Formalizar el dolor de lo político sin nombre entre la cháchara de la crítica como horda

Matías Ávalos

Para personas de nuestra generación, aunque las hegemonías comunicacionales y los focus group de mercado intenten plantar una fachada que nos define como «nómades, personas que prefieren las experiencias a los logros materiales, etc», lo que sucedió fue un quiebre. No por una guerra interna o una masacre, como le tocó a nuestros padres y abuelos, a nuestras madres y a abuelas, sino por la lenta y ardorosa transformación de un sueño en una pesadilla.

Sí. Salvo que pensemos la historia muy diferente, a muchas y muchos de ustedes probablemente el mundo les cambió de color entre la esperanza de algo no tan terrible entre el 98 y el 2010: la concentración de poder, la deformación de lo que entendíamos por política, la corrupción, la banalización de los términos en los que hablaban las personas que admirábamos, que representaban nuestro norte. Todo lo cual devino en procesos tan absurdos como peligrosos, sintetizados en los nombres variopintos de Bolsonaro o Milei, por citar dos victorias del fascismo democrático, pero que podemos extender a los golpes blandos de Perú y Bolivia. Y a la verdadera catástrofe que pilotea Maduro.

Yo no sé ustedes, pero en mi caso, una de las cosas que empecé a perder, viendo el sueño devenir pesadilla, es justamente lenguaje. Me empezaron a faltar los términos para pasar en limpio lo que presenciaba. Porque en mi cerebro estaba ocurriendo un cortocircuito: 

El bando que aprendí a defender, surgido con la asunción de Chávez en el 98, confirmado con la de Lula en 2002, Néstor en el 2003, Correa en 2007 y su culminación en la de Mujica en 2010, se estaba convirtiendo, por acción u omisión, en el bando de los malos. 

Y como en frente tenía a los malos de siempre, con sus argumentos falaces y miserables, estaba impedido de hacer una crítica que sugiriera siquiera la posibilidad de usar sus términos, de poner en mi lengua sus palabras. Así que poco a poco empecé a callar. Se me hizo cada vez más frecuente responder a la pregunta «¿cómo ves las cosas en Argentina?» con una onomatopeya, un suspiro, hasta que llegó el silencio.

Voy con un poema de Miguel que dice mucho mejor esto:

Así nació el silencio

llegó como el eco de una sobremesa

de una plegaria extática

vi crecer una mancha que recorría mi torso a diario

los espasmos me obligaban a retirarme

debía descansar esperar a que el ardor se hiciera

[menos evidente

aprendí a ocultarme

a caminar con cuidado

a medir la longitud de lo que decía

pospuse los mensajes del miedo de las entrañas

los raptos de la garganta y la mirada

hasta que fui sigilo.

El problema fue que, en ese silencio, muy rápidamente empezaron a ganar los malos de verdad, los locos de remate, los fascistas asquerosos, los homofóbicos, xenófobos, ignorantes, las inmundas lacras que se regocijan con la muerte. Y todo lo bueno a lo que pudimos aspirar fue a los amarillos malmenoristas, líricos del victimismo en lugar de la justicia, como el que gobierna este país que me acogió, o las multimillonarias de patrimonio inexplicable, que tenemos como mal menor, en el país de donde vengo.

Hay algo de la lengua que todos sentimos como necesario restituir. Y si bien hubo un momento muy reciente donde se pudo seguir esa intuición popular de reescribir un texto con injerencia en la vida cotidiana de las personas, quienes suelen estar a cargo de esa escritura no tienen dedos pa’l piano. Son escrituras destinadas a chocarse de frente con una realidad que rechaza su error de tomar al lenguaje de manera utilitaria, de pretender someter la realidad a sus intereses.

Y digo que es un problema de escritura porque la poesía no es escribir lo que uno quiere que pase, o lo que uno piensa, o lo que uno siente. Sino el arte de hacer ver con mayor claridad aquello que ya teníamos en frente. 

Nadie rechaza un poema. Lo que se rechaza es una orden, un juicio errado, una opinión, un argumento débil. Por más nobles que sean las intenciones que moldean esas órdenes, esos juicios, esos argumentos.

Esgrimo esta opinión política situada desde la ciudad en la que estamos reunidos, pero intuyo que los alcances del libro de Miguel son más complejos, porque lo que impulsó esta necesidad de «restitución de la lengua» es más desastrosa. 

Pero quise describir el estado de ánimo con el que propone que empaticemos Restitución de una lengua. El lector, la lectora que se enfrente a él debe necesariamente saber que el libro propone un punto cero, una página en blanco llena de garabatos, rayones, borraduras, desde donde Miguel Hernández, a mi juicio, opta por volver a «En el principio era…», que es como empieza el libro y como empieza la tradición estética que llamamos, para bien o para mal, Occidente y a la que, para bien o para mal, pertenecemos.

Y es tan intensa la necesidad, es tan real la crisis, que no pone al verbo sino al magma, porque necesita ir más atrás para entender qué salió tan mal durante el recorrido como para que, parafraseando unos versos muy esclarecedores del libro, el oleaje de los ríos ardorosos se estrellara contra la gente que amamos.

Si existe la posibilidad de una escritura política en este contexto, aclaro que, desde mi juicio, en mi opinión, desde mi perspectiva, no me parece que la variable documental sea la única ni la más efectiva. Me parece, sí, que una escritura política, un arte político, en este contexto es el de la sospecha, la exploración y la autocrítica. Aquella escritura que nos permita entender qué tanto de nosotras y nosotros pusimos para tener como resultado este presente. Qué tanto dejamos pasar, qué tanto dejamos seguir pasando.

La manifestación de una certeza que no agote al resto de los caminos mientras se desarrolla, mientras se restituye. Si están dispuestos a ver la posibilidad de un estado de ánimo fértil para algo que nos permita intentarlo mejor cuando la tormenta de este fracaso colectivo pase, creo que leer libros como el de Miguel Hernández es un excelente primer paso. 

Les dejo invitados e invitadas a leerlo, a dejarse herir de su búsqueda.

FILVA, Parque Cultural de Valparaíso, 02 de diciembre del 2023

*Texto escrito para la Presentación de Restitución de la Lengua (Traza, 2023)


Matías Ávalos (Quilmes, 1989). Escribió y montó el drama Niñitos Furiosos (Buenos Aires, 2016). Obtuvo la beca de creación por su libro de cuentos Todo lo que queda. Publicó los libros de poemas Todos juntos estamos solos (Hojas Rudas, Santiago, 2018), El fin del maltrato teórico (Lumpérica, Lima, 2019) y La estrategia de las medusas (Trizadura, Santiago, 2020), los tres seleccionados mediante convocatoria abierta. Es coeditor del sello Marginalia Editores y de Submarino. Boletín de formas de la crítica. Imparte talleres mensuales de escritura, lectura y crítica. Vive y trabaja en Valparaíso, donde escribe reseñas y artículos para el suplemento de literatura La palabra quebrada.

Miguel Hernández Zambrano (Maracaibo, 1983). Poeta. Licenciado en Letras por la Universidad del Zulia y Magister en Escritura Creativa por la New York University. Ha publicado la plaquette de poesía Cotidiano (Buenos Aires, 2010), Un decir errado (mención especial del I Concurso Nacional de Poesía Delia Rengifo. Caracas, 2011) y ¡Oh, lorem ipsum!, poemario ganador del IV Concurso Nacional de Poesía (2013) de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Es coeditor en Espacio Fronterizo. Reside en Santiago de Chile.

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