Una brecha de luz entre las hojas

La añoranza feérica de Paula Rivera Donoso

Emilio Araya Burgos

La literatura imaginativa chilena del siglo XXI ha tenido un desarrollo dispar en los últimos años. La ciencia ficción y el terror han encontrado importantes nichos de desarrollo en el mundo editorial y la academia. La fantasía, en cambio, ha quedado relegada a algunos éxitos editoriales y a ser cultivada como insumo de la industria del entretenimiento, siempre al alero de producciones extranjeras. Si bien algo se ha escrito sobre literatura fantástica «en sentido amplio» (como nos gusta decir a los chilenos, para evitar los compromisos), el pensamiento específico sobre la fantasía como expresión literaria no mimética ha permanecido ajena al interés del mundo del género. Con la disolución del colectivo Fantasía Austral, que desde 2010 a 2015 se planteó la tarea de fomentar y visibilizar la escritura y discusión en torno a la fantasía literaria (no así alrededor de la ciencia ficción, el terror o el fantástico en un sentido amplio), se formó un vacío teórico y discursivo que prevaleció hasta el presente.  

La añoranza feérica, de Paula Rivera Donoso (Imaginistas, 2024), marca el fin de este vacío con siete ensayos que combinan el rigor intelectual del ensayo académico con la vitalidad de la escritura autobiográfica. Este libro logra trazar un camino de regreso a la escritura reflexiva sobre la materia que le es propia a las hadas a los elfos, en y desde Chile, sin por ello tener que caer en localismos forzados e impuestos por modas y tendencias extranjeras. La obra sienta, además, las bases de una política de la fantasía que la aleja discursivamente del conservadurismo que, históricamente, ha intentado apoderarse de ella para la consecución de sus propios intereses, como la apropiación nazi de los imaginarios mitológicos del norte de Europa hasta la utilización populista de la obra de J.R.R. Tolkien por parte de Giorgia Meloni, primera ministra italiana de filiaciones ultraderechistas.

Foto de la autora del libro: Paula Rivera Donoso.

Los siete ensayos que componen La añoranza feérica abordan la lectura y escritura de la literatura de fantasía que ha marcado la vida y la carrera literaria de su autora, quien cuenta con títulos publicados como La niña que salió en busca del mar (2013), El musgo en las ruinas (2018) y El idioma de los dragones (2023).  En el primero de ellos, «Una lámpara arde aún en el bosque», Rivera Donoso esboza sus orígenes como escritora y traza los lineamientos estético-ideológicos que sostienen el entramado de los textos subsecuentes. Siguiendo la estela de Ursula K. Le Guin en colecciones de ensayos como The Language of the Night: Essays on Fantasy and Science Fiction (1979) reivindica la fantasía literaria como un hecho del lenguaje degradado por el modelo neoliberal preponderante, carente de valores estéticos y escapista por antonomasia. El tejido del texto también clarifica, de manera inequívoca, la filiación de Rivera Donoso al emplear la conocida metáfora del espejo y la lámpara como símbolos de la mimesis realista y la imaginación romántica: la fantasía, como literatura imaginativa, al condensarse en la figura de una lámpara, ilumina la realidad. El viaje de ida es también un viaje de regreso. 

Estas ideas recorren el libro en su totalidad. En «J.R.R. Tolkien como portal de entrada a la fantasía», Rivera Donoso no solo ilumina la figura del reconocido autor de El señor de los anillos, sino que también echa luces sobre los problemas de su recepción en el ámbito del fandom y los estudios académicos. Para la autora, tanto la visión «fandomita» como la academicista sobre Tolkien son problemáticas, debido a que ambas perciben al escritor como una figura relevante, pero monolítica, sui generis y, por tanto, susceptible de devorar y ensombrecer todo reino alrededor. Ante esto, Rivera Donoso encumbra el valor estético del corpus tolkieniano con matices importantes: es, ciertamente, una influencia impostergable, pero no es ni el principio ni el fin de la propia fantasía.

«Tolkien […] es un ilustrísimo exponente y un portal de entrada para recorrer por primera vez [las tierras del País de las Hadas]. Pero precisamente en mis viajes he aprendido a conocer todo tipo de montañas, valles, riachuelos y constelaciones.  Quizás [el autor] esté en el centro de mi corazón, como el árbol del Paraíso, pero sé que hay un mundo entero a su alrededor, con su propia belleza, con su propia bella letanía de nombres.» (p. 54)

La «bella letanía de nombres» a la que refiere Rivera Donoso es otra forma de nombrar a la vasta tradición literaria que precede a Tolkien y que, como ocurre con todo autor o autora capaz de definir un paradigma literario, le acabará superando en el tiempo y el espacio. Con esta alusión, la autora llama a los lectores de fantasía, asiduos o no a sus parajes y rincones, a considerar otros portales y, también, a enfrentar de manera productiva las limitaciones de cada uno de ellos, incluidos por cierto, las del propio autor inglés:  

«Si se quiere, se puede concebir a Tolkien como un maestro de la espada. Por supuesto, podríamos ofenderlo a gritos, o incluso intentar asesinarlo a traición o con un arma de fuego, o tratar de borrar por omisión su escuela de esgrima, pero la gracia sería que pudiéramos encararlo, frente a frente, con nuestra propia arma. Tampoco se trata realmente de querer vencerlo, sino de sacar lustre a nuestras propias palabras y crecer nosotros mismos en el proceso.» (p. 60-61)

Este comentario sobre la recepción y la influencia de Tolkien destaca por ir más allá de la tradicional dinámica agonista que Harold Bloom describe en La ansiedad de la influencia (1973), según la cual los autores nuevos se sienten presionados por alcanzar y superar el pegado de sus influencias. que ha convertido a Tolkien en el enemigo del fantasista advenedizo. No por nada, uno de los subtítulos del ensayo de Rivera Donoso es «Una alargada sombra» (p. 51). Visto como un muro a superar, Tolkien ha estimulado una generación tanto de seguidores, como de aprendices y detractores entusiastas. 

Rivera Donoso advierte que una relación acrítica con el autor, tanto para bien como para mal, tiene consecuencias. Los tolkiendili o «amigos de Tolkien» (p. 47) arriesgan una permanente miopía estilística y literaria, al igual que sus más devotos estudiosos. Los hijos rabiosos, por otro lado, restringen su propia capacidad de reflexión y creación al estar «enfrentándose por siempre a un enemigo difuso al que nunca han conocido» (p. 62) y que solo existe como tal en sus cabezas. En este contexto, la alternativa viable para Rivera Donoso no recae ni en la idolatría absolutista, ni en la apología permanente, ni en el rechazo irreflexivo. La lámpara de la imaginación debe iluminar la sombra del maestro, revelar misericordiosamente sus insuficiencias, pero también mostrar la senda hacia otros portales: Narnia, Terramar, El País de Nunca Jamás y muchos, muchos otros.

De aquella ráfaga de luz emerge un curso tan inesperado como necesario y que se alza como otro de los nodos fuertes de este libro. En «La idea de una fantasía latinoamericana» la discusión toma ribetes geopolíticos. Rivera Donoso sostiene, de hecho, la existencia de un prejuicio local hacia la fantasía cuyo fundamento es la aparente distancia de esta última con la realidad consensuada. Latinoamérica, pareciera ser, precisa de un realismo urgente que dé cuenta de sus heridas: un realismo, por cierto, concreto e inequívoco, libre de paralelos difusos o supuestos universalismos espurios. Ello explicaría, al menos para propósitos de esta discusión, la asimilación positiva de otros géneros o estéticas europeos. 

Con todo, hoy celebramos (con razón) el gótico latinoamericano de Mariana Enríquez y contamos con décadas de una rica tradición de novela negra, o incluso el fantástico latinoamericano de un Cortázar enamorado de Poe hasta el corazón o un Borges saturado de oscuras pero maravillosas influencias angloparlantes. El mismo Boom latinoamericano descansa sobre las ficciones de William Faulkner, Henry James, el modernismo británico y muchas otras influencias eurocéntricas. ¿Por qué, pareciera preguntarse Rivera Donoso, nadie le cuestiona a García Márquez la sombra del país imaginario de Yoknapatawpha? ¿Por qué nadie le reprocha a Borges que «Sobre la exactitud en la ciencia» esté en perpetua deuda con Sylvie and Bruno Concluded (1893) de Lewis Carroll? ¿Por qué, en cambio, Verónica Murguía levanta sospechas cuando evoca el nombre de Beowulf y del mítico bosque de Broceliande en El Fuego Verde (1999) y Loba (2013)? ¿Será que la fantasía, al autodeterminarse semánticamente de maneras similares a la poesía, según la teoría de Michel Riffaterre que sugiere que el poema construye su propio mundo, reglas y entramados de significado (1978), eleva injustificadamente los estándares? ¿Por qué la fantasía debe ser explícitamente latinoamericanista para no ser percibida como un mecanismo de importación imperialista? La respuesta no está clara. Sin embargo, para Rivera Donoso, una preferencia local por la interpretación alegórica de las literaturas de la imaginación podría jugar un papel importante a la hora de valorar trabajos semejantes. Este tipo de lecturas puramente simbólicas, sugiere la autora, son reduccionistas. En ese sentido, leer La saga de los confines «en clave fantástica», sin asumir que la imaginación se sirve de la realidad pero, como diría Tolkien, no está, en último término, atado a ella, impediría valorar la propuesta integral de su creadora.

«Para empezar, es importante notar que la premisa de [La saga de los confines] no es en realidad un nosotros (pueblos originarios) contra ellos (españoles), pues el enemigo no está construido como un referente alegórico cerrado. Entre los sideresios, la cultura adversaria [los siderisios] hay también seres que sufren el yugo de su estirpe conquistadora […] De hecho, es en su seno donde surgen los salvadores elegidos, los hermanos Vara y Aro, quienes sin embargo aparecen tardíamente en la historia (p. 104).

En efecto, el énfasis de la Saga es propiamente latinoamericano al presentarse como un ejercicio de una memoria colectiva, descentrado, en el que la otredad sideresia es extrañada a través del lenguaje y el foco mismo de la narración: así como los pueblos originarios latinoamericanos tuvieron que encontrar palabras para el caballo y el jinete acorazado, los habitantes de Los Confines tuvieron que hablar del «polvo gris» para poder hablarse a sí mismos de la pólvora. Pero esto, afirma Rivera Donoso, no es suficiente: la obra de Bodoc tiene no solo elementos, sino también propiedades estéticas afines a la fantasía literaria. Por ello, sus elementos imaginativos no pueden entenderse solamente como trasuntos alegóricos prefijados. Para la autora, serían entidades literarias vinculadas a imaginarios y estéticas heterogéneas. 

Esta aseveración se entiende bajo los lineamientos que el propio Tolkien discutiera en su ensayo On Fairy-Stories(1939), según el cual los cuentos de hadas, en sus variantes folklóricas (los llamados Hausmärchen) y literarias (el género victoriano conocido como Kunstmärchen), poseen cuatro propiedades fundamentales: la propia fantasía, entendida como imaginación; la evasión, realizada en el viaje literario a otro mundo; la renovación, como un reajuste de los sentidos que permite revalorar la realidad a la luz del mundo imaginado y, finalmente, el consuelo: la posibilidad de redención, expresada en un final feliz contra toda esperanza. Para Rivera Donoso, la Saga, ante todo, es una obra inscrita en los cánones de la fantasía que puede leerse de forma latinoamericanista. Con todo, es, en esencia, un fenómeno del lenguaje puesto al servicio de la imaginación «en tanto inventa o produce» subsidiariamente un mundo secundario que se autodetermina a sí mismo, aunque sin cerrarse a lecturas externas.  

Esta porosidad a la hora de entender e interpretar las «literaturas de la imaginación» (como llamó Le Guin a la fantasía, la ciencia ficción y el terror, entre otras) podría parecer extraña en el contexto local. Rivera Donoso no lo cree así. Su lectura de la Saga se fundamenta en el supuesto de que la obra es un ejemplo de la tensión de las dos tradiciones literarias y culturales a las cuales tributa Bodoc y que posibilitan la gestación de una obra que es tanto el Popol Vuh como El señor de los anillos. Desde la lectura de Rivera Donoso, la síntesis de ambas vertientes produciría una literatura heterogénea, efectivamente mestiza, según la definiera el importante intelectual peruano Antonio Cornejo Polar, citado en el ensayo. La idea de una fantasía latinoamericana, retomando el título de este ensayo, necesita, pues, ser negociada: aquello que la cultura mainstream reconoce como «latino» o «local» no es suficiente. No basta con crear nuevos Macondos ni otros hitos imaginarios continentales, ni se trata de convertir al Trauco en un troll o a la Pincoya en una nereida. 

Hoy, ciertamente, hay obras que toman elementos de mitologías propias del continente y los utilizan de forma cosmética para promover imaginarios foráneos pintarrajeados con algunos pigmentos, por ejemplo, de la cultura mapuche-huilliche. Para ilustrar esto, propongo el caso de La tierra hundida (2017) de Patricia Truffello, una interesante novela juvenil cuyo tratamiento de la fantasía tambalea, precisamente, por tratar lo propio como accesorio. A pesar de que Truffello lleva a sus personajes a Isla Mocha, Frutillar y la cima de volcanes custodiados por brujos y pillanes, su propuesta de un sur imaginario no funciona como debería. Al remover los elementos mágicos superficiales, el sur de Truffello permanece anodino y genérico, justamente como percibido desde la metrópolis. Caso contrario, por ejemplo, es la novela Loba, de Verónica Murguía, que habla más del territorio de su autora (México) a pesar de plantearse un mundo medievalista.

La propuesta de Rivera Donoso (y que no debería leerse como el único camino posible) recorre una senda integradora: «[e]s decir, más reconciliación que ansiedad de influencias» (p. 103). Más que una oposición binaria entre lo latinoamericanista y lo eurocéntrico, debería ser la propia lengua latinoamericana, con sus muchas variantes sociopolíticas y geográficas, la que tome protagonismo. A modo de ejemplos exitosos de esta forma de escribir fantasía latinoamericana, Rivera Donoso propone a la misma Murguía pero también a otra escritora argentina, Márgara Averbach: 

«La fantasía [de Averbach] presenta mundos secundarios que no sugieren tener mucho asidero local inmediato, pero que sí abordan […] desarrollos literarios que podríamos considerar más cercanos a una vertiente de la [fantasía latinoamericana]: narradores colectivos, reemplazo de héroes individuales en grandes gestas por acciones comunitarias que recuerdan a las de nuestras propias tierras, o concepciones de la magia (antes que «sistemas») asentadas en visiones indígenas sobre la naturaleza y su relación con los seres humanos, por ejemplo.» (p. 109).

Algo similar, como ya adelantábamos, ocurre en la obra de Verónica Murguía debido a que, si bien su obra «no tendría ninguna conexión explícita con nuestro continente, sí ahonda en aspectos que no suelen verse con el mismo matiz en sus pares metropolitanas» (p. 110), tales como la esclavitud, los abusos de poder, la explotación del pueblo ilota y la restauración de un territorio herido gracias a las propiedades curativas de las artes. Rivera Donoso declara que en estos y otros elementos profundos se advierte «una preocupación social que sí tiene mucho que ver con las penurias de nuestros países» (p. 110) más allá del abordaje concreto o textual de la (supuesta) realidad contingente. 

Dicho de otro modo, es posible hablar de Latinoamérica, sus luces y sus sombras, desde los múltiples y heterogéneos lenguajes de imaginación. La llave a este modo de representación por la que Rivera Donoso pareciera decantarse es aquella, ya decíamos, aquella que proveen las palabras: «[h]e insistido en el lenguaje, los componentes lingüísticos, estilísticos y estructurales de la obra literaria, porque creo que es en ellos donde mejor podría aflorar [el mestizaje] de una obra» (p. 103). Lo demás, podemos leer entre líneas, es una estrategia de mercado.

Quizás el aspecto que más destaca en el pensamiento de Paula Rivera Donoso es la atención que presta a detalles que la discusión hegemónica suele ignorar o desechar, así como un posicionamiento que bien podría caracterizarse como al margen de los márgenes. Esto, por cierto, es producto de sus años de formación y pensamiento, pero también de una manera particular de entender no solo la literatura y sus contextos de producción y difusión, sino el mundo en general. En «Fantasista / Autista», la escritora ofrece un hermoso y estimulante retrato que consolida su ética, estética y política autoral y desde el cual es posible entender mejor los entresijos de su pensamiento.

El ensayo comienza, literalmente, con un cuento de hadas original, concebido como proemio al texto, para introducir el término de changeling o cambiazo. De acuerdo con la tradición folklórica de los países angloparlantes, los changelings son la contracara de los niños robados: cuando un hada o un ser feérico se lleva una niña humana al país de las hadas dejaría un vástago raro, deforme y contrahecho en su lugar. En este caso, una niña cambiada, otra, que parece no pertenecer. La provocativa tesis de Rivera Donoso es que el sujeto neurodivergente es una suerte de cambiazo: nace, vive, se desarrolla y muere en un mundo que le es constantemente ajeno, hostil y peligroso. 

La idea del fantasista/autista no es, por cierto, descabellada. De acuerdo con la autora «investigaciones recientes han constatado que el autismo en mujeres suele tener una forma de expresión diferente al que tradicionalmente se ha tipificado en hombres y que uno de los aspectos más llamativos es su afinidad por universos y personajes imaginarios» (p. 156-157). Esto no quiere decir que toda mujer autista devendrá, necesariamente, en escritora de alguna literatura imaginaria o que las escritores y escritores neurotípicos no tengan acceso a los dominios de la imaginación. La afinidad de algunas personas neurodivergentes con la fantasía no debe entenderse como prenda de membresía exclusiva a un modo literario. Para Rivera Donoso, es más interpretativa que, por ejemplo, prescriptiva. 

Bajo este prisma, la literatura provee al fantasista-autista una lente diáfana y estructurada para aprehender e interpretar experiencias humanas que, en la vida cotidiana, le resultan más difíciles de comprender. La realidad se vuelve legible a través de la ficción, en la medida que esta tiene coherencia interna y se construye en torno a patrones narrativos claros. Incluso en etapas tempranas, cuando el ejercicio creativo obedece más a pulsiones lúdicas que estéticas, la creación de un mundo imaginario puede convertirse en un mecanismo de regulación para las infancias neurodivergentes. Rivera Donoso ve en esto un primer paso, aunque no definitorio, en la senda del escritor o lector de fantasía.

El ensayo también establece un interesante paralelo entre los criterios de autismo definidos por el DSM-5 y algunas de los rasgos que, a juicio de Rivera Donoso, definen a quienes cultivan la fantasía literaria. Hay, en primer lugar, una definición diferente de lo que es o podría ser la realidad. Al mismo tiempo, el autismo se caracteriza por faltas o excesos de actividad cerebral ante ciertos estímulos sensoriales que podría leerse como la tendencia del fantasista hacia lo oculto, invisible o invisibilizado. Asimismo, la autora conecta su propia devoción por la fantasía con lo que la literatura médica llama despectivamente intereses restrictivos. La especificidad temática de La añoranza feérica –que, en efecto, no se observa en uno de sus referentes, precisamente The Language of the Night: Essays on Fantasy and Science Fiction(1979) de Ursula K. Le Guin– da cuenta de un interés profundo y dedicado que las personas autistas entenderían mejor que sus pares neurotípicos. 

De todos modos, Rivera Donoso insiste en que el entendimiento y valoración de la fantasía no debe limitarse al hecho de ser o no ser neurodivergente. Su postura, en este sentido, es clara y categórica: 

«creo en el poder imaginativo y redentor de la imaginación para todos, pues el autismo no es la única causa de marginación en nuestro mundo […] del mismo modo en que la imaginación nos complementa desde todo tipo de carencias o anhelos» (p. 165).

Por otra parte, la evasión estética que proporciona el cuento de hadas –como bien lo hacía notar Tolkien en su On Fairy-Stories– no puede convertirse en una excusa para separarse del mundo para siempre o, en el caso del planteamiento de la autora, construir puentes entre autistas, alistas (personas no autistas) y la realidad común. Aunque marcados por su viaje o su condición de niños/adultos cambiados, los fantasistas-autistas deben regresar al mundo e integrarse en sus muchas parcelas. La fantasía, finalmente, «espera nuestra llegada; el mundo real, nuestro regreso» (143).

Este regreso puede leerse a partir de ejemplos de renuncia, negación, descubrimiento, incorporación y memoria del viaje que Rivera Donoso ejemplifica con obras literarias tales como Peter Pan y Wendy (1911) de J.M. Barrie, Entrebrumas (1926), de Hope Mirrlees, El herrero de Wootton Major de J.R.R. Tolkien (1967), Piranesi (2020), de Susana Clarke y algunos cuentos de la española Ana María Matute, particularmente «Solo un pie descalzo» (1983) y «La razón» (1961). La autora hace una lectura autista-fantasista de los personajes principales de todas estas obras y concluye que la vuelta al mundo real-neurotípico es inevitable. Esto coincide con el planteamiento de Tolkien de que la evasión solo es pasajera y que, para que el efecto de la fantasía logre consolidarse, volver y reencantar la realidad no solo es deseable sino necesario. 

Debido a este y otros planteamientos, La añoranza feérica de Paula Rivera Donoso es una propuesta inusual, provocativa e insinuante que, como se dijo al comienzo de este texto, acaba con el vacío en torno a la reflexión teórica en torno a la fantasía que asolaba los suelos imaginativos del Reyno de Chile. Su dedicación exclusiva al género se hace cargo de un espacio teórico-conceptual abandonado u omitido y de una fórmula poco cultivada por las y los escritores de género de nuestro país. Una lectura atenta del texto que preste atención tanto a sus luces y sombras, aciertos o desaciertos, acuerdos y desacuerdos debería sugerirnos la imperiosa necesidad de pensar aquello que escribimos.

Acaso, una de las insuficiencias del compilado es, precisamente, el carácter exploratorio de la mayoría de sus textos. El texto no aclara ni profundiza, no al menos de manera explícita, las filiaciones entre la fantasía como ética y estética con sus dimensiones políticas; la relación entre la imaginación y las políticas de la esperanza, tan necesarias y urgentes estos días, emergen como destellos de luz solar entre los intersticios del follaje de los árboles de un bosque muy tupido. Sin embargo, desde esa perspectiva, las incursiones de la autora en el embrollado bosque del pensamiento han triunfado en su cometido original: las puertas del País de las Hadas se han abierto no solo al corazón, sino también al pensamiento.

Análogamente, el libro se sitúa en una posición política inusual para el lector no interiorizado, al presentar la fantasía como un vehículo de alteridad y diversidad . Desde la idea de una fantasía latinoamericana heterogénea o desde la neurodivergencia en su amplio espectro, La añoranza feérica aboga por la integración de opuestos y la inclusión tanto de la norma o canon como de aquello que es percibido por esta misma como extraño, amorfo o divergente. Esta apertura a la complejidad del mundo y sus entresijos logra alejarla de los usos ultraderechistas a los que ha sido sometida. 

Por último, el libro, como artefacto o propuesta conceptual, es un híbrido integrado: no es ni un compendio de ensayos académicos ni una biografía literaria; no es ni prescriptivo ni plenamente descriptivo, ni enteramente literario ni comprometidamente transmedial. Estas hibridaciones, naturalmente, quedarán más claras a quien se lance a la lectura íntegra del texto. Estamos frente a una obra que invita a lectores y a escritores a hacerse cargo de la imaginación como materia y material artísticos. Es fácil imaginar a Paula Rivera Donoso, al menos para quienes la conocemos, insistiéndonos que no solo es necesario escribir fantasía, sino también pensarla. 


Emilio Araya Burgos (Osorno, 1987). Licenciado en Lengua y Literatura Inglesa por la Pontificia Universidad Católica de Chile y Master of Arts in English Literature por la Universidad de Leeds de Inglaterra. Es autor de Schmetterlinge(Forja, 2010) y miembro fundador y primer director del desaparecido colectivo literario Fantasía Austral, dedicado a la crítica, discusión y valoración específica de la fantasía como una estética distinta de lo fantástico, la ciencia ficción y el terror. Acabada su tesis de maestría, se desempeñó como profesor de la carrera de Pedagogía en Inglés para Educación Básica y Media de la Universidad Mayor, donde por seis años dictó las cátedras de Clásicos de la Literatura Británica y Norteamericana y Literatura Infantil y Juvenil en Lengua Inglesa. Actualmente es profesor de idiomas de enseñanza básica y media en un colegio regional.

Paula Rivera Donoso (Viña del Mar, 1987). Autora dedicada a la escritura, estudio, difusión y reflexión de literatura de fantasía. También es Magíster en Literatura y Diplomada en Literatura Infantil y Juvenil. Ha publicado la novela La niña que salió en busca del mar (2013), las compilaciones de cuentos El musgo en las ruinas (2018), El idioma de los dragones (2023) y Antaño (2023), y el libro de ensayo Érase una vez siete estrellas: Super Mario RPG (2023), así como relatos en diferentes antologías.

Deja un comentario