Virginia Super Slim
Federica Ruberto
Y las mujeres somos las de la intuición
“Las de la intuición”, Shakira
Ese era el día: iba a conocer a Virginia, la nueva novia del papá de Charo. Estábamos esperándola sentadas en el borde de la pileta, nuestros pies se veían torcidos a través de las ondas del agua. Un ronquido interrumpió la tarde. Miré atrás: el papá de Charo dormido en la reposera animal print con los auriculares de Superman puestos, los que había traído del Dollar Tree de Miami. Arriba de su pecho peludo de piel de camarón rostizado descansaba el libro que decía Bitcoin: El futuro en tus manos con letras fogosas. Miré mis uñas, esmalte negro y viejo con grietas. Charo se dio cuenta. Puedo prestarte y te pintás, dijo sonriendo. No alcancé a decirle que sí, sus pies mojados ya estaban dejando huellas en las baldosas azules camino al comedor de la casa.
Empecé a comerme las uñas, esperar me ponía ansiosa. Pensaba en todas las cosas que Charo me había dicho de Virginia en las últimas semanas de clases y que repitió en mensajes y videollamadas de Whatsapp cuando estaba en Córdoba. Toda una mitología que Charo había creado.
No puedo creer que esté con mi viejo, tipo, yo lo amo, pero no lo puedo creer, decía. En Córdoba me di cuenta de que todo el mundo la miraba a ella, solo a ella, hombres, mujeres, nenes. Tiene un imán. Una nariz chiquita y puntiaguda, como de otro mundo. Unos labios que te morís, no sé si se pone algo pero son divinos. Virginia dice que todo eso es lo importante, lo estético, porque es maquilladora; aunque no sé cuándo trabaja, pero sé que mi viejo le da guita. En realidad, vive subiendo fotos en bolas y le pagan por promocionar productos para adelgazar o suplementos proteicos. Quiere ser influencer. Todo el tiempo sube historias de su chihuahua y las marcas de comida para perro le hacen canje. Tiene unas extensiones como la mina de la serie esa, la mamá de los dragones de Game of Thrones, que ve mi papá. Me dijo que se hace un tratamiento reloco boluda, le sacan sangre, la licúan y se la vuelven a poner, es como un vampiro. Hace camas solares y se depila toda. Dice que es celíaca, vegana e intolerante a la lactosa, supuestamente, decía Charo mientras hacía comillas con sus dedos de uñas mal pintadas. No dice su edad, dice que las mujeres somos más que un número. Nunca vi a alguien así en persona.
Cuando mi Charo mental paró, fui a buscar mi mochila al quincho. Saqué mi celular para buscar el Instagram de Virginia. Charo me lo había pasado en un recreo. Volví a mirar sus fotos, no podía creer que hoy finalmente iba a aparecer. Esperar a Virginia era como noche buena, una Mamá Noela que solo deleitaba con su presencia. Pensé que Virginia podía ser nuestra Barbie tamaño real. Nuestra criatura mitológica. Una sirena suculenta que dentro de unos minutos iba a barnizar su escote de sierra cordobesa con Rayito de sol en el borde de la pileta.
¡Llegó Virgi!, gritó Charo mientras movía emocionada la puerta corrediza. El chihuahua salió ladrando histérico, como si anunciara la llegada de su dueña monarca El papá de Charo se despertó embobado y trató de sacarse lagañas. Virgi entró pomposa, ya tenía puesta su bikini rosa. Su panza no existía, era como si le hubiesen succionado todo, menos las lolas y el culo. Si prestabas atención, podías ver una parte del labio derecho de su vagina que aparecía juguetón, como queriendo escapar de ese tiro alto cavado. Caminaba como caminarían las muñecas bailarinas de las cajas a tuerca, pasos leves y tontos, camuflados por su presencia. Su cara no era como la de Instagram, estaba desordenada. Tenía esa nariz y esos labios que Charo tanto alababa, pero algo faltaba. Le dio un beso en el cachete al papá de Charo y él le dijo qué linda estás negrita. Charo me agarró la mano y me llevó de nuevo a donde la estábamos esperando y sumergimos nuestros pies.
Charo me dio un codazo y mostró casi todos sus dientes con una sonrisa, como diciéndome viste, ya está acá. Virginia se sentó en frente nuestro y también sumergió sus pies mientras decía ay, está re fría. Sacó un parlante portátil rosa y unos cigarrillos de su cartera Jackie Smith. Prendió uno mientras la canción decía: “si la’ mirada’ mataran, tan-tan-tan, tú y yo no estaríamo’ vivo’ pa’ opinar-nar-nar”. Virginia Super Slims, los que fumabas en Córdoba, dijo Charo. Sí, son los mismos, están hechos para mí, dijo Virginia con un poco de risa mientras el humo se escapaba por su boca. Sus ojos claros artificiales parecían canicas, esas bolitas chiquitas que mi papá coleccionaba cuando era chico. “Dale, miénteme, haz lo que tú quiera’ conmigo”, seguía la canción mientras las tres tarareábamos. Mi amiga podría probar Virgi, se vive comiendo las uñas y después anda con las manos así, dijo Charo mientras me robaba la mano de un tirón y la ponía en frente de Virginia. Bueno, ya te di a vos en Córdoba, así que ya fue, tomá, dijo Virginia, y le alcanzó un cigarrillo con sus manos de uñas fucsias stiletto, jugando a ser la mejor madrastra. Charo lo agarró y lo dejó al lado mío. “Si la vida es una sola, ¿qué importa?”, decía el parlante rosa.
Pórtense bien, nenas, dijo Virginia coqueta y se fue a ronronearle al papá de Charo mientras nos quedamos viendo cómo su Iphone rosa vibraba y la pantalla se llenaba de una liturgia eterna de nombres de hombres a los que les había gustado su última foto de Instagram y comentaban con fueguitos, bananas, lenguas y berenjenas. Charo se levantó, agarró el encendedor que Virginia dejó dentro de la caja de cigarrillos y me dijo tomá, fumá, vas a ver que está bueno. La caja decía tus hijos te imitan y pensé que Virginia no tenía hijos que imitaran sus ganas de fumar. Le pregunté a Charo si su papá no se iba a enojar y me dijo que no había problema, que pruebe tranquila, que el problema era que fume ella. ¿Vos querés ser así?, dije mientras me mareaba por el tabaco que ya bailaba en mis venas de nena. Ná, solo me gusta verla, dijo Charo y miró a Virginia y su papá mientras hacía una casita con sus manos para que no le pegue el sol. Yo no quiero terminar esto, le dije asqueada, mostrándole el cigarrillo delgado al que solo le había dado tres pitadas. Tranqui, apagalo y enterralo por ahí en el pasto, mi papá está boludeando.
Nos sumergimos completas sin miedo de que nuestros pelos se llenen de cloro. Jugamos al Marco Polo como dos boludas y nos reímos. Quedamos envueltas en toallas, sentadas en el borde de la pileta de nuevo. Virginia tomaba una limonada de menta y jengibre mientras el papá de Charo le suplicaba que deje de fumar, que eso quedó demodé. Yo no sabía lo que significaba demodé y pensé que seguro Virginia tampoco. Nunca vi a alguien así en persona, había dicho Charo y ahora yo lo entendía. Verla ahí era inexplicable porque algo faltaba. Todo lo que se veía de Virginia era hermoso, pero quizá lo que no se veía era como nuestras ojotas negras lejanas y todo lo que quedaba a la sombra de las palmeras en ese atardecer.
Federica Ruberto (Buenos Aires, 1998) estudia Lengua y Literatura y es docente. Fue becada por el Fondo Nacional de las Artes y actualmente cursa talleres de escritura en la Escuela de Escritura de Santiago Llach. Es mamá de una gatita gris llamada Sofía.


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