Los amantes se equivocan. Los amantes nos equivocamos
ISABEL SUÁREZ ESCOBAR

Los amantes de nuestra época, a pesar de su respeto ‘teórico’ por la libertad, solo se satisfacen con la conciencia de la fidelidad psicológica de la persona amada. Con el fin de ahuyentar de nosotros el fantasma amenazador de la soledad, penetramos de una manera violenta en el alma del ser ‘amado’ con una crueldad que sería incomprensible a la humanidad futura

Alexandra Kollontai, “Relaciones sexuales y lucha de clases”


Antes, o en 1911, Alexandra Kollontai escribió este luminoso texto, al que tituló Las relaciones sexuales y su lucha de clases. La imprecisión de su fecha de publicación lo hace todavía más impreciso, tanto al texto como a la figura de la autora. Si tratamos de fijarla en una línea temporal, suele quedar a la sombra de una de las figuras más importantes de la izquierda socialista –de la que, además, fue asistente–: Vladimir Lenin. Trabajo que llevó con la voluntad de la militancia, que coordino con la continuación de sus investigaciones y estudios, pero que le significó anteponer al partido siempre. 

Antes de este rol que cambiaría su vida, se unió al Movimiento Bolchevique en 1914 y mucho antes de eso estudió Economía Política en Zurich. Ahí se dedicó a estudiar la relación entre los sexos y su complejización en el desarrollo de la sociedad capitalista. En sus trabajos llegó a la conclusión de que, mientras más forzadas a la simpleza fuesen las formas del deseo y el amor, más problemas existían en términos de estabilidad afectiva y de productividad. Dedujo que la insistencia en moldes y parámetros para llevar la relación entre los sexos conducía a conflictos cotidianos que afectaban directamente a estructuras de productividad y crecimiento, por ello si una pareja de obreros comenzaba a tener problemas estos terminaba por marcar una diferencia en sus desempeños, sea desde el rol del cuidado por parte de la mujer o de la producción de los hombres. Esta división ya tenía diferentes formas en la época, había mujeres que trabajaban y por ello producían. Y fueron estas observaciones las que llevaron tempranamente a Kollontai a reconocer la importancia de los derechos sexuales y reproductivos.

Lo que propone Alexandra Kollantai, tan por delante de su época, fue una nueva perspectiva sobre qué sostiene las relaciones sexoafectivas y así ofrecer una alternativa a los análisis conservadores y socialistas, quienes observaban una solución individual o colectiva dependiendo de la línea de pensamiento que les regía. Los conservadores creían que controlando el número de casamientos, hijos en común y la realización absoluta de los roles se aseguraba la estabilidad necesaria para la producción; los socialistas, en una línea más centrada en lo colectivo, consideraban que los obreros, hombre o mujeres, tenían la responsabilidad de su futuro y el de todos, y por ello ante todo estaban los espacios públicos de relación, la fábrica y el partido. Ambas perspectivas ofrecían una solución general y externa, una regulación que para Kollontai no consideraba lo básico: los amantes. 

Uno de los grandes problemas de los amantes es su ansiedad: viven –y vivimos– con ansiedad, porque normalizan y arraigan la noción de imposición, un juego de expectativa sin consenso que, cuando no es lo que se espera provoca sufrimiento. Podemos pensar que la imposición ocurre de varias maneras, pero el texto de Kollontai observa dos, la primera asociada con los moldes fijos pensados para las relaciones sexoafectivas, por ejemplo la monogamia; y la imposición que acontece cuando nos relacionamos con otro y hacemos operar nuestras expectativas por sobre la voluntad y el deseo de éste. El otro se trasforma en un objeto de pertenencia y su fidelidad es intrínseca, haciendo de las relaciones de amantes un molde transferible y no un trabajo creado. Pareciera que no reparamos en las diferencias ni en las particularidades de cada ser con su historia y en esa generalización absoluta practicamos una violencia aceptada. Ante las muchas formas de violencia, ésta sería quizás la menos violenta dentro de las posibles y potencia que existen en relaciones, se trataría más bien de una perturbación del otro, que asume y espera cuestiones que nunca han sido medidas con el deseo de éste, en la insistencia de creer que hay una forma, sea la conocida o la personal, arrasamos con lo único que hace posible que el vínculo sea: el deseo de ese otro.

El imponernos a otro es un acto perturbador de su emocionalidad e interioridad. Creemos leer todas las señas y signos que se nos presentan, creemos que lo que funciona antes con otre, podría funcionar en este nuevo lugar, y es en esta dinámica no develada vamos perturbando la voluntad y el deseo del amante que tiene su propia historia, sentir, incluso forma.. Nos equivocamos o nos hemos equivocado porque al poco tiempo de hacernos amantes, creemos que la intimidad erótica nos permite imponer nuestra voluntad, cuando los cierto es que esa fidelidad, ese querer, se hace entre dos. Ese que estás besando tiene su historia y trae consigo lo que sucedió y lo que espera en consecuencia de ello, no sabemos todo de éste, ni éste sabe todo de sí, entonces cómo podríamos solo con besar a un otre entenderlo todo. Por eso, en el amor lo central es la paciencia y la espera. Cada pausa en el camino de conocer a alguien es una posta para la nemotecnia del cuerpo y en el distanciamiento debemos preguntarnos por el otro, verse con el otro, porque a pesar de que nunca podamos entenderle del todo, tenemos que encontrar la calma y ver que eso que se nos devela es la parte de sí mismo que el otro nos ofrece. Que tal vez sea lo que puede en ese momento ofrecer, entonces no toda mezquindad o lo que interpretamos como tal, es solo eso. En ocasiones toda distancia y resistencia tiene un comienzo.

Un ofrecimiento es una entrega, no un intercambio, por eso no podemos valorizarlo, aquello que el otro nos muestra es lo que quiere, y posiblemente puede, en las circunstancias que se nos dan. En una sociedad capitalista en desarrollo, desde la que habla Kollontai, y la que marcó muchas de las formas que conocemos al día de hoy, el intercambio lleva consigo la monetización, y en tanto tal, el éxito de una pareja era la perpetuación del sistema y un aumento en la productividad, unos buenos amantes eran aquellos que tenía descendencia y que participaban activamente en la producción. Lo contrario eran los amantes que no podían sostener su relación, los que no procreaban o los que tenía problemas para mantener trabajos. Todo eso que estaba fuera de norma, la norma trae el ansia, y no deberíamos ansiarlos, porque a pesar de que nos involucre, la responsabilidad más grande tiene que ver con las expectativas y el diálogo. Develar los códigos e intentar conocer los límites del deseo, más precisamente dejar el espacio para mostrar los códigos, y hacer con el otro.

Al final, la honestidad no se determina en lo que se nos muestra, si no en los límites que ella representa. Verbalizar el límite nos saca de la incertidumbre innecesaria –recordemos hay algunas que son fundamentales al entablar vínculos–. Cuando comprendamos esto, quizás podremos vivir con menos ansias e imposiciones a nuestros amantes, a pesar que no todas las acciones y actitudes de nuestros amantes y de nosotros son una fórmula para el éxito. Ya lo decía Clarice Lispector, solo sumando incomprensiones se ama. Todos los amantes deberíamos decir esas cosas que sabemos de las que nos vamos a arrepentir porque, aunque tenga como implícito la soledad, y que en la expresión no está la certeza, está siempre el hacer, colaborar, ofrendar, aceptar la brevedad, la espera y el disenso.

Esto, quizás, sirva para conocer y conocerse como amantes, o más preciso, para quitar el ansia, para dejar de imponer, para detener todo acto que atraviese y deba ser interpretado en la medida que hemos establecido, para entregarnos al tiempo y a la calma de lo que se nos da y damos cuando amamos.

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