Dainerys Machado Vento
Abres Google Maps y escribes la dirección. Tu amigo te ha dicho que el apartamento al que se mudó no está demasiado lejos de donde vives. Pero sabes que no hay forma humana de conocer Miami de memoria, una ciudad que se ha construido siguiendo el cauce de ríos y canales, donde las calles se cortan abruptamente y los números saltan o se duplican sin previo aviso, donde los barrios mutan, casi cada año, entre la gentrificación y la pobreza. Sí, la pobreza que alcanza a más del veinte por ciento de la población.
Las líneas intermitentes que aparecen en el mapa digital te confirman dos sospechas: Una, que el recorrido demoraría quince minutos en carro, tomando una vía rápida; pero a pie tomará dos horas y media. Dos, que si te decides a caminar, bajo el calor de una ciudad siempre en construcción, no encontrarás aceras en varios tramos.

En Miami todos los meses empiezan a levantarse edificios, plazas comerciales. El horizonte está lleno de altísimas grúas (cranes, en inglés). Los nativos de la ciudad dicen que el ave símbolo de Miami no es el ibis ni el zunzún, sino, precisamente, la grulla (crane, en inglés). Pero ninguno de esos pájaros de hierro construye viviendas económicas, tampoco banquetas ni puentes peatonales. Por eso todo el mundo te aconseja abstenerte de caminar la ciudad; hasta el mismísimo Google Maps, que despliega en tu pantalla signos de exclamación rojos, marcando lugares donde no podrás avanzar de forma segura y donde es probable que tampoco encuentres acceso público. Google Maps también te avisa que, para llegar a tu destino, podrías hacer una combinación de tres autobuses. Por arribita, el análisis arroja una clara conclusión: Miami no se camina.
Ese recorrido que planeabas hacer a pie, aunque no te cruzaras con otro peatón, no quiere ser caminado por ti. No fue concebido para ser caminado, aunque esté en el centro de una urbe. El Condado de Miami se extiende al centro de la Florida, seduciendo la marisma de los Everglades. Reúne a 20 ciudades que se presentan como una sola, que económicamente funcionan como una, que aspiran a ser una; pero donde la distancia media la vida. Miami también llega a la costa Este y allí se desborda en islas de varias dimensiones–incluyendo la más conocida: Miami Beach–. En su afán de ser siempre moderna, Miami aspira a que todo el mundo la viva a cuarenta y cinco millas por hora.
¿Por qué te siguen sorprendiendo las alertas de Google Maps, las calles llenas de carros y vacías de gente? El sur de la Florida solo puede conocerse sobre cuatro ruedas. Sabes que una motocicleta te resolvería algunos problemas; más ahora que la necesidad las ha puesto de moda, con la llegada masiva de miles de migrantes latinoamericanos de bolsillos magros, que dejaron todo su capital atravesando el continente para llegar a Estados Unidos y cumplir sus sueños.

Comprar un carro es, también para todos esos motorizados, parte del sueño. El derecho a «la búsqueda de la felicidad» que dicta la Constitución es, en estas calles, la necesidad de «la búsqueda del carro». Y lo seguirá siendo, aunque el planeta esté a punto de ebullición, y las frecuentes inundaciones den fe de que Miami será sobrepasada pronto por al aumento imparable del nivel del mar.
Claro que puedes intentar recorrer la ciudad en autobuses, visitar a tu amigo en interminables combinaciones de transporte público, pero eso solo si lo hicieras un día entre semana. Entonces tomas dos o tres guaguas, combinas paradas, miras el reloj con desesperación, porque cada ruta suele viajar en línea recta y pocas tienen salidas programadas los sábados, mucho menos los domingos, ni los días feriados. Los domingos, la ciudad es de los coches y de la gente que puede manejarlos.
Si hiciste turismo en Miami, si estuviste unos días en Miami Beach, o caminaste Brickell y el Downtown, dirás que miento. Te subiste a un autobús de asientos duros, parecido a un tranvía antiguo sobre ruedas modernas, que atraviesa gratis la mayoría de esas zonas turísticas, también en línea recta y casi siempre entre semana. Si hiciste turismo en Miami, la ciudad te pareció futurista, un estudio de televisión impoluto. Pero, siento decirte, que fue la ciudad quien te mintió.

El Miami que conociste en tus tres o diez días de aventuras, la ciudad que te sedujo y te hizo creer que en sus calles podrías vivir muy feliz, ese lugar de playas claras y tragos fríos, en realidad, no existe. O para ser justa, desaparece cada diez días, cuando la vida comienza a regularizarse, cuando tienes que buscar trabajo y techo; y el trabajo que consigues no te permite pagar la renta que necesitarías; porque es demasiado cara, porque está muy lejos del mercado, porque hay que manejar dos horas a diario y olvidarse del transporte público, porque esta no es una ciudad, sino veinte que se repiten como en un laberinto de espejos, con calles tan idénticas, tan bien organizadas que no huelen a nada, ni a mar ni a pantano, ni a vida.
Miami no se camina, se padece en su tráfico. Se padece en las temperaturas que sobrepasan los 35 grados Celsius en verano. Miami se habita entre la velocidad de los carros que te pasan por al lado como si pudieran arrancarte hasta los pensamientos. Se calcula que, como promedio, hay dos automóviles por hogar, porque ni uno alcanza. Y ninguno de esos miles de chóferes espera que, al doblar una esquina, pueda encontrar peatones. ¿Peatones? En el Spanglish que se habla en Miami no existe la palabra «peatones». Así que hacen girar el timón con toda la rapidez que le permiten sus brazos, como si no estuvieras parado en la misma esquina, esperando que cambie el semáforo para cruzar la calle, como si no hubiera nadie delante de ellos, como si todo el mundo supiera que caminar esta ciudad no es normal.
Caminar Miami es un acto de resistencia. Hablar español, no. En Miami todo el mundo habla español, desde el jamaiquino oficial de emigración que te recibe en aduana, hasta el hindú que consiguió un trabajo como cajero en uno de los restaurantes de Pollo Tropical; todo el mundo habla su propio español, y todo el mundo se entiende, comparten una colada de café cubano con bastante azúcar y comen tequeños; pero no cualquier tequeño, uno de guayaba y queso, estilo Miami.
La verdadera resistencia en este mar de asfalto es caminar; caminar hasta el mercado, como un desafío a los alcaldes que, por décadas, han prometido mejorar el transporte urbano sin hacerlo realmente; caminar al cafecito solitario de la esquina, como un desafío a tu tío que te critica porque, tantos años después, no has comprado el carrito como debiste; a tus amigos que esperaban más de ti; que esperaban, por ejemplo, que a estas alturas ya tuvieras tu maridito nuevo y tu carro nuevo, tu esposo trofeo y tu victoria en cuatro ruedas, aunque los dos fueran de segunda mano (eso sí, no tan de segunda mano, no tan feo el carro que parezca uno de esos que aquí llaman transportation. La calidad del marido da igual, con tal de que te ayude a pagar las cuentas).
Cumplir con el sueño americano de tener un carro en Miami, tampoco se reduce a cualquier carro. No son bien vistos los que no pueden, por ejemplo, entrarle con orgullo a esas carreteras rápidas a más de ochenta kilómetros por horas. Tampoco los que parquean despintados afuera de la casa de un millón de dólares que tuvieron (y pudieron) comprarse tus amigos con la inflación. Aquellos mismos muchachos tan buenos, que conociste desde que eran chiquiticos, pero que ahora te hablan más como los consejeros económicos que no pediste.
¿Tú quieres libros, funciones de teatro, ir a dos o tres museos? ¿Cómo no te interesan las ofertas de viaje y los zapatos de marca, y las compras en el supermercado al dos por uno, y un aumento de tetas baratísimo por tres mil dólares? ¿Cómo no te interesan la membresía impagable del gimnasio, ni las tarifas del club de tenis, ni las ofertas en el Mall, ni un estiramiento de labios, ni unos zapaticos más caros que esa mierda que te pones? Hasta Google Maps, si pudiera hablar, te diría que acabes de comprarte el carro y dejes de joderlo buscando aceras que no existen.
Con tanta gente comprando Teslas a estas alturas, más de sesenta y dos mil en Florida (es el segundo estado con más Teslas sueltos en el país); con tanta gente uniformada sobre sus glorias eléctricas después de soltar miles de dólares como pago inicial; y tú tan pobre, soñando con aceras, con tantos libros que solo estorban en ese pequeño apartamento, tantos libros que leísta una vez, como si el carro no pudieras usarlo todos los días; tú todavía tan fuera de lugar, con las tetas caídas, o quedándote calvo, intentando caminar Miami, como si no supieras, al cabo de casi diez años, que eso es imposible.
«En la playa todo el mundo camina», se atreverán a responderte los turistas más atrevidos. Otros te dirán: «bueno, si no te gusta, vete». Es verdad que algunos de los que llegaron más o menos en la misma época que tú se sincerarán y, hablando bajito, te confesarán que «es insoportable el tráfico» o que «mantener un carro es demasiado con tanta inflación», o que «esta ciudad ya no es la misma de antes». En Miami, hasta los homeless, tan ajenos a pretensiones, saben que tienen que vivir cerca de la línea del tren, cerquita del metro aéreo que, como los autobuses, viaja solo en línea recta, de ida y regreso, y atraviesa cinco o seis barrios, un tren que se pone imposible los domingos. Porque en Miami ni los pobres, ni los homeless parecen tener derecho a ocupar la calle los domingos.

Y como los amigos tienen que pagar la renta donde sea que sus salarios les permitan, como Miami se ha vuelto tan caro como New York, tan de moda como Messi y como Shakira, la capital tropical del neoliberalismo, entonces vives a dos horas de tus amigos, más lejos que nunca; a dos horas o tres, dependiendo del tren y del bus y de la combinación que logres hacer y del día de la semana. A los pocos amigos que te quedan en Miami no los puedes visitar los fines de semana, porque, aunque te dijeron que no vivían tan lejos, en realidad, viven en casa del carajo.
Quizás por eso casi todo el mundo repite que se va de Miami, como hicieron tus otros amigos, los de la universidad. La gente vive haciendo planes para mudarse, aunque no terminen yéndose nunca. Entonces, con la pantalla de Google Maps delante de los ojos, piensas: ¿para qué me voy a meter tres horas para ir a verte si ya me has dicho, mil veces, que te vas pronto? Y cuando te hayas ido, no vas a volver al tráfico de Miami, ni al calor, porque tendrás que usar tus dos semanas de vacaciones para conocer Roma y Brasil y España, y todos esos lugares que dices que has tenido pendientes tanto tiempo.
Vuelves a mirar el mapa digital con sus alarmas rojas y decides que mejor te quedas en casa, con esos libros que puedes releer, aunque los otros no lo sepan; ahorrando dinero para el Uber que tomarás el próximo domingo para ir al teatro. Los amigos mejor que esperen a otros amigos que sí tengan carro, o quizás todo sea más sencillo cuando coincidan en otra ciudad más amable. Porque tú también a veces dices que te vas, a un lugar mejor, que pueda caminarse o recorrerse en transporte público, una ciudad que no aísle, y que no desaparezca cada diez días, como castillo encantado para turistas. O quizás decir que te vas es solo una muestra de que ya formas parte de una ciudad tan absurda como Miami, tan poblada y extendida en el mapa, tan atrevida y colorida y perfecta, que te sigue pareciendo una ciudad vacía. ¿Cómo se vive en una ciudad sin aceras?
*Las fotografías fueron tomadas por la autora.


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