Ana Negri
El problema con los libros es que no tienen una medida estándar, razón por la cual no hay manera de calcular con exactitud y de antemano cuántos caben en un espacio determinado.
Lentes. Debería haber pasado a la óptica para que los ajustaran, a pesar del hambre que tenía. En realidad, tendría que contar cuántos libros hay porque no es lo mismo si son de más de mil páginas que si son fanzines o libros de poesía, que por lo general son más breves. En el primer caso, calculo que pueden entrar unos cincuenta libros en cada una de mis repisas de dos metros con cinco; en el segundo, tal vez tendría que multiplicar ese número por diez, pero no deja de ser un número estimado. De cualquier manera, supongo que lo único que puedo hacer es conformarme con ese aproximado porque si me empeño en obtener una cifra más exacta no bastaría con contar los libros, tendría que contar las páginas que hay en cada una de mis repisas. Me habría puesto de pésimo humor si me hubiera desviado y la óptica no hubiera estado abierta. Igual contar libro por libro sería una pérdida innecesaria de tiempo y resultaría antitético a mis fines, más me vale proceder de forma menos quisquillosa y asumir un cierto rango de error en mis resultados. Como el error de venir directo a la casa pensando que la comida estaría lista. En esta casa no se come a una hora razonable si de ella depende. Entonces, a riesgo de equivocarme, si considero los ciento cincuenta y tres libros de la primera línea de libros, formada por tres repisas de dos con cinco, como referencia para las demás, son… Debería poner la calculadora en la pantalla de inicio de mi celular. Ciento cincuenta y tres por seis… Serían unos novecientos dieciocho libros en la sala que, si examinara a un ritmo de diez segundos cada uno… novecientos dieciocho y cero, nueve mil ciento ochenta entre sesenta… ciento cincuenta y tres entre sesenta igual… tardaría cerca de tres horas en revisarlos todos. Luego están los libros del estudio. Ahí tendría que considerar los cincuenta y siete libros del estante más alto para establecer una correlación con los demás. ¿Cómo hace cuando viajo? ¿Cómo no muere de inanición? Cincuenta y siete por doce, así ya contemplo los dos libreros gemelos. Seiscientos ochenta y cuatro. Seis mil ochocientos cuarenta entre sesenta… entre sesenta… son unas dos horas más. A eso habría que sumar al menos unos diez minutos por hora de interrupciones imprevistas como ir al baño o tomar agua. Lentes. O acomodarme los lentes. Cuánto tiempo de vida estaré perdiendo en esas suspensiones que hago para empujarlos por mi nariz. Tal vez pueda arreglarlos yo. Un desarmador chiquitito. Bueno, entonces son cinco horas y cincuenta minutos y pondría un rango de error total de más menos diez minutos. Si sistematizo la búsqueda, podría acabar antes del amanecer, pero necesitaría idear un método repetitivo para pasar sin tropiezos por cada libro, y, sobre todo, sin fallas. Creo que la navaja suiza tenía un desarmador chiquito. Lo esencial es que en esta fase no se filtre ninguna falla. Por eso el método de revisión tiene que ser impecable, sería la única forma de garantizar que, si lo sigo al pie de la letra, no se me escape ningún ejemplar. Seguro la agarró y la dejó en cualquier lado. Sonó su celular mientras la usaba y se quedó por tres horas mirando la pantalla y para cuando se despegó, ya ni pensó en la navaja. Yo puedo comprometerme a seguir el método con total minuciosidad, lo que no podría soportar es que, luego de dar por concluido el trabajo, me retirara satisfecho para, en un tiempo, estando completamente desprevenido, encontrarme con la bolsita al dar vuelta una página de mi hasta entonces desintoxicada lectura. No hay opción. Incluso si tengo que sacrificar parte de la mañana en esto, el método debe ser infalible. Infalible, sí, indefectible. ¿Qué hace ahí parada? ¿Qué me mira? Lentes.
―Te había dicho que iba a buscar la bolsita. Está entre las páginas de alguno de los libros, estoy seguro. Hay que encontrarla y tirarla.
Es así, aunque ella solo cree que yo creo que es así. En realidad, está segura de que me equivoco, pero le incomoda la ínfima posibilidad de que yo tenga razón y la balanza entre su convicción y mi certeza se incline a mi favor. Sabe que, si estoy en lo cierto, en efecto habría que encontrar la bolsita y tirarla. Lentes. No está molesta. La desperté y no parece molesta. Si solo entrar en la vigilia ya le significa una terrible afrenta a la que debe sobrevivir, ¿por qué no tiene ese radiante humor de perros que suele tener por las mañanas? ¿Y la irritación? ¿Y la rabia? Ni siquiera está molesta. Tiene esa mirada distante, está a años luz de mí, pero los ojos hinchados la delatan. Ahí está, como tantas otras veces. La misma de siempre, la misma de hace rato. O no. Lentes.
¡Hasta que se digna a hablarme! Pero no me voy a ir a dormir. No hay nada de agresión en su voz, me manda a dormir porque cree que es lo que corresponde o por costumbre, en el mejor de los casos. No hay chance. Irme a dormir ahora sería irresponsable.
―Sería una irresponsabilidad irme a dormir ahora.
¿Me habrá escuchado? Lentes. Sería dejar al azar el último residuo de voluntad que me queda y si voy a consumírmelo también, no quiero que me tome por sorpresa. El costo del control es alto porque su posibilidad se escapa cuando se instala en su lugar la confianza; prefiero, de ser necesario, hipotecar la calma. Soy del lado B de esa filosofía de dos centavos digna de sala de espera que invita a reconocer lo que no se controla para estar tranquilos. De hecho, tal vez no sea mi calma la que esté en juego ahora, sino la de ella. ¿Cómo no voy a estar seguro de haberla dejado ahí? Es una provocación que me diga eso.
―¡Claro que no es por necesidad! No la quiero, lo que quiero es deshacerme de ella.
Lentes. Pero parece rendida. De pie, aunque rendida. Se le enrojecieron los párpados y tiene los ojos pequeños, las pestañas pegadas. Estoy seguro de que quería provocarme con sus palabras, pero su cuerpo no parece estar en la misma sintonía. Me vendría bien la furia, no para reaccionar contra ella esta vez. Lo que quiero es usar esa agresión, la que me lance, para cargarme de coraje y volver a concentrarme en el método.
Entonces, ¿cómo era? Lentes. Lo primero es asegurarme de que todos los libros tengan el lomo hacia afuera y así repetir siempre el mismo movimiento, que los diez segundos sean efectivamente diez y no quince y no veinte. Lo siguiente es tomar cada libro con la mano derecha, recorrer el canto con el pulgar de la mano izquierda para pasar todas sus hojas y, por último, revisar que no haya nada entre las sobrecubiertas y las guardas. Podría solo tomar cada libro y sacudirlo hacia el suelo, pero sé que mi versión intoxicada no es menos metódica que la limpia, y tal vez al guardarlo haya ideado una forma para lograr que el sobre se sostenga de alguna manera que por ahora no imagino. Lentes. Debo poner atención en esos resquicios por donde se puede colar mi confianza, donde doy por sentado que todo está bajo control. Es importante repasar las hojas con el pulgar, para sentir cualquier irregularidad que altere la uniformidad del grosor o del peso del papel y así detectar si la bolsita ha quedado escondida por ahí. Así. Lomo para afuera. Este. Para afuera. Para afuera.
¿Cuánto tiempo siguió mirándome mientras yo acomodaba los libros? ¿Qué hacía yo antes de que se diera vuelta? ¿Eructé con sonido o solo soplé aire? Agua. Es el filtro de la cocina.
―¿Por qué debería poner atención en los libros de poesía?
Nada. Más agua.
―¿Por qué?
Bueno, acá ya quedaron, falta el estudio.
―¿Eh? ¿Por qué de poesía?
Rendida, seguro. Por eso busca que el marco de la puerta de la cocina que da a la sala para que la sostenga mientras se acaba su vaso de agua.
―¿Qué? ¿Vas a responderme o nada más te vas a quedar mirándome?
Sigue distante, tal vez ahora más. Parece que va a responder. Toma aire. Al menos parece que también se esfuerza por no desesperar, aunque habla con indiferencia, como si estuviera diciendo una obviedad del tamaño de una casa. No tiene miedo. Esta vez parece no importarle cómo voy a reaccionar. Lentes. Debería enojarme y, sin embargo, algo de lo que dice no está del todo mal. Es cierto que cuando estoy exaltado busco algo que se apareje con mi espíritu, aunque llamarlo grandilocuente es a leguas una burla. También es cierto que la poesía me sirve en esos casos, pero no porque lo demás me parezca mediocre. Bueno, un poco. Lentes. Reconozco el ensanchamiento del que habla. No recuerdo una experiencia puntual, pero sí tengo la sensación de encauzar, con la musicalidad de las palabras, una euforia expansiva. Eso me contiene. Evita el desborde. El desborde o que me desquicie. Lentes. Otra vez no me acordé de comprar el foco cálido del techo. Odio la luz blanca y más en el estudio, mejor con la lámpara de pie. Eso Ahí hay una sección entera que tiene todos los libros con los cantos hacia afuera. ¿Ahora qué?
―¿Qué?
Que no se me escape, atención:
―Si llego de noche a casa y la lámpara del estudio está orientada de cierta forma, procuro dar un par de vueltas por el barrio para no subir al departamento.
―¿Cómo de cierta forma?
―Si la luz apunta hacia la pared del fondo, yo ya sé que no estás en ti.
¡Ah! Me ofende. Resulta que soy súper predecible y, bajo esa misma premisa, resulta también que solo leo poesía cuando no estoy en mí.
―¿O sea que según tú solo leo poesía si estoy puesto?
―Lo que digo es que la luz solo la pones así, a modo de reflector, para clamar poesía con voz mortificada y atraer hacia ti toda la atención, hasta la de las partículas lumínicas.
―¿Mortificada?
Ya ni puede responder, no tiene caso confrontarla si apenas alcanza a asentir. Pero sostiene la mirada. Es una pesada.
―Deberías revisar con atención los libros de poesía en inglés o en francés porque esa voz, la mortificada, te sale muy natural cuando lees en otro idioma, con las uves del inglés como efes o con todas las vocales del francés perfectamente pronunciadas.
Qué insoportable es.
―Soy insoportable, ¿no? Soy un tipo terriblemente pretencioso con el que, sin embargo, por alguna razón que no me explico, decides dormir todas las noches, incluso esta.
Lentes. ¿En serio? ¿Solo eso? Solo ese gesto de hombros.
―Necesito dormir. Si tú no, es tu problema.
La mataría. Si pudiera detectar la más mínima malicia en sus formas la mataría, pero todo proviene de la cruda honestidad del coctel de benzodiazepinas por las que optó hace rato. No sé si estará consciente de que así hipotecó ella su calma. Entiendo que dormir nunca le había representado un problema y sin embargo.
Ya saldrá de la habitación para pedirme disculpas. Ahora que se dé cuenta de lo ofensivo de sus comentarios viene y me dice algo.
Me duele la cara. Las mandíbulas, pero también un poco la cabeza. Claramente se durmió hace rato y no habrá ni una sola palabra más destinada a mí, al menos hasta mañana, que ya es hoy. Lentes. Es insoportable. Cuando se empeña en sostener esa lentitud, cuando se comporta como si su depresión le diera algún tipo de superioridad, me dan ganas de lastimarla, al menos de sacudirla y hacerle saber que no es así. Hacerle saber que mientras ella se satisface con su autoconmiseración, yo necesito desesperadamente algún estímulo, cualquiera, el que sea, aunque me desbarranque por los antros más sórdidos, por las situaciones más indignas, como rata hambrienta en el drenaje. Lentes. Por eso tengo que encontrar la bolsita, para no caer una vez más. En el fondo es de nuevo el signo del ciclo, se viene una repetición. Siempre encuentra maneras, en apariencia nuevas, de embaucarme. Siempre todo no es más que la repetición incansable de patrones constantes que se repiten por el ciclo de mis destrucciones, de mi incansable necesidad de destruir para después vanagloriarme de lo que levanto. Lo levanto, pero me aburro. Es siempre así. Los mismos problemas en distintos marcos, con aroma a lavanda, a brisa marina, a fresca mañana; la ecuación se repite: el desasosiego, la falsa promesa de satisfacción, luego la ira y, de nuevo, el vacío, el desasosiego. La bolsita, tengo que encontrarla. Yo sé de dónde proviene su simulada templanza, la de ella. La he visto antes, en vidas pasadas. Se dio por vencida. Lo sé, pero no por eso tolero mejor su indiferencia. Todo lo contrario. Lentes. No puedo hacerme cargo ahora de ella, de sus desvelos o de sus sueños mal dormidos. Que los resuelva a su modo, que encuentre su método. Suficiente tengo yo con mis asuntos y no puedo distraerme, porque la madrugada ya está bien entrada y si la luz del día me encuentra todavía en estas actividades, será imposible completarlas con la concentración que requieren, porque cuando los vecinos comiencen a usar los electrodomésticos para deshacerse pronto de sus hijos a bordo del transporte escolar, cuando empiecen a tocar el timbre los repartidores de agua, los vendedores de fruta o los afiladores de cuchillos, será imposible pasar revista a cada ejemplar sin que la duda sobre la ejecución del examen me desgarre los nervios. Lentes. Necesito este tinnitus que zumba en mi oído cuando todo el mundo duerme, cuando mi actividad parece deslizarse a escondidas del resto, en las sombras. Ahora, justo ahora, sé que actúo para mí, a mi modo.
Me herí. Sangre. Hierro. Ardor de lector, deberían llamarse estas cortadas. No había contemplado esta posibilidad, es más difícil ahora dar vuelta las páginas mecánicamente y la voz que contienen me tienta a la dispersión. Es otra estrategia del mal que me acecha desde la bolsita. Quiere distraerme del método. No debo. Detenerme a leer es también infringir las normas, es también abrir espacio al desorden. Lentes. Soy consciente de que para poder establecer un orden se requiere de un estado previo que se oponga a él, pero no debo dejarme engañar por esta mesura que me impongo y de la que a veces me convenzo hasta a mí mismo. En mi voluntad opera todavía un desarreglo que requiere atención. Atención, sí, vigilancia. Es eso, la bestia no duerme, la bestia acecha y ante cualquier descuido va a encontrar un resquicio entre las rejas de esta jaula que yo con tanta cautela le construyo. Arde. Saldrá de nuevo a la caza, si la dejo, para imponerse de nuevo a zarpazos, para invertir las reglas y someterme a sus formas. Esa bestia con cuerpo de león y cabeza de hombre de la que hablaba Yeats y con cuánta razón. Cuánta razón, mi querido Yeats, en tus palabras. Por eso no he de claudicar, no puedo bajar la guardia ahora. Sigue ardiendo. Debo acorralar a la fiera, detenerla ahí, bajo la luz de todas las miradas. Apuntar la luz contra su cuerpo para captar su figura, para que no pueda seguir accionando sin ser vista. Así. Que la luz incida sobre ella, que la mantenga a raya porque de lo contrario, de lo contrario seré súbdito de su reino. Pero la suerte está echada, tal parece que la suerte está echada, ¿no es así? ¿No era así, mi estimado Yeats? Por acá estabas. Yver, Yushimito, Yoshimo. ¡Yeats! Y el poema… Página ciento treinta y… arde. La saliva calma. ¡Acá está! ¡Acá está! ¡La encontré! Turning and turning. Había que dar vuelta las páginas, pero aquí estás. Pero no es turning, se dice trning.
―¡Trning nd trning in d guaidning yayr
”D falcn canot jir d folcner.
”Dings foll opart; d centr canot jold
”Mir anarqui is lust opon d gurld!
”¡Es la anarquía desatada sobre el mundo!
”D blod dimt taid is lust, nd effrigüer d cermoni ef inosns is dront.
Estoy perdido. Era inminente. ¿Quién soy yo para resistirme ante esta fiera? ¿Qué podría yo frente a esta fuerza revelada? Habría de volver al método, recuperar la compostura cuando menos. Pero, ¿qué sentido tiene resistirme? Y frente a estas páginas que saben del revés de mis acciones. Tanto como tú, mi amado Yeats, ahora que yo mismo no sé de mí, sino de esta bestia que me condena.
―A sheip güit lain badi nd d jed f a man
”A geis blanc nd ptiles as d son is mufing its lou dais
”Guail ol abaut t ril shadous of de indignent desrt brds.
¿Amor? ¿Qué pasó? ¿A dónde vas? ¿Amor?
Ana Negri (Ciudad de México, 1983). Escritora, editora y doctora en Estudios Hispánicos. Sus textos han sido publicados en antologías y publicaciones de distintas partes del mundo. Los eufemismos, su primera novela, se editó en varios países de Latinoamérica, en España y fue traducida al francés. Desde 2022 vive en Buenos Aires, donde escribe y da talleres de lectura y escritura. Recientemente obtuvo la beca del Fondo Nacional de las Artes.


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