Entramados de memoria, escritura, género y clase en Reversaglio/Nigredo, de Sofía Rosa[1]

Ignacia Cortés Rojas

El libro Reversaglio/Nigredo de la escritora uruguaya Sofía Rosa gira en torno a la reconstrucción de la memoria familiar desde la voz narrativa de una niña. En esta breve presentación, propongo tres claves de lectura para abordar la obra: la memoria, la escritura y la intersección entre género-clase. 

Memoria

En las primeras páginas de Reversaglio, se enuncia el ejercicio que guiará la narración: recomponer la memoria familiar a través de recuerdos fragmentados. La voz narrativa es la de una niña que, frente al silencio familiar, intenta aproximarse a los secretos de los adultos. En un relato que oscila entre la ensoñación y las acciones cotidianas de la infancia, la narradora dialoga con fantasmas de parientes que exigen presencia en la casa familiar, de donde han sido expulsados, ya sea por la muerte o por las separaciones. 

La voz de la niña interpela el silencio del mundo adulto, un rasgo característico de la literatura que recurre al pasado infantil para responder preguntas del presente. En Reversaglio, la niña aprovecha la soledad en la casa familiar para buscar lo oculto, lo negado por una figura materna que rompe con los estereotipos de la madre idealizada. Las relaciones familiares, y particularmente las intergeneracionales entre mujeres, son complejas. Las cajas con papeles viejos y fotografías son las únicas pistas para desenmarañar una historia negada. En su búsqueda, la protagonista observa fotografías familiares donde el núcleo conformado por madre, padre y hermano proyecta la promesa de un futuro común, incluso feliz.

Esa felicidad es la gran ausente del relato. El quiebre familiar, el abandono del padre, la muerte de los abuelos y la pérdida de un hermano son hechos que, sumados a un mundo adulto que impone la mentira y el silencio como forma de relación cotidiana con la infancia. Esos elementos configuran una experiencia más marcada por el trauma que por la ingenuidad. La narradora abandona cualquier tono nostálgico y desafía, con este gesto, la representación simplista y plana de la infancia, impuesta por los mandatos del mundo adulto.

Los espacios donde transcurre la narración son cerrados y lúgubres: casas con puertas y ventanas selladas que marcan un límite con un exterior amenazante, especialmente para las mujeres. En ese exterior, deambulan figuras que el secreto familiar ha intentado silenciar, como la existencia del padre, que es continuamente negada a lo largo de la primera parte de la obra.

Las casas no son espacios seguros ni contenedores de la historia familiar; en cambio, se presentan como lugares de tránsito para las mujeres, donde es mejor no dejar recuerdos ni rastros de su presencia. Un fragmento ilustra este sentimiento: 

«Sé que un día voy a dejar esta casa. Como dejé otras. Que deambularé por varias calles hasta encontrar otra. Que entraré, la haré mía, echaré a los fantasmas que la habitan. Me quedaré con los gatos para que ellos traigan comida» (49).

Escritura

En ambos cuentos o en las dos partes que componen la novela -pues la clasificación de esta obra es difícil de establecer con seguridad-, la escritura se erige como un oficio que las mujeres han empleado para observar y reinterpretar sus historias. A través de la escritura, entendida como un ejercicio voluntario, es posible aproximarse al silencio y los secretos, para reconocer, articular, incluso, quizás, reparar, lo roto sin intentar olvidarlo.

La narradora asume la escritura sin un legado familiar que le facilite el acceso a la cultura letrada. Leer y escribir son tareas que emprende pese a las dificultades materiales, reflejando la complejidad de este camino para las mujeres de clase trabajadora. Incluso aquellas que, aunque logran acceder a la educación universitaria, enfrentan la ausencia de privilegios de clase, lo que se traduce en una falta de contactos o de figuras de apoyo («padrinos» y «madrinas») dentro del circuito literario, dificultando así su acceso a la publicación en prestigiosas editoriales transnacionales.

La escritura es, además, una estrategia para enfrentar el miedo y establecer un pacto con otras mujeres escritoras. La narradora alquila el departamento de una poeta suicida, cuyas palabras inscritas en las paredes evocan una conexión con una genealogía femenina de escritoras, relata que ha decidido alquilar el departamento de una poeta suicida: «Necesito escribir, aunque tenga miedo, aunque me tenga miedo a mí en la noche de los espejos» (33).

La prosa poética de Sofía Rosa, que explora la escritura como herramienta para revisar el pasado sin sucumbir al miedo, recuerda las reflexiones de Hélène Cixous, quien considera que escribir implica una «afirmación de una fuerza interior capaz de mirar la vida sin morirse de miedo, y sobre todo de mirarse uno mismo» (La llegada a la escritura, p. 16). 

Género-clase

La escritura en Reversaglio/Nigredo no ocurre en espacios de privilegios, sino en casas transitorias y ruidosas, donde las mujeres equilibran las tareas domésticas con el oficio de escribir. No se trata entonces del “cuarto propio” de Virginia Woolf, sino una escritura que emerge desde la cotidianeidad femenina impuesta por el sistema patriarcal. Esta perspectiva sugiere una tercera clave de lectura: la intersección entre género y clase.

 En una crítica de Patricia Espinosa sobre el libro Vida de hogar (Yasna y la editorial Trío, 2016) de la escritora y periodista chilena Naomi Orellana, se menciona que algunas de las obras recientes de mujeres profesionales carecen de una reflexión clara sobre clase y género. En Reversaglio/Nigredo, estos temas o dimensiones de opresión, se encuentran sutilmente retratados. La narradora de Reversaglio cuestiona el mandato del capitalismo neoliberal de aspirar a una “mejor vida”, a costa del sacrificio personal y familiar. Un pasaje lo evidencia:

Igual me estoy acostumbrando a no comer porque mi madre está trabajando mucho para que podamos vivir bien, dice, y a veces se olvida de dejarme la comida para que la caliente. Y ahora en esta nueva casa no puedo salir y comprar algo y tengo que esperar a que sea de noche y a veces es tan tarde que ya me dormí y entonces no como nada hasta el desayuno que siempre hay galletitas (65).

En Nigredo, la segunda parte de la obra, la clase y el género configuran la experiencia de una familia de mujeres marcadas por el suicidio. El término «nigredo», asociado a la putrefacción, alude a un clima de violencia de género que recae sobre las mujeres de clases desaventajadas, quienes cargan con las labores domésticas. Solo el carnaval uruguayo ofrece un breve respiro de esta carga, aunque incluso en ese contexto, las mujeres enfrentan el temor al acoso sexual. Así, en Nigredo, se subvierte la noción bajtiana del carnaval como un espacio de liberación universal.

Cierre

Reversaglio/Nigredo es una obra que revisita las relaciones familiares desde una mirada crítica a los mandatos sociales. Con lirismo y brutal honestidad, Sofía Rosa cuestiona los estereotipos femeninos asociados a las figuras dóciles de la «buena madre» y la «buena hija», ofreciendo una perspectiva aguda que, me atrevo a decir, hace justicia a los conflictos maternofiliales y a la experiencia femenina en contextos de clase trabajadora. Estos conflictos, frecuentemente silenciados por la sociedad, son vividos por muchas de nosotras tras puertas cerradas.


Ignacia Cortés Rojas (Recoleta, Santiago de Chile, 1985) es profesora asistente en el Instituto de Estética de la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde imparte cursos sobre estética latinoamericana, culturas populares y arte indígena. Es Doctora en Literatura y Magíster en Letras con mención en Literatura por la misma universidad, además de Magíster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Chile y Profesora de Estado en Castellano por la Universidad de Santiago.


[1] Texto leído en la presentación de Reversaglio/Nigredo, de Sofía Rosa, realizada en el  Festival Internacional del Libro y la Lectura de Ñuñoa, el domingo 3 de marzo de 2024.

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