Felicia Cares
«El intruso es aquel que cambia de lugar y de identidad.»
Política de la literatura, J. Rancière
Le encontraron dos teratomas, uno en cada ovario. Tumores, no muy grandes, le explica el doctor a Raquel, que suelen tener pelos y dientes. Si no los sacamos, seguirán creciendo. No es peligroso, pero es urgente. Raquel piensa que tiene dentro suyo a dos personitas monstruosas incompletas, bocas de media sonrisa y pelusas que jamás tendrán un nombre. El doctor agrega: habrá que sacar parte del tejido sano, por lo que tendrás un sesenta por ciento menos de fertilidad. Una lástima, porque ella quiere, algún día, ser madre. No sabe cuándo, pero con esta noticia parece que no lo será nunca. El bisturí tiene que deshacerse de esos intrusos.
Después del pabellón viene el alta, unas fiestas, unas borracheras, unos llantos. La vida siguiendo su curso. Hasta que comienzan los mareos y las sensaciones de náusea. Raquel vuelve a ver al doctor. Hola, cómo está, tanto tiempo. Y ahí, en la consulta, el mismo hombre que la había sentenciado hacía unos meses, le dice: felicidades, contra todo pronóstico, estás embarazada. Pero doctor, usted nos dijo que el tejido sano y los teratomas y sí, yo les dije que había menos probabilidades, pero que podía pasar igual. Y pasó. La tristeza entonces se convierte en algo un poco más complejo: ¿realmente quiere tenerlo? ¿Felicidad o angustia? Martín quiere, está contento, un segundo hijo, el hermanito de la niña que ya tiene. Pero yo estoy contigo, hagamos lo que tú quieras, le dice. A Raquel no le gusta esa condescendencia con la que habla en situaciones complejas. Lo hace porque no es capaz de decidir nada y siempre le toca escoger a ella. Está confundida, no sabe muy bien lo que siente ni lo que quiere. Adiós al cigarro, eso no será tan difícil; adiós a los vinos y los espumantes del fin de semana. Adiós al trabajo, al menos un año. Saca los cálculos, está a un par de años de llegar a los cuarenta. El reloj biológico suena con un tictac ensordecedor. Es ahora o nunca. Se asfixia de tanto pensamiento, toma una bocanada de aire para calmar el vértigo y, después de dos semanas, lanza una decisión: tendré al niño.
Como es natural, le cuentan a los padres, los hermanos, los amigos, a los compañeros de trabajo. Parece que todos están más felices que ella. Raquel siente culpa, le gustaría compartir la alegría del resto. Pero no le resulta. El tiempo vuela. Se cambian con Martín a un departamento más amplio, dos dormitorios y un baño. Tienen que hacer una lista, arreglar la pieza, comprar una cama, pensar en un nombre. Eso es importante. Buscan en libros, piden consejos, los dicen en voz alta para ver cómo suenan. Daniel, Mateo, Hugo, Santiago, Emilio. Se ríen, imaginan futuros hipotéticos de alguien que todavía no existe. Martín inventa canciones y Raquel encuentra que son melodías ridículas, iguales a las que le cantaban al perrito que tuvieron y que murió por un cáncer al estómago. El Bruno. Tienen las cenizas en un ánfora en la pieza.
La panza de Raquel comienza a crecer de un momento a otro. Se la frota como si fuera un globo enorme, con la extrañeza de saber que lleva ahí adentro algo que saldrá y se parecerá a ella. O a Martín, quién sabe. Lo tiene en la clínica como ella quiere: con todas las anestesias del mundo porque odia el dolor con toda su alma. Al sacarlo, se lo entregan sin ninguna palabra analgésica. Y pasa lo que en algún momento pensó que podría pasar: no lo quiere. Lo mira como si se tratara de un desconocido. Y, de alguna manera, lo es. Pero ya no puede devolverlo ni hacer el proceso en reversa, que se reduzca hasta convertirse en un orgasmo. Justo ella, la de las pocas probabilidades, la de los teratomas, la que tuvo que decidir sin haber planeado nada. Soy tu papá, le dice Martín, y la guagua lo mira como si fuera un marciano. A casi todas les pasa, le dice una prima después, que ella tampoco quiso a su hija al principio y que alguna vez se imaginó tirándose por la escalera con la niña en brazos y se rio, lanzó una carcajada tan fuerte, un sonido nervioso que quedó retumbando en el recuerdo de Raquel. Imagínate qué locura, pero ya le vas a agarrar cariño, estas cosas toman tiempo. Dice «estas cosas» como si se tratara de un asunto cualquiera, como quien se acostumbra a usar unas zapatillas que al principio duelen y después ceden. El amor quizás también es así: de un momento a otro, cede.
Le cuesta uno, dos, tres, cuatro, cinco meses. Al sexto ya puede decir que sí, lo quiere, pero tampoco con locura. Deja de darle leche cuando le salen los primeros dientes y Mateo le da un mordisco tan grande que hasta aquí llegamos, cabrito. Raquel celebra el día del destete como lo había planeado: con varias copas de vino. Martín se hace cargo del niño esa noche. Raquel se duerme medio borracha, con una maraña de pensamientos que no caben en una palabra y con una lista de canciones de fondo. La escena la interrumpe el llanto de la criatura a las cuatro de la mañana, otra mascada a sus horas de sueño. Quizás una pesadilla.
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Mateo cumple dos años y todavía no camina ni habla. Y resulta que a partir de los quince meses ya debía decir sus primeras palabras. Ni mamá, ni popó, ni teté, quiere pronunciar. Lo único que sale de su boca son sonidos que a Raquel le parecen que son de una gaviota. Tampoco logra ponerse de pie. Va para todos lados en cuatro patas. Así que lo llevan con terapeutas y con un neurólogo carísimos que, con rostros lastimosos, les dicen que algunos niños son más lentos que otros, que las radiografías no muestran nada raro, y que pueden apoyarlo con ejercicios, que le modulen bien las palabras: ca-sa, ga-to, pe-rro. Raquel siente que la tratan como estúpida. Le pregunta a su madre si ella también tuvo problemas a esa edad. Al contrario, le dice, a su edad, ya bailabas y tenías una canción favorita, «Sopa de caracol»; meneabas el cuerpo tan divertido, mira, si hasta tenemos una foto con tus cachetes colorados y tu faldita amarilla. Quizás la lentitud viene del lado de Martín. Hay que encontrar a un culpable. Pero la suegra asegura que él fue muy rápido para su edad, aprendió a leer a los cuatro años y ya a los cinco podía escribir palabras fáciles y hacer combinaciones. Mi mamá me mima, mira, Perico, ese mono gorila; mira su mano peluda, mi perro corretea a la rata.
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A la fiesta de cumpleaños asisten personitas de la misma edad que él, entre los tres y los cinco años. Hay griterío y regalos y dulces y torta y un montón de madres descansando mientras todos los niños juegan en el patio. Algunas fuman, otras se quejan, muchas sonríen y nadie quiere decir nada sobre el asunto, pero Raquel sabe perfecto lo que están pensando: su hijo es raro. Ella también lo pensaría si no fuera suyo. Es el único que no habla y no logra correr erguido, va de un lado para otro en cuatro patas. Sin embargo, la crueldad de los amigos es tierna y le permiten tener un papel: es un perrito obediente. Cuando le dicen «siéntate», obedece, cuando le dicen «hazte el muerto», se tumba patas para arriba. Mientras las demás mujeres parlotean a su lado, Raquel mira a Mateo de lejos, mientras bebe un sorbo de su tercera copa de vino, y piensa que el niño, en realidad, no se parece a ni uno de los dos. Como si no hubiera parentesco. En una de esas, le pasaron la guagua equivocada, si hasta se las robaban en algunos hospitales. Es lindo, sí, todos admiran su belleza porque tiene unos ojazos negros intensos y una nariz hermosa que es la envidia de todos los padres y las madres. Pero eso no es suficiente, porque el problema que tiene capta toda la atención. De pronto, aparece la idea de la prima y se la roba: quizás la escalera no es tan mala opción. Aunque ella no quiere tirarse, solo empujarlo a él. Decir que fue un accidente. Así son estas cosas. Concluye: soy una pésima madre.
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El próximo año entrará al colegio. No saben a dónde enviarlo. Tal vez meterlo en una escuela libre o, mejor, que aprenda en la casa y a fin de año rinda exámenes para pasar de curso. Así nadie tiene que verlo. Aunque, así como va, está difícil que cualquiera pueda tenerlo de estudiante. Raquel mira a Mateo y le da una orden: párate y habla. Como si quisiera realizar un milagro, Jesús pidiéndole a Lázaro que se levante de la muerte. A lo mejor tiene que ponerse a rezar, pedirle a alguien por allá arriba en el cielo que la ayude. Hubiera preferido un niño al que darle pastillas para la concentración, para el estrés, para que coma, para que adelgace, cualquier otra cosa en lugar de esto. Esto: tener que pensar en buscar a un adiestrador de mascotas, en lugar de una escuela. Por favorcito, hijo, párate como la gente. No es por mí, es por ti. Aunque eso es una mentira: es por ella, es por la vergüenza constante que le hace pasar cuando no están encerrados en la casa. ¿Qué les va a decir a los de la escuela?, ¿que el niño hará las tareas en el suelo?, ¿que sabe sentarse y hacerse el muerto? Mateo la mira, sonríe y saca la lengua. Tiene sed. Raquel le sirve un plato con agua. Y lo mira, lo mira pensando en que nada de esto tendría que estar pasando y que debería mandar a hacerle una medallita con su nombre y el número de teléfono por si alguna vez se pierde.
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Martín llega del trabajo y se sienta en el sillón. Exhala fuerte y Raquel lo que escucha es un bufido. Lo que le faltaba, dos animales en la casa. Martín dice que está cansado y ella le contesta que está igual, qué semana, quisiera ser millonaria y no trabajar nunca más. Él se ríe y asiente con la cabeza, también quisiera ser dueño de su tiempo, pero se hace el ánimo para jugar con Mateo y lo toma en brazos y dice aquí llegaaaaa ¡el Hombre Araña! Canta la canción de la serie animada mientras sostiene al niño para que imagine que camina por las paredes y el cachorro se ríe y da unos gritos cortos que parecen ladridos de perro salchicha. Raquel envidia esa energía, ese cariño ingenuo. No sabe cómo llamarlo: ¿amor de padre? ¿incondicional? ¿profundo? Se pregunta si de verdad Martín quiere tanto a ese niño o todo es una actuación. Porque, de un momento a otro, parece que a todo el mundo se le ocurre ponerse a actuar y ver pasar la vida como si nada, una nada tan viscosa que se pegotea en cada parte del cuerpo, en cada idea. De pronto la envidia se convierte en rabia, porque, en realidad, a él nunca parece afectarle nada, esa misma nada nauseabunda que la deja a ella al borde del precipicio. ¿Qué se cree? Aprovecha el momento para pelear con él en su cabeza y ganarle una, dos, tres, veinte veces, lanzándole argumentos que seguramente no va a entender porque nunca lo hace o, mejor dicho, siempre entiende a destiempo. Como si no fuera posible vivir juntos en un mismo universo. Martín deja al niño en el suelo y le pregunta ¿te pasa algo? Y ella responde que nada, nada, con una rabia tan grande, pero se contiene, cierra los ojos, inhala profundo y le dice, ¿sabes qué? No tengo ganas de cocinar, voy a pedir una pizza.
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Apenas pone la cabeza en la almohada, Martín se duerme. Una injusticia, piensa Raquel, porque claro, como nada le afecta, cierra los ojos y queda inconsciente. En cambio, ella se ahoga con todo, se ahoga, incluso, con la hija de Martín. Porque el otro día la escuchó hablando por teléfono con quién sabe quién, diciendo: es que no te puedo contar ahora porque estoy con la Raca y Mateo está insoportable, parece que no lo han sacado a pasear. ¿Desde cuándo le dice Raca? Un horrible sobrenombre. Que lo saque ella también ¿O ya se le olvidó lo contenta que se puso cuando le contaron que tendría un hermano? Las adolescentes son unas insoportables. Y lo de ayer, qué terrible: la vecina de al lado tocó indignada la puerta porque Mateo había meado en su jardín y, no conforme con eso, le había dado un mordisco a su sobrino, que andaba de paseo visitándola; o la tonta de Miguelina que no encontró nada mejor que dejarle ese volante con información de una escuela de lenguaje especial en su escritorio, la misma que ama organizar los desayunos de bienvenida para los integrantes nuevos de la oficina, haciendo esas estúpidas dinámicas de decir tu nombre y cuál es tu comida favorita, una mujer tan detestable que siempre anda con una sonrisa porque, según ella, todo lo que entregas después se te devuelve. El universo te da lo que tú regalas. Entonces ella ha hecho un mal muy grande, porque el universo se está desquitando con ella, la quiere desquiciar con una maldición proveniente de una acción anónima del pasado, con un animal atrapado en un algún miembro de su linaje que decidió posarse sobre el niño, dejándolo como un cachorro indefenso. Raquel empuja a Martín para ver si moviéndolo deja esa espantosa respiración que en unos minutos más se convertirá en un ronquido. Se da media vuelta, cierra los ojos y hace como que duerme. A veces la actuación le funciona.
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Quiere gritar, pero no puede. Está desesperada. Se levanta, toma el ánfora con las cenizas del perro y camina con ella por la casa. Va del pasillo a la cocina, pone a hervir agua, se come las uñas, prende un cigarro, se sirve un té. Afuera la noche se devora la ciudad y una moto corta el silencio. Camina con la taza y con el ánfora, como haciendo equilibrio, la vida entre el agua y las cenizas. Todos duermen en la casa menos ella. Sabe que no logrará conciliar el sueño, sabe que el insomnio la tiene amarrada a un día interminable. Se toma el té, se quema el paladar, camina con el ánfora buscando una respuesta. Va al baño, vierte las cenizas en la taza, tira la cadena y ve cómo dan vuelta los últimos restos de Bruno, junto a sus ladridos fantasmas.
*
Es domingo y está soleado. Raquel conduce el auto porque a Martín le carga manejar. Él sabe que está enojada, pero desconoce el motivo. Prefiere no hablar, subirle el volumen a la música. Toman un desvío, se meten por un camino de tierra, estacionan en un terreno de campo abierto. Estiran una manta en el suelo, bajo un árbol, y se sientan para ver a Mateo correr. Aquí el niño puede ser un animalito libre y corretear pájaros, los persigue para observarlos volar. Raquel saca una pelota de tenis y se la muestra. La criatura salta de felicidad y ella lo engaña, hace el gesto de un lanzamiento y lo ve partir tras una pelota invisible. Se ríe y Martín se enoja. No le gusta el juego.
—¿Alguna vez te imaginaste algo como esto? —pregunta ella
—¿Algo como qué?
Esto: seguir juntos a pesar de estar cuidando a un niño que, al parecer, nunca será un niño. Ella lo mira y se pregunta por qué.
—Oye —le dice Martín y espera unos segundos. Le saca los lentes de sol a Raquel, le clava la mirada con los ojos entrecerrados, el sol está pegando fuerte—. Te quiero, ¿sí?
Ella no sabe si es una afirmación o una pregunta. Tampoco sabe qué responder y, en lugar de una palabra, aparece un gesto en su rostro, una aprobación amorosa o, más bien, una resignación. De lejos se escucha a Mateo aullar de alegría. El niño vuelve a donde su madre y mueve la cola. Es un movimiento divertido y grotesco. Y ahora sí, ella le lanza la pelota, no muy lejos, para que la alcance y se la traiga de regreso con la boca. Repite la acción, lanzándola cada vez con más fuerza, esperando que con toda esa agitación el cachorro se agote. Por su cabeza pasan películas mudas, mundos paralelos en los que ella transita con determinación y piensa que, al final, nunca se tiró por la escalera, nunca lo empujó, nunca le ha dicho a Martín que le da una vergüenza enorme andar con ese niño, pero sabe que él sabe y prefieren no decir nada, porque la nada insiste hasta el final.
La tarde del domingo cae con su pesada nostalgia. El niño duerme sobre la manta. La pareja guarda silencio. La tarde se pone fresca, Raquel se levanta y va a buscar algo para cubrirse los hombros. Abre la puerta del auto, chusmea, olfatea, mueve unos paquetes y no encuentra nada. Se frustra, suspira. Se deja caer en el asiento del piloto. Apoya las manos sobre el manubrio. Mira la escena detrás de ella por el espejo retrovisor: Martín acariciando a Mateo. Le da rabia ser ella, le da rabia no ser él, le da rabia la rabia. Enciende el motor. Martín levanta la cabeza y la mira desde lejos. Se levanta con cuidado para no despertar al cachorro. Avanza hacia el auto. Toca la ventana, por el lado del asiento del copiloto. Toc, toc, toc. Raquel baja la ventana y lo mira, no pronuncia ni una sola palabra. Mateo está durmiendo, le dice él, ¿ya nos vamos? Raquel le clava la mirada, como atravesando su carne. Vuelve la vista al frente y le da un par pisadas al acelerador para hacer rugir el motor.
Felicia Cares Villegas (Punta Arenas, 1986).


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