Las palabras son casas deshabitadas

Un grito también es una casa de Rosa Granda

Pamela Medina

Cuando pensamos en una casa, nuestra mente puede evocar la imagen de un espacio habitado por muebles o personas. Una casa es un contenedor y estos son dos elementos que esperamos o deseamos encontrar en ella cuando aludimos a una presencia y ausencia: un mueble esperando que alguien se siente o una sala llena de gente. Una casa es una caja, porque una caja es una palabra, señalaría Mario Montalbetti: la promesa de que toda presencia es una ausencia. En Un grito también es una casa (AUB, 2024), Rosa Granda desarma esta pieza (la casa y el poemario) entre una física y matemática del montaje de imágenes, que luego se convierte en desmontaje de las mismas, de pronto, porque la voz poética ha descubierto que cuando este contenedor se abre el objeto de la promesa no está.

La primera imagen del poemario es la del deseo que no tiene objeto, es decir esa ansiedad por un elemento que se escurre y forma un vacío físico en esta estructura.

cuando un deseo no tiene objeto

está vacío en puntos diferentes

como la distancia

entre las patas de una mesa (13)

¿Por qué no hay nadie en la casa? El drama que la autora parece dibujar en el gran poema es el de una ausencia, algo o alguien que ahora forma parte de esa treta  señalada como el «mal gusto de la muerte» (13). Pero es quizá otro problema el que resulta más complejo que el anterior: ¿cómo la palabra afirma la muerte sin haber muerto demasiado?

En el poema y en la casa, la historia de alguien que se ha ido se construye como el vacío de la materia viva que se derrumba o cae de su órbita. Entonces sabemos que si algo pesa en las palabras que inserta el yo poético es un desasosiego por intentar expresar esa recurrencia de la falta o recuperar esa falta con las mismas palabras, intentando salvar a alguien de la muerte o el olvido. Pero la apelación al «vacío fisiológico» no es la única operación que nos permite comprender aquello que tensiona el libro. El poema incluso plantea una experiencia por elisión porque los objetos cotidianos, que declaran la expectativa de un cuerpo, también empiezan a desaparecer e incrementan la experiencia que enfrenta a la falta: «¿quién se ha tragado los muebles?» (43). Entre las paredes, la partida de un ser vivo parece completa cuando los objetos que lo evocan también se van con él.

Probablemente, el drama del poeta es el drama del lenguaje. Maurice Blanchot, al analizar el mito de Orfeo y Eurídice, nos dice que «escribir comienza con la mirada de Orfeo». Cuando Orfeo, arrancado por el temor de no tener a Eurídice, voltea a mirarla no solo quiebra la condición que le había sido impuesta por el señor de las sombras: no girar los ojos hasta haber dejado el averno; además, conmina a su amada, nuevamente, a la muerte. El anhelo por la presencia de Eurídice y su posterior desaparición nos revela la espiral de paradojas que atraviesa al poeta: convivir con la presencia y ausencia, descubrir que el objeto de la promesa no está, porque escribir es un acto paradójico en el cual el lenguaje disimula una ausencia, muestra y no muestra. La experiencia de Orfeo es la del poeta con el lenguaje: no poseer al objeto de deseo a pesar de tenerlo tan cerca, solo que esta revelación aparece con la muerte del ser amado o el olvido asesino. La mirada motiva la muerte y este acto es el que origina el arte (la poesía).

Los dos dramas que Rosa Granda descubre nos señalan que cuando el objeto se ha ido físicamente (lo amado ha partido) ya «no existe acceso total» (40) a él, porque efectivamente no está y porque el lenguaje, intensificando este desconsuelo, siempre remite lo que se fue. Las palabras son casas deshabitadas. En ellas, se «refugian empíricamente» el «verbo» y «la disyunción» (49). La muerte, para Orfeo y en Granda, nos obliga a preguntarnos si acaso cuando la muerte existe como inexistencia, es decir, cuando «el no estar» es inevitable para el hombre, la mejor forma de aludirla, enunciarla o expresarla no es con el signo sino con su disolución: ¿cómo decir aquello que se ha ido?

Ante esta realidad, la metáfora del título nos otorga una relación de identidad que es un escape para la poeta a este problema con el lenguaje. El grito es una no-palabra, o no quiere serlo, porque aquí no hay una paradoja que genera impotencia y porque, al parecer, este es un camino de expresión. Si la palabra-casa esconde el significado, el objeto prometido, el grito deshace esta operación y se convierte en sentido puro, una flecha que apunta hacia un lado. Es probablemente la sucesión de hechos que derrumban una verdad en el poema aquello que nos permite comprender que, ante el desmantelamiento del lenguaje, el grito siempre puede ser un lugar habitable.


Pamela Medina (Callao, 1988). Investigadora y docente. Es magíster y candidata a doctora en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos con una línea de investigación que analiza la relación interdisciplinaria entre arte, literatura y educación. Ha publicado, en conjunto con la Biblioteca Nacional del Perú, El ojo de la palabra. Primera muestra de arte y visualidad en la poesía peruana del siglo XX (2016) y el libro de ensayos transmedia y multimodales Estos ensayos no tienen principio ni finTextos para perder la orilla sobre la obra de Jorge Eduardo Eielson (2022). Actualmente, es docente de Literatura en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.

Rosa Granda (Lima, 1983). Publicó su primer poemario Torschlusspanik con Perro de Ambiente Editores (Lima, 2016) y Ediciones Liliputienses (Cáceres, 2017). Su segundo poemario Un sonido amarillo se edita en la colección del Álbum del Universo Bakterial – AUB (Lima, 2021) y Un grito también es una casa con el mismo sello (Lima, 2024). Algunos de sus poemas han sido reseñados en la antología País imaginario, escrituras y transtextos de Reynaldo Jiménez, Mario Arteca y Maurizio Medo (España, 2018). Participó en diversos encuentros y recitales entre los que destacan el Festival Internacional de Poesía de Rosario – FIPR, edición 25 (Santa Fe, 2017), «Enero en la Palabra» – Festival de Poesía del Sur Andino (Cusco, 2018) y el Recital Amplificado de Ciclotransmisor (Lima, 2021).

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