«Cuando uno escribe ciencia ficción, uno escribe sobre dolores personales también. Sobre mundos en los cuales se habitan o se construyen ciertos miedos»:
Diego Leiva Quilabrán
Conversación con Donald McLeod, editor de Imaginistas
«En ningún momento pensamos que nos íbamos a transformar en una editorial», confiesa Donald McLeod, director del laboratorio y plataforma Imaginistas. Este proyecto comenzó con un objetivo mucho más mesurado: publicar una revista periódica que agrupara las voces de una agrupación de fomento lector y creación, espacio para mujeres y disidencias sexuales que cultivaban la escritura de ciencia ficción, fantasía y/o terror.
El primer número de IMAGI fue el resultado del proyecto final de Donald en un diplomado de edición en la Pontificia Universidad Católica en 2021. Dicho proyecto encontró su material de trabajo en un colectivo del que Donald formaba parte y que, por ese momento, justamente, iba encontrando su identidad escritural. Pandemia mediante, recién el tercer número de IMAGI tuvo una vida social presencial, lo que significó el debut de la casa editorial en ferias, exhibiciones y lanzamientos. Actualmente, dicha revista va por su cuarto número, publicado a fines del año pasado.
La publicación de Visón venganza, libro de poemas de Dana Lima, fue el hito que abrió el catálogo a la publicación de inéditos. «Eso es exactamente lo que quiero», cuenta el editor que le respondió Lima cuando él le propuso, desde la inexperiencia, una edición digital y de descarga directa del proyecto poético que ya contaba hasta con ilustraciones. Luego vino la traducción de La chica-cosa que fue por sushi de Pat Cadigan, relato cyberpunk ganador del premio Hugo en 2013, con prólogo de Soledad Véliz, y la plaquette Hambre del creador de contenido Celso Iturra, con lo que cerraron el año pasado.
En esta conversación, Donald nos cuenta sobre el estado general del proyecto editorial que dirige, sus intereses y algo de lo que se viene para este año.





Donald, para partir: ¿por qué partir una editorial, hacer un taller, movilizar un circuito particularmente de estos géneros que tienen fama de clase B? ¿Tenías un diagnóstico cuando empezaste con este grupo de lectura y escritura o con Imaginistas?
La fantasía o la ciencia ficción para mí siempre fueron los géneros que prefería leer. Obviamente esto parte desde la lectura, desde una infancia y una adolescencia en que te vas construyendo como una carpeta o una biblioteca enfocada en ciertas cosas. Esa gente que lee de todo me parece curiosa y valiente, por ocupar el tiempo en leer algo que está fuera de lo que tú sabes que te va a gustar. Yo no soy tan valiente, entonces tiendo a leer cosas que están dentro de lo que yo sé que me puede gustar; leo también recomendaciones de personas que quiero mucho, que me insisten, incluso cuando no sean mi tipo de literatura.
También está el punto de cuando uno comienza a escribir: yo empecé el 2014, más o menos, porque tenía un colectivo en la universidad que nos dedicamos a diseñar un videojuego, Discordia. Era un juego tipo un ajedrez complejizado, un Mage Knight o Heroclix: figuritas en tablero que se matan unas entre otras. Éramos todos estudiantes de arquitectura, entonces todos dibujábamos, pero a mí me gustaba mucho escribir, así que me tocó hacer la historia. Ahí me di cuenta de que no tenía ni una habilidad escritural, y empecé de a poco. Entonces a mí la literatura no me llegó como «yo leo y escribo desde los seis años», no. Lo mío fue desde mis veinticuatro, veinticinco, cuando me empecé a meter a los primeros talleres literarios.
Estos talleres fueron todos una decepción para mí, porque sentía lo que a mí me interesaba no se reflejaba ni en mis pares ni en los guías. Cuando uno se mete en el mundo literario, se dan muchos palos de ciego, te metes a lo que aparezca. Rescato un taller con Juan Carlos Cortés, cuando él recién estaba empezando con editorial Abducción, en talleres Lumen, que ya no existen. Otros talleres me decepcionaron porque no encontraba personas que hablaran de lo mismo que yo o que tuvieran los mismos intereses, como la fantasía, pero también algunas temáticas en particular. En un momento pensé que era ignorancia mía. Ahí asumí que si tomaba el taller de escritura creativa de la UC, con esos escritores bacanes, obvio sería lo más bacán, pero fue horrible. La única escritora que me gustó cómo enseñaba fue Alejandra Costamagna, pero con María José Viera-Gallo o Mike Wilson, nunca tuve ningún feeling, siento que no aprendí. Por ese tiempo vi en Instagram que un amigo quería hacer un club de lectura entre pares y ahí me picó el bichito de esta nueva forma de organización colectiva que yo no conocía. Yo venía de Punta Arenas, en donde no existía nada. Ahora hay más instancias, pero cuando yo era chico no conocí agrupaciones o colectivos culturales. Con este amigo empezamos a armar un colectivo que se llamó Weye, comenzamos a hacer talleres literarios y me encantaron, porque eran más espacios en donde todas las personas que asistían, junto con las del colectivo, compartíamos visiones sobre literatura. Yo siempre llegaba con algo fantástico, algo de ciencia ficción, pero nadie más. Seguía sintiendo que faltaba un espacio en donde se pudiera escribir un texto de fantasía o de ciencia ficción y que otra persona hiciera comentarios que no tenían que ver mucho, como «oye, esto es demasiado fantástico» o «yo no sé nada de fantasía, pero…».
Hoy en día la fantasía de ciencia ficción es cool, entre comillas. Vas a un taller y los talleristas saben mucho de eso y aman a Úrsula K. Le Guin, pero años atrás eso no era tan así, era más tabú o era un género que todavía no entraba o no encontraba sus nichos dentro de la literatura más canónica. Entonces ahí es donde yo pienso en este espacio que se llama Imaginistas, junto con Martín Torres-Zuleta, que nos conocimos en el taller literario de Pablo Simonetti.
Se trata de una suerte de militancia en esos géneros, porque esos son uno de los ejes con los que trabaja tu editorial. El otro son las autorías que publican: mujeres y disidencias sexuales. ¿Cómo llegaron a esos enfoques?
Me interesa mucho tener un soporte que publique a personas de la comunidad LGBT+, porque los espacios cada vez son menos. Los espacios de la ciencia ficción son súper masculinizados y agresivos, hay una violencia soterrada, en las editoriales más tradicionales. La gran mayoría de quienes se hacen cargo de ese mundo son hombres mayores, y como los espacios son pocos, se los pelean. En algún momento pensé en que me gustaría generar un plataforma y si yo voy a trabajar en ella, que estuviera destinada a personas que en este momento no están siendo publicadas.
Igual pienso, quizá en un futuro podría enfocarla solo en disidencias porque las mujeres tienen sus espacios hoy en día, y que están súper consolidados, como La ventana del sur, que es separatista y está publicando solamente mujeres. Además, hay otras agrupaciones a nivel latinoamericano, de escritoras de fantasías, de ciencia ficción y de terror, pero no hay para personas de la comunidad LGBT+. Y eso me parece interesante vinculada con el segundo punto: la ciencia ficción narra o propone futuros. Cuando uno escribe ciencia ficción, uno escribe sobre dolores personales también. Sobre mundos en los cuales se habitan o se construyen ciertos miedos. Estos miedos se ven reflejados en elementos tecnológicos, o en distopías. Hoy no puedo no pensar en Margaret Atwood, que dice que no escribió nada nuevo, sino que vio los miedos que transitaban en el mundo en el momento histórico en que escribió el primer libro de El cuento de la criada: mujeres perdiendo sus derechos. Tú ves fotos actuales de sociedades bajo gobiernos dictatoriales religiosos, y pareciera ser que antes eran sociedades más libres, que las mujeres tenían más derechos, pero cuarenta años después, ya no los tienen. Entonces pienso en Atwood, en esos miedos dentro de sus propios territorios. Creo que los miedos de la comunidad LGBT+ son interesantes o me parecen lecturas más interesantes y también más frescas. Me gustaría estar atento y ver es qué es lo que están construyendo personas que pertenecen a minorías: LGBT+, pero minorías raciales, también, o personas en situación de discapacidad, por ejemplo. Saber qué mundos posibles están pensando. Ahí es donde la revista IMAGI empieza a tener más sentido.
Por ejemplo, hay una autora que se llama Judith Merrill, que escribió entre los cuarenta y los cincuenta, en la época dorada de la ciencia ficción, en paralelo a Isaac Asimov y todas esas personitas. Ella escribe un cuento, se llama «Solo una madre», que es el único cuento que habla sobre los miedos de una mujer al tener un hijo que nace con deformidades por la radiación nuclear; mientras todos los demás escriben sobre hombres que van al espacio. Ahí en donde pienso en estos otros miedos, que pueden ser muy personales y que cuesta mucho que otras personas puedan empatizar con eso. La ciencia ficción funciona muy bien para construir esa otra literatura. Merrill después se vuelve editora y construye una colección de libros de ciencia ficción: creo que son cuatro antologías con todos los cuentos que las revistas de ciencia ficción no estaban aceptando. No las he leído, pero me interesaría mucho hacerlo.
En Estados Unidos, una sociedad súper racista por esa época –que hasta el día de hoy lo es–, no quisieron publicar el cuento «Un camino a través del aire» de Ray Bradbury, que aborda el racismo como problema. Un día las personas negras deciden comprarse cohetes espaciales para irse a Marte y abandonar a los blancos y estos colapsan: ¿quién va a cuidar a los hijos?, ¿quién va a cocinar?, ¿quién va a arar la tierra?, ¿a quién van a someter para sentirse superiores? Bradbury escribió en los cincuenta y no se lo publicaron en las revistas. Por cosas así me encantaría revisar en algún momento esos libros editados por Merrill.
Siguiendo con ese empuje, ¿en qué punto está el proyecto hoy?, ¿cómo terminaron el 2023?
Partimos arrastrando desde el 2022 una revista que no logramos cerrar por el retraso de una entrega que queríamos mucho que estuviese incluida. Nadie nos obligaba a cumplir con una fecha y solo contamos con las promesas de los autores. Nos atrasamos seis meses y lanzamos la revista en mayo, con nuestra vuelta a la presencialidad. Fue un hito para nosotros, como decir «vamos a presentar esta revista a toda la gente que durante estos años de pandemia nos conocía solamente por la virtualidad, a través de Zoom, de WhatsApp, de Facebook, de Instagram. Así que ahora vamos a hacer un evento». Ese era nuestro interés: hacer un evento, presentar la revista y mostrarla y venderla. Fue algo muy masivo, entre comillas, para una editorial pequeña que recién estaba empezando. Luego, al ir a ferias, el público empezó a reconocernos y a llegar directamente a comprarnos, porque habían visto la revista hace un par de años en donde un amigo, en cierta casa y de a poco ese reconocimiento se vuelve adictivo, de alguna forma.
Mi meta del año 2023 fue agrandar un poco el catálogo y no ser solamente la revista IMAGI, sino que también tener otros autores. La traducción de Pat Cadigan, por ejemplo, fue algo que usaba en mis talleres, en una traducción muy artesanal también. Lo había presentado como a las personas que tomaban mis talleres y había encantado. De cierta forma, también mis talleres funcionaban como un modo de prueba: lo que gusta podríamos publicarlo, o por lo menos así lo estaba viendo.
Eran unos focus group.
Sí, sin que los talleristas supieran. Luego empecé a pensar cuáles iban a ser los límites de nuestro catálogo: traducción, autoras, poesía de género, narrativa también. Sacar un libro cuesta mucho, Imaginistas somos solo dos personas: Martín y yo. Sacar un libro tiene que ver, también, con toda una parte organizativa: manejar mucha gente diferente, cumplir metas, pelear con la imprenta. Esa es la parte que más me estresa, que no llegue el libro al momento del lanzamiento, que no llegue el libro para la feria. Al final sacamos la plaquette, el cuento ilustrado Hambre de Xelsoi, que fue nuestro cierre. Nadie podría negar que tiene muchos seguidores y que la editorial se vio beneficiada también de ese foco.
Con Dana y con Celso nos conocemos desde el 2016, cuando estábamos trabajando en otros proyectos literarios. Es lindo ir cerrando esos proyecto, incluyendo a tus amigos o a la gente más cercana, personas muy talentosas Yo no voy a publicar a alguien, aunque sea mi amigo, que escriba mal, pero en estos casos tengo la suerte de que son grandes escritores o de que a mí particularmente me interesa mucho lo que hacen.
Hay confianza en cómo van a seguir esos proyectos.
Claro. Son amigos que conocí en el mundo de las letras, compartiendo con mucha admiración mutua. Con Dana nos conocimos en un taller y de ahí nunca más nos separamos. Espero que siga publicando también en Imaginistas, ir construyendo este sueño de tener una autora que se vaya construyendo con respecto a tu propia editorial.
Fortalecer un circuito propio de la ciencia ficción, gente que escribe y se interesa.
Sí, por ejemplo, Teratofilia de Soledad Véliz, que prologó La chica-cosa que fue por sushi es un libro al que le ha ido súper bien en el mundo-burbuja de los autores de ciencia ficción. Porque pareciese que existen dos mundos: el de la literatura y el de la ciencia ficción, que es como si moviera sus propios autores.
Editorial Imbunche, donde publicó Soledad, es un ejemplo de sello que ha ido quedando marcado por la ciencia ficción.
Imbunche lo ha hecho muy bien. Están en la punta del iceberg con lo que están publicando, y la gente está muy interesada sobre lo que están sacando. Toda la reconstrucción de las obras de Elena Aldunate y de Ilda Cádiz fue un gran aporte al mundo de la literatura y por supuesto a la ciencia ficción. La figura de autora de ciencia ficción de Soledad Véliz, por ejemplo, se viene construyendo como desde 2002, pero los hombres que publicaban junto a ella siempre la opacaron. No se si tanto hoy, pero el mundo de la ciencia ficción ha sido muy masculino o masculinizado, entonces, no se veían muchas mujeres. Soledad tenía toda una obra construida y publicada en fanzines y antologías desde los 2000 en adelante y ahora se los antalogaron todos en un solo libro.
Por ejemplo, hay un académico colombiano que se llama Rodrigo Bastidas. Él editó la antología de ciencia ficción latinoamericana El tercer mundo después del Sol y dice algo así como «yo no sé quién escribe en Chile» refiriéndose a la ciencia ficción. Solamente conocía a Baradit, que agregó en esa antología. Bastidas ha trabajado escribiendo para el New York Times, publicando como «la mejor ciencia ficción del año». Entonces es una voz que lo que dice, es. Pero él vio el trabajo de Soledad y pienso qué interesante es, porque es difícil que un libro rompa una barrera entre un país latinoamericano y otro.
Se trata de armar un canon, también, hablar sobre «lo que se debe leer»
Exacto. Más encima la ciencia ficción es como un paraguas, entonces a veces dicen que ahora lo que la lleva es el new weird y todos empiezan a escribir new weird. Tenemos además ciertos personajes del medio: Bastidas es uno, pero también está Elaine Vilar Madruga, que es una máquina de la escritura y le va bien. Mariana Enríquez, cómo no, que hace poco prologó el libro Ciencia ficción travesti de Claudia Rodríguez. Tan alejada Enríquez de la ciencia ficción no está, ¿viste?, siendo alguien muy pop. Entonces el libro de Claudia se va a volver algo que todos van a querer leer.
Decir «ciencia ficción travesti» tiene un aire como de que título para una corriente, un género.
Es la primera vez que alguien hace algo así. Una vez una persona en una feria, no recuerdo quién, me dijo que yo tenía que hablar con Claudia, porque estaba haciendo un cuento en que
una travesti produce wifi y yo pensando qué es esto, qué es esta maravilla. El pasado diciembre salió el libro y necesito leerla.
El aporte de Soledad en el prólogo de La chica-cosa es situar ese texto en la realidad latinoamericana, porque es un libro gringo que se traduce, entonces habla un poco de cyberpunk feminista o cyberpunk desde Latinoamérica y escribe un prólogo que funciona estupendo en personas que no tienen mucha idea sobre lo que es el género para puedan contextualizarlo y después entra al relato.
Es bonito que los siguientes libros o revistas los presentes otros autores. IMAGI funciona como un grupo de autores/as entre los cuales ya hay una relación. Yo voy conociendo un poco su mano en la ciencia ficción y, así, después podríamos trabajar textos más largos. Así fue como partió la IMAGI, como una cosa más experimental en que autores salieran de su zona de confort para escribir ciencia ficción.
La última IMAGI, por ejemplo, tiene una vocación temática más específica.
Sí, para la IMAGI 4 yo les propuse a todas las personas que habían estado en mi taller durante tres años un juego: escribir desde la perspectiva animal. El otro día escuché un concepto que me gustó mucho, el de «fábula especulativa» –que en verdad es una mala traducción de ficción especulativa, no más–. Es del libro de Donna Haraway, creo que cuando lo traducen, cuando ella quiere hablar de «ficción especulativa», el traductor dice «fabulística» o «fábula especulativa». Ese concepto tendría mucho que ver también con estas otras perspectivas, o con ir hacia el pasado y pensar en las fábulas, siempre estaban habitadas desde lo animal o animales antropomórficos.
Lo primero que me viene a la mente son estas fábulas antiguas que hoy en día pierden un poco el valor porque el humano ya no tiene tanta relación con lo animal como era hace cincuenta o cien años atrás, se ha reducido a la relación con mascotas. Por supuesto que no en todos los textos está tan bien definida esta perspectiva animal, porque de repente los autores caen también en lo humano. Es muy difícil salirse uno como autor y escribir completamente desde lo animal, especular sobre cómo un animal entender o habitar sus propias necesidades y su propio mundo. Este ejercicio, de todo un año, fue un juego muy lindo que terminó en esta revista con nueve cuentos, con nueve animales diferentes. Animales chilenos, no desde el patriotismo, sino que animales con los que tuviésemos una relación. Animales que habitan este territorio o son cercanos a este territorio. Además, el número parte con un ensayo sobre qué es la zooliteratura: todos estos elementos que vienen desde los años cincuenta o sesenta, sobre todo la zoopoesía, que son una herramienta para visibilizar la violencia hacia lo animal, pero también para explorar posibilidades ante el fracaso de lo humano. Creo que es interesante que la literatura pueda ficcionalizar o especular este tema.
¿Para 2024 ya está proyectado el siguiente número de IMAGI?
Todavía no hay fecha ni plazos, porque estamos rumiando para ver si es que lo hacemos periódico como hasta ahora. Hay gente a la que le hemos dicho «por supuesto, publica con nosotros», entonces están muy ansiosos y los tiempos se empiezan a acortar. A todos nos gusta publicar, así que lo entiendo perfectamente. Pero se viene el quinto número: los textos ya están listos, está en proceso de ilustración.
¿Tiene tema? ¿O se retoma la idea original con amplitud temática?
Vuelve esa idea: solicitarle a diversos autores nacionales y latinoamericanos que escriban ficción especulativa. Al final esa es la gracia, además de que puedan publicar tanto personas con cierta práctica y publicaciones en el cuerpo y gente que no. Lo interesante es romper, de cierta forma, los prejuicios en torno a un subgénero que arrastra cierta sensación de segunda categoría. Y no solamente porque desde afuera del circuito lo digan, sino también porque los mismos escritores del medio se sienten de esa forma. Me gustaría que esta revista pudiese habitar esa frontera. Ser un medio en que puedan publicar ambos tipos de autorías, las que pertenecen al círculo de la ciencia ficción o de la ficción especulativa, y los que no.


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