encarcelamiento, subrayando, en cambio, la «forma moral de impotencia desolada» de la vida carcelaria.

Mistral esperaba que la escritora a quien había ayudado a recuperar la libertad le contara la «lamentable cosa» que la había llevado a prisión. Cárcel de mujeres había llegado a su casa, luego de que Alone se lo enviara, pero es claro que ella no lo leyó. Cómo iba a leerlo, si, a esas alturas, ya muy enferma, estaba abocada a ordenar sus manuscritos, y aun se imponía la obligación de responder cartas. «Yo ignoro hasta si Ud. es chilena o extranjera», lanzó Mistral en un párrafo siguiente, asaetando con seguridad el ego de su defendida, a quien, sin embargo, llamó «cara escritora» e invitó a visitarla en su casa en Nueva York. Y le hizo una petición: «no olvide mandarme lo que usted escribe (subrayado en el original)». Geel no respondió esa carta. 

Fuera ya de la prisión, la novelista intentó recomponer su vida, reinsertándose rápidamente en el círculo intelectual santiaguino. Comenzó a escribir críticas de libros y columnas en la prensa y se reunía con frecuencia con autores que eran de su interés. En una ocasión, acudió a una tertulia literaria en compañía de un hombre al que había conocido estando en la cárcel, mientras visitaba a otra reclusa. Esa vez, comentó su intención de ir a Long Island para reunirse con Mistral; no obstante, no se conoce que haya realizado gestiones para llevar a cabo ese viaje. 

Antes de ir a prisión, María Carolina Geel había alcanzado cierta notoriedad en el panorama literario de la época, con la publicación de cuatro novelas y el ensayo Siete escritoras chilenas, de 1949, con el que demostró su agudeza como lectora. Además, como era su costumbre, por iniciativa propia había entablado amistad por carta con algunos escritores, entre los que se contaban González Vera y Alone, quienes jugaron un rol decisivo en la publicación y en la posterior promoción de Cárcel de mujeres

Recuperada su libertad, la autora se propuso ampliar aún más su radio de relaciones. A Armando Uribe lo citó en una ocasión al maltrecho departamento en el que vivía, cerca de la Estación Central, para conocerlo personalmente y hablar sobre literatura. Según le relató el poeta a la periodista Carolina Jiménez, Geel era una conversadora erudita y con desplante, valorada en el ambiente literario que, a lo más, veía con curiosidad el hecho de que hubiese estado en la cárcel. No obstante lo anterior, Uribe comenta que en un momento dado de la conversación, la escritora lo sobresaltó al tomar repentinamente la cartera y abrirla para sacar un cigarrillo, como si fuera a sacar una pistola. Ese gesto de abrir la cartera se convirtió pronto en el clímax de anécdotas hilarantes que se contaban entre sí algunos escritores que habían compartido con ella.

Gabriela Mistral murió a los pocos meses de haber enviado a María Carolina Geel esa última carta llena de interrogantes que no obtuvo respuesta, sin tener, por lo tanto, ninguna claridad de por quién había intercedido ante el presidente de su país, nada menos que en nombre de las mujeres de Hispanoamérica, ni cuál era el delito que había cometido esa persona. 

María Carolina Geel hizo algunos viajes por América, vivió un tiempo con su hijo en México y se mudó después a un departamento en avenida Santa María, donde ocasionalmente recibía visitas. En 1961 publicó su última novela, Huida. Años después escribió un ensayo que fue rechazado por dos editores y, con el tiempo, dejó paulatinamente de escribir. Se enemistó con Alone por no incluirla en un listado de novelistas destacadas, rehuyó cada vez más a las personas y siguió anotando en su diario reflexiones y citas. Hasta una edad avanzada, y antes de que el Alzheimer borrara definitivamente sus recuerdos, continuó redactando breves mensajes en los que interpelaba retóricamente a una persona muerta: el amante a quien ella misma le había quitado la vida. 

Deja un comentario