Ckausama, el desierto habla

Prólogo a Ckausama de Boris Durandeau (Pampa Negra, 2024)

Günther Guzmán

Despojo tiene su raíz más profunda en spolium, piel quitada a un animal. Al fondo de las palabras siempre hay una verdad que se nos revela. Así sucede con Ckausama, el recorrido por una historia de robos milenario, de un espolio permanente, desde siempre, a ese desierto enorme que pese a su tremenda aridez no deja de entregar riqueza. Una riqueza que atraviesa inmensidades de espacio y tiempo. Generosidad que no se agota y que los hombres, todos los hombres, arrancan como un animal muerto.

La llama se sienta a platicar conmigo,

le digo que por tolerante la matan

y le arrancan la piel.

Me dice: ¡corre!

El desierto parece mudo, pero tiene mil voces, el desierto habla y en Ckausama habla hasta de lenguas muertas, habla de muertos y de los hombres —cercanos y lejanos, ancestros o extraños— que llegan hasta ese rincón del norte, a Cobija —¿Norte, realmente norte? ¿Tal vez es sur u oeste? La historia y la geografía mienten— para hacer riqueza, para hacer vida donde parece no haberla, pero el desierto se impone y devuelve lo que realmente somos; restos de naufragios y maremotos. Ckausama lo cuenta:

He cumplido con la ley del despojo

la misma que promulgaran las ratas.

Cuido de los basurales y tu cementerio

en el que ni una lápida de amor queda.

Ckausama habla de los hombres, de las mujeres, de aquellos que hicieron su hogar aquí y prosperaron —o llamaron a su vida prosperar— y los rescata, los rescata del olvido como las palabras. Habla también de héroes y próceres o que debieron ser próceres, terminar hechos «carne de monumento», pero no lo fueron y se los llevó el viento y el recuerdo. El desierto impone su ley.

Manuel, ya no hay un Dictador Rosas que te persiga,

ni tienes tropas a quienes arengar.

oyes sólo el silbido del viento

y el estrépito cómplice de las olas.

Pero Ckausama no se detiene ahí, baja, baja un poco más, pues sabe que esta historia es solo un estrato, un delgado estrato en la inmensidad del desierto, en la soledad de Cobija. Baja hasta la historia de los otros, los anteriores, que también son los nuestros, los primeros en despojar, los primeros en ser despojados, pero ellos supieron y saben que es la reciprocidad, ellos no olvidan y Ckausama nos lo recuerda.

La ley del despojo es simple,

está grabada en la cumbre de todo Los Andes,

y la reciprocidad no se erigió a tus pies.

También hay dioses, dioses que se creen muertos, dioses que se han encerrado en la oficina del Padre Le Paige, dioses de museos. No obstante, el viento trae su voz, voz terrible, de colmillos y garras, el dios felino que aterra equilibrando el mundo, no es suave, nos es tierno, no es amor y Ckausama lo sabe y lo canta y lo evoca. Un escalofrío recorre mi espalda.

El equilibrio del mundo no vuelve

y desde la tronera dispara flechas de aire.

Alimenta la levedad voraz del felino interno,

que da botes en el colisionador de partículas.

Nuestros abismos se desgarran en las murallas.

Dioses muertos, pueblos muertos, lenguas silenciadas, también Ckausama trae los hechos oscuros de la herida que no cicatriza, la llegada de los conquistadores y del nuevo dios. Nada que agradecer. Nace un nuevo hombre, uno que será, ya sabemos, una delgada línea en el estrato del tiempo. ¿Nace o se disfraza? ¿Se esconde? Nada se crea, nada se pierde, solo se transforma.

Me visto con motivos estucados,

soy mestizo andino,

me gestaron entre piedras y de pie.

Soy de argamasa, revoque de barro y paja

Nada se crea, nada se pierde, solo se transforma y ahí están los nuevos espoliadores y nuevos los espoliados, construyendo mitología y lenguaje, nueva mitología que llamamos historia y como un aguijón Ckausama nos recuerda que son hechos, que fue sangre, que es dolor y que la aspereza del desierto la hace aún más patente. La palabra, la voz, otra vez la voz que exige ser preservada, porque en ella queda algo de la existencia, en el nombre, en los nombres.  

Los tiznados van con sus trompas hasta el sapo

donde hay que rayar la vida. Todos estamos en el pulguero.

No hay piara que nos saque.

Somos caliche ramificado en las grietas de las rocas.

El matasapo libera de un golpe.

Nos pasará a recoger el longino, sin monos.

El agua del tiempo nos llega a todos.

Prohibido achillarse.

Ckausama es un recorrido, una visita a esa ciudad devastada y que no fue, a las historias de las naciones que mueren y pasan como los hombres, ese sueño que tanto adoramos y que solo sirve para el despojo, el velo engañoso de los mapas y las líneas inexistentes de las fronteras. Ckausama lo cuenta, lo canta, una y otra vez y solo ve en ellas el terrible destino del animal despellejado revelando su profunda intrascendencia frente al desierto y el mar que abrazan a Cobija.

Exige a los caciques locales el sacrificio de sus hijas, las llamadas Nación,

para que sus bastardos sean los sacerdotes del nuevo culto,

la historia patria, la historia huaca.

Padres que al morir, se veneran como deidades

que yacen en un santuario de altura

donde nada crece.

Ckausama nos lleva a un viaje a través del desierto, de la soledad, del despojo, de la pobreza, la derrota, la pérdida del centro y del equilibrio, del desvarío que nos invade y que seca nuestra alma y borra los antepasados, a la vida de los antepasados, a sus sueños y a sus dioses que se resisten a morir y nos ofrece lo que me parece un grito, una invocación al pachacuty para que haga, de una vez, girar el mundo. Es una invocación a la esperanza.

Quiero que venga el pachacuty al desierto desfigurado

y arrase a su paso los frutos y cosechas impares,

malditas por el uno y su historia de salvación.

Vendrá el cóndor a comerse al caballo invasor y domará al toro

para que la abundancia sea nuestra

y no del burro, que nos bendice desde sus altares de plata y oro.

Cuchillos de sol y luna.

Termino este viaje y recuerdo a Cobija y sus paredes de adobe desnudas, a Gatico y su cementerio; pienso en salitreras abandonadas y en los petroglifos que nos miran gritando, pienso en el desierto y sus voces y Ckausama me devela parte de esas voces, de esas imágenes que se desprenden de cada rincón de esa Atacama inmensa como sutiles partículas, me conmueven y me susurran sabiamente:

Maytataq richkanki?

[¿Adónde vas?]

***

Günther Guzmán Tacla (Santiago, 1964), escritor, abogado, autor de la novela Tragna (2009) y del libro de cuentos Malsana Facilidad (1995).

Boris Durandeau (Santiago, 1967). Poeta y abogado. Ha publicado en poesía: Tránsito a lo Divino (1994), Bajo tu sombra (2000); y Canto bipolar (2006). También ha realizado los videos: La Negra (2007), Sexo Tribal (2010) y Sálvame de la Sanidad. La fusión de la plástica y de la literatura es una constante en su propuesta estética, alternando entre dibujo, pintura y fotografía.

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