Andrés Montero
Hay un mar quedo, graznar de gaviotas, viento frío y Pargua quedando atrás. Un piso resbaloso, un vaivén de barco pequeño, olor a grasa y a fierros oxidados. Hay un baño al que es mejor no entrar. Hay una cafetería minúscula, casi vacía excepto por el hombre que lee El Austral, hay un café enfriándose en un vaso de cartón. Hay una joven atendiendo la cafetería, hay sándwich de ave mayo, hay aliados y ave pimentón.
—¿Nada vegetariano?
—Ave mayo, ave pimentón.
Hay la urgencia de comer algo, palabras secas para pedir un café, el más chico, luego un café enorme en el vaso de cartón. No hay pago con tarjeta, solamente efectivo, hay resignación y las ganas de subir a cubierta para fumar. Hay un cartel que lo prohíbe, hay también el suelo repleto de colillas de cigarro negras, mojadas por la brisa marina, por la lluvia, por los restos de café que nadie puede terminar de tragar. Hay cansancio, dolor de espalda; hubo trece horas de bus de Santiago a Puerto Montt, dos horas más hasta Pargua, un taco enorme en ese camino que parece estar siempre en arreglos. Hay, en Pargua, un puerto pequeño, una rampla para que el bus pueda subir al barco. No hay, todavía, ningún puente hasta la isla; sí que hay conversaciones, proyectos, discursos, hace veinte años que hay conversaciones, proyectos y discursos, desde antes de que ella naciera que se viene hablando del puente en conversaciones, en proyectos, en discursos. Pero ahora hay, en ella, una indiferencia total sobre lo que pase o deje de pasar en la Isla Grande de Chiloé. No tenía ganas de volver todavía, aunque hubieran pasado ocho años, pero estaba el compromiso de acompañar a Isabel en el día del casorio. Y también la culpa por la madre sola.
Hay una pequeña agitación en el ferri: los conductores regresan a sus autos, los pasajeros a sus asientos. Hay que dejar el cigarro y el café a la mitad.
Hay un bus enfilando hacia Ancud.
Hay, en este camino, una nostalgia insoportable.
*
Los hombres le pegan por turnos al Pahueldún. Están borrachos y risueños, pero el conjunto destila algo parecido a la solemnidad. La cosa fue así: uno de ellos se alejó un poco para mear y ahí se lo encontró, camuflado en la tierra, aparentando no ser nada más que un palo retorcido y grueso recién caído de un árbol. Lo tuvo que mirar dos veces antes de reconocerlo como lo que era: el bastón del Trauco.
—Chucha —dijo.
Y dio el aviso.
Los hombres se levantaron tambaleantes de las mesas y se repartieron las palas, los fierros donde ensartaron al cordero, los palos de escoba, algún remo olvidado: lo que estuviera a mano para poder aforrarle al Pahueldún, que por fuerza de tradición —o por intención ritual, o por metonimia de borrachos— de pronto ya no era un palo sino el mismísimo Trauco disfrazado de trozo de madera. Así que hay que pegarle al condenado, al enano, al brujo maldito que embaraza a las mujeres de Chiloé, que las hechiza con su aliento y ya no tiene ni que forzarlas, ah mierda, si podrían ser sus hijas, sus esposas, sus hermanas, pero ahora se las va a ver con ellos, el diablo este, que no por diablo y viejo deja de ser bien hueón a veces, si los antiguos decían que para espantarlo había que dejar un montoncito de arroz sobre la mesa, porque no se aguanta de contar los granos uno por uno y así se le va la noche sin hacer de las suyas, ¡bien ahueonao, el diablo este! Cómo se le ocurre venir a merodear en plena tarde justo cuando están todos los hombres juntos; tienen que aprovechar que está mansito, indefenso, ahí tendido sobre una roca, el pobre, si parece apenas un palito recién caído de un árbol. Pero no se van a dejar engañar, los hombres, no: lo que van a hacer es sacarle la cresta al Trauco, para que no se olvide nunca que en esta parte de la isla le dan cancha, tiro y lado.
Hace diez minutos que los hombres rodearon la roca, levantaron las armas por sobre las cabezas, asintieron unos a otros y empezó la descarga. Las camisas ya están mojadas por la transpiración, pero no parece que ninguno esté dispuesto a rendirse. Se diría que están ganando la lucha. Tal vez no falte demasiado.
—¿Es un rito o un juego? —pregunta Camila a las primas. Ya no está tan segura de que haya valido la pena subir corriendo desde la playa cuando oyeron los gritos de los hombres. Más encima dejó tirada una cola.
—Es que se supone que es el Trauco pos, prima —responde Claudia.
—Cómo va a ser el Trauco, si es un palo.
—Es el Pahueldún. Su bastón.
—Entonces no es el Trauco, es su bastón.
—Ya, sí, pero a veces el Trauco se convierte en su bastón cuando no quiere que lo pillen. Es medio enredado.
Isabel asiente con la cabeza, sin dejar de mirar la escena. Las tres están algo apartadas, mientras que el resto de los invitados se ha acercado a animar a los hombres. La familia del novio, casi toda santiaguina, es la más entusiasta.
—Vale. Pero igual no entiendo. ¿Por qué le pegan?
—Para que se haga pipí —explica Isabel—. Es que el Pahueldún tiene como una bolsita con agua adentro, o savia, no sé. Después de pegarle harto se rompe y cuando se pone al fuego sale el líquido, ¿cachái? Entonces es como que el Trauco se hace pipí de miedo. Es para que no ande por aquí.
—Y menos ahora que tenemos matri y la novia no puede quedar embarazada antes —se ríe Claudia. Isabel se pone roja.
—¿Estái nerviosa, prima? —le pregunta Camila a Isabel.
—Un poco. Normal, ¿no cierto?
—No sé, nunca me he casado.
Las primas se ríen.
—Cami, ¿pero de verdad no te acordabai de lo del Pahueldún?
—De verdad. Y todavía no entiendo si es un rito o un juego.
Las primas se miran y se encogen de hombros. Allá, entre toda la gente, el más viejo de los hombres toma el tronco apaleado y lo lleva hasta la fogata, cerca del cordero. Lo cuelga de los fierros y lo deja asándose. Hay un silencio de treinta, cuarenta segundos, hasta que se escucha el chisporroteo del agua cayendo desde el Pahueldún al fuego.
Entonces viene la algarabía general. El Trauco se meó. Se meó de miedo. El hombre trapea las mismas palabras que escuchó de los abuelos, cerrando el ritual:
—¡Ahora te vai a quedar colgado, diablo!
Así termina. Todos aplauden y se ríen. El Pahueldún agoniza deshidratado e inútil. Los hombres vuelven a la fiesta, repitiendo entre risas «¡Ahora te vai a quedar colgado, diablo!».
Todavía queda vino y la mitad del corderito que mataron para agasajar a las visitas: a la familia del Eduardo y especialmente a la Camilita, que durante todo el día no ha hecho otra cosa que preguntarse por qué cresta se vino una semana antes de la boda, si con un día bastaba. Se habría evitado las preguntas de los tíos: ¿por qué, si es periodista, no sale en la tele? ¿Por qué, si es mujer, no se afeita las axilas? ¿Y por qué no viene nunca a ver a su mamá? ¿Cómo es eso de que no va a querer cordero?
En la mañana su madre la abrazó con tanto cariño. Se le cayeron las lágrimas de alegría y Camila se sintió culpable por no ir a verla, por no llamarla nunca. Pero luego la madre, alejándose un poco:
—Hija, vino toda de rojo. Usted sabe que es mejor no andar de rojo en la isla.
Y entonces Camila recordó por qué se fue hace quince años de la isla a vivir a Santiago con los abuelos paternos, por qué no llama a su mamá jamás.
—Pucha, mamá. No cambiái nada.
—Se lo digo para cuidarla.
—Tengo treinta años, me cuido sola. Vengo recién llegando y lo primero que me decís es esto.
—Tiene razón. Es que… Bueno, le tengo su camita hecha, ¿quiere pasar a dejar la mochila?
—Ya. Gracias, mamá.
—De nada, hijita. Estoy tan contenta.
Y más tarde el cordero, el vino, la guitarra, los juegos, los primos del novio buscándole conversa, el Pahueldún botando agua, los breves momentos de risa con Isabel, la sorpresa de ver a la sobrina Martina tan grande, despidiendo la niñez; la escapada a la playa con las primas, la agujita de marihuana que se sacó y que solo la Claudia quiso probar, los borrachos repartidos por el patio y al final las despedidas, las invitaciones para ir a tomar tecito a todas las casas, el silencio del sur, la tarde que se hace noche.
Se toma una agüita de boldo con la madre en la cocina. Por fin se fue todo el mundo y están las dos solas. Se anima a contarle lo que investiga en el doctorado. A ratos cree que en el fondo sí la entiende, sí, está de acuerdo, claro que hay cosas que cambiar, ella se acuerda de cómo trataba su abuelo a su abuela, sí, qué bueno que le importan esas cosas. Pero luego se calla, como si no pudiera ir más allá, como si tuviera un límite impuesto. Y cambia el tema. No sabe qué ponerse para la boda de la Isabelita. Vienen esos chicos que tocaban acordeón, ¿se acuerda? El cura también es de Santiago. Los abuelos, ¿cómo están?
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, hijita.
Hace calor. Demasiado para Chiloé, incluso siendo febrero. La ventana está abierta y prefiere no cerrarla. Se quita el vestido rojo y lo deja airearse un poco en la ventana. No se pone pijama: no lo pensó bien y trajo el de invierno. Se mete bajo las sábanas. Tiene que quitarse una colcha de encima. Lee un rato, el sueño la atrapa, después de todo no durmió nada en el bus. Alcanza a apagar la luz antes de caer rendida.
La ventana sigue abierta.
*
No le importa la lluvia, no sabe a qué hora pasa el bus que la puede dejar en Chacao para tomar el ferry y volver al continente. No le importa nada más que salir de la isla y olvidarse de todo. Las nubes son negras, sabe que se va a empapar. La última discusión con su madre la dejó nerviosa. Cruza temblando el potrero, empuja la cerca, no se molesta en cerrarla otra vez.
Entonces distingue la silueta de la sobrina Martina, que viene hacia ella raspando un palito contra la cerca. Siente el peso de la mochila en la espalda, delatándola.
—¿Se va, tía?
—No tiene que ver contigo, Martinita.
—Venía a decirle que yo sí le creo.
—Y a lo mejor todos me creen. Ese no es el problema. El problema es que están seguros de que fue el Trauco y que si no pasó nada fue porque le habían pegado al Pahueldún. Que yo andaba de rojo, que menos mal que encontraron su bastón a tiempo y lo aforraron, por eso andaba maltrecho antenoche, cuando se metió a la pieza. ¿Te dái cuenta, Martina?
—Yo no creo que el Trauco exista, tía
—Obvio que no existe. Lo que existe son los hombres. Pero yo sé defenderme. Le pegué en el cuello y grité. No lo alcancé a agarrar. Saltó por la ventana y se perdió.
—Entonces, ¿puede que siga por aquí?
La pregunta la desarma. Al mirar a Martina, se fija en que sus pezones ya se empiezan a marcar sobre la ropa, y algo se le revuelve dentro. Y sí, seguirá por aquí. A lo mejor hasta va a estar en la boda.
Martina la mira con esos ojos grandes. ¿Seguirá por aquí, o no? La pregunta retumba en la tierra.
—Ven —le dice a su sobrina—. Vamos a la casa, que se larga la lluvia otra vez.
—¿No se iba?
Camila niega con la cabeza. Se quita la mochila para descansar un segundo, antes de remontar los cien metros que separan la cerca de la casa.
*
La madre se desvive en atenderla. Le parece estupendo que la Martinita se quede con ellas esos días, se ve que le gusta mucho conversar con su tía, es tan inteligente como ella. Prepara papas rellenas, sopaipillas, harto pescado porque eso sí que come la Camilita. No deja que se apague el fuego porque ahora que llovió se vino todo el frío de nuevo, increíble que hace tres días nomás la Camila dejó la ventana abierta porque hacía calor, pero no, de eso no vamos a hablar, ella no insiste más con el Trauco y al final lo importante es que no pasó nada. Lo último que quiere es que se vaya la Camilita de vuelta a Santiago, más encima justo antes de la fiesta, la Isabel se muere de pena si se va. Pero tan bien que se llevan Camila y Martina, se la pasan jugando en la pieza a no sabe qué.
—A ver, Martina, recapitulemos. Estaban todos los tíos menos Gabriel, que vive en Puerto Montt. Estaba el Eduardo, que no se separó casi de la Isabel, y algunos hombres de su familia. También cuatro amigos del tío Raúl, dos de ellos con sus hijos, ese flaco alto que tenía como veinte y el otro maceteado que tenía unos veinticinco. El flaco no creo, no estoy segura, pero no era tan alto, o tal vez entró agachado. Es que vi la pura sombra.
—Y si lo descubrimos, ¿qué hacemos?
—Eso lo vemos después —responde, porque no tiene la menor idea.
*
Quisiera sentirse feliz por la prima Isabel, pero en la iglesia no hace más que mirar de reojo a todo el mundo. Aplaude por inercia cuando salen los novios. A Isabel, pobre, no le contaron nada, para qué estresarla más. Se ve contenta. La fiesta es ahí mismo, en el patio de la iglesia, está todo engalanado con guirnaldas blancas. El lugar es hermoso: bajando la colina se cruza un bosquecito y luego se llega a una playa donde nunca hay nadie.
Se toma una cerveza. Nadie le saca el tema, no está segura de si es para evitar incomodarla o porque no le terminan de creer. Cada tanto su madre viene y la abraza. Después se va a conversar. Con todo el mundo. La ve hablando animada con los invitados del novio, seguro que contándole lo bonita que es la isla en invierno. La gente baila. No son muchos, unas sesenta personas más o menos. La tarde avanza y la borrachera también. Todos se ven contentos.
—Oye Mila, y si te sacái alguna cosita como el otro día.
Le cae muy bien su prima Claudia. Es una mujer fuerte, acostumbrada a los trabajos del campo. Se preocupa por ella y porque lo pase bien.
—Demás. Es que no tengo ganas —responde, y no puede evitar que se le caigan las lágrimas.
—Puta, prima… —Claudia la abraza, la protege.
—Ya, es que no quiero que cache la Isabel.
Cuando está a punto de oscurecer siente ganas de abandonar la fiesta, aunque no se atreve a irse sola. No quiere molestar a la Claudia, y tampoco quiere obligarla a que tenga que regresar sola a la boda después de dejarla a ella en la casa. Le va a preguntar a su mamá hasta qué hora se queda, pero no la encuentra por ninguna parte.
De pronto alguien levanta la voz. Algo pasa más allá, casi en el bosque. Los músicos dudan, luego se detienen. La novia, copa en mano, pregunta qué pasa con la música. La gente gira hacia el lugar de los gritos. Mierda, es su mamá. Le está gritando a un primo del novio. Ahora lo recuerda: conversó con él en su bienvenida, también es de Santiago. Lo había olvidado completamente. ¿No era el que se emborrachó temprano y se fue a dormir?
—¡Mamá!
—¡Este fue, Camila!
Su madre está fuera de sí. Toma al hombre del cuello, que aúlla de dolor. La empuja, algunas personas intentan intervenir, en la confusión el tipo sale corriendo.
—¡Que no se escape!
Los hombres se quedan detenidos, dudosos; son las mujeres las que lo persiguen. Camila no entiende nada, pero baja la colina detrás de ellas. Cruza el bosque y se araña entera. Recién en la playa, la Claudia lo alcanza y lo bota. Llegan las primas, su madre y sus tías. Una de ellas sostiene una antorcha de la decoración de la boda, única luz en medio de la oscuridad de la playa.
Las mujeres rodean al hombre, que se encoge sobre sí mismo. Por un segundo parece que eso va a ser todo.
Pero entonces empieza la descarga.
¡Pa! ¡Pa! ¡Pa! ¡Pa!
Aunque ahora nadie celebra.
—¡Hijo de puta!
—¡Lo van a matar! —grita Camila.
—¡Este fue, hija, este fue!
—¡Lo van a matar!
Las mujeres están descontroladas. Camila debe meterse en la mitad de la trifulca, y aunque recibe dos golpes, logra detener el ajusticiamiento.
—Mamá, ¡cómo vái a saber si fue él, por la chucha!
La madre resopla. Nunca la había visto así. El primo del novio logra ponerse de pie, pero ya no puede escapar. Entre cinco o seis mujeres lo sujetan.
—Cómo, mamá, cómo vái a saber.
—¡Porque la vida me enseñó a reconocerlo, Camila! ¡A los doce años la primera vez!
—¿A quién?
—Al Trauco —dice la madre y apunta con el mentón al hombre.
Los ojos de Camila van de la madre al sospechoso, que le devuelve una mirada suplicante. El resto de los tíos viene bajando la colina, preguntando qué diablos pasa. Entonces Camila se fija en el pantalón del hombre, iluminado por la luz de la antorcha: una mancha líquida y oscura lo baña desde su entrepierna y hasta los zapatos.
—¡Se meó! —grita alguien.
Algo, algo que se parece mucho al silencio le nace en las entrañas, le quema la garganta y sale, incontrolable, por la boca, en un susurro que no sabe si alguien más alcanza a oír.
—¡Ahora te vái a quedar colgado, diablo!
Andrés Montero (Santiago, 1990). Escritor y narrador oral, integrante de la Compañía La Matrioska. Ha publicado las novelas Tony Ninguno, Taguada y El año en que hablamos con el mar, el libro de cuentos La muerte viene estilando, el ensayo Por qué contar cuentos en el siglo XXI y varios libros para lectores juveniles.


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