Hay parte de la obra de Guadalupe Santa Cruz que suele relucir por sobre la otra, pensando en libros de la talla de Quebrada. Las cordilleras en andas, Ojo líquido e incluso Esta parcela. Estos se caracterizan por el cruce de géneros y por habitar un espacio indefinible debido a sus recursos combinados, lo que los hace situarse en un estilo particular de observación. Aquí el ojo es protagónico por sobre personajes o referencias. Estos textos, por lo demás, son aquellos por los que Santa Cruz es citada y leída en la actualidad. Rondan comentarios de sus libros disponibles o de aquellos que por extensión y disposición se hacen más llanos a la lectura. 

En lo personal me convocan sus novelas. Mi cuestionamiento apunta al porqué de aquella desestimación que propician las obras que ofrecen una lectura desafiante y que ameritan lentitud y diversos grados de comprensión, como es el sentido metafórico constante que la autora propicia a través de su lenguaje. Obras que, por lo demás, proponen una detención en el camino señalando una ruta de interiorización. Frente a dichas novelas se propicia también un cambio en el entendimiento de la narrativa completa. 

De la misma manera, el grosor narrativo de Guadalupe Santa Cruz impone una experiencia, una zona sensible en la cual, en el decir de Steiner, debemos estar preparados para la dificultad de ciertas citas, bagajes y referencias, en la lectura de una poética. Y sin que sea tabú o se desestime una obra narrativa por poseer una poética, al contrario, alejándonos de lo peyorativo, como se hacía con la obra de William Faulkner al filiar su dificultad con la poesía de Luis de Góngora.

En las novelas de Guadalupe Santa Cruz la zona opaca remarca una disposición con la que hay que dar un salto a otro tipo de lógicas textuales. En estas construcciones, libres en su disposición de lenguaje, en sus cruces semánticos, en un cuidado manejo del encubrimiento, es perceptible una clave importante de lo que Santa Cruz tuvo que vivir en su tiempo: la dictadura y el encarcelamiento. Y la cárcel del habla. Dicha trampa política también se ajusta a la improductividad acerca de cómo referir ciertos hechos o a referirlos sin las dimensiones que la escritura narrativa puede ofrecer en cuanto a relieves. En el caso de Santa Cruz esto es saldado mediante la alusión indirecta, dejando al desnudo los mecanismos que los acontecimientos tienden a encerrar y, por ende, muchas veces, a encubrir. 

La trampa del acontecimiento narrativo prosperó respecto de los ajustes que el mercado hace con las escrituras. Existen escrituras encorsetables en su forma, en pos de una cierta transmisión de contenido. La de Guadalupe Santa Cruz se inicia como un desajuste en sí misma, en un constante gesto de mostrar cualquier tipo de construcción narrativa como un embrión que puede partir de una premisa lejana a cualquier tipo de relato esperado. Así lo demuestra en Salir, su primer libro. Y digo libro en el sentido de Edmond Jabès: un espacio acumulativo presto a la apertura de nuevas lógicas de codificación. En Salir, el relato del exilio torna al buceo de una consciencia en sus avatares plenos del sedimento del viaje y del monólogo combatiente contra las fuerzas constreñidoras aún operantes en Chile. En este sentido, podemos comprender la zona desajustada como un espacio necesario que hace visible la deformación del estado de cosas en el país mediante hilos conectores entre lugares, pulsiones y fuerzas represivas siempre presentes. 

Guadalupe Santa Cruz fue persistente en suscitar una zona de opacidad que propiciara un forado lumínico para quienes quisiéramos dar el salto a la escritura como una manera de guiar las fuerzas heredadas desde la impotencia de ver un estatismo muy marcado en lo social y, por ende, en la forma en cómo se escriben y leen los relatos. Su narrativa busca la zona del desajuste, un espacio de elocuencia en que la autora abre el lenguaje hacia terrenos poco explorados en la narrativa nacional, filiada quizás a miradas como las de Nathalie Sarraute, Nicole Brossard, Juan Carlos Onetti, José Donoso, Mauricio Wacquez, con quienes tiende vasos comunicantes a través de su manera de socavar las capas de la consciencia y de generar planos de aristas múltiples, imbricadas dentro de narraciones escuetas. Creo que eso aparece en las tres novelas que generan el vórtice, para mí, de su densidad escritural y de su trinchera estética frente a las tendencias más volátiles: El contagio, Los conversos y Plasma. Y en la que más se remarca aquel espacio opaco desafiante es en Los conversos

La novela propone la pérdida del habla como recurso literario para perfilar un estado de cosas específico, y cómo esto afecta a personajes trasplantados de su tierra de origen a una ciudad moderna y tecnificada que, con el propósito de seguir su desarrollo dentro de un marco económico y político impuesto, exige a sus habitantes un tácito pacto de olvido respecto de sus orígenes. Lara, la madre portadora de la historia familiar y social del pueblo olvidado, y quien también sufre en su cuerpo la violencia del pago en el traspaso a la Gran Ciudad, desintegra materialmente su habla, adquiriendo con eso un habla confeccionada de resonancias diversas del castellano y de otras lenguas romances. Este acto de la escritura se indaga como acto material concreto que funciona en cuanto metáfora del hablar distinto y del hablar idiomas diversos para referirse a un pasado en común, es decir, designar las cosas mediante un código que difiere. 

Los procesos de cambio de código (o de código desterritorializado) indican el conflicto que genera un código común imperante e impositivo, para instaurar una lejanía con el pasado, negando acontecimientos de violencia en una época que busca no ser esclarecida por el cuerpo social. Esta temática aparece a partir del espejeo que hace la autora con los procesos del devenir político chileno, debido a que la novela se sitúa espacialmente en ciudades europeas lejanas y de difícil reconocimiento, jugando con dicho distanciamiento para interpelar a Chile y sus urdimbres sociales. 

Los conversos apunta a las mecánicas circulares en que el poder se hace manifiesto en su cerrazón tiránica cada cierto tiempo en nuestra sociedad y cómo esto se apareja con la amnesia correspondiente en cada espacio individual. Las costumbres, la vida cotidiana, las aspiraciones que se conjugan con la nueva temporalidad impuesta se ven amenazadas por el habla en descomposición de Lara, el personaje testigo de su memoria, que señala situaciones dentro de un tiempo estancado, la zona de la herida y el daño frente a una geografía de superficies sociales impolutas. 

Así, la propuesta literaria de Guadalupe Santa Cruz podría situarse dentro de un decir constante que difiere, y parte de este disenso se muestra en sus elaboradas construcciones narrativas herederas de las evoluciones literarias del siglo pasado y comienzos de este, complejizando diversas capas y puntos de vista. Es también un ejemplo de la literatura como una manera de disentir, de no resguardarse al alero del más fuerte. La escritura como minuta de lo indecible: decir lo indecible desde la zona de catástrofe del habla. Atravesar desde el quehacer, atenta a no ser condescendiente con una cultura que debe transitar y superar su adolescencia ética y estética. Escritura sin concesiones la de Santa Cruz, que rechaza todo sometimiento.