«Escribir lo todo»
Presentación de Cabeza y corazón es una ostra de Emiliana Pereira

Alejandra Costamagna

Qué tiene en la cabeza esta mujer, me dije al empezar a leer Cabeza y corazón es una ostra. Y pensé en el dolor de cabeza que aquejó un día a Zeus y que fue tan, pero tan insoportable, que pidió que se la abrieran de un hachazo y lo que salió de ahí fue la diosa Atenea, ya adulta y con su armadura de batalla. Qué tienes en la cabeza, Emiliana, me pregunté. Y pensé en Felisberto Hernández y la impresión en sus relatos de una cabeza que se piensa sola, que revuelve pensamientos inútiles y muchas veces indeseados, «como un padre dejaría a un hijo revolver el agua con una varita». Y pensé en Camondo, el protagonista de Cuando pienso en mi falta de cabeza, la novela póstuma de Adolfo Couve, en la que un hombre busca desesperadamente su cabeza extraviada. Y pensé en un poema de Henri Michaux, en el que un hombre tiene dos cabezas, una para pensar, lo que está bien, y una segunda en el otro extremo, dice, «para evacuar»; lo que no está nada bien, dice. «Cabeza doble no tiene cura», dice. Y pensé en otras cabezas autónomas, pero luego deseché todos esos pensamientos porque en las páginas del libro de Emiliana, la verdad, la cabeza se piensa sola, sí, pero también lo hacen el corazón y la guata y otros órganos. Y un yo que intenta navegar en este lecho que es el cuerpo.

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El yo: la esfera de la confluencia, el lugar de la escritura.

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Cito: «son entre los dos / la misma cosa / bruta tozuda / dura cerrada / como ostra» (p. 58). Hay en el título la instalación de esos dos centros gravitantes que, al margen del espacio que ocupan otras voces, se disputan el dominio. «Mayor es mi lealtad al corazón que a la cabeza», leemos al inicio. Pero más adelante la cabeza habrá colonizado al corazón: la cabeza como un colono frente a un corazón embargado en su palpitar mudo, que finge obedecer.

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Hay entonces una dialéctica (o una dicotomía en estado de sospecha) entre cabeza/razón y corazón/emoción, así como la hay entre desbande y control o entre conciencia y embriaguez, como diría mejor Julieta Marchant. Pero no solo eso, sino también hay quiebres en lo que solemos atribuir a cada órgano. Acá es posible amar con la cabeza, pensar con las tripas o retorcerse con el corazón. Porque habla el cuerpo y hablan todos sus órganos y el modo de plantarse frente al rumbo de la ciudad, frente a lo doméstico, frente al golpe afectivo o frente a la pequeña casa al lado de un arroyo; el modo de plantarse, digo, en el mundo del lenguaje es distinto para cada cual. Y todos los órganos se rebelan en algún momento y se tensionan y se contradicen y mutan y van de lo femenino a lo masculino, del singular al plural, de la primera a la tercera o a la segunda personas, de lo humano a lo no humano.

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Emiliana Pereira apela a la ensoñación, a lo que está fuera de sí, levemente torcido, salido de molde, de un mundo que es y no es el que conocemos. Como si cada órgano tuviera una vida secreta y de pronto se abriera frente a nuestros ojos y volviera a cerrarse de un chispazo. Los poemas son entradas a un viaje sicodélico en el que una guata bombea sangre sin saber muy bien cómo se hace, un corazón roto dice verdades gigantescas, otro corazón brota fuera de la boca, un hueso huye de un cuerpo, un hipotálamo brama, una vena vocea, un árbol avisa que de él se ha zafado una rama o una noche habla: «dice una cosa, dice otra» (p. 63).

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Las palabras circulan en estas páginas como circula la sangre en un cuerpo que, en un acto extraordinario, observamos por dentro.

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Quizás por deformación propia veo cuentos o muñones de novelas en estos poemas. Hay amagos de aconteceres, peripecias o heroínas, aunque sean tan singulares como una nariz que brilla por sí misma. Hay lo que está en la superficie y lo que corre por debajo, todo el rato. Corre el abandono, corre lo amado y lo roto, lo amado y lo desmembrado. Pero estas novelas/poemas solo podrían serlo al modo en que lo concebía Úrsula K. Le Guin. Novelas/poemas como un botiquín o una bolsa de mano, que contiene cosas en una relación particular, poderosa, entre sí, y con nosotros. 

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«Todo lo que está pasando / ocurre sin que suceda» (p. 18), leemos.  

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Pero también veo cuentos cuando pienso, otra vez, en Felisberto Hernández y en lo que anotaba en su breve manifiesto titulado «Explicación falsa de mis cuentos». Decía el escritor uruguayo que a veces le daba por pensar que en algún rincón de sí mismo, de su cuerpo, nacería una planta. Y que entonces la empezaba a acechar, convencido de que en ese rinconcito se había producido algo raro que quizás, solo quizás, podría tener futuro artístico. Y que deseaba que, si la miraban ciertos ojos, pudieran brotar hojas de poesía. La idea del cuerpo habitado por la planta emerge sin más en uno de los poemas del libro de Emiliana. Y las raíces se ramifican dentro de las venas y el corazón ya no palpita y escucha bien, Felisberto, lo que pasa a continuación: «Una raíz se fue en línea recta a la entrada del cerebro / qué miedo lo que ocurría allí / tan negro / y tan blanco / Una de las raíces no lo vio ni negro ni blanco / lo vio rosa intenso como la lengua / se adentró por el lóbulo frontal / y brotó» (p. 32).  

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Hay en Cabeza y corazón es una ostra desquicie y humor y extrañeza y desborde.

Pero hay, sobre todo, el fulgor de la imaginación.  

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En la casa de la cabeza, como diría Mary Ruefle, como diría Julieta Marchant, como lleva a cabo Emiliana Pereira, un corazón le pregunta al ojo cuánta luz hay y una cabeza responde que poca o casi nada y un corazón duda. A un corazón le dirán huevón en un par de ocasiones y él dirá perdón, perdón. Un corazón estará sentado, harto de bombear sangre, y querrá «convertirse en una piedra rodeada de otras a la orilla de un río y nunca más latir» (p. 51). Y más allá o más acá riñón, hígado e intestinos querrán saber qué piensa de ellos la boca, pero sabremos que «la boca nada piensa, solo dice». Ah, pero la mano está atada a sí misma y solo puede escribir lo que está siendo escrito. Así lo dice el poema. Escuchen: «nada / en el mundo permite / que el cuerpo entero y el alma puedan / hacer algo más que escribir este libro / letra por letra sonido por sonido silencio / y el cuerpo es el poema / nada puede más que escribir / lo todo» (p. 54).

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El poema en los poemas de Emiliana, en esta novela de Emiliana, es un racimo de sueños.

El poema: un cuerpo en movimiento.

El poema: un animal que perdió el habla y que sin embargo, sin embargo. 

El poema, dirá la mano que escribe, «poco importa». Sin embargo, «escribe la noche escribe la muerte escribe / el cielo el dolor la hora escribe / la rueda la bala escribe» (p. 30).

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El corazón, la cabeza, la mano y toda su comparsa moldean, en este bello y singularísimo libro, una escritura sin jerarquías, enigmática e instigadora del goce. Goce, me quedo con esa palabra, goce.


Emiliana Pereira Zalazar (Santiago, 1990). Ha publicado Nada es hombre, nada es tierra (Overol, 2017). Es codirectora de Editorial Bisturí 10.

Alejandra Costamagna (Santiago, 1970). Su primera novela, En voz baja, obtuvo el Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral de 1996. Su libro más reciente, El sistema del tacto, fue finalista del Premio Herralde 2018 y obtuvo los premios del Círculo de Críticos de Arte y Atenea.

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