Qué imposibilita a la lengua de decir, de nombrar; qué falta, qué sobra, qué mecanismo la apresa. Estos misterios nacieron con nosotros y han sabido permanecer así, en la oscuridad o en el centro de un laberinto. Lo que sí sabemos es que mientras las cosas habitan sólo en la mente aún podemos escapar, engañarnos y engañarlos, que una vez que la lengua pronuncia todo toma un peso, textura, olor, se vuelve real. Una vez que lo oculto es pronunciado y está aquí, con nosotros, hay que hacerse cargo. En mi pueblo se dice que si se mata al tigre no se le puede tener miedo al cuero y, sin embargo, le tememos. 

El laberinto es también, quiero pensar, una protección de la mente. Somos presos del secreto y por eso volvemos a él una y otra vez. «Me espanta absolutamente el carácter discontinuo del duelo», dice Barthes. Cuántos años nos demoramos en salir del laberinto, en matar a un monstruo que a veces es un secreto y otras un reflejo de uno mismo. Pienso que para develar qué nos pasó debemos estar listos para saberlo, pero, sobre todo, estar listos para buscarlo por nuestros propios medios. De modo que, el duelo volverá múltiples veces, de distintas maneras, hasta encontrar listo al doliente. Tendremos que estar dispuestos a entrar en él, a mirar al monstruo a la cara y con ello matarlo, para entonces, finalmente, poder ser libres de sufrir a nuestras anchas.

Carolina Mouat, en Ahora puedo nombrarte, configura una narradora dispuesta a perseguir al tigre, mandarlo a la conchadesumadre, lo acorrala, lo mira a los ojos, le exige el fin de la batalla. Para esto se arma de lecturas. Hay un desfile de ellas: Molloy, Borges, Margarita García Robayo, Marina Benjamin, Lyn Hejinian, Thomas Bernhard, Tamara Kamenszain, que refuerzan lo que dice Libros chiquitos «Parece haber siempre una cadena de libros que impulsan a escritura de otros». Releer, buscar con el olfato del que quiere vencer al olvido y escribir para encontrarse, para saberse, para entender. Lo fragmentario en el libro da cuenta de ello, de la terriblemente larga búsqueda del origen del duelo, uno que se esconde, que aún no es totalmente. 

 Dice Barthes, nuevamente, en Diario de Duelo:

«¿Escribir para acordarse? No para recordarme, sino para combatir el desgarramiento del olvido en cuanto que se anuncia absoluto.

El -pronto- “ya ninguna huella”, en ninguna parte, en nadie. Necesidad del “Monumento”. 

Memento illam vixisse* (Acuérdate de aquella que ha vivido)».

También está presente la cuestión del punto de vista sobre la memoria, el libro expone la singularidad de los recuerdos y olvidos personales, sus giros, y los efectos de eso sobre ello, sobre ese recuerdo porque «sin memoria cómo se avanza» y se muestran repetidamente los nudos de unos dedos que sin saberlo simulan los nudos de todo el cuerpo y la mente, acá entonces en el territorio de los sueños, lo onírico, presos de ella, amarrados de temores enfundados, revelaciones y de todo de lo que nos alejamos para alargar el suspenso del misterio. De lo que no se dice porque duele y del desgarro que produce ese silencio.

Se lee «quise despedirme, y para eso tuve que mirar tu cadáver», pero el cadáver no se muestra como tal y la conversación se corta, se bloquea. Este texto es también una despedida, una misiva, una carta, un recado, una conversación imposible, como lo son Las Cartas de Eros de Enrique Lihn y Ella estuvo entre nosotros de Belén Fernández Llanos, libros de esta misma editorial.

Hacia el final del libro el secreto se revela, el nudo anunciado al inicio se desata, ahora, ya sin la tensión, el cuerpo que narra es libre de sufrir a destajo. Hablar de lo que no se habla, matar al monstruo, y sufrir, sufrir para liberarse de ese sufrimiento y ser, finalmente, una persona lista para ser quien es. 

«Estoy con una niña en una casa que tiene un pasillo angosto y laberíntico. Nos encontramos con una anciana desnuda. Es baja, tiene el pelo corto, blanco, tetas grandes y caídas, un abdomen flácido lleno de estrías. Intenta tocar a la niña y yo la protejo apartándola, en ese momento la anciana se acerca a mí y posa su vagina sobre mi brazo. Siento la humedad y hago una mueca de repulsión. La anciana me mira y dice: ¿Por qué te da asco si a ti te gusta esto?»

Ahora puedo nombrarte es una novela sobre el significado de la escritura y una bella y dolorosa construcción del duelo, pero los lazos que me unen al autor no permiten que mi texto termine con una cabeza mirando hacia abajo, entonces me permito usar algunas palabras prestadas de una de mis agrupaciones favoritas, la banda española La Casa Azul, una canción que hace hincapié justamente, en el despojo del padecimiento:

«Tú que decidiste que tu vida no valía
Que te inclinaste por sentirte siempre mal
Que anticipabas un futuro catastrófico
Hoy pronosticas la revolución sexual

Tú que decidiste que tu amor ya no servía
Que preferiste maquillar tu identidad
Hoy te preparas para el golpe más fantástico
Porque hoy empieza la revolución sexual».