PRISMA EN EL OJO LÍQUIDO
Daniela Catrileo
Ojo líquido de Guadalupe Santa Cruz es un libro al que retorno cada tanto, siempre con lápiz en mano. Entonces, subrayo, releo, recomiendo y escucho atenta su ritmo, porque no solo es una escritura que se filtra por las grietas de la memoria para pensar y poetizar sobre los accidentes geográficos, el jardín enmarañado y la transformación de la ciudad, sino que también ensaya y tantea derivas con el lenguaje y la melodía que las huellas fluviales dejan a su paso.
En su inscripción, se percibe como una cartografía material y sonora; retumban las palabras por las cuencas de la urbe en tiempos engarzados, como una raíz que trepa hasta otra raíz. Aglutina en sus fragmentos un cúmulo de imágenes que despliega como gravilla, maleza, parra al sol. Un jardín salvaje que doblega sus tallos y nervaduras a la mano doméstica y no a la higiene y obediencia del paisajismo de mall, condominio o parque de muertos, pues bien sabemos que hasta los cementerios nos han quitado, reprimidos los vestigios bajo el orden y la obediencia del pasto siempre verde.
Tal vez escribo sobre este libro porque entre sus páginas enciende las mías, porque ante el blanco de la hoja me contagia con sus criaturas que poco a poco también tiran de mis ropajes hasta provocar la escritura. Así, sus cauces me acompañaron en el largo trayecto de Río herido, pero también en el solitario camino de una tesis de pregrado. Creo que sobreviví a esa escritura –de todas formas, siempre sobrevivimos a la escritura, aunque se nos aparezca constantemente como un imposible en el delirio dramático de los plazos– bajo la estrategia de conceptualizar nuestras pasiones. En otras palabras, este texto homenaje trata de cómo escribí una tesis de filosofía encomendada al Ojo líquido, buscando escondrijos poéticos para la teoría.
En ese entonces, mi obsesión no difería mucho de mis obsesiones actuales. El enfoque se centraba en reflexionar sobre las imágenes fetichizadas y explorar formas estéticas que se ubicaran por fuera de la imagen colonial o subvirtieran su jerarquía. Todo se trata de hallar la estratagema que sustente la estructura. Por tanto, planteaba una pregunta por la composición, el montaje y la proyección de posibles dislocaciones a la hegemonía de la mirada y al continuum colonial de las imágenes indígenas, principalmente en el cine militante y en la retina de Raúl Ruiz con su obra fílmica Ahora te vamos a llamar hermano del año 1971. Fue en esos desvíos donde apareció el Ojo líquido como prisma, un primer acercamiento a una propuesta conceptual.
La palabra «prisma» proviene del griego antiguo πρῖσμα, con una etimología que nos acerca al elemento que está cortado o aserruchado. Pensar sobre la figura del prisma óptico nos remite fugazmente a la idea sobre la descomposición de la luz para proyectar los colores del arcoíris. Ese ejercicio nos convoca a recordar la experiencia de haber contemplado alguna forma prismática que produce tal efecto, una experiencia que retenemos para volver a imaginar. Un prisma refracta, refleja y descompone. Las esquirlas de lo fragmentado podrían ser un modo de reflexionar sobre lo que se disgrega para recomponer un espacio otro. Si lo pensamos en el ámbito de las imágenes, son aquellas capaces de descomponerse para volver a crear o, dicho de otro modo, para ser utilizadas desde su modificación.
En este sentido, proyectando su posibilidad poética, la idea es la de una figura que componga y proyecte a partir de su dislocación. Así como Guadalupe Santa Cruz y el eco de su escritura imaginaban en su libro:
Pestañean las imágenes detenidas al vuelo, fulminándose ellas mismas en el obturador de la atención: un cuerpo tensado hacia ellas. No miro, la visión llega y raya los ojos sin grabarse. Como la pintura de Bacon, es el movimiento que moldea su ímpetu, trae a toda velocidad la mueca más leve del paisaje, de un rostro (41).
Guadalupe inscribía imágenes intermitentes y líquidas, donde un ojo inquieto nos invita a surcar los paisajes hacia la experiencia material, desafiando la celeridad que tuerce toda geografía. La escritura fragmentada trenza recorridos mientras llega la visión; el ímpetu del ojo es un deseo de perderse en la curvatura, en lo oblicuo, en lo que no es visible o se escapa al orden de la mirada. Podemos comprender que su hábitat oscuro merodea en la incomodidad, en lo que se quiebra. Su potencialidad es el alboroto, el temblor, la bifurcación del flujo. Aquella zona que interrumpe el ojo en su desmesura es también la batalla por observar lo que está en el borde, donde la mixtura de sentidos está mediada por la errancia.
El ojo, que es voz y ritmo, sobre todo ritmo, nos susurra el paisaje que no vemos en su movimiento, tejiendo diversas memorias de la transformación de la urbe para testimoniar la ruina, el recuerdo esparcido y emborronado por un único plano ordenador: el damero. Las imágenes propuestas en la poética de Santa Cruz serían, a su vez, esquirlas de un pasado que escarba la superficie del cuerpo, la materia acumulada para persistir. Como sugiere Elizabeth Collingwood en su reseña: «La línea es un ojo, un pasaje por el que se cuela la memoria líquida en la que lo que hay flota como resto en el flujo torrencial de lo posible» (271). Anudando lo que queda fuera de la ordenanza del diseño, Santa Cruz escribe: «Los jardines permiten verificar la ignorancia de los mapas» (21). En estas resonancias visuales, todo es un pestañeo o un parpadeo por traer la memoria, un espectro que se cuela en las imágenes del presente. Ese contenido contemporáneo es la ciudad en sus anchuras, expandiéndose a pesar de sus bastas.
¿Cómo leer un territorio junto a sus cuerpos, lenguas y memorias? Guadalupe nos proporciona indicios que luego difumina en su escritura, ya que para entender el Ojo líquido es necesario aprender a escuchar las voces que yacen bajo tierra, entre piedras y nervaduras, entre cachivaches y cauces. Estas huellas dispersas sugieren un nuevo enfoque para la lectura: observar con la lengua, hablar con los ojos. Desprendernos de un orden que ha modificado lo sensible, la forma de percibir y concebir las imágenes, así como el lugar que ocupan.
Acercarse poéticamente a esta figura prismática implica contemplar desde los fragmentos, donde la luz nos llega intervenida por el dibujo de los ramajes, el follaje y las sombras; arriban los rayos del sol en la fisura de las hojas y emergen los colores en trizas. El ojo líquido es el prisma, el corte aserruchado con pequeños dientes que pestañean y parpadean, para finalmente proyectar imágenes que se lanzan a construir desde la heterogeneidad, utilizando sus elementos para proyectar un nuevo uso de la imagen: polisémica, múltiple, dislocada.
¿No es la interrupción de la mirada ordenadora un prisma que anteponemos contra la ley? Al sumergirnos en estos jardines, se nos permite imaginar la figura prismática como una propuesta de lectura y traducción de las imágenes audiovisuales. También nos invita a considerar una posibilidad de recuperación y creación, explorando aquello que se extravía en la memoria o en la mirada, incluso en lo que está más allá de la propia imagen, es decir, todo el conocimiento sensible.
Podemos preguntarnos no solo por el prisma, sino por los imaginarios que queremos percibir bajo esa descomposición. Santa Cruz nos brinda el terreno para instalar una propuesta investigativa; su ojo poético impulsa a tramar este tejido y a escarbar en las reivindicaciones estético-políticas de lo que siempre ha quedado desplazado en el rabillo de la mirada.
De esta forma, la propuesta consiste en imaginar un escenario posible donde se abra el telón y aparezca un ojo líquido cuya proyección de planos y fragmentos permita transformar el ojo colonial, torciendo el aparato sensible y componiendo imágenes prismáticas. Al menos, como estrategia: brotar en función de su multiplicidad imaginal. Las imágenes, en tanto uso y potencial, aún se encuentran en un territorio en disputa, y podemos problematizar su distribución y creación, particularmente por las implicancias políticas –o impolíticas– de aquellas que parpadean y están dispuestas a relampaguear fuera del primer plano. En este contexto, se vuelve necesario insistir en la memoria que hoy se hace presente por medio de su materialidad para seguir imaginando tensiones contrahegemónicas. Estas huellas exigen su interpretación para escapar de la linealidad narrativa, un retorno que se relata de forma colectiva, donde también estamos inscritos/as.
¿En qué relaciones podríamos percibir la aparición de lo prismático? Si buscamos en estas imágenes que se nos presentan, es a partir de la mueca baconiana que nos sugiere Santa Cruz, aquello que pueda torcer no solo lo visible, sino también lo que ha sido establecido como imaginario único. Frente a lo prismático, también podríamos añadir lo que recoge Didi-Huberman ante la pregunta de la representación de los pueblos a partir de una cita de Hannah Arendt en ¿Qué es la política? Allí reflexiona sobre las dimensiones de lo sensible desde la multiplicidad, ante el impedimento de pensar en la imagen o la representación en singular. Siempre son imágenes, siempre son pueblos dentro de los pueblos, son nociones irreductibles. Lo prismático radica en entender esa complejidad, en la imposibilidad de afirmar unidades frente a la impureza, a las zonas grises, a las interrupciones.
Las imágenes prismáticas proponen una frontera no esencialista, sino la pluralidad como composición y proyección. En ese sentido, es también una propuesta política para enfrentar la fetichización negativa, el valor de monumento, la espectacularidad vacía y, además, el sentido de pertenencia de estos pueblos frente a los discursos e imaginarios que se instalan desde una romantización al pasado o la guerra del dominador. «Habrá que frotarse los ojos», dice Didi-Huberman parafraseando a Benjamin, para que las imágenes sean dialécticas. Agrego, habrá que frotarse los ojos hasta volverlos prismáticos, líquidos, jardines.
Referencias
Collingwood-Selby, Elizabeth. «Ojo líquido de Guadalupe Santa Cruz. Santiago en el parpadeo de la memoria». Revista Nomadías, N°16, 2012, 269-274
Didi-Huberman, Georges. «Volver sensible/hacer sensible». ¿Qué es un pueblo? Santiago: Lom, 2014.
Santa Cruz, Guadalupe. Ojo líquido. Santiago: Palinodia, 2011.
