Un bolero chileno
Bolero de Patricio Contreras Navarrete

Julio Barco

Mi viaje a Chile duró más de un día cruzando el largo desierto en bus, desde Lima. Era el 2018 y acababa de publicar Respirar. No tenía para el almuerzo y tuve que resignarme con la plástica y cruel comida del transporte. El paisaje parecía un vasto cementerio de cuerpos prehistóricos. No importaba, iba a llegar a Santiago. Di una lectura en la Fundación Pablo Neruda, con poetas como Rosabetty Muñoz en una de las mesas, bajo la dirección de Ernesto González Barnert. Y vagué por el centro y disfruté de unos brindis en el bar-restaurante Don Simón para luego visitar Valparaíso. Los recitales y talleres fueron hermosos e inolvidables. Junto a Gonzalo Geraldo, llegamos al puerto y recorrimos las calles en una larga caminata. Yo diría que Valpo tiene algo de Barranco, el balneario cultural de nuestra capital, solo que con un aire más vetusto. Creo que llovió. Sí, llovía una salvaje lluvia del sur. Para resguardarnos, nos paramos bajo el toldo de una tienda, al pie del ascensor. 

Al rato, pudimos llegar al departamento donde vivía el poeta Patricio Contreras Navarrete. El día era húmedo y claro. Diáfano. Con la generosidad de viejos amigos nos invitó a un café y charlamos de poesía en su sala. La vista, en la ventanita del baño, era hermosa: podíamos ver todo el balneario y el mar plomizo y brillante en el horizonte. Contreras no solo escribía poemas y daba talleres, sino que vendía libros encima de una manta de tela roja en los parques de Valpo. 

Son estos lugares los que recuerdo cuando leo el bello poemario Bolero (La Vieja Sapa Cartonera, 2022), cuyo tema es justamente las calles de su ciudad, los amores, la intensidad que nace de la palabra y el fuego de la poesía. No me sorprende encontrar dos epígrafes de autores que aprecio al pie de este trabajo –Blanca Varela y Andrés Caicedo–, sino que confirma mi propia reflexión sobre la idea de este libro: el bolero, que es la musicalidad de nuestro sentimentalismo latinoamericano, expresa la intensidad, el fuego verbal, la música del lenguaje. Estos poemas me saben a la calle empinada donde se encontraba la mítica librería Concreto Azul, lugar en que dicté un taller de poesía peruana.

Cuando pienso en poesía, necesariamente imagino intensidades; o, en todo caso, las siento: la voz de Vallejo y de Neruda tienen una intensidad particular; la de Nicanor Parra o de Eguren, otra. Cada una es un color marcado, una máscara del ser. Una música[i]. En Bolero esta intensidad es urbana, callejera, beoda y transgresora. Hay un ánimo de mirar los vacíos de la sociedad del capitalismo radical, donde toda relación entre los cuerpos no deja de ser un intercambio bursátil. Así, en ese movimiento de vivir y poetizar, de observarse poetizando en la vereda, en el asfalto, en las madrugadas pegadas a las mesas de los bares, de los vasos de vino, en las noches gélidas y de garúa, Contreras afirma que:

de cada palabra

aprendida por vivida en los costados

de la ciudad o de la página donde

crece esta flor sanguínea y la canción

de los cuerpos contra el pavimento

(“Periférica”)

Así, Bolero es un canto de la vida del poeta urbano en la sociedad contemporánea. De quien sabe que vivir es la teoría perfecta para esbozar los nuevos lenguajes; porque estos nacen tanto de lo leído como gozado, de lo sentido como bailado en ese bolero eterno de la sangre que mana de nuestros vecindarios. Es que aquí, en estas zonas del mundo, donde la desigualdad y la violencia triunfan, también se mantiene el incendio de los sentimientos. Pese a su longevidad, cada nueva generación encuentra un nuevo espejo en el bolero; se siente afín a ese encanto, a ese modo de tocar el corazón y de sumergirnos en el romanticismo. De esta manera, se mantiene como un clásico. Amar es necesario frente al infierno. Amar es el poema. Amar es la poesía misma. Amar y escribir es cerrar un círculo sagrado. Contreras dice:

Pero no importa / tú no te preocupes

yo te escribo un beso en tus manos amables

nunca seré ese traidor que le roba a los vecinos

sólo te quiero dedicar a contratiempo 

una vieja canción de los noventa

(“Mamá”)

Termino de escribir esta reflexión sobre Bolero escuchando “Sabor a mí”, en versión de piano de Alexis González, y pienso en lo que afirma, a modo de epílogo, Gian Pierre Codarlupo: la relación de hermandad literaria entre Perú y Chile se ha ido acrecentando. No lo dudo. Y así será. Y me atrevería a pensar que en la literatura podemos encontrar no solo los hilos que unen a Chile y a Perú, sino a estos dos países y a todos los del mundo. La literatura rompe fronteras mostrando la similitud entre los sentimientos humanos. La poesía, ese relato del corazón, nos ayuda a observar las semejanzas –como diferencias– humanas, a través de la lupa de la mente de quien versa. Quizás una de las mejores formas de generar empatía entre todos los pueblos sea conocer su cultura, dar una lectura a la poesía de cada localidad, para así comprender más sobre sus deseos y subjetividades.

***

Julio Barco (Perú, 1991). Autor de diversos poemarios, novelas, ensayos y antologías. Actualmente difunde contenido literario en www.lenguajeperu.org.pe y escribe para el diario UNO y la página web Lima GrisArder (gramática de los dientes de león) (2019) y El nuevo fuego (2023) son dos de sus títulos más conocidos. Además, ofrece talleres de escritura creativa a los jóvenes de su ciudad.

Patricio Contreras Navarrete (Puente Alto, 1989). Escritor, educador y crítico literario. Participa como editor y gestor cultural en la Editorial Anagénesis. Parte de sus textos aparecen compilados en los libros Zapatitos con sangre: 66 poetas del fútbol (Editorial Cuarto Propio, 2016) y Antología de la Chilean Premier League (Editorial Los Perros Románticos, 2022). En poesía, ha publicado Calle abierta (Balmaceda Arte Joven Ediciones, 2016), Territorio en disputa (Ediciones Punto G, 2018) y Bolero (La Vieja Sapa Cartonera, 2022).


[i] Esto se discute porque algunos creen que la poesía no es música. Otros afirman que sí. Lo cierto es que originalmente la poesía surgió de la lira, que era una forma de hacer música. Y si mantuvo la métrica por siglos fue para darle un compás y ayudar en la memorización de los poemas. Pero, a estas alturas de la vanguardia y posvanguardia, podemos afirmar que la poesía tiene un ámbito de búsqueda donde se muestra como una secuencia del estado mental más que sonoro. Sin embargo, yo creo que ese estado mental poético es necesariamente sonoro. Esto nos debe llevar a discutir qué entendemos por armonía.

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