Tus artísticos lamentos: estética del malestar, memoria histórica y otros apuntes
Fernando Hormazábal
«Todo va en la estética
Lo demás vale mierda»
Gufi
«Las campañas se hacen en poesía pero se gobierna en prosa»
Mario Cuomo, ex gobernador del estado de Nueva York
Estoy en un enorme departamento en un gentrificado sector del centro de Santiago rodeado de gente guapa. Esperamos el conteo de votos de un plebiscito que promete una nueva Constitución para Chile, ofreciendo aires de cambio a la desgastada agenda concertacionista del «en la medida de lo posible».
Comienza el conteo y de inmediato la decepción. El rechazo arrasa y decae la moral. El dueño de casa, un tipo acogedor con pinta de gringo me mira a los ojos con determinación, toma un parlante Bosé y me dice: «Hay que dar esperanza a los vecinos», mientras del parlante suena «El pueblo unido». Los asistentes cantan, graban una historia para Instagram y nuevamente la incomodidad. El cántico no da resultado. No llueve ni se abre la alameda. No hay rojo amanecer. Gana el rechazo.
Me devuelvo a mi casa atravesando la ex plaza Dignidad ahora ocupada por la policía. Unos chicos lloran en un memorial con las velas encendidas. Otros corren en todas direcciones como hormigas desorientadas.
La masa canta el himno nacional. Nos salvamos del comunismo dicen. Celebran desde sus autos como si hubiese triunfado su equipo de fútbol.
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Soy podcaster y me siento un infiltrado en el mundo de la cultura. No público más que estas columnas, pero aun así me relaciono con los realizadores y autores que desde la provincia admiraba con distancia.
Eso me permitió estar más cerca de esta campaña plebiscitaria. Ver a los jóvenes realizadores dirigirse al confundido pueblo de Chile buscando convencerlos de votar apruebo. Ante mis ojos desfilaron afiches de Allende, Quilapayunes, drones sobrevolando campamentos y cordilleras; niños poetas, banderas en el culo, incomodidad. Siempre incomodidad.
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Ayer un ex compañero de colegio, quien lideró la campaña del rechazo en el pueblo en el que crecí, me escribió para criticar el cambio de gabinete. Me respondió una historia en Instagram de un meme que compartí, en el que decía que Izkia Siches era relevada del gabinete de gobierno por la artista venezolana Arca. Sospecho que no entendió el chiste, ya que me recriminaba alentar ese tipo de jugadas políticas, y no me sorprende. Lo conocí como un alumno del montón. Hoy, es dueño de una flota de camiones y goza de prosperidad económica en un país que está hecho a medida de los ingenieros comerciales.
Comunista reculiao, me dice. Huaso facho aweonao, le respondo. Acomodado. Sacoweas pa grande. Y en esa nos llevamos hasta que finalmente lo bloqueo, aunque queda en mí la incomodidad y las preguntas: ¿por qué cree que soy comunista? ¿Por qué la gente que vi reunida en la Alameda celebraba la salvación de Chile?
Frente a estas interrogantes, recuerdo las palabras de Teresa Marinovic –ex constituyente de este proceso– cuando quiso argumentar por qué Ignacio Briones no debía ser el candidato de la derecha en la primaria de las últimas elecciones, sino que el respaldo debía orientarse a José Antonio Kast. Marinovic, basándose en los planteamientos de Friedrich von Hayek, importante pensador de las ideas de derecha, sugiere que toda política que se oriente al centro tenderá inevitablemente al socialismo.
No sé si mi compañero de colegio pensó concretamente en Hayek para tildarme de comunista, pero creo que puedo entender su razonamiento como inserto en el pensamiento de quienes integran partidos de la derecha. También sé, por mis lamentables encuentros con integrantes de la Fundación para el Progreso (FPP), que este tipo de ideas están muy vigentes en el pensamiento derechista chileno. Todo lo que no es Kast es comunismo. O como burlescamente la izquierda ha resignificado en el lenguaje, “todo lo que no entiendo es comunismo”. Además, Hayek, como pensador, fue una influencia directa a las ideas que promueve la constitución actual. Quizás desde ahí podía asumir como resuelta la primera pregunta por la vereda de la militancia.
Aun así, quedaba por abordar la pregunta más trascendental, que responde al pensamiento de masas. Todavía no lograba entender por qué el resto del país que celebraba en las plazas, no todos derechistas radicales o fachos como los apuntó tempranamente el pendejismo rojo en TikTok, creía que se habían salvado del marxismo, con volantes emplazando a Fidel Castro incluidos. Del por qué Chile es atávicamente anticomunista –o al menos eso vimos en las celebraciones del rechazo– creo no poder desarrollar mayor hipótesis. Es un fenómeno difícil de definir, pero sí tengo la creencia de que el primer acto de rechazo es más estético que ideológico, pues en las celebraciones del rechazo nadie desplegaba o desarrollaba efectivamente un discurso antimarxista. El concepto “comunismo”, más bien, operaba como un comodín.
Pienso en el inicio del estallido social. El complejo escenario a la argentina del «que se vayan todos» donde los chilenos, en venganza con los partidos políticos, decidieron votar por todo quien se proclamara independiente, y en cómo pasamos de eso a la propuesta retromaníaca de las izquierdas; el constante regreso a los setenta una vez que «el pelao Vade» y compañía mostraron la hilacha.
Ante ese escenario pasamos de un Daniel Jadue expulsado de las protestas al Recoletazo por el apruebo. Un desplazamiento estético de lo nuevo defectuoso a lo viejo. Lo que implicó desde la vocería del malestar soltar el relato de la indignación y ofrecer de inmediato la utopía, descuidando que el votante chileno quería seguir indignado. Sobre todo, el que pertenece a las clases populares. Razones tiene, y de sobra.
Republicanos, junto con los comandos del Rechazo, respondieron a esa demanda. Propusieron un escenario donde la clase política seguía burlándose de la gente. Y siendo la indignación una nueva subjetividad post octubre, por paradójico que parezca, en términos emocionales el rechazo se adecuó mejor discursivamente a las demandas del nuevo chileno. Hoy la batalla política la gana quien gestione mejor la indignación, aunque carezca de contenido. Gestión emocional y control de masas.
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Hoy abundan en la derrota entrevistas a sujetos de pie preguntando los motivos por los que votaron Rechazo.
Ante la pregunta la gente despliega el discurso del malestar del estallido. Básicamente: como los políticos me siguen cagando yo les rechazo su propuesta. La franja propagandística de la derecha apuntó directamente a esos sentimientos. En cambio, en la franja del Apruebo hubo poca indignación, sino más bien un sueño. Exceptuando, vale decir, el material dirigido por María Paz González (directora de Lina de Lima), quien enfocó la campaña en los deudores de casas comerciales. Más material de ese estilo podría haber hecho, a mi juicio, una diferencia.
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Una vez que el estallido y su estética de perros matapacos, pikachus y dinosaurios no logró responder estéticamente al malestar y devino en farsa, y ya instalado por la derecha el término “circo constituyente”, la izquierda tendió a uno de sus vicios comunes para llenar el vacío discursivo que ocupaba el asiento del ausente Rojas Vade en la convención. Volcarse, una vez más, al imaginario del que nunca ha logrado desprenderse. Charangos, brigada Ramona Parra y por supuesto Allendes por doquier. Esto siempre desde la lógica del izquierdómetro, que ha vuelto con mucha fuerza en el nuevo izquierdista burgués. El primer universitario de la familia, que vota Artés y no Boric porque lo encuentra amarillo, descuidando si en la vereda de en frente se encuentra la amenaza de la extrema derecha. El voto testimonial por sobre el estratégico. La campaña del sí mismo por sobre la campaña política,que tan necesaria era para desmentir las fake news que abundaban en la vereda del frente, que pese a ser emplazadas por el sector, no lograban ser revertidas ni despejar los temores de la ciudadanía, ya que el burgués de izquierda no supo cumplir su función. Quiso ser el mesías del barrio, una especie de guerrillero de living que ahora despotrica contra pobres e ignorantes por no hacerle caso a él, el primer universitario de la familia. Se acabaron los favores –refiriéndose a sus atenciones profesionales–, los vi decir con soberbia.
Ese concepto que la derecha instaló, como tiro de gracia, el de la «soberbia», en un país que valora la humildad como principal virtud de una figura pública. Si se pudiera, nuestro presidente sería Paul Vásquez.
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Muchas veces sentí que la campaña del apruebo no le hablaba a nadie. El despliegue de lo pop y la retromanía setentera hicieron la asociación al comunismo que hoy se oye en el discurso de la calle, del cual la extrema derecha solo debió preocuparse de señalar y ampliar. La asociación es simplemente estética, carece de contenido marxista pero basta y sobra para el sector de oposición, que se ha caracterizado por el buen manejo comunicacional. El simple neologismo “Chilezuela” les permitió la reelección de un cuestionable candidato a la presidencia. Respecto a la propuesta constitucional, la voz de izquierda no pudo resolver el bien instalado “mamarracho”, como tampoco ha podido con el concepto de “merluzo”. Conceptos vacíos pero contundentes.
Esa noche del fracaso, mientras recorría la alameda, un hombre ebrio y descuidado de aspecto les gritaba desde la cuneta a unas millennials que lloraban en un balcón: “¡La wea estaba mal redactá”.
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Cuando pienso en la incomodidad frente a la estética izquierdista, recuerdo el consuelo que me ofreció durante mi época universitaria la canción “Nunca quedas mal con nadie” de Los Prisioneros. Incluso, en un recurso que probablemente sea ficticio y narrativo de la serie Sudamerican Rockers, se mostraba a Jorge González cantándosela directamente a unos jipis en una peña.
Dice el mito que se la escribió a Oscar Andrade, que sería lo más relevante que le ha pasado, pero eso es otro tema.
Creo que la letra aún tiene mucho que decir. Recuerdo con cariño este verso: “Lloras porque el mundo está muy mal / Criticas a la sociedad / Dices tú que todo debería cambiar / En el escenario folclorizas tu voz”. Un apuntalamiento directo al cómo comunicar. A la incongruencia de quienes dicen poseer el discurso del malestar y no lo logran gestionar adecuadamente.
Si tuviese que buscar un equivalente contemporáneo a esta canción recurriría a “Aburrido”, de Pablo Chill-E, la única canción buena que nos dejó el estallido social y que a mi juicio opera como reescritura de “Maldigo del Alto Cielo” de Violeta Parra. En ella, Pablo, con osadía –ya que lo acompaña Quilapayún–, dice la frase que deberíamos adoptar como un mantra: “Aburrido del canto del pueblo unido”. Declarando antes estar aburrido Del Inti, del Quila y de Troncoso / De todo lo que huela a discurso izquierdoso”.
Cuando le preguntaron a Eduardo Carrasco, de la banda Quilapayún, sus opiniones sobre esta frase, dijo lo siguiente:
“Las causas de fondo son las mismas, hay el mismo anhelo de libertad y de justicia, y la misma compasión frente al dolor, pero en el trap se suma a eso toda la complejidad de la vida urbana actual, con su belleza y su fealdad. Y sobre todo, hay esa profusión asombrosa de exponentes realmente populares, que cantan en las ferias, en las plazas, en los parques con un grado superlativo de invención y originalidad que no se veía en nuestros tiempos. Es como si el pueblo estuviera tomando la palabra y su mensaje fuera una especie de tartamudeo múltiple en el que se expresan de formas originales todas las vivencias del hombre de la pobla, de los deudores de la Polar, de los hombres y las mujeres de carne y hueso que se calientan con la vecina o con el vecino, de los que viven los conflictos en los barrios donde impera la droga, de los que esperan la micro en la esquina o bajan corriendo las escaleras para alcanzar el metro”.
Suena a que es a ellos a quienes deberíamos aprender a dirigirnos, ¿no?
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Durante el proceso plebiscitario, el periodista David Rieff hizo una pausa en su labor como corresponsal de guerra en Ucrania para venir a Chile en el marco del lanzamiento de una compilación de la obra de su madre, Susan Sontag, que había sido curada por él. Quizás lo que más me llamó la atención de sus declaraciones a la prensa fue lo no declarado.
Rieff se negó rotundamente a hablar de su relación con Susan Sontag, e incluso definió su silencio como un principio ante la pregunta de un estudiante en el marco de una charla para una universidad local.
El no hablar, el no decir en tiempos de decirlo todo me estremeció, sobre todo porque yo era un fiel creyente de la escuela de la exhibición. Mejor no hablar de ciertas cosas, grita Luca Prodan en la famosa canción de Sumo, y creo que esa línea opera como máxima en la obra de Rieff y en su postura sobre la memoria.
La lectura de su libro Elogio del Olvido, un ensayo sobre la memoria histórica y sus paradojas, me ofreció ciertas luces para poder decantar una tesis.
David Rieff hace algo fundamental. Luego de diseccionar cómo se construye la memoria histórica en diversos países del mundo, decide volver a la gran pregunta: para qué recordar. Señala que una memoria que no ofrece conciliación ni unificación, que solo alimenta odios atávicos, sería una especie de piedra de tope en el desarrollo de una nación. La memoria, según Rieff, debiese tener un carácter dinámico. Por ejemplo, ante el escenario migratorio actual deberemos hablar menos de héroes de la patria, lo que me parece lógico, si pretendemos una integración de los habitantes de un territorio. Pero ante el escenario del dinamismo nos queda una inquietud ingenua. Bueno, entonces, ¿la memoria se construye? Claro, se construye mitificando porque nada sobrevive al olvido. Y estos mitos, ¿nos libran de las atrocidades del pasado? El conocido planteamiento del filósofo George Santayana que sugiere que un pueblo que al no recordar estaría condenado a repetir sus errores. ¿Por qué parece ser que mientras más nos empecinamos en recordar la dictadura, y hoy, su prolongación de treinta años, tenemos a una nueva extrema derecha joven más exhibicionista que nunca respirándonos en la nuca, además del regreso de esa Concertación que gobernó en la transición?
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Este año la Universidad Diego Portales reeditó el libro Treinta poemas del ex poeta José Angel Cuevas. El libro aborda la transición a la democracia luego de las atrocidades de la dictadura y la caída de la Unidad Popular. En él, dos poemas me llamaron particularmente la atención. El primero se llama “Los peligros de creer en las canciones y los cantores que vuelven de Francia con abrigos largos y perfumados”. El título es gráfico, y advierte sobre la figura de los retornados que vuelven a hacer una revolución. El poema abre con el verso Las canciones revolucionarias tuvieron una fuerza arrebatadora, para luego enumerar la serie de gremios que se emocionaron y creyeron en que el pueblo unido jamás será vencido y en que no nos moverán. El poema cierra con: Los únicos que no lo creyeron / como fue dable comprobar a posteriori / Eran los chicos que la estaban cantando. El ex poeta advierte sobre el goce estético desideologizado. Cantar sin creer. Cantar por el goce de cantar. Campaña del yo.
El otro poema, titulado “Ya no somos los mismos”,aborda el conflictivo escenario posterior a una revolución que fracasa. El rechazo triunfa por la decisión de casi un 80% de los chilenos en el contexto de voto obligatorio. El poema concluye en No hay para qué repetirlo / el mundo entero lo sabe / ni la llamada nostalgia que se rechaza de plano / se trata de otra cosa / ya no somos los mismos / Tenemos que empezar todo de nuevo. Una revolución no se puede hacer de nuevo a la pata de la letra. Los contextos que las permiten cambian y la nostalgia pierde el sentido.
Pienso en lo ocurrido en el plebiscito y en los mitos que constituyen la memoria histórica de la izquierda chilena. Sin duda el partido comunista fue el más azotado por la dictadura y es complejo proponer olvidos cuando proyectos como la ley anti negacionismo no han logrado oficializarse, pero sí es fácil entender porque es en ese espacio donde se constituyen los mitos, sobre todo en la variante más clásica del PC (Tellier o la continuación de esta lógica en Daniel Jadue) generan resquemor en el ciudadano de pie versus el nuevo comunismo chileno (Camilla Vallejos y Karol Cariola). La memoria histórica propone un partido comunista que es construido desde una superioridad moral de único colectivo con afanes realmente transformadores. El otro gran mito es la figura del ex presidente Allende. Hace poco vi una ilustración donde el presidente Gabriel Boric aparecía utilizando unos zapatos que le quedaban inmensos y que decían Salvador Allende, quien es la eterna vara para medir el izquierdismo chileno. Esto, a mi juicio, junto con dañar al sector, solo descuida factores tanto históricos como contextuales de la figura. Pienso desde mi labor; soy psicólogo y sé que no olvidar enferma, es antinatural y no le permite a un cerebro operar. Olvidar es responder a las demandas del presente. “Te olvidas cuidadosamente de algo”, dice un verso de Juan Santander que permite pensar en cuando esto es voluntarioso. El problema no es recordar a Salvador Allende, temo ser malinterpretado. El problema es “para qué” recordamos a Salvador Allende.
Rieff dice sobre el olvido: quizás el opuesto de olvidar no es rememorar, es la justicia. Algo que el país ha hecho “en la medida de lo posible”. Desde ahí podemos entender parte de sus consecuencias en la memoria historica.
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En una tienda de artículos usados abro un libro a maltraer llamado Sexo y sufrimiento en el hombre,que con su dramático titulo llama de inmediato mi atención.
Dentro de él encuentro a modo de marcapáginas una ilustración. Aparece un obrero frente a un sarcófago gritando «Con todo contra los momios», luego, extrañado exclama «Perdón don Chicho», mientras del sarcófago cuan faraón asoma Salvador Allende envuelto en vendajes. La ilustración probablemente es de los años más complejos de la Unidad Popular. ¿Quién se atrevería a llamar hoy momio al ex presidente Allende? ¿Por qué en el recuerdo de él no hay nada semejante a esta imagen que me genera tanta extrañeza? Porque el recuerdo de él está mitificado y no contempla los aspectos suyos que incluso alguna vez molestaron a su propio sector.
El problema principal de estos mitos es que no son funcionales en torno a un proyecto de izquierda que supere lo testimonial. Entorpecen, porque no son queridos por la ciudadanía, un Chile recalcitrantemente anticomunista, y creo que ahí hay una gran labor en términos de memoria para la izquierda chilena. Considerando que el contexto actual asegura el éxito de quién logre tomar la posta del malestar luego del estallido social. Las promesas de utopía no se adecúan al contexto político.
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Si bien este texto fue escrito bajo el calor de los primeros días posteriores al triunfo del rechazo, hoy lo he revisado pensando en que tenemos un nuevo proceso constitucional pendiente, con un adversario muy fortalecido. Por lo mismo, creo relevante sugerir ciertos análisis que pueden aportar a lo que queda por hacer.
Mientras sigamos permitiendo que la estética del malestar la represente la retromanía estética de los setenta, y mientras permitamos al partidismo marcar la pauta estética del estallido, cosa que se hizo desde el Frente Amplio y el Partido comunista hasta incluso la Democracia Cristiana con indudable descaro, las posibilidades de transformación social seguirán siendo mero testimonio frente al sistema electoral. Quien entendió esto tempranamente son los recién resucitados partidos de la Concertación, que hoy, por cierto, llevan la bandera del nuevo proceso.
La nueva izquierda chilena tiene que cumplir una labor respecto a su memoria histórica y sobre qué hacer con sus propios mitos, los que parecieran beneficiar solo a quienes los ostentan, al mismo tiempo que entorpecen el desarrollo del sector. Esto para evitar una transformación que probablemente concluya donde empezó. Un giro en trescientos sesenta grados como hizo el presidente antes de recibir la banda presidencial, lo que en su minuto no supimos interpretar. Quizás era una advertencia o una premonición.
Entiendo que los viejos con poncho que aún se saludan de «compañero» no estén dispuestos a asumir esta decisión, pero si los nuevos jóvenes de izquierda, quienes cumplen un rol en sus comunidades, no logran dirigirse efectivamente a la ciudadanía indignada y repiten las viejas fórmulas, no nos va a quedar otra que llorar en Tiktok. Aburrido del año. Me cagaron el cumpleaños.


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