Greta Montero Barra
Toro Montoya
Lleva cuatro turnos abajo y está exhausto. Le dicen «El Toro Montoya», porque nunca se cansa, pero ahora siente que no puede más. El pan que había hecho durar ya se ha acabado hace muchas horas y le crujen las tripas. Muy torito seré, piensa, pero igual podría desmayarme en este socavón si no salgo pronto a ver la luz del sol.
Está equivocado. Cuando sale se da cuenta que es de noche y no tiene idea de la hora exacta, porque el reloj de pulsera no lo baja a la faena. No quiere perderlo, ni arriesgarse a que se le rompa. En la oscuridad de la mina ni siquiera se daría cuenta que se le ha roto el vidrio del reloj hasta que quiera ver la hora alumbrándose con la luz del casco. Para él funciona la sirena de subir y la sirena de bajar y listo. Cuando suena la sirena es porque un turno ha terminado.
Tres turnos es mucho, pero cuatro es un acto de desesperación. Esta vez no ha permanecido abajo porque está urgido de plata, que es a menudo; no, lo ha hecho porque arriba están matando gente. Escuchó rumores de los que bajaron en el segundo turno, dijeron haber oído disparos toda la tarde desde el Puerto, que vendrán luego a la salida de la mina y los van a matar como la otra vez, como cucarachas. Tienen unas ametralladoras y les dispararán por la espalda cuando se pongan a correr. Decidió quedarse con algunos compañeros un par de turnos más por si acaso, pero ya está harto y necesita subir.
Cree que si sigue las reglas podrá llegar a casa sin problemas y él siempre sigue las reglas. También piensa que se salvará si, llegado el momento, en lugar de correr como los otros, sube los brazos y se queda quieto, muy quieto. Y cree que si no regresa a casa se va a morir de hambre haciendo turnos. Además, ya no se puede la máquina para picar el carbón. Apenas sale de la mina se da cuenta, con algo de sorpresa, que no hay un alma en la calle, no hay ametralladoras, ni mineros muertos desperdigados en la tierra, nada. Él y sus compañeros se dispersan en la noche silenciosa despidiéndose con gestos de cabeza, en un mutismo cargado de pesadumbre y expectación. Solo se escucha el aullido de algún perro a lo lejos.
Es de noche así que la abuela le debe tener la estufa prendida, la tetera a punto de hervir para el tecito, unos huevos para hacérselos revueltos. Ella debe estar sentada en la mesita, con la luz encendida, cosiendo y remendando ropa ajena. La gata negra de orejas puntiagudas debe estar a los pies de la estufa lamiéndose las patas y los chiquillos, acostados, peleándose y revolviendo las camas.
Camina a paso firme y con la espalda bien recta, como si nada pasara, como en un día normal. Solo que es de noche, no se escucha un alma y sabe perfectamente que no es un día normal. El humo de las chimeneas de Coronel infecta el aire de una apariencia fantasmal, como si Barnabás Collins estuviera a punto de salir en cualquier momento para chuparle la sangre.
Lo importante, piensa, es que he avanzado el camino a la casa y estoy por llegar, nadie me ha visto y no pasa nada, no pasa nada. Pero se equivoca de nuevo, cuando dobla en la esquina escucha un grito y le apuntan con una linterna. Habla una voz de hombre como dirigiéndose a un perro. El perro es él. Lo hace levantar los brazos, la luz lo encandila y la voz le pregunta:
—¡¿Qué hací aquí, conchetumare?! ¡¿No sabí que estamoh en toque de queda?! ¡¿Te queríh morir?!
—No, es que me perdí de la hora, estaba en la mina, caballero, y no sabía a qué hora iba a salir. Estoy llegando a mi casa ya, ¿no me puede dejar seguir por esta vez?
Sabe que podría dispararle con el fusil a una cuadra de la casa donde están su mujer y sus hijos, sabe que ya ha ocurrido y que Coronel es tierra de nadie, solo mandan los milicos y hacen lo que quieren. Todavía no se ha acostumbrado a los milicos, es un evento reciente y sabe que, si le desagrada un poquito al milico que le apunta, él va a desaparecer. Se le ocurre que sería bueno que si lo mata lo hicieran desaparecer, no fuera cosa que al día siguiente lo pillara botado en la calle alguno de sus hijos cuando saliera a jugar. Mejor aún, que no me mate y me permita llegar a la casa, piensa. Suda como cuando era pequeño en las puertas del colegio, le tiemblan las manos y siente que le vibra su labio inferior cuando abre la boca para hablar. No distingue la cara del milico, es solo una voz, una luz y un fusil. Lo intenta:
—Mire, esa que está allá al fondo es la puerta de mi casa. Pasé cuatro turnos abajo y no me di cuenta de que estaba en toque de queda cuando salí. Mi esposa y mis hijos están ahí, ahí mismo, caballero, a una cuadra.
—Debiste haberte quedao hasta que terminara el toque, po, conchetumare. Así es como se hace, negro hueón —la voz guarda silencio unos segundos, como si estuviera decidiéndose a disparar, a tomarlo preso, o a dejarlo avanzar. Se rompe, se le agita el pecho y comienza a sollozar. Él siempre ha tenido facilidad para que le broten las lágrimas, cuando contaba historias en la mesa de la cocina a veces lloraba sin mediar ningún aviso previo, se enjugaba las lágrimas de vez en vez con un pañuelo que siempre traía en el bolsillo, como si supiera que iba a necesitarlo en cualquier momento. A pesar del llanto la voz le salía con una seguridad asombrosa, varonil, como si estuviera leyendo algo que tenía escrito desde hace mucho tiempo.
—Mira, vamoh a hacer esto, hueón. ¿Cuál es la puerta de tu casa? Si me estai mintiendo te disparo aquí mismo, si la persona que abra la puerta no te conoce estai muerto, hueón, ¿me oíste? ¡Muerto! —le grita con ferocidad, el abuelo solo siente la cara mojada y el sudor helado que le pega la camisa a la espalda. Levanta la cabeza que tenía hacia el piso y señala la puerta de su casa—. Camina, hueón, camina, si vos me estai mintiendo ya sabís ya, a mí no me hacis hueón, negro culiao —le dice el milico.
Avanza y siente los latidos de su corazón zumbándole en los oídos y las piernas agarrotadas. Piensa en la posibilidad de que ella se haya quedado dormida, en la posibilidad de que su mujer decida que es mejor quedarse viuda porque en realidad lo detesta y diga que no lo conoce, en la posibilidad de que ella esté todavía molesta desde la última vez que le pegó, en la posibilidad de que decida liberarse de él para encontrar a otro mejor, que sea de su gusto. Esta idea lo hace sudar a chorros, porque sabe que a su mujer eso no le costaría un gran trabajo, no porque sea coqueta, que no lo es en lo absoluto, es más bien mal genio y violenta, sino porque es, sin asomo de dudas, hermosa como un sol.
El milico golpea la puerta con el fusil con toda la fuerza de su mano, produciendo un sonido aterrador que hizo que otras puertas se abrieran rápidamente. La puerta señalada se abre lentamente. Sabe que es ella, que está asustada abriendo de a poco. Finalmente, la puerta se abre y lo que ven él y el milico no parece ser la abuela, no, sino un ángel o una ninfa de los bosques en un camisón blanco. La luz que viene del interior dibuja su silueta delgada en el camisón. El pelo largo y amarillo como la Venus de Botticelli le da un aura mística como de alas o guirnaldas. El ángel tiene una expresión de miedo y de cansancio marcado en la cara. El milico mira el rostro pequeño y los ojos verdes del ángel y no cree lo que ve, no está seguro y se cuadra como si estuviera frente a un superior.
—Disculpe que la moleste a esta hora de la noche, señora. Este hombre que está aquí ¿usted lo conoce? —dice el milico, pronunciando cada palabra, con un tono en la voz como si de verdad estuviera disculpándose. El ángel mira con ojos consternados al minero, el sudor y los temblores. Mueve afirmativamente la cabeza.
—Sí, es mi esposo.
—¡La suertecita, negro conchetumare! Te salvaste —le dice el milico y le da un golpe en la espalda con el fusil que lo empuja adentro de la casa y lo hace caer a los pies de la mujer—. Buenas noches, señora —agrega el milico, se cuadra y se retira.
Ella cierra la puerta rápidamente, él la mira desde el suelo y ya no sabe si es un ángel o un fantasma. Ella lo ve sollozar un momento y después le pone una silla cerca para que se siente. Se va y regresa con una camisa vieja de algodón que él usa de pijama y pone la tetera en la estufa encendida. Él se lava la cara, sin dejar de llorar en ningún momento. Los huevos revueltos se hacen en un santiamén.
*
Mal de ojo
Tiene ocho años y ha perdido la vista. «Mal de ojo» le diagnostica la vieja de las hierbas. La explicación es simple y rotunda: le echaron un mal a la señora María, pero el mal cae sobre los más débiles de la casa, por eso se mueren primero los perros, uno tras otro, cuatro perros muertos, entonces siguen echándole el mal a la señora María, pero sucede que el mal se invoca con el nombre de la persona, y la hija menor de la señora María se llama como ella, entonces cae sobre la niña. Así es como un día la niña despierta y está ciega. Sus dos hermanas mayores se sienten afortunadas de no cargar el nombre de la madre, pero se dan cuenta que si no para el mal en su hermana pequeña después caerá sobre ellas y se angustian.
La madre lleva a su hija ciega a tres señoras que curan el mal de ojo y ninguna le puede quitar el mal a la niña, porque fue echada por un brujo muy poderoso. Debe ser obra de uno que vive para Arauco, le dicen, al interior, así que no pueden resolverlo, solo pueden darle remedios de diversa índole esperando que el mal no siga propagándose, como echarle sal al borde de la casa todos los días para que el mal no siga entrando, como bañarse en agua bendecida por el curita Rojas, como dar tres vueltas alrededor de un sauce. Un día descubren al mal en el patio: un atado de piedras y ramas. Lo queman invocando mandas del pasado y recitando el Salmo 91, luego queman romero por toda la casa. Nada soluciona el problema de la hija ciega y las hermanas deben hacerse cargo de cuidar a la pequeña, de darle comida en la boca, de ayudarla a vestirse y lavarle la cara, de limpiarle el poto cada vez que hace del cuerpo, de amarrarle el pelo en las dos trenzas de siempre todas las mañanas. Se cansan pronto y deciden tomar el asunto bajo sus manos. Van con las vecinas preguntando por remedios posibles y todos los días la someten a uno nuevo: le lavan los ojos con aceite, le hacen conjuros para sacarle al diablo, la obligan a comer papa rayada, aceite de lobo, queso de cabra, bilis de vaca, ajo en ayuna, le pasan caracoles por los ojos, se los refriegan con unas plantas que le provocan erupciones en toda la piel, se los refriegan también con sal y limón, por si acaso. En cada sesión la niña grita, muerde y patalea, haciendo uso de toda su furia, pero las hermanas son más fuertes que ella. La toman por los brazos y la amarran a la cama. Es por su bien, para mejorarla.
La madre advierte varias veces que no intenten más remedios con la pequeña o van a matarla, cada día se ve peor que el día anterior. Una noche llega a casa cansada después de hacer unos trabajos para unos patrones de Schwager y ve la cara de su hija descompuesta, sus ojos verdes hinchados, como quemados, y entonces decide dar el castigo definitivo: las agarra a correazos hasta que les rompe las faldas, mientras las obliga a admitir lo que hicieron y las hace prometer que no intentarán más remedios. Las hermanas lloran, lloran por los correazos, pero también lloran de impotencia porque no logran dar con la solución.
Finalmente, las tres: madre y hermanas, deciden que es la voluntad del Señor. Oran por las noches para que el Señor le quite el mal a su hermanita o se la lleve de una buena vez.
Pasan ocho meses, un día despierta y puede ver. El mal la había dejado tranquila por un tiempo.
*
La madre de mi abuela
La madre de la abuela vino en un barco desde tierras lejanas (nací blanca y de ojos claros, en una tierra donde eso no resultaba ninguna novedad). Primero estuvo en el sur por un tiempo haciendo kuchenes junto a otros que llegaron con ella, hasta que, enamorada de un minero, acabó en Coronel (fui pobre en todos lados). La abuela dice que el problema de su madre siempre fueron los hombres, porque no podía estar sola (yo podía estar sola, pero no quise, porque soy mujer y tengo mis necesidades), siempre tenía que tener uno, sin importar si le daba de palos o no le llevaba el pan a la mesa o era un borracho, lo necesitaba como un adicto necesita la heroína (me gustaba el amor, me enamoré de todos los hombres que metí a mi casa y no fueron tantos, solo tres. El primero fue bueno y eso me hizo buscarlo en los otros dos inútilmente. El segundo fue malo apenas lo dejé meter su ropa en mi dormitorio. El tercero me mató, a ese ni siquiera puedo recordarle la cara). Eso dice la abuela de su madre, nunca sabré lo que diría la bisabuela sobre eso, quizás ella contaría una historia distinta sobre sí misma (yo nunca he sido buena para contar historias, solo sé fregar y hacer de comer), hablaría del amor o hablaría de la esperanza y de la soledad (no hablaría nada, lo que se ve no se pregunta), como suele ocurrir cuando las mujeres justifican a los hombres que las maltratan (hociconas hay en todos lados), como en el programa de Eli de Caso, el Buenas Tardes, Eli, donde las mujeres lloran y dicen que no pueden vivir sin ellos (podría haber vivido sin hijas, que me las impusieron en el vientre, pero no sin hombre, porque para eso estamos en esta tierra y toda mujer necesita a su hombre) y dan sus razones (yo nunca habría visto esos programas, porque no habría tenido tiempo de ver llorar a otras mujeres). Pero yo creo que la abuela no logra contar con justicia la historia de su madre porque está resentida (la de ojos verdes siempre fue la peor de todas), está resentida (se metía porque pensaba que él iba a matarme, dijo, pero qué bah, se metía porque tuvo agrio el carácter desde el nacimiento y le gustaban los combos. Siempre le costó entender su lugar) porque ella la pasó peor que sus hermanas con los hombres de su madre (nunca podía quedarse callada y empuñaba las manos en vez de bajar el moño como las mujeres decentes), porque tiene cicatrices que nunca se le borran de la piel (ella lo mordió en la pierna como una perra, por eso él le arrancó la piel de la frente, junto con un montón de pelo), porque se le ponen los ojos vidriosos cada vez que relata la historia del peor de ellos (a las mujeres no nos cuesta nada hacer agua los ojos), del que nunca supe el nombre porque ella le llamaba «El Diablo» (Manuel se llamaba), porque durante muchos días de su vida pensó exactamente en las formas y modos en que podría asesinarlo (Si él hubiera querido la habría matado, ella tenía un cuerpecito insignificante y él era un hombre de la mina, duro y curtido), hasta que se murió un día en una urgencia de hospital por un ataque de apendicitis que nunca fue atendido (Dios cuide su alma), por lo que se podría decir, entonces, que el sistema público la salvó de cometer un asesinato (Solo tirado en una acequia y sin consciencia lo habría podido matar). Un problema grave de las mujeres (un problema es que todas las hijas se quejan de sus madres, todas las madres se quejan de sus hijas) en esa época, quizás de todas las épocas, aunque hay épocas peores (una mujer no está hecha para vivir sola en ninguna época), no es que ellas se equivoquen en la elección de los hombres (nunca me vi eligiendo algo), sino que una vez arrepentidas (Dios escoge por una cómo lavar los pecados) no pueden deshacerse de ellos (a veces pensé que ellos iban a matarme porque yo tampoco cerraba la boca cuando había que hacerlo y otras veces pensé que me lo merecía por desear el pecado entre las piernas), se les pegan al lomo como parásitos (mis hijas y yo fuimos los parásitos de ellos también, y si el primero no hubiese muerto los otros dos no habrían existido), les pertenecen y nadie las defiende con efectividad (una mujer sola con niños es tierra de cualquiera para pisotear), ya sea que el macho haya sido impuesto (ningún hombre se me impuso en un principio, yo los quise y luego me detestaron) o ellas hayan caído en el embrujo del amor como las moscas en la miel (el amor es una fatalidad).
Greta Montero Barra (Coronel, 1986). Profesora y doctora en Literatura por la Universidad de Chile. Ha publicado los libros de poesía Dummies (2013), Balada del Señor Cuervo (2016) y Un día quemaré sus castillos (2022), que cuenta con una edición española titulada La poesía acabó con nosotras(Liliputienses, 2022). Este último libro fue finalista del Premio Municipal de Santiago. El año 2024 publicó el libro de cuentos Yo no soy esa. Ha sido publicada además en diversas muestras antológicas nacionales e internacionales.


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