Esteban David Contardo
Se arrastra al primer bar que encuentra abierto, lejos de toda la convulsión. Le duele la cabeza y antes de encontrarse con Gabriel tiene que arreglar el error del practicante que la hizo recorrer la mitad de Santiago para disculparse con el cliente más grande que tiene el estudio de arquitectos en donde trabaja.
Escoge un lugar junto a la ventana, apartado de la única mesa ocupada por dos mujeres que destacan unos apuntes. En las paredes del bar hay murales de videojuegos y animés, los monos gritones de ojos desproporcionados que le encanta ver a Gabriel; siempre los sábados por la mañana, siempre cuando ella intenta abrir un libro o trabajar en sus proyectos. En el fondo, a un costado de la barra, hay un estante atestado de juegos de mesa y algunas plantas enredaderas que recorren todo el bar. Lo único bello del lugar, piensa Ana todo es de mal gusto, pero ella prefiere eso antes que volver a la oficina.
Saca su computador. Abre los archivos y desde la cocina aparece una anciana de cabellera blanca. Viste con una camisa color crema, un pañuelo de seda atado al cuello y un delantal de blue jean amarrado a la cintura. Es encantadora, piensa Ana al verla caminar con su espalda encorvada, cuidando cada paso que da hasta llegar a su mesa. Pide un negroni y le hace un comentario sobre el alboroto de afuera. La anciana se limita a sonreír y hace el ademán de retirarse, pero algo en el rostro de Ana le llama la atención. Cruza los brazos detrás de la espalda, entorna los ojos y la examina minuciosamente.
―¿Usted sabrá dónde se habrá metido?
―¿Disculpe? ―responde Ana, descolocada.
―¿Usted sabrá dónde podrá estar metida?
―¿Dónde está qué cosa?
―No, usted es muy joven, cómo podría saber ―dice la anciana.
Ana va a decir algo, a preguntar qué es lo que necesita, pero la anciana se da media vuelta y se retira hacia la cocina.
La deja ir.
Extrañada, Ana vuelve su atención a la mesa. Junto a un servilletero metálico hay una vela apagada y un pequeño cuenco de madera oscura con dos dados de veinte caras en su interior. Sonríe. Le cuesta creer que haya gente a la que le guste ir a lugares como ese.
Siente la vibración de su celular. Tiene tres mensajes de Gabriel. Le pregunta si puede comprar una botella de vino, porque él está metido en un taco y no va a alcanzar a comprar. Ella no le responde, quiere dejarlo esperar. Aún sigue enfadada por lo de la mañana, cuando le dijo que su suegra iba a celebrar su cumpleaños esa misma tarde. Ana pensó que le estaba tomando el pelo, pero cuando le explicó que su mamá lo había llamado hace tres semanas y que después se le olvidó mencionarle sobre el cumpleaños terminaron entrampados en una discusión que duró hasta que cada uno subió a su auto para ir a trabajar. Ese tipo de discusiones se hacían cada vez más frecuentes, sobre todo después de que tuvieron la conversación de la beca.
Se lo dijo así mismo una noche mientras cenaban: me gané una beca para ir a estudiar a Milán. Gabriel tardó en responderle. Habían conversado sobre eso cuando formalizaron la relación y ella sabía que él, antes de pensar en cualquier viaje, quería abrir su propio estudio de abogados en Providencia. Gabriel le dijo que más que sorprendido se sintió traicionado, sobre todo porque no le había dicho nada de la postulación antes de esa conversación, que ella sabía lo que él pensaba, que cómo podía haberle hecho algo así. Ana le respondió que si en cuatro años no había sido capaz de abrir su estudio nunca lo iba a hacer. Desde ese desencuentro todo se fue la mierda. O eso piensa Ana. Ella sabe que él quiere terminar con ella desde entonces, pero él es demasiado cobarde para siquiera sugerirlo. Prefiere aparentar que todo está bien, seguir como si nada hubiera pasado y tratar de jugar con su mente a través de actitudes sobreactuadas en cada salida con sus amigos o confabularse con su propia madre para que la haga cambiar de parecer. Ella también quiere evitar tener la conversación, no por cobarde, sino por el simple hecho de que le altera la idea de tener que mudarse, buscar un nuevo departamento para ella sola, embalar las cajas y pagar la garantía más un mes de arriendo por adelantado que atrasaría su sueño de ir a estudiar al extranjero. La anciana aparece con su negroni. Hace una pequeña reverencia y se queda quieta mirando a través de la ventana, a los autos queriendo atravesar un corte de calle en Av. Los Leones, la gente gritando enajenada, el humo, los carros policiales bajando hacia el centro de la ciudad. Da un suspiro y se retira.
Ana le da un buen sorbo al vaso. Está caliente pero no dice nada, el amargor que siente bajar por la garganta la calma por un instante, pero no lo suficiente como para concentrarse. La cabeza le revienta. Saca un calmante de su mochila y lo pasa con otro trago de negroni. Se da cuenta que en el bar suena música japonesa, o de algún país asiático, piensa. Ve que en la otra mesa las mujeres siguen estudiando con detención. Una de ellas viste con un vestido floreado, la otra está vestida entera de negro, pantalón y polera. Tiene la piel blanca, tatuada hasta el cuello. A veces hacen comentarios entre ellas y agachan nuevamente la cabeza para seguir leyendo y subrayando. No deben tener más de veintitrés años, piensa Ana, universitarias preparándose para los exámenes finales. Envidia verlas tan concentradas, como también envidia cada vez que ve a Gabriel estudiando un caso en el escritorio del departamento, bajo su lámpara verde de contador tomando notas, destacando alguna página con una sonrisa en la cara como si hubiera descubierto la quintaesencia del derecho penal. Ana se dice que nunca podría sentir placer por algo relacionado al trabajo. No lo odia, pero le apesta trabajar con personas incompetentes que ocupan la mitad del día para hablar sobre cualquier cosa menos de las decenas de concursos públicos que no se han ganado en los últimos dos años.
Alcanza a ver que la mujer tatuada tiene los ojos verdes, una cabellera negra y lacia que le toca los hombros y algunas pecas alrededor de una nariz pequeña semi respingada. Es guapa, piensa, mucho más que ella, que anda vestida de jean y zapatillas deportivas. La mujer tatuada la mira de reojo. Ana se ruboriza y desvía su mirada hacia la mesa. Qué estupidez, se dice a sí misma mientras sonríe y se muerde un labio. Bebe el último sorbo que le queda en su vaso. Mira hacia el techo y siente cómo el alcohol le comienza a hacer efecto. Los ruidos del exterior comienzan a desaparecer. Busca a la anciana para pedir otro negroni, pero no la encuentra, en cambio ve que la mujer tatuada la sigue mirando, sus labios se curvan hasta descararse con una torpeza que hace que todo se envuelva en una ternura que a Ana le cuesta descifrar. La mujer tatuada baja la mirada hacia las fotocopias y sonríe.
Debe ser siete años menor, piensa Ana mientras ve los archivos abiertos en su computador y se resigna a perder esa tarde de trabajo. Revisa la hora en la pantalla. Le quedan quince minutos para llegar a la casa de su suegra. En su celular tiene siete llamadas perdidas de Gabriel. Va a terminar con él, piensa, que se vayan a la mierda, él y su mamá. Cierra los ojos. Desea estar en casa, sola, desnuda sobre la cama viendo una serie de mala factura con una copa de vino en la mano.
―¿Me puedo sentar?
Ana abre los ojos y ve que se trata de la mujer tatuada. Se ruboriza nuevamente.
―Me llamo Carla ―dice la mujer mientras se sienta sin esperar una respuesta.
―Soy Ana ―responde y cierra su computador y lo acerca hacia ella.
Qué estupidez, piensa, qué estupidez.
―¿Mucho trabajo?
―Algo así, un practicante cometió un error que tengo que arreglar. Trabajo en un estudio de arquitectos ―sobrexplica ella y se siente tonta, engreída.
―¿Qué hizo?
―Se saltó la revisión en el plano de todo un piso de un edificio. Vamos a tener que romper toda una estructura que ya estaba lista.
―¿Y por qué lo tienes que arreglar tú?
―Porque estaba a cargo de él.
Ana ve que desde la cocina sale la anciana y aprovecha de hacerle una seña con su mano. Cuando llega a la mesa pide otro negroni y Carla una cerveza. Ana se queda mirando con detención a la anciana para ver si se va a quedar quieta nuevamente, pero en vez de eso la anciana acaricia con suavidad la cabellera de Carla hasta que comienza a llorar y se va.
―Es mi abuela, la dueña del bar. Anda un poco sensible por las fechas, pero siempre se le pasa.
Ana se siente incómoda, quiere preguntarle qué fue lo que pasó, pero sabe que no es el lugar ni el momento. Se limita a sonreír.
―¿Estaban estudiando para las finales?
―Estábamos testeando un juego.
―¿Testeando? ―pregunta Ana entre risas.
―Probar un juego antes de su lanzamiento. Recién terminamos de estudiar las reglas. Yo lo diseñé.
Ana se ríe en su interior. Es una nerd, piensa, una nerd guapa de ojos verdes que estudia las reglas de un juego en un bar.
―Está basado en una historia de una diosa griega a la que le raptan a su hija y se la llevan al inframundo. La idea es que los jugadores la ayuden a encontrarla a lo largo de nueve días y nueve noches, que vendrían a ser nueve turnos.
―¡Nueve turnos! ―exclama Ana y ambas se ríen.
―Parece más largo de lo que en verdad es ―dice Carla y toma un sorbo de cerveza. Tenemos recursos limitados. Hay que rescatar a la hija antes de que la tierra se convierta en un desierto.
―¿Y cómo se llama?
―Los misterios de Eleusis. Justo lo queremos probar, pero nos falta una persona, ¿quieres jugar?
Carla se levanta y toma la mano de Ana con firmeza, tirando de ella suavemente para llevarla hasta su mesa. Parece un algodón, piensa Ana mientras se deja levantar como si estuviera magnetizada por esa mano blanca, translúcida. Mira hacia afuera. Las calles están vacías, le da la sensación que la ciudad está sumida en el más completo silencio. Se pregunta qué estará haciendo Gabriel y su suegra, cuántas veces la habrán llamado. Nada le importa.
Cuando llegan, Ana ve que sobre la mesa hay un tablero de madera, un gran mapa de algún territorio desconocido con islas y continentes que rodean a un gran océano azul. Es una belleza, piensa, y se sienta.
La mujer con vestido floreado coloca encima del tablero unas pequeñas cartas pintadas con semillas, granos y frutos. Ana le quiere preguntar su nombre, pero de pronto se siente demasiado aturdida por el alcohol como para abrir la boca. Cuando Carla se sienta en el otro extremo siente que todo el bar se queda en el más extraño silencio.
―¿Ya va a empezar?
―Sí, abuela, ya vamos a empezar.
La anciana aparece desde la cocina con una fotografía en blanco y negro entre sus brazos y la deja sobre la mesa. Es una niña con rulos y cintillo. Usa un jumper y sonríe hacia la cámara. Ana se inquieta, quiere salir de ahí, pero su cuerpo se comporta como si hubiera corrido una maratón. No siente siquiera los dedos de sus pies. Se mira las manos y ve que cada uno de sus dedos deja una estela detrás de cada movimiento. Frente a ella todo pasa como si estuviera dentro de un video casero grabado en los años noventa. La mujer del vestido va a buscar la vela que estaba en su mesa, la enciende y vuelve a sentarse. La anciana se sienta al lado de ella con las manos cruzadas sobre sus rodillas y cierra los ojos. Carla la mira con unos ojos benévolos y dice algo que Ana no es capaz de entender. Le hace una seña para que mire hacia el tablero. Hay un rincón que Ana había pasado por alto. Una isla abierta en dos y entre medio un tajo negro y sombrío que ejerce en ella una singular atracción. No puede dejar de mirarlo. Su corazón se acelera.
Comienzan a mover las cartas y tirar los dados. Ella mueve las piezas como si comprendiera las reglas, pero no entiende nada, ni sabe cuánto tiempo lleva en esa silla jugando. En la frente se le forman gotas de sudor y le bajan por la espalda. El aire se vicia. Las plantas del bar, comienzan a encorvarse lentamente, cada tallo se inclina hacia el suelo, las hojas pierden el color hasta secarse y caer.
Carla mira a las dos mujeres, primero a la anciana y luego a su amiga y asiente con la cabeza. Todas se levantan de sus sillas y Ana las imita. Forman un círculo alrededor de la mesa y se arrodillan en el suelo. La anciana comienza a dar golpes firmes al suelo con sus manos y el resto la sigue. Es un sonido seco y definitivo que resuena como si debajo no hubiera nada más que un gran y oscuro vacío. La anciana comienza a gritar un nombre. Ana sabe que es un nombre, pero los golpes en el suelo no la dejan oír nada. La anciana grita, llora, golpea el suelo una y otra vez hasta que las manos le comienzan a sangrar.
Aparece.
Del tajo emergen unos pequeños dedos blancos que se agarran al tablero.
Esteban David Contardo (Talca, 1992). Escritor y periodista. En 2022 publicó el libro Náusea: Crónica de una zona de sacrificio (La Pollera) que obtuvo el Premio Municipal de Literatura de Santiago en géneros periodísticos y una mención honrosa, en categoría inéditos, en los premios Escrituras de la Memoria que otorga el Ministerio de Culturas, las Artes y el Patrimonio.


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